Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Redes y dignificación sentimental

Para Ale, mi querida hermana en su lejanía.

Es mucho más difícil matar a un fantasma que a una realidad.

Virginia Woolf

Cuando uno mira con detención a un hombre o a una mujer, siempre llega a sentir piedad… El odio no es más que un triunfo de la imaginación.

Graham Greene

La vida no es lo que está mal, sino este océano en que nadamos, al que nos adaptamos o en el que nos hundimos hasta el fondo. Pero en nuestro poder de seres humanos es donde reside la posibilidad de no ensuciar las aguas de la vida, de que no destruyamos el espíritu que nos vivifica.

Henry Miller

Mientras recorre Europa el fantasma de las redes sociales encarnado en jóvenes que -respeto a la noria del tiempo- recaen en creer, se niegan a abdicar. Mientras Twitter y Facebook se incendian con la diaria indignación de los indignados contra su propia inmovilidad y su contemplación pasiva de la compleja y generalizada catástrofe mexicana. Mientras los tipos duros juzgan con dureza los actos y decisiones de un Javier Sicilia más humano que nunca, al tiempo que otros se encaraman en el dolor del poeta al que la estupidez y crueldad le torturaron y mataron al hijo y a la poesía. Mientras los que hacen gala de su indiferencia se lavan las manos construyendo sus propios templos y engordando sus cuentas bancarias o su fama. Mientras, yo pienso en las ballenas y en la tristeza de algunos seres cuyos discretos sollozos son apenas gis, ruido de fondo, entre tanto barullo de avestruces que -como las de Kundera en la risa y el olvido- atinan a mover los picos sin comunicar más cosa que su necesidad de comunicarse, su soledad, su vacío.

El atardecer en el centro de Cuernavaca es uno de los espectáculos más fascinantes del mundo: a cierta hora se recogen en sus ramas los gorriones, zanates, urracas y tordos, con un bullicio, un gorjeo, que ocupa todas las posibles ondas de aire. En las mesas de cafés, bares y heladerías nadie oye a nadie. Las bandas tocan sones que no se escuchan. Pero la gente habla y la música suena, aunque no se oiga nada: las avestruces mueven el pico sordas a su propio silencio, inconscientes de su incapacidad de comunicar otra cosa que una intención sin brújula. Cada cual se escucha a sí mismo en medio del formidable trinar de las aves. Es la hora en que el ser desgarrado puede soltar el llanto con plena confianza en que nadie va a enterarse, con la tristeza añadida de que a nadie puede importarle su dolor. Y es justo: a nadie tiene por qué importarle la desdicha ajena. ¿No habíamos acordado que cada quien labra su destino? Cualquier otra idea es sentimentalismo nonagésimo, si no es que un par de milenios más antiguo: el dolor del hombre es cosa de cada cual y a cada cual le imponen su dolor sus propios dioses y demonios. Llore pues quien así lo prefiera, nadie ha de importunarlo ni con el más leve golpeo de martillo en el yunque del oído interno. Como Javier Sicilia, por ejemplo, un católico de verdadera fe y auténtico proceder cristiano, que llora para Dios, y entre los hombres lleva a los reyes y pretores la voz de una grey que lo traiciona y crucifica. Nadie escucha, fingen escuchar, pero su atención se dirige a la tajada que sacarán de ese montaje: nada les importa el hombre, ni el hijo muerto ni los miles de muertos no menos importantes.

Yo no he querido referirme a Javier, pero -ya lo escribió el poeta Rafael Alberti- “hace falta estar ciego / tener como metidas en los ojos / raspaduras de vidrio / cal viva, / arena hirviendo, / para no ver la luz que salta en nuestros actos”. La luz de Javier da pretexto para ilustrar hasta qué punto el dolor y el llanto no tienen cabida en la estupidez escandalosa de las aves en celo. El dolor, la tristeza se han quedado sin voz ni poesía. Sin embargo -Sicilia aparte, con su apasionante fuerza apasionada-, muchos por ahí lloran aunque nadie se entere. El querido y gran filósofo Mark Platts me contó de un conocido suyo que había renunciado al sacerdocio por haber perdido la fe y al que un día encontró rezando ante el altar: “Si te quemas, gritas, aunque sepas que no hay nadie que te escuche.” Así, mientras otros sueltan sus doctas opiniones sobre esto o aquello, dan cátedra de sensibilidad social y ganan clientela virtual, otros -no menos sensibles a un mundo desesperado y en ruinas- ven en las redes otro mundo más perdido aún: el que dejaron atrás un día, el que sucede sin ellos donde ellos deberían estar, el de su exilio. En las redes rezan a un dios que no parece atenderlos. A la gente le gusta escribir cosas, tiene derecho y no tiene obligación alguna de ser genial. Lo cierto es que en la red no llueve, las ventanas no se empañan hasta dejar de reflejar a quien mira su lacrimoso rostro en el cristal. La tristeza es otra cosa. Nadie puede twittear un cementerio o un funeral, nadie puede twittear el tiempo y la distancia, nadie puede twittear el recuerdo y el olvido. Se pueden hacer frases, pero las palabras no son, nunca serán, nunca han sido, trasuntos fieles de las emociones y los pensamientos. Por eso la poesía es eterna, por eso la música dice lo mismo que los versos, por eso la pintura, la escultura, por eso, y porque la virtualidad no es cosa de hoy sino naturaleza de la intimidad de cada cual.

