Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

Publicidad

La publicidad mueve al mundo, y en muchos casos, a los medios masivos, que hacen y deshacen porque los anunciantes acudan en turba a sus puertas. Por supuesto, es un negocio de cientos de millones, y como tal, determina diversas disfunciones que me interesa comentar en su compañía, querido lector. Lo primero que hay que decir es que la publicidad, como la hemos conocido durante años, cede el paso a pautas emergentes de lucidez desigual. Hace no mucho tiempo el ejecutivo de un despacho al que no tengo el gusto de conocer, me envió un correo en el que me invitaba a hacer publicidad en Twitter a cambio de un dinerillo. Me quedé muy asombrado de que existiera tal cosa y me negué amablemente, sólo para constatar que existe gente que hace favor de informar en Twitter cosas como: “Qué antojo de unas barritas Marinela” o “Los tacos del Chupacabras son insuperables”. Otra forma advenediza en esto de la publicidad se vincula con unos camiones rectangulares que pasean por la ciudad en formación de fila india y que llevan un anuncio por costado. En este caso se trata de emitir toneladas de CO2 y entorpecer más la circulación con el fin de que nos enteremos de que Viana vende barato o que las enchiladas en Sanborn’s están al 2 por 1, lo que me parece de una imbecilidad ejemplar.

Están también los anuncios chatarra, ésos que se hacen con un presupuesto de 150 pesos y que nos son asestados a mansalva cada vez con mayor frecuencia. Este es un caso fascinante que tiene varias aristas; la primera es de carácter legal, ya que muchos de ellos presentan las virtudes de productos milagro que a todas luces son un fraude. Por años he venido oyendo sobre la necesidad de regularlos, pero lo que efectivamente parecería un milagro es que alguien lo hiciera. En esta categoría podemos ver fajas, unos polvitos a los que se les echa agua y te permiten bajar 14 kilos en tres semanas y una plataforma vibradora que debe causar próstata hendida. El segundo punto se vincula con los códigos de los medios. Cualquiera que se tome la molestia de ver el Canal 2 durante el noticiero de Loret de Mola podrá comprobar que prácticamente la totalidad de los anuncios son de ese tipo. Uno se pregunta (con ingenuidad): ¿los medios no deberían tener un código que impida hacer negocio por medio de la estafa al consumidor? La evidente respuesta, por supuesto, es negativa. El tercer y último punto es el relativo a la capacidad de análisis de los destinatarios de esta basura. La OCDE bien podría cancelar las pruebas educativas y con esta evidencia concluir que somos un país de una enorme precariedad intelectual.

La última forma comercial que me interesa analizar es la de las inserciones pagadas. Hoy en la mañana, por ejemplo, me encontré al señor Gobernador de Jalisco (el mismo al que le dan “asquito” los gays) hablando de los juegos Panamericanos, justamente en el programa de Loret. La cámara lo enfoca y aparece muy aliñadito, en algo que semeja una nota periodística que empieza a ser sospechosa cuando se reitera día con día y en la que queda claro que se necesitaría ser muy pendejo para no votar por ese pedazo de estadista que es Emilio González. Entonces queda claro que los impuestos que usted y yo pagamos sirven para la promoción personal de alguien impresentable y que nuevamente los medios se prestan a esta farsa con el fin de engordar sus arcas con la falta de saciedad de una musaraña.

¿Qué se puede hacer? Aparentemente nada, porque la capacidad regulatoria del Estado es la misma que la que tiene México para poner un hombre en Marte y el juego de intereses es muy alto. Por ello las empresas de comunicación tienen cabilderos e inclusive legisladores que velan por sus intereses con la misma moralidad de una mora. Creo que sería buen momento de iniciar una revisión sobre el tema; el problema es que yo no pienso hacerlo, ya que no encabezo ni a mis hijos y muchos de los “líderes de opinión” están ya cooptados por algunas empresas, por lo que no las cuestionan ni con el pétalo de un comentario. Ni hablar.

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