Cinque Terre

María Cristina Rosas

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Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Publicidad y automedicación

La automedicación es una práctica común en todo el mundo que, alimentada por la publicidad de las empresas farmacéuticas, representa un riesgo para la salud de la población.


Hay que distinguir entre la automedicación no informada y a la que el consumidor recurre con ciertos conocimientos. Ambas se justifican ya que ningún sistema de salud podría atender las dolencias comunes y cotidianas de la población. Cuando una persona padece resfriado, dolor muscular, dolor de cabeza, acidez estomacal o una diarrea, es posible recurrir a los medicamentos conocidos como OTC u over the counter, esto es, que no requieren receta médica y que se pueden adquirir con facilidad. Comprar medicamentos OTC puede ayudar a aliviar las dolencias, y en la medida en que el consumidor tenga información adecuada y emplee las medicinas con responsabilidad, se puede disminuir la sobrecarga que tienen los servicios médicos en la atención de afecciones menores. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) alentó a los países a promover una automedicación inocua y racional en la población.


 


La automedicación es distinta de la autoprescripción. Es el consumo de medicamentos que requieren receta médica y que, pese a ello, son suministrados sin ella, por ejemplo, por recomendación de los empleados de las farmacias, de familiares o conocidos. Más preocupante aún es la prescripción no autorizada de antibióticos, que pueden comprometer el sistema inmunológico de quienes los consumen. Un problema creciente en el mundo es el uso y abuso de antimicrobianos, incluso para enfermedades provocadas por virus. El recurso a los antimicrobianos ha contribuido a catapultar la resistencia de ciertas bacterias a los medicamentos, al volverse inmunes a los mismos. Éste no es un fenómeno que sólo ataña a las enfermedades generadas por bacterias. El uso de antibióticos, mismos que se emplean para enfrentar enfermedades provocadas por parásitos, virus u hongos, también constituye un problema. La situación es preocupante: según la OMS, enfermedades que previamente podían ser contrarrestadas con ciertos tratamientos, ahora son resistentes a los mismos. Por ejemplo, actualmente hay un tipo de tuberculosis multirresistente en unos 100 países del mundo, la cual demanda nuevos tratamientos, a menudo costosos y menos eficaces. También se ha observado un aumento gradual de la resistencia a los medicamentos destinados a enfrentar el VIH/SIDA, que si bien aún no llega a niveles críticos ,como ocurre con la tuberculosis, alerta respecto a un retroceso en el combate de esta enfermedad.


El economista británico Jim O’Neill, a quien se le recuerda por haber creado hace algunos años el concepto de los países BRIC, dio a conocer en 2014 un informe acerca de la problemática de la resistencia antimicrobiana, donde plantea un escenario más que dantesco en los años por venir: de no emprender acciones, la comunidad internacional – incluyendo por supuesto a gobiernos, empresas farmacéuticas y profesionales de la salud–, en 2050 podrían morir unos 10 millones de personas cada año, debido a la falta de instrumentos terapéuticos eficaces contra enfermedades como las descritas y otras más.


En esto juega un papel muy importante la publicidad. En los últimos años, las empresas farmacéuticas se han apoyado en ésta para promover sus productos al grueso de la población. Como ocurre con cualquier fórmula publicitaria, el producto es ofrecido a partir de sus beneficios potenciales, no de los efectos secundarios ni de los riesgos que podría generar entre los consumidores. En muchos casos, se exageran los beneficios potenciales e inclusive se le llegan a atribuir propiedades y características de las que carece. La leyenda “consulte a su médico” normalmente acompaña a la publicidad, si bien el efecto que esta consigna podría tener en el público es marginal.


 


¿Qué es la automedicación?


En México, a diferencia de otros países, existen pocos estudios sobre la automedicación y la autoprescripción. En ambos casos hay riesgos para la salud del consumidor, si bien la autoprescripción es considerada una práctica preocupante, dado que el medicamento es adquirido sin contar con el diagnóstico apropiado de parte de algún profesional de la salud.


La automedicación y la autoprescripción son distintos del autocuidado. En este último caso, las personas llevan a cabo diversas actividades encaminadas a promover su salud sin la concurrencia de profesionales por ejemplo, mejorar su dieta, disminuir el consumo de sal y azúcar, moderar la ingesta de alcohol o drogas, reducir o suprimir el tabaquismo, efectuar actividad física o ejercicio. La práctica del autocuidado es impulsada tanto por la OMS y los gobiernos como una manera de promover estilos de vida más saludables.


