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Melina Alzogaray Vanella

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Melina Alzogaray Vanella Lic. en Historia. Investigadora-creativa

¿Qué guarda en su bolsa una prostituta de 82 años?

28 de marzo del 2013. Jueves santo. Quedé en verme con Edén Bernal a las 11 de la mañana en la puerta de la Catedral. El Zócalo arde. Edén es mi amigo, es documentalista y es mi contacto para entrevistar a alguna de las famosas señoras mayores que trabajan como prostitutas en las puertas de La Santísima, la casa del señor.

Reptamos por el asfalto y pasamos junto a una gran ofrenda a San Juditas, al frente otra a la Santa Muerte, y caminamos junto a un pasillo de siniestras estatuas de niños Jesús, todos se ríen no sé de qué.

A los pies de la iglesia hay un cúmulo de mujeres de entre 70 y 90 años que se sientan en una baranda de cemento a comer raspados de limón y esperar a que un hombre las lleve a un hotel cercano por 80 pesos el servicio completo. Todas están bien viejitas, se pintan un poco la cara, están arregladas como si fueran a visitar a sus nietos en navidad.

Intentamos platicar con una y con otra, son todas muy amables, pero se niegan. Hay muchas personas durmiendo en la calle, otras tantas, alcoholizadas, desparramadas en las esquinas, pitonisas de cabellos blancos con bastones de bambú, dioses travestidos con la boca embebida en purpurina, viajeros del pegamento, escapistas profesionales, niños pájaros. De hecho el pollito pío nos perseguirá.

Por fin encontramos a Antonieta que en realidad se llama Mercedes. Y luce como tu abuela: falda de tela gruesa color café por debajo de sus rodillas, pantimedias color carne, zapatos negros estilo mocasín, camisa con solapas, su chaleco de hilo blanco, saco de lana rosa en el brazo. Y una bolsa de piel marrón.Lleva el rostro repleto de arrugas, es tan bella. Tiene el pelo largo y canoso, recogido con pasadores y sus ojos pintados con sombra verde y su boca se asoma finita y perlada.

Desde La Santísima nos alejamos para buscar un rincón donde platicar. Atravesamos un bosque de mujeres depilando su cejas y planchando sus pestañas, masajeando sus muslos, esculpiendo sus uñas sumergidas en el smog y el olor pútrido de las cloacas de la ciudad. Nos sentamos en una banca al final de la Calle de Talavera, niños jugando y el pollito pío otra vez.

No es la típica historia de una vieja puta. Antonieta no es promiscua ni glamorosa, no es grotesca ni es despampanante, no lo dice todo, se escuda tras una doble moral.

No cumple con los cánones de belleza, es vieja, es como tu abuela, pero se prostituye a sus 82 años. Lo hace por necesidad, porque la atormenta quedarse solita en su casa viendo novelas como una anciana aburrida que espera la muerte mientras se le pudre el cuerpo y corazón.

Cuéntame un poco acerca de ti…

Pues me llamo Antonieta, tengo 82 años. Yo nací en San Vicente de Chicoloapan, más adelante de Puebla.

¿A qué se dedicaban tus padres?

Pues eran campesinos, trabajaban en las tierras, sembraban chile, el frijol. De eso nos manteníamos. Y toda la fruta; la pera, el perón, el mango, la manzana, el capulín, el durazno, el chabacano, por allá sí hay mucho de eso.

¿Y hasta cuándo estuviste allá en el pueblo?

Hasta los 15 años, ya luego me vine acá para México.

¿Cuál es el recuerdo más bonito que tienes de ahí?

Nomás íbamos a la escuela, yo les ayudaba a mis padres a rascar la tierra para sembrar el maíz y el frijol. Ya después nos íbamos a la casa para ayudarle a mi mamá para “hacer la tortilla” y luego era ama de casa como ella, y nada más.

¿Y cómo es que viniste al DF?

Pues yo me vine para acá cuando mis papás ya estaban muy grandes y yo tenía que ganarme la vida. Yo quise venirme acá a México para trabajar.

¿Recuerdas cómo fue aquel día?

Sí. Solita me vine, tenía 15 años. Junté unos centavos y me compré un boleto en “La Estrella”. Me dije “ahora sí, yo ya me voy”, ni le avisé a mi papá, ni le avisé a mi mamá, yo me vine sola.

¿Por qué no les avisaste?

