Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Renombre, libertad y exhibicionismo

Si en el ámbito público la voz de individuos notables muchas veces favorece a la democracia y la libertad, ¿ocurre lo mismo cuando alguien se propone conquistar la notoriedad desde la seductora explotación de su vida privada? Quienes comentan las peripecias políticas persiguen beneficiarnos a todos, no solo a ellos mismos. Digo, al menos en teoría. ¿Sucede lo mismo con el muchacho o la muchacha en flor que se ofrece como vino al mundo en las redes sociales? ¿Hay alguna utilidad social en su arrojo? Dudosamente podrían negarlo quienes se encuentran a punto de incurrir en la sana práctica de procurarse placer a sí mismos. ¿Y el resto del público? Basta admirar la belleza para mostrar algún agradecimiento. ¿Y el individuo o la individua que ha tenido la audacia de posar sensualmente? En todo momento podrá discutirse si ha obrado en favor o en contra de su estabilidad psicológica, pero nadie podrá rehusar que lo ha hecho libremente. Solo hablo de quienes encienden la computadora y publican voluntariamente imágenes en las que aparecen desnudos o semidesnudos en las redes sociales, claro está.

Alguna vez Karl Popper observó que el humanismo nació en la escuela de Tales de Mileto. El maestro armó una competencia entre sus discípulos. El mejor obtendría un reconocimiento y algún día podría superar y sustituir al maestro. Cualquiera podría forjarse un nombre. Tales sabía que si los discípulos se mantenían en el anonimato, nadie, salvo el propio maestro, tendría derecho de hablar. Y detentar el monopolio de la voz era detentar el monopolio del poder. No gratuitamente Tlatoani significa “el dueño de la voz”. A todas luces Tales renunció a ser un Tlatoani.

Gracias a Internet, quien dispone de una computadora puede hacerse notar. O al menos intentarlo. Y resulta inobjetable que un camino para lograrlo es haciendo el ridículo. El Fua, las ladies y los gentlemen están para probarlo. Por eso resulta pertinente preguntar: ¿a quién se desnuda, Dios lo ayuda? Es posible. Particularmente cuando uno piensa bañarse, hacer el amor o asolearse en una playa nudista. Pero, sea como sea, no hace falta que uno se despoje de la ropa ante una cámara para admitir que no hay nada de malo en que la gente quiera resultarle atractiva a otra gente. Quien muestra sus atractivos en Internet anhela ser reconocido por su belleza y poder seductor. Aunque también hay, por supuesto, quienes se proponen llamar la atención a través de alguna parodia de sí mismos o de alguien más.

El ideal cristiano abomina la búsqueda de reconocimiento. Detecta un propósito falso en las ansias de sobresalir. Y ciertamente se antoja difícil escamotearle al hambre de fama su poder para prohijar farsantes. Sin embargo no todos los famosos son farsantes. Quizá abundan entre ellos. Tanto como entre quienes no hemos alcanzado la celebridad. Comprendamos que en la sociedad del espectáculo no podría ser de otro modo. Pero en los nombres que trascienden los siglos difícilmente podemos detectar falsarios, aunque naturalmente los hay. En todo caso no hace falta ser famoso para encontrarse en la disyuntiva de interpretar un papel para llamar la atención. Sospecho que todos lo hemos hecho alguna vez. Con todo, también existe la alternativa de no tratar de llamar la atención. Digo, al menos en teoría.

¿Será, como señala Popper, que el reconocimiento del mérito individual va de la mano del humanismo y la libertad? Yo creo que sí. La mayor parte de las obras de arte de la Edad Media son anónimas. También las del antiguo Egipto, Mesopotamia, China y el México prehispánico. Solo los poetas que también eran reyes merecían ser recordados. No los otros. La razón es simple: el anonimato del resto de la población garantizaba que el poder teocrático predominara sin ninguna sombra.

Pero la búsqueda de reconocimiento resulta riesgosa. Y no solo porque podemos fracasar en ella, sino porque podemos triunfar. Se trata de un camino saturado de envidia y competencia y, si tenemos éxito, seguro encontraremos que más allá de la alegre frivolidad del momento, la fama aporta una recompensa vacía. Una sociedad libre, empero, no puede vivir sin esa falsa zanahoria, pues sin ella la voz única del dictador sustituiría a la multitud de conejos que corremos inútilmente para alcanzar la gloria de quienes gozan la vanidad de ser reconocidos en cualquier parte. Ay, qué triste sonó la última frase.

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