Salvador González Briceño

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Analista político.

Redes, enemigas de la globalización

Los gobiernos del mundo desarrollado ven en estos meses con malos ojos el uso extensivo e intensivo del Internet en su variante de redes sociales globales. No obstante, desde sus orígenes, a los promotores les representa un jugoso negocio -en los años 90, el auge mereció el tinglado de “nueva economía”, y a Bill Gates de Microsoft subir al peldaño de los hombres ricos del mundo- la venta de harware y software, así como la fabricación de equipos de escritorio y portátiles con la gama de computadoras más variada; hoy, la socialización de la web no les satisface y pretenden aplicarle todos los candados posibles, sean legales o ilegales con tal de controlarla. Es el caso de Estados Unidos, que opera con inteligencia militar para hacer de la red el sistema más sofisticado de espionaje mundial -esa suerte de El Partido, “el ojo que todo lo ve”, de George Orwell; traducido en reality show como el “Gran Hermano” español o el “Big Brother” mexicano-, y el de Francia, cuyo presidente, Nicolas Sarkozy, presiona fuerte y abiertamente en cumbres mundiales para que los gobiernos regulen el uso del Internet y evitar que se sobreponga a la vigilancia del llamado Estado democrático.

Claro que, en el fondo, para gobiernos y países del mundo desarrollado – los promotores de la globalización, en cuyo despliegue Internet ha puesto su sello- la red social representa una suerte de amenaza adicional. Que no es, pero se le etiqueta tal cual. Nada comparado con otros peligros como el terrorismo o el narcotráfico, que devienen instrumentos o síndromes del propio sistema. Pero al desbordamiento creciente y el activísimo de redes como Facebook o Twitter se les comienza a considerar, sobre todo, atentatorios de los intereses geopolíticos y geoestratégicos de los imperialismos globales.
Principalmente porque la red ha despertado reacciones sociales solidarias, inéditas y cuasi inmediatas, ni más ni menos que contra gobiernos autócratas, como es el caso de la Revolución de los Jazmines que arrancó en Túnez y pronto se extendió por el norte de África y Medio Oriente, hacia Egipto, Barhein, Libia, Yemen. Países cuyos gobiernos autoritarios sirven de aliados o socios de los grandes capitales extranjeros -y, por ende, los gobiernos- en temas como el energético, el petróleo y el gas, que aún mueve a la gran industria mundial. Y ahí está el meollo del asunto, el quid del descontento de los países desarrollados con la web.

Los gobiernos imperiales no toleran los cambios, y menos con tintes revolucionarios que den al traste con el antiguo modus operandi, donde a los Estados autócratas o represores bien le acomodan al mundo occidental, para el óptimo desempeño de los intereses mercantiles. Y en África sobran los ejemplos, precisamente para la extracción de petróleo y todo tipo de minerales; el oro y los diamantes, por ejemplo, que circulan en Europa, cargan a cuestas “negras” historias de sangre, mutilación, hambre y muerte entre negros explotados por empresas multinacionales -europeas en su mayoría- y gobiernos locales que se reproducen con absoluta corrupción e impunidad.

Pues bien, que este tipo de negocios son los que se pierden, o cambian de amo, por las catalogadas como “revueltas” de los pueblos -que anidan añejas demandas sociales enquistadas-, es que gobiernos como los mencionados de Estados Unidos y Francia [que es un dilema compartido por todos los países desarrollados] pretenden el acotamiento y/o vigilancia cercana del Internet en general, pero en particular las llamadas redes sociales digitales (RSD).

Internet, como instrumento de comunicación, revolucionó medios tradicionales como la radio y la televisión. Surgido en el terreno militar, pronto saltó del laboratorio de investigación al uso cotidiano. Las viejas prácticas de interconexión cambiaron y nuevas formas de identidad quedaron al descubierto.
Desde entonces ha avanzado a pasos acelerados hasta llegar a la primera década del siglo XXI, con “cambios de largo alcance y grandes transformaciones en [el terreno de] la economía, la política, la educación, el entretenimiento, la sociedad y la situación geopolítica”. (Juan
Luis Cebrián, La Red, Punto de lectura, 1998, p.17). Más lo que falta, pues de los 100 millones de usuarios que eran en los años 90, ha brincado a billones de usuarios. Hoy son mil 733 millones 993 mil 741 los conectados en el mundo.