Una de las hipótesis más aceptadas -quizá no tanto, pero sí muy de mi gusto- acerca de los encallamientos de ballenas, propone que el cetáceo líder, cuando presiente la muerte, tiende a buscar al reptil que fue, el anfibio que habita en algún manto recóndito de su prodigioso encéfalo. Que para morir busca el origen de su especie, la raíz de la que brotó algún día, la semilla de donde volvería a brotar si todo se repitiese. La plácida y cálida protección del huevo. ¡Cuántos infelices pasan su vida entera negando un dolor hasta que la senilidad o la debilidad ante la muerte los traiciona! Cuando el espejismo de poder sobre nuestra propia vida y nosotros mismos se desvanece sólo queda el recuerdo del mundo protector que dejamos, añoramos y negamos. Hay que vivir. Es hoy. ¿Pero cuándo y cómo nos metieron en la cabeza que carpe diem significa inconsciencia acerca de los lastres y tesoros que llevamos con nosotros? Nadie es más duro, más hombre o más mujer, por negar su dolor o por ocultarlo: para quien ve más allá de la gran mascarada virtual, la negación de la vulnerabilidad, el miedo y la debilidad es la confesión medrosa de la vulnerabilidad, el miedo y la debilidad.

En la red no se llora. Nadie tiene por qué aguantar nuestras cuitas, ni siquiera nuestros hijos, hermanos o cónyuges. En la red se pueden escribir divertimentos acerca del dolor mientras nadie sospeche que ese dolor es real. Dos cosas perfectamente reales, tan reales como un disparo, no caben en la virtualidad electrónica: la necesidad de consuelo y la necesidad de dinero. Llevar esas vulgaridades a la red es terrorismo puro: una matanza en Palestina, cientos de decapitados en México, un movimiento ciudadano en Egipto, España, Londres o México no son hechos, son temas, no nos piden nada más que palabras y actitudes: no nos quitan tiempo, sueño ni dinero. En la red no llueve, en la red no se siente hambre, en la red no se agoniza, en la red no hay memoria, en la red hay palabras, avatares, gestos. Bien lo saben las avestruces, bien lo saben los pájaros gorjeantes del crepúsculo.

Pero la red no es sólo la mascarada de la que han hecho patrimonio los feriantes de toda calaña. Tras de cada avatar hay un ser humano, tras cada personaje virtual hay un ser humano. Cuando el ser humano rompe la norma de su exilio e incursiona en el mundo verdadero, equívocamente llamado mundo virtual, todo se crispa, las miradas pasan de largo, se le manda capturar y castigar ejemplarmente; pero el hombre -ser, razón y emoción- impone sus acordes como una sinfonía que acalla el barullo del gentío. La red entonces deja de ser experimento artístico, social o tecnológico para servir al más fuerte y más débil de los seres conocidos: el homínido sapiente, emotivo e inmensamente vivo -real y verdaderamente vivo.

Mucha gente de entre la mejor desprecia cuanto lee en Facebook o en Twitter, pero participa en el montaje que desprecia. Otros saben que lo que pudiera haber de despreciable o admirable no es más que cuanto ofrece cualquier inmediatez: la gran virtud de estas redes estriba -¡qué ridículo tener que mencionarlo!- en que podemos comunicarnos. Quiero decir comunicarnos, no exhibirnos, lucirnos, ganar adeptos, cosechar aplausos, sino acaso ofrecer arte -no ocurrencias temerarias o chiripas fotográficas- aquí y encontrar un lector o un espectador en el más insólito recoveco de la Tierra; acaso verter una lágrima en un rincón solitario de la esfera y que sea abrevada por alguien -quizá la persona para quien esa agua era maná en el desierto- en el otro hemisferio.

Mi estirpe es de exiliados, de pérdidas, de tristezas, de ese doloroso no estar donde sucede tu propio mundo. Mis abuelos y mis bisabuelos nunca volvieron a ver a sus padres, hermanos y amigos. Salieron de su país para salvar la vida o huir de la certeza de la desdicha. Toda felicidad se paga con infelicidad: la vida es despiadada. El correo postal era lento. Largas y hermosas cartas llevaban noticias del mundo perdido, pero no llevaban ese mundo: “Te habría encantado verlo” era una frase que se repetía constantemente. Las llamadas telefónicas eran difíciles, caras y breves; lo bastante para que no se hicieran salvo en casos extraordinarios:

– ¿Concha?

– ¿Luis?

– El mismo, chica…

– No me digas nada, Luisito lindo… Mamá, ¿es eso?

– Eso, Concha, mamá…

La vida entera, la inmensa nostalgia, la añoranza infinita, las imagenes inacabables, las palabras jamás borradas pasaban como relámpagos por la mente. El teléfono se colgaba entre sollozos.

– ¿Y de la muerte de Luis quién te aviso, abuela?

– ¡Anda, hijo, que se me pasa el cocido!

El versito cursi y agridulce que nos habla de desamores guiados por la luna o el comentario acertado o torpe acerca de los asuntos de la agenda pública, incluso la futbolera, pueden ocultarnos a ese humano frágil que en su miedo deja de sentir su capacidad para recorrer el mundo a punta de gigabytes y enterarse de lo que ve o pasar de largo por su propia vida. La expresión de las emociones está enferma, pero las emociones gozan cada vez de mejor salud: mucha y muy fuerte es la tristeza; mucha y muy poderosa la alegría. ¡Y que la red nos pille acorazados!

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