Para evitar problemas o equis cosa, de que fueran a decirme “a dónde estás o adónde te fuiste”. Después ya me andaban buscando pero yo les mandé un papel donde les decía que estaba en México trabajando. Es que yo quería saber cómo era México, yo pensaba que era muy bonito y vengo saliendo con que había muchos árboles, hay árboles en mi casa y hay árboles aquí en México. ¿Esto con tanto verde es México?, al ver tanto árbol me di cuenta que era una ciudad cualquiera.

¿Y cómo conseguiste trabajo?

Me vine yo solita y no había dónde quedarme, pero llegué a la terminal de “La Flecha”, llegué con mi rebozo y con mi suéter, no traía más nada. Estaba yo en la terminal y vino una señora y se me acercó:

-¿Qué hace usted aquí muchachita?-

-Estoy esperando a mi familia.- Claro, que era mentira.

-¿Por qué está aquí tan solita?, ya no la van a dejar quedarse aquí.-Una noche nomás me dejaron quedarme en la terminal.

Luego el policía me dijo:

-No, aquí no se puede quedar niña, ¿a dónde se va?-

Yo le digo – Pues yo voy donde haya trabajo-

Y la señora me dice-¿Quiere trabajar? ¡Véngase a mi casa!-

Entonces ya me puse a trabajar con la señora, me quedaba a dormir allí, tenía un cuartito allá arriba. Yo salía solo el día domingo, como las criaditas. Y la señora me decía que fuera a dar la vuelta. Pero dónde iba a ir yo si no conocía nada, no sabía andar aquí, me daba miedo perderme y no saber regresar. Entonces luego ella me llevaba al supermercado a comprar. La señora era mi patrona, y también estaba el señor pero luego hubo problemas. Tres años trabajé allí. Ellos eran unos ricones, con una casota enorme llena de cosas, tenían hasta 2 o 3 criadas.

¿Por qué te fuiste?

Hubo un problemita con el patrón que quería estar conmigo y yo no quería. Y le dije a la señora que yo me había venido “señorita” de mi casa, que no quería tener problemas y que me iba. La señora supo y le reclamo al señor. Ella misma me llevó a otra casa para trabajar, y yo hacía muy bien mi quehacer como siempre, pero al tiempo volvió a pasar lo mismo. (Antonieta se queda en silencio)

¿Qué que pasó?

Es que en aquélla casa había un animal, como un chango. Y querían que yo le diera de comer. El animalito era cariñoso, pero no era que fuera solo cariñoso porque en realidad cada vez que yo entraba a la jaula me manoseaba. Y yo le dije al patrón “Ay no, no quiero darle de comer”; y me dice que si no le doy de comer me tengo que ir y entonces decido buscar otro trabajo. Voy al mercado y busco trabajo de lo que sea, “lavo ropa, lavo trastes, lo que sea”. Y así me consigo un trabajo. Le pido a la señora que me pague para poder mandarles dinero a mis padres y que ellos se queden tranquilos de dónde estoy viviendo. Ella me pidió que esperara al patrón, pero me daba mucho miedo que el patrón me hiciera cosas y le pedí por favor que me dejara ir. Y me dejó.

¿A otra casa? ¿Con otra familia? ¿Dónde era?

Ya ni me acuerdo, eran tantas avenidas que yo ni sabía dónde estaba. Era otra señora, y allí sí duré mucho, como unos cinco seis años. La señora ya se había hallado mucho conmigo. Pero luego le dije que me iba a ir porque estaba yo ganando muy poco. Y entonces me fui a una fábrica de chamarras, solicitaban muchachas y allí conseguí lugar y me quedé en un cuartito de pensión. Trabajábamos la pura chamarra, nos ponían bozal por el pegamento y por la borra. Me dieron mis papeles y todo. Trabajábamos la semana inglesa, de lunes a viernes.

¿Antonieta, cuándo te enamoraste por primera vez?

La primera vez tenía yo 17 años me enamoré de un muchacho pero salió con cola porque estaba casado y que tenía hijos. El me dijo que dejaba a su esposa, y yo le dije “no, yo no quiero tener problemas ni tengo hijos ni nada, yo ya no voy a estar contigo”. Y ya lo dejé, me daba mala espina. Cada tanto el patrón me daba para los pasajes y yo iba al pueblo y les llevaba mi dinero a mi mamá y a mi papá.

¿Y cómo fue que empezaste a trabajar de prostituta?

