Jesús Olguín

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Médico cirujano

Radio: Amigo versátil

Dispuesto a seguir a quien sea sin distingo de característica alguna, no le importa el horario ni el estado de ánimo del acompañado; para todos tiene: temas para todos los gustos y música de todos los géneros. Es un eficaz publicista que, a diferencia de otros, cobra poco. Nos acompaña en los sitios más inverosímiles y es, sin lugar a reclamos, el más fiel y simple recurso de comunicación, capaz de funcionar aún en las circunstancias más difíciles y sin necesidad de suscripciones especiales.

La radio, con sus muchas décadas de existencia, se ha desarrollado sin dejar de ser un medio de vanguardia; pese a la creciente oleada de formas nuevas de comunicación, sigue vigente y al día, con infinidad de programas noticiosos, culturales, sociales, musicales, deportivos y hasta esotéricos y de tips para el corazón. Es invaluable y déjenme decirles por qué.

El 19 de septiembre de 1985, pasadas las 7 de la mañana, todo empezó a caer sobre nuestras cabezas. Los que estábamos en aquel gran hospital en la entrega y recepción de turnos, vimos cómo el plafón falso que revestía el techo se desplomó, sin dejarnos entender qué era lo que ocurría. Vimos desaparecer, a través de las ventanas con cristales rotos, los edificios contiguos al nuestro en aquel inmenso nosocomio. Todo fue confusión durante horas, días y hasta semanas. En esa época cayeron antenas de televisión con todo y sus emisoras, no existía la red de telefonía celular que tenemos ahora; entonces la comunicación resultó uno de los problemas más difíciles de solucionar. Hasta que alguien, con su radio portátil, nos mostró el devastador panorama, empezamos a percatarnos de que no éramos los únicos que nos encontrábamos en tal situación.

Los de la radio transmitieron mensajes para pedir ayuda adonde se solicitaba. Algún iluminado se logró comunicar con ellos y, sin exagerar, como 15 minutos después de que escuchamos al locutor describir nuestra situación, vimos cientos de manos trabajar junto a nosotros para remover escombros y sacar cuerpos de entre las piedras. Nos decían que llegaban después de oír la noticia por radio e iban a ver en qué podían ayudar. Desde ese momento y hasta varios días después, cada cosa que era urgente o prioritaria para lo que nos ocupaba la comunicábamos a la radio y, en una acción casi mágica, veíamos respuesta. No importaba la frecuencia, la hora o lo que fuera, ellos, los de la radio, se encargaban de pedirlo en el mismo instante en que lo solicitábamos y lo conseguían.

La radio: todos esos héroes con una voz familiar y rostro desconocido que no dejan un minuto de ser nuestros ángeles protectores y que han logrado, tal vez sin darse cuenta de ello, salvar más vidas que las que muchos otros esfuerzos han logrado. A esos hombres y mujeres que traen debajo de sus ropas el disfraz de superhéroe y que -mientras no haya desastres naturales o epidemias que demanden información masiva, oportuna y permanente- nos mantienen distraídos o informados. Les debemos un reconocimiento exaltado.

Sólo cuando has estado en circunstancias similares a las del terremoto de 1985 en el Distrito Federal, te percatas de que su labor es cuestión de vida o muerte.

Gracias, versátil amigo.

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