Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Religión y espectáculo

Este articulo fue publicado originalmente en la edición 166 (septiembre de 2014) de la revista impresa, lo abrimos de manera temporal para su consulta.

El arte puede ser una vía para obtener muchas cosas. Durante años una me atrajo de manera enfermiza: la experiencia del Absoluto. Ya he tratado el tema en algún cuento. Ahora reflexionaré el punto sin la polifonía de la ficción. Hablaré de la religión del arte.

¿Qué es la religión del arte? Acaso convertir el arte en objeto de culto. Quizá hay muchas formas de hacerlo, pero de momento me anclo en dos: la farisea y la genuina. La que integran los fariseos del arte es moda, fingimiento e impostura. El fariseo simula que el arte lo ha salvado, pero su vida jamás ha sufrido un cambio radical gracias a la lectura de un libro, la contemplación de una obra plástica o el estímulo inexplicable de la música, por poner tres ejemplos posibles. La vida del verdadero creyente, en cambio, efectivamente se ha transformado mediante el contacto con el arte. Se entiende que esta persona tienda a convertir el arte en un sucedáneo de la religión. Después de todo, tiene razones para ubicar en la belleza concitada a propósito un artículo de fe, un medio de redención personal. Pero eso no es lo más interesante. Lo relevante es que el creyente muchas veces se salva de veras -o se pierde, también de veras, pero para contribuir a la salvación de otros creyentes, lo que suena aún más audaz y divertido-. Sea, pero sin fe no hay infinito: solo simulacros del infinito. Desde una perspectiva secular la eternidad que las obras de arte nos entregan no es más que una amena posibilidad de la literatura fantástica.

Más allá de su relación íntima con la imaginación y la fantasía, el arte ha llegado a ser considerado una verdadera puerta al infinito gracias a su probada capacidad para estremecer a las personas. De ahí que el romanticismo endiosara al artista, pero también que la ambición pop lo convirtiera en espectáculo. El arte puede cultivar una espiritualidad propiamente religiosa, pero también una espiritualidad sin religión. Se impone admitir, en todo caso, que la experiencia estética se organiza a través de un calculado engaño de los sentidos. Dicho de otra manera, no hay arte sin mentira. Toda obra demanda una puesta en escena.

No obstante, el arte que ha devenido en espectáculo despierta con facilidad la repulsión de los creyentes verdaderos. ¿Cómo es posible que lo que antes era rezo, oración personal que permitía la comunicación de dos almas sin precisar un contacto cara a cara, se denigre hoy a la frivolidad del show? ¿Pero entonces la eternidad que nos regala el arte representa una auténtica eternidad? ¿No quedamos en que se trataba de un engaño? Digámoslo con claridad: quien crea que el absoluto que nos ofrece el arte es un genuino absoluto, dios o un sustituto de dios, hace teología, no arte. Insisto: la única manera de seguir haciendo arte con alusiones al absoluto es reconociendo que intentamos ampliar los anales de la literatura fantástica o riéndonos con franqueza del peregrino papel de vidente chamánico que nos hemos puesto a desempeñar en el noble esfuerzo de resguardar el arte dentro del confortable claustro de las iluminaciones trascendentales. No, me temo que el arte no abre las puertas del más allá, salvo en el maravilloso terreno de la imaginación y la fantasía. ¿Esto significa que debe asumirse como espectáculo? Oigamos a Sor Juana:

según de Homero, digo, la sentencia,

las Pirámides fueron materiales

tipos solos, señales exteriores

de las que, dimensiones interiores,

especies son del alma intencionales:

que como sube en piramidal punta

al Cielo la ambiciosa llama ardiente,

así la humana mente

su figura trasunta,

y a la Causa Primera siempre aspira

-céntrico punto donde recta tira

la línea, si ya no circunferencia,

que contiene, infinita, toda esencia-.

Como se advierte el ansia de conocimiento también orquesta un espectáculo, sobre todo cuando se atreve al vuelo místico. Representar ese espectáculo apunta una tarea del arte, pero recordar que se trata de un espectáculo garantiza que el poeta vuele sin dejar de tener los pies en la tierra. En ese brillante despliegue de virtuosismo que hace comparecer las cosas eternas ante nuestros ojos, el arte se revela capaz de serenar a las bestias y conmover a las piedras. Por si fuera poco, comporta una herramienta idónea para alabar nuestra ansia de conocer y, aún más, para lograr que conozcamos. No ya, claro está, las primeras causas del universo, pues darle competencia a la física moderna en ese terreno constituiría un absurdo memorable, sino las múltiples formas como los seres humanos nos comportamos y forjamos nuestro destino. Vemos que pese a todo le queda al arte la sagrada tarea de dejar el alma extática, perpleja ante el sorprendente misterio de las cosas, así sea solo para desengañarnos en el instante siguiente.

Dicho esto dudo que alguien pueda dudar que el arte es religión y espectáculo al mismo tiempo, y que lo es sin merma de la religión ni del espectáculo, a dios gracias. ¡Qué cosa increíble ésta, sin duda, que permite hacer show sin dejar de rezar y rezar sin perder de vista las mundanas exigencias del espectáculo!

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