Una vez estaba yo y un muchacho me invitó a bailar al Salón México y fuimos y todo. Y me decía “tú ganas bien poquito dinero, si quieres ganar más yo te llevo”. Yo pensé que era una cosa fácil, no pensaba que era así. Tenía yo unos 20 años. Me trajo aquí por el Metro Hidalgo y me dice “ponte a trabajar aquí”, y yo le pregunto “¿a qué?”, y me dice “pues a los hombres”, y a mí me daba mucha pena “¿cómo a los hombres?”. Y él me dice “vas a ganar mucho dinero”, y yo le dije que no, ya no puedo y me fui con una señora que vende guaraches y me quería para trabajar. Me insistió como un mes. Allí se ganaban unos 5 o 10 pesos por cliente. Así empecé. Después encontré a una muchacha que me dijo “vámonos a dar la vuelta a Ciudad acuña y Piedras Negras”. Yo pensaba “¡Qué voy a hacer tan lejos de mi familia!”.

¿Eso está en Coahuila, por la frontera, verdad?

Sí, eso. Entonces me convenció y nos fuimos. Y estuvimos trabajando de cantineras. Como no había quién me detenía, allá me fui yo. Todavía estaba el tren ligero, así que en tren ligero me fui yo. Imagínese cuánto tiempo ha pasado ya. Y entonces trabajamos, estuvimos y luego ya no sabíamos qué hacer. Y ya sabe usted que los gabachos son bien canijos, yo nunca quise meterme con los gabachos. Hay que servirles pero yo con los gabachos no. Puro mexicano. Mira si después salgo panzona, yo no.

¿Y dime, en qué consistía tu trabajo?

Vender las cervezas, las copas, el vino. Y luego… bueno hacíamos todo eso. Mi vida es muy dura por que sufrí mucho, sufrí muchisísimo yo. Ya cuando no vi a mis padres demasiado sufrí yo. Pero yo no quiero recordar nada de eso. (Antonieta comienza a llorar).

Mucha gente me decía “Antonieta no seas tonta, no hagas esto, es muy feo”. Y entonces me dejaron de querer. Una vez una cuñada me vio trabajar y antes vendían unas tarjetitas que eran calendarios y venían mujeres encueradas y mi cuñada agarró una y dijo que era yo y se la llevó al pueblo. Y lo mostró con mis hermanos, y mis hermanos me odiaron. “Si me quieren odiar, que me odien”. Y ya duré como 11 años sin ir a la casa, me daba mucha pena. Me sentía yo un poquito más abierta, más tranquila, me iba con las muchachas que me cuidaban.

Ahora sí, como dice el dicho, como veía dinero ya me ponía a trabajar aquí. Y ya me enseñaron otras mujeres cómo tenía que trabajar.

¿Y cómo funcionaba?

Pues estábamos en la calle, por la Plaza de la Soledad, venían los hombres, nos buscaban y nos íbamos al Hotel Loreto, en la calle de Loreto, merito en el mercado. El dueño del hotel nos cuidaba mucho, se llamaba Manuel. Trabajábamos en la mañana.

¿Y cuánto le cobrabas a un cliente?

Pues 10 o 20 pesos, eso era mucho para una en aquélla época, por el mil novecientos cincuenta y pico.

¿Y cuántos clientes hacías por día?

Más de cinco clientes por día. Trabajábamos bastante tiempecito.

¿Y cuánto tiempo estabas con cada uno?

Pues unos 10 o 15 minutos, nada más. No nos tardábamos mucho. Era todo lo que hacíamos.

¿Y cómo eran tus clientes?

Eran hombres jóvenes, bien chamacos. Venían y nos hablaban y todo. Eran muy amables, nunca tuve yo un problema con ellos.

¿Hubo algún cliente con el que no quisiste ir?

Pues no decía nada, no iba y punto. “Ve a buscar a otra”. Cuando los veíamos medio marihuanos o así, luego podías tener problemas en el cuarto, y entonces entraba el señor Manuel y les decía que nos dejen tranquilas y los echaba y se iban.

¿Cómo se cuidaban, había preservativos?

No. No había nada. Ahora sí. Antes se cuidaba una lo más posible yendo al doctor, en el Centro de Salud del Carmen; nos hacían cada año análisis de orina y de sangre y de todo. Yo al menos nunca me quedé embarazada. El doctor nos decía “no hagan esto y esto” y nos mostraban fotos de cómo quedaban las personas que lo hacían.

¿Y con la policía cómo hacían?

Pues venían y al vernos trabajar nos decían “éntrale con tu cuerno”. Y les dábamos para que nos dejaran ir y no nos llevaran al torito, les dábamos 20 o 30 por día. Todos los días venían a buscar su dinero. Ya luego yo me fui.

