Alejandro López

Prohibido prohibir

El mayo francés insufló nuestro ánimo. Las noticias llegaban en cascada: huelga en Nanterre; discusiones interminables en la Sorbona; manifestaciones tumultuarias; enfrentamientos con la policía, barricadas, bombas molotov, y sobre todo un nuevo discurso: “Prohibido prohibir”, “Sed realistas, pedid lo imposible”, “Jóvenes rojas, siempre tan bellas”. De inmediato hice unos botones con esas y otras frases de ese movimiento estudiantil, incluida una que causó escozor a los marxistas ortodoxos: “Soy Marxista de la línea Groucho”.

En CU no perdíamos la oportunidad de comentar lo que sucedía en Francia. Era el tema, soñábamos con iniciar un movimiento que terminara con las prohibiciones y los abusos del poder. En los últimos años habíamos recibido noticias internacionales poco alentadoras: el golpe de estado en Brasil en 1966 para derrocar al socialdemócrata Joao Guolart; los asesinatos del Che Guevara en octubre de 67 y de Martin Luther King en 68; el fracaso de la ofensiva del Teth en Vietnam. Estábamos convencidos de que a pesar de que los chinos proclamaban que “el imperialismo era un tigre de papel” (Mao dixit), era porque estaban muy lejos, pero en el patio trasero sentíamos su presencia más cercana y agresiva.

En nuestro país había una ambigu%u0308edad muy compleja. Era el más abierto de América Latina en lo que tocaba a política internacional y, a la vez, era profundamente cerrado en la política interior. El único que no había roto relaciones diplomáticas con Cuba, pero en el aeropuerto de la ciudad de México fichaban a todos los que viajaban a la isla, automáticamente quedaban imposibilitados de viajar hacia EU.

En toda la ciudad había agentes “secretos” que eran de los más reconocibles por sus carros sin placas o con placas gringas sobrepuestas; sus trajes y corbatas del año del caldo; sus peinados, gestos y actitudes. Te podían detener sin orden de aprehensión, levantarte en la calle y llevarte a los separos del “Torito”, “la Vaquita”, “Tlaxcoaque” o a alguna de sus cárceles clandestinas para darte una “calentadita” (golpiza), o aplicarte un “pocito” (un tanque de agua pestilente donde te sumergían la cabeza hasta casi ahogarte), la “picana” (toques eléctricos en testículos y ano) o el clásico “tehuacanazo” (agua mineral con chile piquín por las narices). A un compañero que lo apañó la tira por repartir propaganda “subversiva” lo torturaron varios días. Los agentes que lo presentaron al MP “le hicieron el favor” de cambiar el cargo: en lugar de subversivo y/o agitador comunista –y por lo tanto candidato al delito de disolución social (el famoso artículo 145 Bis del código penal)–, lo consignaron por venta de marihuana. En los 70 era menos penado el tráfico de drogas que la difusión de las ideas. Cuando salió de Lecumberri años mas tarde, nos contó horrores de su estancia en la cárcel. Estaba irreconocible, era incongruente y tartamudeaba al hablar; casi no comía y tenía muchos tics. Por órdenes de la policía, terminó asesinando a otro compañero nuestro, quien fuera de los primeros fundadores del sindicato de la UAM. Por ese crimen nunca fue aprehendido.

Desde el año de 1965 que salimos a la calle a protestar más de 20 mil personas por la invasión yanqui a Santo Domingo, no habíamos podido manifestarnos públicamente (se requería un permiso para no ser reprimido por los granaderos). Esa vez, en San Juan de Letrán, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas, retumbaron las consignas de “Fuera Lideres Charros”, “Cuba y Santo Domingo Sí, Yanquis No”. Fue una explosión de júbilo y coraje, que no volvió a suceder hasta el 26 de julio de 68.

En 1966 hubo un movimiento significativo de los médicos residentes e internos que me tocó vivir de cerca, ya que trabajaba entonces como estadígrafo en el Hospital 20 de Noviembre del ISSSTE. El movimiento se inició en el Hospital General de la SSA y en el 20 de Noviembre. Las demandas eran de tipo económicas. Los médicos ya graduados, tenían que hacer un internado de un año y una residencia o especialización de cuatro años, antes de considerarse aptos para ganar un salario profesional. En mientras su “bequita”, que no les alcanzaba para nada: ganaba yo mas que ellos.

La protesta cundió en pocas semanas y se convirtió en una huelga indefinida. Los médicos realizaron varias manifestaciones en las que no permitieron que se incluyeran otras demandas para evitar que el gobierno los tachara de “agitadores profesionales”. Su resistencia fue ejemplar; sin embargo, fueron reprimidos brutalmente por los granaderos.

Por eso también dos de las principales demandas del movimiento estudiantil del 68 fueron la disolución del cuerpo de granaderos y la supresión del artículo 145 bis.

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