Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Recuento del camino hacia el otoño

Lleno de mí, sitiado en mi epidermis…

– José Gorostiza

He dedicado mi vida a informarme, reflexionar y desarrollar criterios propios en la línea del “conócete a ti mismo” de Solón de Atenas. Conocerme es conocer mi entorno, desde la bacteria más insignificante hasta los astros e incluso Dios, así sea meramente imaginario. Por supuesto, sin que el esmero haya sido estéril, no he de conquistar ni el .0001% de tal objetivo, pero el camino en sí mismo le ha dado sentido a mi vida y me ha dado lo que yo dentro de mi limitado conocimiento de las cosas entiendo por felicidad, libertad e identidad. Ahora creo más en la imaginación que en los “hechos”, salvo los artísticos y literarios.

Soy pesimista, pero no creo que el pesimismo sea razón suficiente para dejar de esmerarse y contribuir a las cosas que uno considera justas y buenas: justicia social, armonía con la naturaleza, maximización del bien y erradicación del mal, etcétera. Ciñéndome a lo cognitivo y declarándome abiertamente cínico y casi escéptico, hago mía la máxima de Terencio: “soy humano y nada de lo humano me es ajeno”.

Me especialicé en la moralidad desde la perspectiva del lenguaje. No creo en forma alguna de maniqueísmo y, aunque no soy relativista ni subjetivista, considero que el tema es muy grande y nuestros cerebros muy pequeños para comprenderlo y conocerlo en un sentido epistémico, de modo que sólo nos queda la opinión, que es la doxa y que a fin de cuentas es enormemente intuitiva. Pero la intuición también es conocimiento, saber sublimado.

Para minimizar el error moral es preciso tener claras algunas cosas que simplemente no van con nuestros parámetros más íntimos, siempre revisando que no haya errores en las creencias que sustentan dichos parámetros. Así, la libertad queda acotada por los límites que nos imponemos y ése es el más sobresaliente ejercicio libertario al que podemos aspirar. Al saberme incapaz de discernir con certeza entre lo bueno y lo malo, procuro actuar de acuerdo con esos cotos morales que podrían llamarse principios, pero que no son dogmáticos ni aporísticos, como propondrían Platón o Kant, sino determinados por la experiencia y la reflexión: cuantas veces me pueda haber equivocado en un juicio moral o en una actitud de índole ético he tenido la opción de resarcir los daños o autolacerarme con la culpa. Lo segundo es difícil de evitar, lo primero es una obligación moral primaria. Me he propuesto ser un hombre bueno y espero haberlo conseguido al menos en parte. El rigor que implica esta microteoría, en general evita conflictos morales, pero con mucha frecuencia pone en conflicto la entidad moral con otro tipo de valores e intereses, como los que se relacionan muy a grandes rasgos con, entre comillas, lo material, lo profesional y lo social… y el tema del dinero, claro está. El dinero no es inmoral per se, de hecho sería inmoral dejarse morir de hambre o dejar que la familia se muera de hambre, pero de la inmoralidad que envuelve al dinero suficiente se sabe y se ha dicho como para abundar aquí.

A los 50 años, como a los 40 o los 25, creo que el quid de la moralidad está en comprender qué queremos decir con cada expresión o término moral, así como en minimizar el sufrimiento y maximizar la felicidad, en uno y el mundo.

Conflictos morales, pues, ya no tengo. Sé que en la adolescencia los tuve y creo que los deseché muy joven.

Mis conflictos son sociales. En especial uno que he arrastrado desde por ahí de los 25 años y sólo a medias he conseguido sortear, nunca resolver. La vida social es necesaria tanto para la sobrevivencia económica y profesional como para la vitalidad mental y espiritual pero, conforme más se adentra uno en los libros, en el conocimiento, en la reflexión profunda, etcétera, más insoportable se vuelve la gente con sus frivolidades y estupideces. Sin duda yo también tengo mis frivolidades y estupideces, está claro, y también está claro que con esas me basta y sobra. Mi entorno social es muy amplio pero, salvo casos que selecciono con mucho tiento, es un entorno con el que manejo una relación esporádica y superficial, justo lo necesario para no caer en la demencia del solipsista casi autómata. Evito cuanto considero invadir y ser invadido. Si he vivido equivocado al menos no es un error que me haga infeliz. Elegí la arrogancia y el desdén porque ser desagradable me pone a salvo del contacto social no elegido por mí.

He dejado de considerar que mi trabajo sea algo profesional. Escribo porque me gusta y porque es lo único que sé hacer. Por ahí de los 45 años, cansado de mil oficios y empresas extravagantes, hice crisis y decidí pasar hambre o sacar dinero de mi capacidad como escritor. Lo he logrado mesuradamente y tampoco aspiro a más. Si mi obra literaria algo vale no está en mis manos juzgarlo, pero tampoco creo que esté en manos de nadie: esto sí que es subjetivo y me queda claro que toda obra de arte es una botella de náufrago en la inmensidad del tiempo y el universo. Nunca tendré una respuesta, así que no hago la pregunta, pero no hay frustración: éstas son cosas que uno tiene que asumir y dejarse de sueños de trascendencia.

Como mi relación con el conocimiento y la sociedad, mi relación con la literatura es erótica. Soy un ser sexual, creo que todos lo somos y algunos nos atrevemos a vivirlo sin mutilar nuestra pulsión primaria, la que –por cierto– nos dio origen.

Lo intuía a los 11 años, me entregué al mar, ese mar. Por ahí de los 15 leí a Wilhem Reich, después a Freud, etcétera. A Nietzche y a Henry Miller entre otros. Eso que entonces intuía lo he corroborado y hoy, con 50 años, puedo manifestar mi certeza de que una vida sexual activa, constante y completa, también “sana” de acuerdo con la fisiología de cada cual, es el manantial de la vida, de la conciliación con el universo y hasta de la intuición mística. He leído y sabido de ancianos muy ancianos que no sólo siguen copulando sino que hasta se dan el lujo de tener hijos. Yo espero no tener más hijos, pero estoy seguro de que, si después de muerto se me permite echar un polvo, seré el primero que resucite desde Jesús de Nazaret: así que favor de meterme en un ataúd matrimonial con una puta en celo en el tálamo.

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