Israel Piña Camacho

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Editor de <b>etcétera</b>

¿Quién es el pulpo?

En Los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautreamont, los pulpos, enormes y de ojos sombríos, que de lejos parecían cuervos, volaban por encima de las ciudades para advertirle a los humanos que debían cambiar su conducta. Los pulpos, “inmensos espermatozoides tenebrosos” brotaban como río desde unos “grandes labios de vagina”.

Esa imagen es la que yo tenía de los pulpos: terrible, viscosa, acaparadora. Y escribo en pasado porque ahora estoy confundido gracias a la fama del pulpo “Paul”; peor aún, ya no sé exactamente quién es el animal, si él o quien lo mira. He de confesar que al principio me resistí a escribir sobre este fenómeno mediático, pero luego de merodear por el tema, surgieron en mí estas dos dudas.

Veamos la primera. Con excepción de mis amigos freudianos, quienes lo colocan como un objeto polifálico, el pulpo siempre fue visto como un ser monstruoso, una especie de ave de mal agu%u0308ero que “planea” por las produndidades del mar. El pulpo fue, por lo menos desde el siglo XVIII, un ser demoniaco, con inteligencia casi humana. (Maldoror se convierte en pulpo para herir a Dios).

En la mitología escandinava, el pulpo es conocido como Kraken, que significa criatura enfermiza o retorcida. En un principio ese nombre se asignó a los calamares gigantes, que en esa región del planeta llegan a medir hasta 15 metros, pero ahora se ha extendido a cualquier clase de cefalópodo, aunque se trate de un octopus vulgaris (pulpo común), como es el caso del famoso “Paul”. Un Kraken es símbolo de destrucción, tragedia, muerte, venganza, succión.

El pulpo se ganó la fama de bellaco no obstante no tiene garras ni colmillos ni todas esas cosas que provocan temor a los humanos. Quizá ahí radica la posibilidad de su metamorfosis “Paul” y su capacidad adivinatoria puede ocasionar toda clase de sentimientos y teorías, menos miedo. A los humanos de siglo XXI, un octópodo más bien se nos antoja en un coctel y no en la tierra de los confinados. Tal vez, (digo tal vez porque esto sólo es un ejercicio de divagación con explicaciones tan científicas como los métodos de “Paul”) ese “ablandamiento” del símbolo permitió que los medios lo resignificaran.

Después de “Paul” y de la cobertura mediática que recibió gracias a sus ocho aciertos mundialistas, el pulpo creció mitológicamente, pero cambió de clase: ya no anuncia tragedias sino que predice buenas nuevas -al menos para los ganadores-. Ya no provoca terror y rechazo, sólo curiosidad y ofertas económicas (expertos en marketing como Max Clifford, afirmaron que “Paul” podría generar hasta 4 millones de dólares anuales tan sólo si lo meten a hacer unos cuantos comerciales).

No es para menos. Si bien “Paul” se hizo popular en todo el orbe por su actuación en el Mundial, ya antes, en 2008, había atinado en cuatro de los seis partidos que Alemania jugó en la Eurocopa. El incremento de su fama se explica, por lo menos yo lo explico, no por la correlación con el aumento de su precisión. No. “Paul” simplemente salió en televisión y no en cualquier cadena.

En la BBC de Londres se debatió el origen del animal, al perecer inglés (claro, cualquier crédito en la lista de aportaciones al mundo vale la pena ser defendido). La CNN, por su parte, siguió las apariciones de “Paul”; incluso en una ocasión éste formó parte de las notas principales al ser presentado sólo después del intercambio de espías entre ese país y Rusia. “Paul” tiene cuenta en Facebook y su nombre fue la palabra más buscada en Yahoo durante el certamen de futbol. Los chinos nos prometieron llevar la historia al cine. En México, “Paul” tenía su lugar en los principales noticiarios; el sistema de monitoreo Medialog registra más de 400 notas sobre el molusco.

Es entonces cuando me surge la segunda duda: ¿quién es el pulpo? El inofensivo cefalópodo llegó hasta Alemania, tuvo la mala suerte de conseguir el empleo de “pitoniso” y aún más la de ser eficiente. Pero fueron los medios quienes aprovecharon el dato curioso para volverlo tema de agenda y dedicarle recursos que ni el cambio climático ha merecido.

No había partidos espectaculares ni árbitros precisos ni expertos “retratables” y los jugadores metrosexuales defraudaron en la cancha. Pero los medios, atentos en su vuelo informativo, encontraron a “Paul” y succionaron su peculiaridad para luego invertirla en los espectadores, a quienes invitaron “cambiar” de conducta, a sorprenderse a pesar de la intrascendencia y a dudar de la superchería o coincidencia.

Empiezo a creer que esos “inmensos espermatozoides tenebrosos”, envolventes , viscosos y con aparente mirada reflexiva de nuestro tiempo no pueden ser otros sino los medios que todo lo succionan y convierten en ríos de tinta.

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