¿Te casaste o qué?

Pues no, yo nunca me casé. Me junté con un muchacho de ese mismo ambiente, pero como vulgarmente se dice “me salió padrotito” y me quitaba mi dinero. El mismo hotelero donde yo trabajaba me avisó “Oye que este chico te quiere quitar tu dinero. El dinero que traigas me

lo das a mí y a él le dices que no tienes nada”. Una vez se lo encontró y le dijo “a esta muchacha ya no le estés pegando ni nada. Va a venir su familia y se la va a llevar, no quiero meterte al bote pero tú eres un padrotito de marca así que mejor retírate”. Agarró y se fue. Alguna vez me encontró en una calle y quiso invitarme a comer, “no tengo hambre y no quiero que me molestes, ya no soy la de antes”. Él se buscó a otra mujer y se la llevó a Puebla.

Luego, cuando tenía yo como unos 30 años y ya no quería trabajar, vino un señor que era un cliente y me dijo “vámonos, buscamos un casa y te pongo un cuarto”. Y le tuve confianza y tuve con él mis cinco hijos. Y estuve con él así hasta que tuvo un accidente y se falleció. Era trailero y se volcó su camión. Él andaba siempre de viaje pero yo no volví a trabajar, me ponía a tejer, a planchar ropa ajena y así, nos ayudábamos entre todos. Pero luego mis hijos se casaron y se olvidaron de mí y yo vivo solita en mi pobre casa. Y un día no sé lo que me dio que dije “qué hago yo aquí, me voy a dar una vuelta”. Y volví, me vine a dar una vuelta como a los 72 años y ya me quedé.

¿Cuándo vienes?

Pues vengo solo los miércoles, el sábado y el domingo. Vengo como a las 12 del mediodía y me voy a las 5 de aquí.

¿Y actualmente cuántos clientes haces por día?

No, ahora ya no. Ya no es como antes. Ya no es dinero. Si acaso uno por día.

¿Y por qué lo haces?

Pues sí, tengo que dar mi renta y todo. No doy una renta completa porque una tía murió y nos dejó un lugar.

¿Y cuánto cobras hoy por cliente?

Pues se cobran 100 pesos.

¿Y pagan los 100 pesos?

Bueno hay veces que dan 60 pesos y también pagan el cuarto, que vale otros 50 o 60.

¿Y te cuidas con condón?

Sí, nos los dan las monjitas de Guatemala, que están allá por la Santísima. También nos dan vitaminas para fortalecernos.

¿Alguna de tus hijas se dedican a esto?

No, ninguna. Ya están todas casadas. Nadie sabe.

¿Y qué crees que ellos pensarían de ti si supieran?

Pues, se lo juro que me odiarían.

¿Por qué?

Y como nunca les platiqué yo mi historia ni nada. Yo solita me he comido mis problemas. Ni a ellos les digo nada de lo que me pasa, nada de nada. Bendito sea dios hasta ahorita. Una vez una cuñada de mi esposo me dijo “llévame ahí donde trabajas”. No yo nunca traería a nadie acá. Antes yo también trabajaba en Los Toros.

¿Lo sufres?

No. Porque la verdad es que no me entrego a ellos y de una vez te lo digo. Con mis hijos sufrí y ya no quiero volver a sufrir. Yo entro como si nada, ¡pero qué voy a disfrutar yo con estos señores!

¿Pero no podrías hacer otra cosa, como lavar ropa o coser?

Pues quizás sí, quizás no. Pero ya estoy grande y sola. Vengo a hacer un dinerito y a ver a mis amigas.

¿Y cómo es que se cuidan entre ustedes?

A veces viene un cliente que es feo y nos avisamos porque viene tomado o marihuano. Por ahí andaba una señora que tuvo un problema duro y él llevaba un machete y le iba a pegar.

¿Qué le dirías a quien quisiera empezar a prostituirse?

Que es muy peligroso y muy feo, que te puedes agarrar muchas enfermedades. Pero si lo quieres hacer, arriésgate.

¿Y por qué crees que la mayoría de las mujeres lo hacen?

Pues le voy a decir que algunas lo hacen por gusto, otras por necesidad y otras porque las obligan. Tiene niños o nietos y los tienen que mantener.

¿Y por qué crees que los hombres vienen a buscarlas?

