Andrea Zelaya Freyman

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Pintora.

Recámara

Una imagen, al prestarse a cientos de interpretaciones, dice más que mil palabras, su ambigüedad abre cientos de posibilidades.

En una pintura, el espectador se puede adueñar de la obra, poseerla como se posee al objeto del deseo. Su apreciación me parece un proceso sumamente erótico, porque el espectador se pierde en la obra y se identifica con ella del mismo modo en que los amantes se pierden el uno en el otro. Dice Isabel Guerra, una pintora madrileña, que un cuadro nunca está terminado cuando el pintor lo firma o cuando cuelga de una pared, el cuadro se completa con la mirada del espectador y tendrá tantas lecturas y formas de belleza, como espectadores tenga.

Me interesa la idea de que mis cuadros se conviertan en escenas del deseo que inviten al espectador a transgredir los límites entre la realidad y la fantasía en un momento efímero, tramado en la encrucijada exacta de un aquí y ahora en el que, por medio del deseo, una lejanía se hace presente, esa trama particular de espacio y tiempo que el filósofo Walter Benjamin denomina”aura”. En su libro La obra de arte en la era de la reproducción mecánica define “aura” como “fenómeno único de la distancia a pesar de la cercanía”. Se desea lo inalcanzable y lo prohibido resulta intocable, por ende se desea más e incrementa su aura.

Me gusta pintar mujeres sumergidas en sus pensamientos, que se presentan como inalcanzables y prohibidas, pero que al mismo tiempo invitan a transgredir y despiertan la curiosidad del espectador. Kelly A.K., en su ensayo La espera, habla de lo seductoras y fascinantes que han resultado las “Bellas durmientes” a lo largo de la historia: “el juego de la espera indefinida es una poderosa herramienta del erotismo, ya que la mejor manera de mantener un juego intacto es no vivirlo. Si se vive, se rompe el encantamiento, la relación es humo”. Las mujeres que pinto sueñan despiertas, son activas y pasivas al mismo tiempo, quiero que sean vulnerables e imponentes, que sean todas las posibilidades en un paradójico juego de identidades en el que son y no son.

Mi gusto por el suspenso en el cine ha influenciado mi predilección por artistas que, tanto en su estética como en su concepto, crean ambientes siniestros que causan en el espectador cierta angustia al resistirse a un desciframiento inmediato; Edward Hopper, Edvard Munch, Eric Fischl y Balthus crean mundos misteriosos y prohibidos, de mirada voyeurista hacia la mujer. Al hacerlo involucran al espectador en un juego que me parece sumamente erótico, en donde la mirada del receptor forma parte de la obra. “(…) la mirada ajena se vuelve una excusa para mirar hacia adentro, la mirada externa lleva la huella de una semejanza perdida, arruinada, la semejanza con dios perdida en el pecado”. La experiencia erótica de este acto queda marcada por la búsqueda de la existencia de algo más profundo. “Desde la imaginación comienza la mirada a configurarse dentro de la expectativa de aquello que se imagina encontrará al cruzar el umbral”.

Dice Kelly A.K. que la creación de imágenes atroces viene desde lo desconocido, es decir que la idea de transgresión se nos presenta de lo lejano, de lo oculto, de la expectativa en pausa, que es el momento en el que el deseo empieza a desarrollarse.

Quiero que las mujeres que represento se conviertan en el objeto del deseo, pero que al mismo tiempo sean seres deseantes, perdidas en sus pensamientos en espera de algo, ya sea que miren a la ventana o vean al espectador, suspendidas en el tiempo preliminar al clímax. Quiero que se igualen con el espectador, como si se miraran en un espejo en el que ambos aguardan a la expectativa de algo, ese deseo de llenar el vacío, ése que nunca será llenado, ya que nunca se puede poseer a la vida en sí.

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