Con todo, existe una vinculación clara entre el autocuidado, la automedicación y la autoprescripción. Por ejemplo, cuando el autocuidado resulta insuficiente, el consumidor suele recurrir a la automedicación para hacer frente a algún malestar o dolencia. Si la automedicación no reporta los resultados esperados, entonces se opta, en muchos casos, por la autoprescripción.


En sociedades crecientemente urbanizadas, con poco tiempo para el autocuidado y el desarrollo de estilos de vida saludables, la publicidad de los medicamentos seconvierte en una respuesta. En los medios de comunicación tradicionales pero también en el mundo virtual, se ofrecen analgésicos, antigripales, antitusivos, fungicidas, adelgazantes, anticelulíticos, antihistamínicos, antiácidos, antiasmáticos, antimicóticos, energéticos, antiinflamatorios, broncodilatadores y descongestivos, preparaciones dermatológicas y contra hemorroides, laxantes, oftalmológicos, relajantes musculares, vitaminas, minerales y suplementos alimenticios. Sin ir más lejos, hace unas semanas se desencadenó una fuerte polémica en México por un “medicamento”, el “Mariguanol”: una pomada “milagrosa” que se ofrece en mercados y calles de diversos países –además de que se le puede adquirir en línea– para el tratamiento de la artritis, dolencias musculares, golpes, infalamciones, etcétera. El “Mariguanol” es considerado como un ejemplo más de los llamados “productos milagro”, los que, sin contar con las debidas pruebas de inocuidad ni las autorizaciones de los ministerios sanitarios correspondientes, son consumidos por la población. Los “productos milagro” carecen de pruebas científicas que verifiquen su utilidad terapéutica o los beneficios que su consumo trae aparejados.


La publicidad del “Mariguanol”, de otros “productos milagro” y de muchos medicamentos soslaya inconvenientes, peligros, efectos secundarios y contraindicaciones. La publicidad alcanza a amplios sectores de la población, obviando el trabajo de médicos y farmacéuticos, quienes, en principio, deberían ser quienes prescriban medicamentos y tratamientos. Es decir, el objetivo de la publicidad es el consumidor, no el sector salud, lo que potencia diversos riesgos. Incluso, en diversas farmacias ahora también e-xisten consultorios donde las personas pueden acceder a consultas a un costo bajo o de manera gratuita. Se estima que 9.7 millones de personas acuden mensualmente a consulta a esos lugares, donde se les prescriben ciertos medicamentos sin que exista un diagnóstico como el que se podría tener en clínicas u hospitales. Para los lugares que cuentan con consultorios anexos, es una buena opción para incrementar la venta de medicamentos, lo que podría generar una relación perversa con el médico del consultorio.


Los medicamentos inciden directamente en la salud y la vida del consumidor, lo que hace imperioso que su promoción y venta se desarrolle conforme a criterios científicos, morales y éticos, y con información confiable y verificable. Aquí, por supuesto, es muy importante la legislación sanitaria para regular la disponibilidad y la accesibilidad de los medicamentos, dado que cuando el entramado legal es débil, se puede poner al alcance de las personas una gama amplia de productos que no debería consumir a menos que contara con las prescripciones pertinentes. Lo que también resulta importante es que mucho del debate se ha centrado en la figura del “consumidor tramposo”, que busca obtener los medicamentos a toda costa, cuando el problema tiene que ver más con la falta de profesionalismo del sistema médico y farmacéutico favorecido por la omisión de las disposiciones legales. En este sentido, tan importante es fortalecer la legislación en torno a la publicidad como también de farmacias y consultorios.


Automedicación y autoprescripción


Diversos factores contribuyen a la automedicación y la autoprescripción. De entrada, los estilos de vida conducen al desarrollo de diversas patologías y el tiempo escasea para modificar las prácticas cotidianas que deterioran la salud, por ejemplo, la alimentación, la actividad física, el ejercicio, etcétera. El mundo tiende a la urbanización y la vida en las ciudades es rápida y estresante. Hay poco tiempo para el descanso y el esparcimiento, o para la preparación e ingesta de alimentos nutritivos.


 


Otro factor subyacente es la demografía y su relación con la epidemiología. Hoy las personas viven más años, pero su calidad de vida se ve comprometida por enfermedades no transmisibles crónico-degenerativas, cuyo tratamiento es costoso. Algunos padecimientos se desarrollan de manera silenciosa –diabetes mellitus, hipertensión, etcétera–, lo que, aunado a una escasa cultura de la prevención, posibilita que cuando una persona se siente mal, seguramente es porque la enfermedad ya se encuentra en una fase avanzada y, en consecuencia, el daño a órganos y funciones vitales es difícil de enfrentar y revertir. Mientras tanto, se recurre a la automedicación e incluso a la autoprescripción para mitigar la dolencia, sin que se atienda debidamente la raíz del problema.


