Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Renacer

“María es un Cristal, su Hijo la luz celeste; así la atraviesa él; sin romperla empero en absoluto”.

Angelus Silesius

Consideramos sagrado aquello que nos pone en relación con nuestro origen, como toda historia, y cada uno lo somos, no podemos perder de vista el inicio del camino. El arte es uno de los modos de lo sagrado porque, desde un presente y un espacio, un alma creadora se comunica con un espectador que al mirar recrea y se encuentra.

El arte es la comunicación de ideas con emociones, todos sentimos y de ahí pensamos. La obra de arte, ya sea plástica, literaria, arquitectónica, etcétera, pone un mensaje entre dos cuerpos y dos espíritus que sienten vibrar la vida, la obra mediadora es el mensaje de un sentir, un artefacto atemporal que anuda dos instantes en el mundo.

Así mirado, la vida (como diría el buen Bauman) es una obra de arte, una cadena de experiencias más o menos profanas, más o menos sagradas. Cada año, se crea en lo que se crea, ritualizamos el fin de un periodo para comenzar otro. Pensé con qué texto recibiría el renacer del año y me encontré con algunas notas, unos tantos recuerdos, muchas emociones y una película: “Mother”.

Al final, sin la sofisticación del ritual o la conceptualización del artefacto artístico, lo que nos queda desnudo es una emoción, un asombroso que se mete bajo la piel para regresarnos a un estado de conmoción, perturbación que muchos llaman “lo sublime”, pero que de forma simple guarda su origen en una experiencia primera que nos regresa al descubrimiento de nuestro pequeño lugar en el cosmos. Se parece al temor, se vislumbra como un atisbo desconocido que nos deja como niños, de vuelta a un lugar sin palabras. Es placentero y doloroso, como cuando se descubre el sitio preciso que dispara el placer o se toca sin querer el nervio doliente que desborda al llanto. A mí me devuelve a recuerdos con mi hermana, al descubrimiento misterioso de una hechiza cabeza de jíbaro que mi padre guardaba en su librero; una pieza horrible pero al tiempo llena de fantasía que servía para horrorizarnos, pero era también el tesoro que buscábamos en la penumbra de la noche con el deseo de no encontrarla; pero sentir su cercano poder nos unía cómplices y nos advertía pequeñas, que hay un manto invisible que divide lo seguro de lo incierto.

Detrás de nuestros rituales, de nuestros inventos acaso se esconda el deseo de regresar a esa experiencia, y yo confieso que eso es lo que motiva mis lecturas, mis anhelos por escribir en busca de una piedra filosofal inexistente que se encuentra en el filo mismo de la soberbia entre el poder y la nada. Le he dado nombres en distintas épocas de la vida, en un tiempo se llamaba Santa Claus y el poder mágico que arropaba esa historia; después se volvió palabras y se hizo poesía, algo de amor en ese sentimiento de entregarse al otro desconocido; ha ido envuelto en una narrativa que me perturba más allá del gusto, más allá de la comunión y más cerca de lo que me devuelve al sitio de la precaria humanidad que se lleva a cuestas y nos da sentido cuando también nos lo quita y nos deja así, desnudos.

Veo muchas historias, leo otras más. Compulsiva devoradora materialista, mi asombro es por tanto difícil de despertar. Toda esta palabrería para admitir que guardé la película “Mother”, de Darren Aronofsky, como la cabeza de jíbaro para comentar al romper el alba del nuevo año, para admitir que me gustó a sobremanera junto con las historias extrañas que me perturban y me hacen renacer.

La vi sola, me angustié entre los pasillos de esa casa tipo victoriana, y me asusté; no por los aparecidos súbitos, sino por la claustrofóbica imagen que me recordara la experiencia de transitar por un laberinto de Richard Serra; o por escuchar los latidos siniestros de la plomería de mi casa de infancia. Me sentí completamente sola como mujer en esa casa triste pero hermosa de los cuadros de Edward Hopper; compartí la reverencia sagrada ante una Jennifer Lawrence con cara de Madona casi de porcelana; me dolió su complacencia y su silencio, porque está en ella ese sentimiento de mujer desdeñada, usada, ignorada como un mueble más de la mansión herida. El piso de la recamara sangra inconsolable, como el llanto de todas esas mujeres que hoy rompen el silencio para hablar del abuso ¿Nos hemos cansado de tolerar? ¿Acaso al margen de las múltiples interpretaciones de la cinta queda implícito el silencio femenino (no de mujer, de humano, la fragilidad que nos habita a todos) y que por siglos se ocultó como el hueco húmedo debajo del tapete, masacrado por un ideal de fuerza y de conquista? El dominio de la cabeza, como el amuleto de horror de mi padre, cabeza de jíbaro, símbolo del microcosmos ordenado que hoy admitimos caótico, incomprensible como el propio universo.

