Antonio Argüello

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Reportero y editor de Milenio Monterrey.

Reflexiones de un reportero

Ayer por la tarde hablaba con un fotógrafo de Milenio, a quien respeto y admiro, y me decía, luego de regresar de hacer su trabajo, que este oficio iba para arriba.

El tipo recordaba algo más o menos así: en los 80, los fotógrafos y reporteros policiacos perseguían desesperados los choques de tráileres en la carretera a Saltillo, con sus imágenes de cajas destrozadas y cabinas hechas pedazos.

Después, a finales de esa década, la obsesión fue por los accidentes viales en la avenida Constitución (una de las principales del área metropolitana), con automovilistas prensados y coches de lujo hechos añicos. Más tarde, en los 90, el tema era los ejecutados. Lo de hoy, dijo, son los granadazos y pónganse listos que ahí vienen los coches bomba.

Esta anécdota ilustra no sólo la evolución de la cobertura informativa diaria a través de los años, sino cómo los temas que tocamos en la calle, en la cobertura de todos los días, se han vuelto también más complejos y la cobertura más peligrosa.

Sin embargo, nosotros los periodistas, los reporteros, los que hacemos la talacha diaria, los que nos llevamos la joda de un día entero persiguiendo una nota, que sólo Dios sabe si habremos de conseguir de un modo o de otro, seguimos siendo los mismos.

Porque no podemos sustraernos a pesar de las balas del narcotráfico, que no sabemos si nos persigue o si lo perseguimos en el día a día; de los temas de la crisis económica y gobiernos incapaces; de las leyes que nos cambian todos los malditos días sin preguntarnos siquiera. A pesar de todo lo que sucede en este país, seguimos siendo los mismos tipos y tipas que se enfrentan con el funcionario, con el especialista, con el político corrupto, con el presentado en la Ministerial a quien le preguntamos por qué mató a su vecino por una caguama. Somos los mismos que no saben más que lo que han vivido y las múltiples anécdotas que llenan nuestras pláticas de café o frente a unas cervezas.

Los que dependen de haberse preocupado por quedarse con algo más que con la declaración vacía y convenenciera, de haber aprendido algo en la calle y en los golpes, porque en el fondo sabemos que aquello que aprendimos en la escuela no basta, sencillamente no basta.

Por eso, quiero primero reconocer a nombre de esta generación al Tec de Monterrey por detenerse y mirar hacia otro lado, por mirar hacia esos desaliñados que tanto los hostigan, que tanto los persiguen a ellos como persiguen a otros tantos para hacer la pregunta incómoda, y obtener la frase reveladora.

Gracias, porque estos cursos, estos talleres, estos seminarios, no dejan de ser oxígeno para un gremio que a veces se siente solo y olvidado. Donde los amigos se hacen entre la competencia y donde el mismo día que exhibimos en un periódico o un noticiario a un tipo cualquiera, tenemos que verlo a la cara con sonrisa encantadora. El oficio donde dejamos a la familia, el tiempo libre y ocupado, donde tambien dejamos la vida.

Estos esfuerzos son invaluables, debemos reconocerlo desde el fondo de la humildad y la modestia que por algún lado dejamos olvidados, porque también sabemos que como las páginas de un periódico que pierden todo su valor pasadas las seis de la tarde, nuestra capacitación y actualización también caduca cada que se pone el sol, para renovarse a la mañana siguiente con el periódico del día.

Pero la cosa no para ahí.

El asunto de fondo, lo sabemos, es que nuestro periodismo está enfermo, el periodismo de Monterrey y el de muchas otras partes del país está enfermo. Está enfermo de comodidad y conformismo por limitarse a una declaración fácil y escandalosa que se vea bonita en nuestro avance, entendamos o no entendamos de qué diablos hablaba nuestro vocero.

Está enfermo de resentimiento por salarios bajos y condiciones indignantes que dejan poco espacio para la capacitación y la profesionalización; de directivos y dueños de medios ambiciosos que ven en el periodismo un negocio redondo y en la información una moneda de cambio para lucrar a costa del honor ajeno.

También está enfermo de miedo de una realidad en la que ya no sólo nos jugamos el salario, la firma o el nombre al publicar una nota, sino que ahora nos jugamos la vida y al mismo tiempo, apostamos la vida de nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos y amigos. Nuestro periodismo está enfermo de una libertad arrebatada, entregada a criminales armados, políticos sin escrúpulos, directores de medios cobardes, entreguistas o sencillamente corruptos.

Sin embargo, no es en los dueños de los medios, en los Juncos, en los González, los Estradas, los Azcárragas, Salinas o los Cantús donde está la esperanza del periodismo de Nuevo León, Tamaulipas y el resto del país.

La esperanza está en nosotros, en la tropa, en quienes tenemos la opción de creer en un periodismo diferente, un periodismo ético, profesional, democrático, progresista, visionario, justo, sin entregarnos a relativismos que sencillamente racionalizan la corrupción.

El periodismo está herido, el Tec de Monterrey está herido, Nuevo León, Tamaulipas, y otros tantos estados de la República con cada uno de sus habitantes están heridos, y es labor nuestra hacerlos sanar con la convicción de que no depende de nadie más que de nosotros, que nos toca navegar a contracorriente para devolverle a nuestro estado, a nuestros lectores, radioescuchas y televidentes, un periodismo digno y valiente que no sabe de autocensuras, ni temor, ni de compromisos.

Periodistas que enseñan porque saben, que educan porque están educados, que dan esperanza porque no temen por su vida. De nosotros depende darle a nuestro estado y a México un periodismo profesional y digno.

El Tec de Monterrey toma la batuta de ser una herramienta para ello. Sigamos aprovechándola. Porque hoy, en estos tiempos de miedo, angustia y muerte, todos los estados del país necesitan periodistas profesionales, informados, expertos en lo que dan a conocer.

Los mexicanos merecen tener quién les escriba la crónica de estos días, quién deje testimonio de todo este tiempo oscuro y que pareciera no tener esperanza, para que en el futuro no repita sus errores.

El país necesita periodistas sin dudas y sin miedo. Ahí es donde entran también nuestras autoridades, porque sobre todas las cosas, hay que decirlo, México necesita periodistas, sí, pero necesita periodistas sanos, salvos y vivos.

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