Rata de ciudad

Pero esta no es una historia de superación personal


Poco antes de renunciar a la ex cueva de Lémures (o ingenieros, da igual), acepté la propuesta de Víctor, el hombre que ahora es mi compañero de vida para mudarme a Guanajuato, capital de la momia y la charamusca para formar una familia. Se me hizo fácil. Creí que todo estaba resuelto, tenía al fin el trabajo y el güey soñados, pensé que el home office me rescataría de la imperdonable pausa que sufrieron las contribuciones semanales a mi tan olvidado blog en Animal Político, creí que el libro de crónicas recién comenzado se publicaría antes del verano, y que Papá pitufo mandaría a la verga a Pitufo Tontín. No señor, Gargamel sí existe y son los papás.


Víctor y yo escogimos una casa de campo, campo, campo. Pero campo. Nuestra hermosa casa se encuentra a 20 minutos en auto de la ciudad y para llegar a ella, es menester cruzar la cañada. Aquí tenemos nuestra imitación del triángulo de las bermudas calidad de exportación. Los túneles que tragan al paseante harían palidecer de codicia a Joaquín Guzmán. Veinte minutos de silencio y terrorífica estática nomás para salir a comprar un suavitel de a cuarto. Al principio aprecié las ventajas de vivir en una calle sin pavimento, muros, casas ni vecinos. Hasta que llegó el cabrón de la motosierra. Ojalá la vida me alcance para descubrir la identidad del truhán cuya terapia ocupacional consiste en usar una motosierra durante seis horas continuas. Seguro ha desforestado alguna sierra protegida por hippies ambientalistas. Quizás parezca poca cosa, pero cuando vives en medio de la nada, el sonido viaja a la velocidad de la risa, a carcajadas al oído. La tortura perfecta para un sujeto de mis credenciales. Imposible leer, concentrarse, escribir. Luego descubrí que también existe un anónimo cristiano que cría vacas no sé dónde, pero existen días cuyo terror asfixia la sensibilidad de este sensible corazón. Apostaría mi reino sin cortinas de humo que las pinches vacas toman clases de canto. Cantan como mezzosopranos, las desgraciadas. Darles de beber mezcal a estos animales considerados como sagrados en algunas culturas más avanzadas que la nuestra, debería de considerarse como un crimen de lesa humanidad.


El primer gran antagonismo que su dios que todo lo escupe y calcina depositó en el buzón donde recojo las buenas nuevas, consistió en descubrir que no existe manera legal de hacerse de una buena conexión a Internet. Acá no es territorio Slim. En Guanajuato capital, Telmex tiene la misma cobertura y alcance de servicios de banda ancha que la de Radio Platanito Honduras. Imaginen por un instante que su trabajo depende 100% de una buena conexión a Internet, pero el estado en el que viven está gozando en pleno la década de los 90. Hemos agotado todas las alternativas con compañías celulares y servicios de cable, al parecer, la última vez que hubo líneas telefónicas disponibles, coincidió con la gubernatu-ra de Carlos Madrazo Becerra en Tabasco. Además, esta ciudad carece de librerías, cines o taquerías. Jamás pensé que extrañaría tanto un Sanborns, un Office Depot, una flotilla de bicitaxis, un Fogoncito y un Liverpool. El único Vip´s de la ciudad acaba de quebrar, al parecer, el local será ocupado por la Farmacia Guadalajara número 56 mil 98 del estado. Cambié la niña oligofrénica que compra lavadoras, microondas y fierro viejo, por la tranquilidad bucólica de la naturaleza y sus 20 culebras de tres metros que te acechan cuando intentas sacar la basura después de las cinco de la tarde.


Paso tanto tiempo sola que a veces pasan dos semanas con sus lunas violentas sin que tenga la oportunidad de charlar con sujetos de carne y hueso, exceptuando los dos hombres que habitan la casa. La soledad me muerde limpiamente, sin dejar vestigios sanguinolentos o marcas visibles. Soy una rata de campo. Soy exactamente lo que juré jamás convertirme, mi vida actual es el equivalente cuántico de convertirme al americanismo. Una afrenta a mi naturaleza citadina, rezongona y elitista.


Viajé a mi amada Ciudad de México con el exclusivo propósito de pasar el año nuevo, pero caí en cama víctima de algún virus mutante que obligó a extender mi estancia una semana y media. Pensé que disfrutaría esta azarosa casualidad, al margen de la gripa galopante. Pero de alguna manera entendí que muté yo, no el virus –viejo conocido– que gusta de venir a jugar en el solar de mi sistema inmunológico cada invierno. Sólo pensé en regresar. He sido poseída por el espíritu de la montaña. He descubierto que los incomparables crepúsculos de la terraza de nuestro estudio me tienen empachada. De alguna manera pusieron yumbina al tinaco.


Ayer salí a caminar a los alrededores ya con los pulmones robustos. Pasé a acariciar a losdos perros que cuidan un terreno cerca de casa. Les lleve galletas y pellizqué sus orejas. Recorrí el sendero que me enseñó a descubrir los hormigueros, porque jamás había visto uno, por estúpido que parezca.


Hice una pausa en el trabajo y caminé a la parada donde el transporte escolar deja a mi pequeño habitualmente. Quise esperarlo ahí, en medio de la nada y un campo de futbol. Cuando bajó del transporte, corrió feliz a mostrarme el horrendo dibujo que una chica de cuarto año le metió en la mochila. Me preguntó si había hecho algo de comer y contesté que no tuve tiempo, pero que podíamos caminar un kilómetro y comprar una pizza. ¿Ya acabaste de trabajar, mami? No, pero podemos llevar a la oficina con nosotros. Sonrió grande.


Quizás la rata de ciudad desee quedarse largo tiempo en el campo carente de glamour, museos, librerías, tacos de tripa, familia, amigos y buena vida. La culpa de todo la tiene un pequeño que es feliz como nunca antes porque su madre le abre la puerta al regresar del colegio y le promete tardes de historias de serpientes, hormigueros y más peperoni. Todo el que pueda soñar.

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