Psicoanálisis, Gestalt y literatura

Opinión

Sin embargo, las críticas más radicales al psicoanálisis –y a toda práctica psicoterapéutica– no han provenido del campo de la psicología, sino de la literatura. Harold Bloom, por ejemplo, ha visto en el psicoanálisis una forma de chamanismo, de superchería. En La conciencia de Zeno, Italo Svevo nos saca carcajadas ante las pretensiones “curativas” de la psicología. Algo parecido lograba Salvador Elizondo cuando se declaraba neurótico con orgullo. Pero no han faltado los buenos escritores que han reconocido en la psicoterapia un oficio necesario y meritorio. Pienso en Terapia, la novela de David Lodge, quien sintomáticamente encuentra un sólido asidero en Kierkegaard, un eventual escritor que devino filósofo para acabar como teólogo. Una evolución sintomática, desde mi punto de vista. Sea como sea, resulta saludable admitir que sucede con la psicología lo que ocurre con la sociología, las ciencias políticas y, engeneral, con las llamadas ciencias humanas o del espíritu, a saber: que resultan cuestionables. Claro, todas las ciencias resultan cuestionables, incluidas las ciencias duras, pero éstas se acomodaron mejor a las certidumbres del positivismo y han alcanzado aplicaciones tecnológicas palpables, lo que suscita una aceptación automática y muchas veces dogmática en la mayoría de la gente. Por si fuera poco, la psicología mantiene un pie en las ciencias naturales y otro en las humanidades. De hecho surgió como una derivación de la psiquiatría, con todas las ventajas y desventajas que eso representa. Lo cierto es que se antoja inobjetable que la psicología es necesaria al mundo actual, y parece probable que lo será aún más en el mundo por venir.

 

IV

 

De acuerdo a todos los indicios, el cuerpo piensa, y lo hace sin palabras: es el paradero del inconsciente. No resulta indispensable concederle ningún derecho de soberanía, ni siquiera de existencia, a la libido de Freud o al “orgón” de Reich para advertirlo. Basta observar la recurrencia con que los gestos de una persona contradicen sus palabras, la persistencia con que mucha gente sigue haciendo cosas que declara no querer hacer, la notoria ineficacia de todas las recetas de comportamiento y superación personal, para admitir que algo inconsciente conspira en la mayoría de nosotros. El cuerpo es la máquina del deseo y el miedo, y no sólo desea sexo ni le teme sólo a lo que ve. También desea seguridad, alimento, protección, admiración, poderío, en muchas ocasiones sufrimientos culpables. Y también teme a lo que no ve, a lo que imagina sin que muchas veces nos demos cuenta que lo imagina. Se impone ampliar la conciencia que tenemos sobre nuestro cuerpo. Pero no todo se cifra en la ampliación de esa conciencia. Sin la imaginación propiamente dicha el mundo no puede ampliarse. Y por la dinámica de las cosas, un mundo que no se ensancha, se achica y, tarde o temprano, un mundo achicado hace de la libertad una posibilidad impracticable. Pero la libertad de la imaginación es una libertad parcial porque no incorpora al cuerpo. O lo es si en un momento u otro no lo incorpora en forma activa. No existe razón, como sea, para ignorar las solicitudes del cuerpo y limitarnos a los ricos e imprescindibles vuelos de la imaginación. La imaginación abre, sugiere, altera, advierte, subvierte, propone pero, si acto, es acto metafórico, no acto propiamente dicho. Una cosa es agrietar la puerta y otra abrirla, no se diga cruzar el umbral. Encarnar una libertad plena implica un arte difícil y peligroso. Un arte al que se le impone incorporar al cuerpo y el alma por igual. El alma sin el cuerpo nos priva de la mitad del banquete y el cuerpo privado del alma convierte el banquete en un páramo sin estrellas. Pero momento. ¿Alguna vez se presenta una plena ausencia del cuerpo o del alma? ¿No componen las dos caras de una sola moneda? Meras trampas del lenguaje: en el ser humano no puede presentarse una ausencia total del cuerpo ni del alma. Cuando alguno de los dos se echa por completo en falta, no puede decirse que exista allí un ser humano propiamente dicho. Ocurre con los enfermos que subsisten en probado estado vegetativo. Lo que puede organizarse, en todo caso, es una represión, una torcedura, una contradicción, un sometimiento inconsciente del cuerpo al alma o del alma al cuerpo. Entonces cada una de esas dos partes marcha como separada. Queda claro que revertir esa desintegración constituye un propósito central de cualquier psicoterapia. Y también queda claro que no todo es literatura. Pero tampoco psicología. Ni siquiera futbol. El cultivo de la imaginación no tiene por qué prescindir de una viva apropiación corporal de la existencia de la misma forma como las expansiones salvajes de un cuerpo avivado no tienen por qué prescindir de la civilizada comprensión de la conciencia. La psicoterapia Gestalt, en todo caso, puede enriquecerse con el psicoanálisis, el psicoanálisis con la psicoterapia Gestalt y ambas escuelas pueden e incluso deben beneficiarse de las críticas, las revelaciones y los vuelos de la literatura.

 

La interpretación del desarrollo infantil de Fritz Perls no niega la de Freud. El aprendizaje, la socialización y el desarrollo de la personalidad se instituyen tanto desde el morder y la elección del gusto como desde el agradecible e “introyectado” control de las esfínteres. El niño destaca como un pequeño salvaje, como un pueril Ello indomesticado, pero también como una criatura capaz de elegir. La libertad sin límites de los pequeños hace tiranos. Con más frecuencia de la que Perls hubiera querido aceptar, el proceso autorregulador y natural de crecimiento opta por el despotismo. Pero los límites sin libertad producen personas amargadas y rencorosas listas para desquitarse con el primero que se le cruce en el camino.

 

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