Lo peor es que los militares en EU lo reconocen. Tienen software en la red con “falsas identidades” para manipular psicológicamente y bajo el objeto de “contrarrestar la propaganda y la ideología extremista”; a cambio difunden spots proestadounidenses. Así lo reconocen los operadores del sistema, quienes aceptan también que se trata de programas desplegados en Irak y contra seguidores de Al Qaeda; y si no lo son de ese modo, políticamente lo justifican. Un producto de la guerra, ahora contra la sociedad civil.

La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, reconoció en enero de 2010 que la administración Obama “conceptualiza y estructura” la diplomacia del siglo XXI, donde Internet juega un papel protagónico, al superar los mecanismos tradicionales. Ya entonces, la Secretaria admitía sobre la urgencia de desarrollar programas orientados a la ciberseguridad, sin dejar de lado que la política de su administración contaba con agentes en 40 países del mundo trabajando en diferentes ámbitos de la web en países como Venezuela, Moldavia, Irán, etcétera. ¡Tamaña confesión!

Asimismo, Bill Speaks, portavoz del Comando Central de Estados Unidos (Centcom), aseguró que “la tecnología apoya actividades de blog clasificados en sitios web de lengua extranjera para habilitar el Centcom”, y así contrarrestar la propaganda enemiga allende las fronteras de EU. Se han omitido las referencias a Facebook y Twitter, pero se admite que son demasiado útiles.
Por ejemplo, el programa denominado Operación Earnest voz (OEV) fue desarrollado en Irak como un arma de guerra, pero se ha ampliado con un presupuesto de 200 millones de dólares. Para más evidencia, el año pasado el general David Petraeus, entonces comandante del Centcom, describió la operación como “un esfuerzo contra la propaganda e ideologías extremistas”. Y admitió que la Comisión OEV apoya todas las actividades asociadas con [personas] denigrantes de la narrativa enemiga, incluyendo la contratación de [en la] web”.

Por su parte, el presidente francés Nicolas Sarkozy alega una web demasiado libre. No únicamente porque el ordenador personal representa un abanico de opciones de interconectividad, sino porque llega más allá del individuo y trastoca la institucionalidad del Estado. Lo dijo así el mandatario galo el pasado 24 de mayo, en el primer foro del G-8 en París (una reunión de dos días para tratar de regular el Internet), ante personajes de la industria tecnológica como el creador de Google, Erick Schmidt, o de Facebook, Mark Zuckerberg.

El presidente francés manifestó que los gobiernos “tienen que fijar y hacer cumplir regulaciones en el mundo digital, al mismo tiempo que estimular la creatividad y el crecimiento económico en Internet”. Insistió que el mundo web “también está sometido a las leyes y las normas del mundo real y democrático”. Claro, no se explica la engañifa democrática de Occidente. Lo que disgusta ahora al poder “occidental”, que desarrolló el instrumento como jugoso negocio y ahora pretende acotar. “El universo que representa (Internet) no es un paralelo, libre del imperio de la ley, libre de la moral y de los principios fundamentales que gobierna la vida social de los países democráticos”, dijo Sarkozy en su argumento en favor de la regulación. Porque su uso resulta como atentatorio de la institucionalidad: “Nadie puede olvidar que los gobiernos en las democracias son los representantes legítimos de la voluntad popular”, aseguró. Pero tampoco los presidentes del mundo desarrollado y occidental deberían olvidar que el asiento de los poderes está igualmente en dicha voluntad popular, sin el cedazo de la escaramuza electoral.

El caso es que las RSD en Internet desbordan las expectativas, alentadas por una voluntad social que avanza como expresión de la intencionalidad individual. Por eso preocupa y ocupa al poder desde Occidente. Porque, conforme a los registros de Google México, en tanto la radio tardó 38 años en llegar a los 50 millones de usuarios en el mundo, y a la televisión le costó 12 años en alcanzar el mismo número de televidentes, a Internet le costó cuatro años nada más en contar con los mismos 50 millones desde que se hizo público en 1995.

Lo cierto es que si Internet presenta un crecimiento acelerado, las RSD lo delatan igual. Pero los jóvenes que dan vida a dichas redes vía Facebook o Twitter le apuestan al cambio. Eso es lo que disgusta a los gobiernos occidentales, los principales promotores de la globalidad que se abrió a pasos acelerados vía la web.

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