Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

Presidente erecto

La imagen de Menem bailando con una odalisca en el programa de Mirtha Legrand marca el comienzo de una década donde la estabilidad y el dinero de las privatizaciones le dieron al Presidente y sus amigos un amplio manto de impunidad que usaron para satisfacer sus deseos.

“El turco”, decían sus allegados, no puede estar sin una mujer al lado y ellos fueron los encargados de conseguirle lo que quería. El procedimiento era simple: un amigo invitaba a una actriz/modelo/conductora/vedette a la Casa Rosada y luego de la cena, disimuladamente, se retiraba, dejándolos solos. El presidente se encargaba del resto.

La mayoría de estas “conquistas” estaban vinculadas al mundo del espectáculo y conocían y aceptaban la figura del padrino: un hombre con poder (normalmente un productor) que les podía conseguir lo que querían pero al que debían devolverle el favor.

La impunidad de Menem fue tan grande que, apenas un año después de visitar a Mirtha Legrand (y ya seguro de la estabilidad del gobierno), se libró del ultimo estorbo que le impedía llevar una verdadera vida de soltero, expulsando a su mujer, Zulema Yoma, de la residencia presidencial.

“Bastó una orden a su fiel amigo Andrés Antonietti, entonces Jefe de la Casa Militar de Olivos, para que la echara por la fuerza. Como si en la Argentina fuera natural que los hombres repudien a sus esposas, como sucede en el Islam, nadie se inmutó”, escribió Norma Morandini en “El Harem”.

El hecho, a pesar de la denuncia de Zulema (“Si el pueblo permite esto , esperen cualquier cosa”) , apenas modificó la imagen pública de Menem porque a los argentinos, acostumbrados a los caudillos con infinidad de hijos extramatrimoniales (Urquiza, vencedor de Rosas en Caseros, tenía cerca de un centenar), les importaba más su bolsillo que los escándalos matrimoniales y sexuales de su presidente: mientras no volviera la hiperinflación que había derrumbado a Alfonsín podía hacer lo que quisiera con su vida.

Esta lógica hizo que las denuncias sobre su hiperactiva vida sexual (su relación con Nora Alí, a la que llevó como asesora presidencial en 1989, o con Marta Meza, con la que tuvo un hijo no reconocido, entre tantas otras) apenas tuvieran eco. Menem generaba tantos hechos “mediáticos” (visitaba a los Rolling Stone se fotografiaba con Xuxa, manejaba una Ferrari) que era imposible elegir uno tan aceptado y celebrado socialmente como sus conquistas: era contar un chiste viejo.

Una leyenda urbana muy popular nacida a medidados de los 90 mostraba la difusión de su fama: un hombre choca un auto importado y descubre que el conductor es Menem quien, sonriendo, le da una tarjeta con un numero. Al lado del presidente hay una vedette rubia y bonita. Al otro día, el hombre llama al número y, sin hacerle preguntas, le dan un auto cero kilómetro.

Su declinación final, paradójicamente, viene de la mano de otra mujer: Cecilia Bolocco, una profesional del poder que había buscado infructuosamente a un hombre que le diera el brillo que le faltaba para completar su carrera (el candidato anterior había sido Fujimori). Jugando el papel de una Evita secundaria (no interesada en el ejercicio directo del poder pero sí en sus beneficios), ambos sabían que su relación era un trámite fríamente profesional, un acuerdo para conseguir sus fines sostenido por la promesa del poder, el afrodisíaco que hace funcionar a Menem y lo vuelve atractivo a ojos de las mujeres, inmunizándolo –al menos temporalmente– de las burlas por las diferencias de edad; pero cuando quedó confirmado que no podría ser Presidente por tercera vez, la relación se enfrió con un distanciamiento elegante que terminó con la foto que mostraba a Bolocco en topless junto a un “amigo” italiano.

Esa foto encarna el ocaso público de Menem, la erosión de su imagen como amante victorioso que empezó a construirse en 1989 y que durante una década lo mostró como una encarnación del Kennedy más promiscuo, un político inimputable al que se le perdonaba todo con una sonrisa de picardía, en un país que celebra el derecho natural del hombre a acostarse con cuantas mujeres quiera.

Pero Kennedy, a diferencia de Menem, murió lo suficientemente joven como para evadir el paso del tiempo y las burlas de la historia. Por algo dicen que los elegidos de los dioses, mueren jóvenes.

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