Las reformas al sector salud también han hecho su parte para complejizar el problema. Los servicios públicos, se encuentran saturados, y las personas, de cara a la urgencia de encontrar una solución ante los padecimientos recurren a la automedicación, la autoprescripción o se dirigen a las farmacias y a los consultorios anexos para obtener la “cura” y buscar su sanación. Una opción son los servicios que provee el sector privado, si bien su accesibilidad la población es limitada, al depender ésta del poder adquisitivo del paciente.


La automedicación y la prescripción no necesariamente conducen a resultados sanitarios satisfactorios. En muchos casos, coadyuvan a la resistencia a los antimicrobianos y antibióticos, de manera que la salud de una persona puede empeorar rápidamente sin que pueda acceder a tratamientos adecuados, sea porque éstos aún no se han desarrollado o porque resultan más costosos. Asimismo, en escenarios como los descritos, se pierde la confianza en los sistemas de salud y en los profesionales del ramo, lo que puede alentar el recurso a los “productos milagro” y a charlatanes que ofrecen remedios cuya eficacia e inocuidad, como se sugería anteriormente, no está probada.


Las pérdidas económicas derivadas de la automedicación irresponsable, de la autoprescripción y del consumo de “productos milagro” son cuantiosas, tanto para los sistemas de salud como las personas. De entrada, la automedicación irresponsable, la autoprescripción y la adquisición de “productos milagro” implica un desembolso. México tiene uno de los gastos de bolsillo más altos a nivel mundial para fines de salud, lo que significa que cuando una persona tiene una dolencia o padecimiento, generalmente utiliza sus recursos para adquirir los medicamentos, acceder a planes terapéuticos o pagar las consultas médicas. Ello puede contribuir a mermar los recursos de que disponen las familias, afectando especialmente a las de más bajos ingresos.


Los sistemas de salud también se ven afectados por las prácticas descritas, dado que si la salud del paciente empeora a consecuencia una automedicación inadecuada, una autoprescripción o un “producto milagro”, serán aquellos los que deban atender las complicaciones y el deterioro de la salud de las personas afectadas.


¿Qué hacer?


El problema es complejo. Sin embargo, es importante la educación en materia de salud entre la población; la promoción de estilos de vida sanos y del autocuidado y automonitoreo. Falta un largo camino para que en México, al menos, la prevención sea una realidad. Muchas personas, ante la sospecha de algún padecimiento, optan por esperar o consumir algún analgésico, postergando así el inicio de tratamientos que podrían ser sumamente efectivos si el padecimiento es detectado a tiempo.


La accesibilidad a los servicios de salud es un desafío importante. Sin embargo, incluso en regiones remotas, con una inversión baja se puede favorecer el desarrollo de la telemedicina, de manera que se pueda tener acceso a profesionales de la salud en zonas de difícil acceso o en beneficio de personas que tienen problemas de movilidad o dificultades para trasladarse a un centro de salud.


Es muy importante también mejorar las legislaciones que regulan a los medicamentos y a la publicidad que los oferta. La Ley general de salud en materia de publicidad ha sufrido algunas modificaciones a la luz de la existencia de “productos milagro” y diversos medicamentos OTC. Entre las modificaciones se señala que “los medios de difusión se asegurarán de que la publicidad que transmitan cuente con el permiso correspondiente o se haya presentado aviso ante la Secretaría de Salud. El anunciante que pretenda publicitar un producto o servicio sujeto a control sanitario por parte de la Secretaría de Salud deberá presentar al medio de comunicación copia certificada de la carátula del registro sanitario o autorización vigente, así como el permiso correspondiente para su publicidad (…) La Secretaría de Salud ordenará a los medios de difusión la suspensión inmediata –en 24 horas– de la publicidad de remedios herbolarios, suplementos alimenticios o productos cosméticos que se publiciten o comercialicen como medicamentos o productos a los cuales se les atribuyan propiedades o efectos terapéuticos que no tienen (…) Las multas se incrementan considerablemente de 60% a 400% para los fabricantes, distribuidores y comercializadores de este tipo de productos que violen las nuevas disposiciones normativas, llegando hasta 16 000 veces el salario mínimo general diario vigente en el Distrito Federal”.


Por supuesto que estas medidas no resolverán el problema, pero constituyen acciones desarrollar, sobre todo considerando que muchos laboratorios y fabricantes de “productos milagro” o incluso de medicamentos OTC prefieren pagar las multas descritas y ampararse, de manera que mientras se resuelve el litigio, pueden seguir ofreciendo sus productos en los medios, derivando de ello, beneficios económicos a costa de la salud de los consumidores.

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