Cinque Terre

Rubén Aguilar Valenzuela

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Consultor, profesor y articulista y exvocero presidencial

¿Por qué la crónica?

Hoy el periodismo informativo no ofrece la posibilidad de enterarse de lo que realmente pasa. La fragmentación cotidiana de la noticia no da la oportunidad de reconstruir los hechos y de finalmente hacerse de una idea completa de lo que ocurrió. Lo que sucede todos los días es que los “temas informativos” dejan de tener interés mediático y se les abandona sin que nunca se haya tenido la posibilidad de reunir las piezas y dar cuenta de lo que finalmente, más allá del dato aislado, sucedió.

Los televidentes, los radioescuchas y los lectores reciben gran cantidad de información, pero siempre fraccionada. Se enteran con enorme detalle de lo que pasa ese día, pero no más. La noticia puede durar días o incluso semanas, pero de pronto desaparece porque deja de tener interés o porque ha sido superada por un nuevo hecho mediático. Al final nadie, tampoco los periodistas, terminan por saber lo que ocurrió. A esto contribuye, como lo plantea el peruano Julio Villanueva Chang, el fundador de la revista Etiqueta Negra”, que “los dueños y editores de los periódicos valoran ahora su información por el interés que ésta puede despertar y no por la verdad que se hayan propuesto encontrar”.1

Quien busca información lo que quiere saber es lo que realmente pasa. Esto supone un esfuerzo de profundidad y un tipo de acercamiento a la realidad que es propio de la crónica que es, como asegura Villanueva Chang, “el género más libertino y democrático: ofrece la oportunidad de buscar no sólo a personajes y fuentes oficiales –autoridades, celebridades, especialistas–, sino también a gente ordinaria, esa especie de extras de cine mudo a los que nadie les ha pedido la palabra”.2

La crónica –televisada, narrada o escrita– es la forma que puede resolver las limitaciones del actual periodismo informativo. Éste ofrece lo que puede dar, pero debe ser complementado, por lo menos en los eventos más relevantes, que no son necesariamente lo más mediáticos, por la crónica que es lo que permite conocer lo que pasó a través de la mirada de quien estuvo ahí o investigó sobre los hechos, para ofrecer la visón completa de los mismos.

El cronista, para poder cumplir con su tarea, debe mantener siempre la capacidad de asombro frente a la realidad que pretende develar. A esta actitud, que resulta fundamental, es lo que Carlo Ginzburg llama la “euforia de la ignorancia”. Por eso “los cronistas tienen el privilegio de contar no sólo lo que sucede, sino lo que parece que no sucede. Una parte de las historias más memorables en diarios y revistas es aquella en la que sus autores han hallado un modo singular de contagiar esa fascinación que sintieron por lo descubierto”.3

La crónica, como lo propone el cubano Froilán Escobar, “es una manera de contar lo que le pasa a la gente, por encima de las historias oficiales, incluso refutando la realidad”. 4 Su escritura reivindica la subjetividad de la mirada sin dejar de lado el intento de la objetividad, de proponer la verdad de lo que se cuenta, pero sin esconder que se trata de una visión personal hecha, eso sí, con honestidad intelectual. De ahí su fuerza. El argentino Tomás Eloy Martínez plantea que “La noticia ha dejado de ser objetiva para volverse individual. O mejor dicho: las noticias mejor contadas son aquellas que revelan, a través de la experiencia de una sola persona, todo lo que hace falta saber”.5

De manera precisa, Villanueva Chang –que ha sido un gran promotor de la crónica en el periodismo latinoamericano– describe la manera de trabajar del cronista: “él privilegia la observación social de los fenómenos, y cómo éstos afectan la vida de cierta gente, desde un acontecimiento de masas hasta la intimidad de una subcultura. Un cronista, además, ensaya ideas y explicaciones sobre el mundo retratado en sus textos. Pero más que su oficio de reporteroensayista- escritor, un cronista es ante todo un lector, y no sólo de sí mismo: para escribir la aparente historia inofensiva de un chimpancé, puede leer docenas de libros y no sólo de primatólogos ni de etología, sino también sobre la risa, y hasta buscar pistas en un archivo judicial”.6

La crónica no es nueva. Siempre ha estado presente en el periodismo que se hace en nuestros países. Lo nuevo está que en América Latina ahora se revaloran sus posibilidades. En Crónicas latinoamericanas: Periodismo al límite (Ediko, 2007) de Ernesto Rivera y Froilán Escobar, se da cuenta de la importancia de la crónica en el periodismo latinoamericano de finales del siglo XIX y principios del XX.