Disfrazado de cuento bíblico o de alegoría ecológica, “Mother” muestra al ser dual, un poco ese poeta “magnánimo” y vanidoso que todo lo permite por el placer de saberse venerado; otro tanto, la inspiración agónica intentando parir mientras la invaden y la ignoran. La fábula es transparente, Darren Aronofsky ni siquiera intenta cubrir con nombres propios sus metáforas, los protagonistas son llanamente el Poeta y su esposa la Inspiración.

                                         Imágenes / Cecilia Rodarte

Se abre la historia una mañana donde la palabra que lo comienza todo es “bebé” o “Baby” en inglés, apelativo cariñoso pero también la confesión y el deseo de alumbrar, obligación de pareja, compromiso del escritor. Hay que crear, y se despierta el día en una casa que solía ser del protagonista y que ella, la joven mujer arregla, cuida y rescata de las cenizas. Sí, sabemos en algún punto que la casa se quemó y que existió una historia previa. Ella cuida y reconstruye; él intenta escribir ante una página vacía, ni gota de tinta. Ella, seductora, se acerca al escritor; ni gota de semen, la chica reclama que no tienen sexo.

Yermo, el poeta recibe a un hombre que pide asilo de forma misteriosa. Descubrimos que se trata de un lector fanático, además de agónico. El inquilino indeseable tiene una herida en el costado. ¿Adán? Nos preguntamos cuando toca a la puerta Michelle Pfeiffer que será la Eva de este relato. Todos los simbolismos bíblicos funcionan, sólo es cosa de buscarlos. Los ecológicos también.

La Madre Tierra por fin, a medida que la invaden, queda preñada. Su amante tiene un sueño, algo de revelación que lo lleva a tener relaciones con su Inspiración, al día siguiente ella está embarazada, él puede escribir de nuevo y lo hace triunfante. La casa, que es la extensión de ella, se puebla de inquilinos desconsiderados que allanan el lugar, rompen, masacran, mutilan y el espacio se transmuta en guerra; la joven madre está por parir y a nadie parece importarle. El poeta, por su lado, da asilo a todos los intrusos que veneran su obra, pero pierde el control. Inspiración (o la madre Tierra o la fragilidad ignorada) se fastidia, prende fuego a todo. Desde el principio de la historia se revela una especie de recuerdo, una luz o una estrella que cambia de color, el recuerdo de la casa previa, la nostalgia del origen; o quizás la sinapsis de una idea, preludio de un big bang, de una chispa que agoniza o se enciende.

Funciona bien la interpretación ecológica, pero también la de la creación y el ego; yo la prefiero, la idea de que todo creador es un depredador que usa la inspiración por razones de soberbia; una pasión que consume hasta llevar a la agonía y al final mata, sólo para renacer en el siguiente proceso creativo, en el próximo relato.

Me sublima el rompecabezas, la pléyade de símbolos, la multiplicidad de géneros, un thriller psicológico, algo de horror, algo de absurdo, mucho de surrealista. Un nuevo “Bebé de Rosemary”, una batalla marital. La historia de una mujer que da y da hasta que ya no tiene más, como dijera el propio Aronofsky.

Colección de reverencias múltiples a Roman Polanski, a Stanley Kubrick, a Gaspar Noé. Al claroscuro renacentista; al infierno surrealista de Bosch, a la desolación de Hopper.

Rumbo al final, Lawrence, calcinada, es llevada en brazos por Bardem, de su vientre extrae, no un hijo sino un cristal que hemos visto antes, souvenir de recuerdo, piedra filosofal que yacía en una repisa como único vestigio de una historia pasada.

Regresamos al inicio, una nueva mañana, una nueva chica se levanta y llama: “Baby”. La historia renace.

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