Pues, para estar con nosotras un rato y por el gusto por pagar. A veces no tienen calor en su casa y tiene más calor con las mujeres de aquí. Algunos lo han dicho “yo tengo más calor con ustedes que son personas de la calle, que con mi mujer”.

¿Y por qué estar con una señora de 82 años?

Porque dicen que somos más limpias, porque no nos metemos en mucho contacto con tanto hombre porque ya no trabajamos tan duro como las chamacas que están “entra y sale”.

¿Y ahora tus clientes de qué edades son?

Pues ya grandes. Yo no me meto con jóvenes.

¿Por qué no?

Pues, le voy a decir porqué. Es que vienen y me buscan esos chamacos y nomás vienen a juzgar a una. Yo con ellos no me puedo meter, en cambio los hombres mayores vienen a lo que viene y santo remedio. Una vez me tocó con un chamaco bien chamaco y estábamos haciendo el sexo y me enojé porque me dijo “siento que estoy con mi mamá”. Me encabroné mucho porque yo tengo hijos, le dí su cachetada, me lo saqué de encima y le dije que se fuera por donde entró.

¿A estos poquitos clientes que tienes tú los eliges, por qué vienen siempre los mismos?

Pues lo natural, yo los dejo satisfechos. Les gusto porque estoy grande y soy una persona limpia, ya está.

¿Te sientes desprotegida por tus hijos?

Exactamente. Me siento yo desprotegida por mis hijos porque desgraciadamente desde que encontraron a su pareja y murió mi marido yo ya no sé qué hacer. Yo me encierro en mi pobre casa y allí estoy solita (Antonieta comienza a llorar otra vez). Hay un solo hijo que me llama pero los demás ni se acuerdan de mí, no saben si estoy muerta o en cama. Por eso vengo aquí.

¿Y tú cómo te sientes aquí?

Aquí con mis amigas y los clientes me siento más protegida, me hablan, platicamos, nos carcajeamos. Me dicen “tú vente aunque no hagas nada”, porque hay veces que no me hago nada pero ellas me dan 20 pesitos para el camión, ellas mismas me ayudan. O un cliente que no va y me regalan mis 50 pesos. Me siento más halagada porque estoy aquí tranquila con ellas, mejor que en mi casa. Se escucha música religiosa. ¿Y tú eres creyente? Sí, tengo a mi virgencita de Guadalupe y a San Juditas. Ellas son mis adoradas, son mis adoraciones.

¿En algún momento te sientes culpable por tu trabajo?

Pues un poquito me siento mal y un poquito me siento tranquila. Como dice el dicho “de lo dicho al hecho ni llorar es bueno”. Pero siempre tiene una que disfrutarse tantito solita aunque sea. Si ya se fue mi pareja… “si ya se fue tu mano derecha, aprovecha”. Estoy sana y puedo hacerlo, bendito sea Dios.

¿Y en qué medida crees que ha cambiado la prostitución desde cuando tú comenzaste hasta ahora?

Ha cambiado mucho. Ya ni piden dinero los policías ni nada. Yo ahorita no tengo que darle dinero a nadie. Ni a esa tal Guillermina que antes me pedía dinero, ahora solo las chamacas le dan. Ahora los hombres piden puras cochinadas. Yo los mando a la gorra. “vaya con su esposa y haga lo que quiera, pero aquí no, aquí es diferente”.

¿Y una mujer de 80 años todavía disfruta del sexo?

Yo no disfruto con mis clientes, desde que se murió mi esposo yo no.

¿Antonieta qué es lo que traes en tu bolso?

Pues traigo mis cositas. Mi maquillaje, mi pañuelito, toallitas húmedas para limpiarme, las llaves de su pobre casa y varios condones que me regalan las monjitas. Ya me quiero ir. Y discúlpeme por lo que yo hablé y también por lo que no hablé. Al fin y al cabo ya hice mi novela.

Trae en la bolsa un cúmulo de silencios enredados, la pura soledad. Apagamos la grabadora, agradecemos a Antonieta por su tiempo, la abrazamos y le damos dos besos. Nos levantamos de la banca y comenzamos a caminar para acompañar a la ahora mujer frágil hacia La Santísima

otra vez. Ya sin micrófono Antonieta se vuelve a relajar y bromea con nosotros: “¡Hey jovencitos, ustedes dos se me van ahora directo cada uno hacia su casa ¿eh?… nada de andar buscando un hotel para encerrarse toda la tarde ahí!”. Nos reímos los tres, nos volvemos a reír.

¡Pinche vieja puta!

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