En la versión de Rivera y Escobar la escritura de crónicas por figuras claves de la literatura ocurre de manera casual. Ellos no pueden vivir de su escritura, que es su verdadero interés. Para hacerse de recursos recurren al periodismo. Lo hacen “con las armas que contaban, que eran precisamente la literatura. Hicieron periodismo a partir de estructuras literarias, es decir, reflejaron y reconstruyeron lo real a partir de la literatura, creando una nueva manera de hacer periodismo”.7 Es el caso del nicaragu%u0308ense Rubén Darío, del cubano José Martí y del mexicano Manuel Gutiérrez Najera.

En la misma línea José Emilio Pacheco, en la introducción al primer volumen de las Obras completas de Darío que publica Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, explica que para sobrevivir, la mayoría de los poetas de esa época tenía que dedicarse al periodismo y afirma que en el caso de Darío: “Antes que en sus versos, las tendencias de la época aparecieron en sus crónicas: novedad, velocidad, atracción, shock, rareza, sensación, intensidad”.8 A esa circunstancia se añade otra. Buena parte de los grandes escritores latinoamericanos a finales del siglo XIX y principio del XX vivían en el extranjero. Así, Martí está en Estados Unidos y Darío en España. Todos ellos se dan a la tarea de narrar lo que les tocaba vivir y ver, para transmitirlo a los lectores de los periódicos de sus países. Sus crónicas ofrecen una aguda y particular mirada de lo que pasa ante sus ojos y refleja el asombro de eso que les toca vivir en las nuevas realidades que ahora habitan.

Y el crítico literario español Julio Ortega, quien coordina la publicación de las Obras completas de Darío, afirma que él: “Vivió el brío y la condena del periodismo de su tiempo, esa urgencia por comentarlo todo como si lo mundial le fuese propio. Y lo era, porque el arte y la prensa se hacían mutuamente, con urgencia, plazos y públicos ávidos de novedad en una cultura que tributaba el momento. La prensa le dio a Darío el sentimiento de fugacidad misma del arte. Y escribió con plena conciencia de que lo más fugaz es la materia de lo permanente”.9

El boliviano Edmundo Paz Soldán, actualmente profesor en la Universidad de Cornell (Nueva York), propone que la tradición anglosajona de la crónica es ahora la más influyente en el mundo. Esto, dice, se hace patente a partir de publicaciones emblemáticas como Vanity Fair, Rolling Stone, Esquire, The New Yorker, Harper’s y Prospect.10 Así el crítico literario Rafael Gumucio se atreve a sostener que si en el boom de la literatura norteamericana fueron los escritores, es el caso de Faulkner y Hemingway, los que encabezaron el movimiento de impulso y renovación de las letras, quien lo hace ahora ya no son los escritores sino los periodistas-ensayistas-cronistas como Janet Malcolm, Susan Orlean o Jon Lee Anderson.11 Este último muy cercano al maestro de la crónica periodística que fue el extraordinario Ryszard Kapuscinski.

En América Latina el esfuerzo de construcción de una nueva manera de abordar el periodismo y dar lugar a la crónica se encuentra, así lo propone Paz Soldán, en revistas como Gatopardo (creada en Colombia y editada ahora en México), Etiqueta Negra (Perú), El Malpensante (Colombia), The Clinic (Chile), Piauí (Brasil), La Mano (Argentina) y Letras Libres (México). 12 Sólo son unas cuantas. En nuestros países, por prejuicios, se ha despreciado el periodismo narrativo publicado en Estados Unidos. Ellos tienen muchos que enseñar. De ellos hay mucho que aprender. Son hoy los amos del género.

Notas

1 Julio Villanueva Chang, “El que enciende la Luz”, Letras Libres, diciembre de 2005.

2 Julio Villanueva Chang, Op.cit.

3 Citado por Julio Villanueva Chang, Op.cit.

4 Entrevista de Pablo Gámez a Ernesto Rivera y Froilán Escobar, Reforma, 2008.

5 Citado por Julio Villanueva Chang, Op.cit.

6 Julio Villanueva Chang, Op.cit.

7 Entrevista de Pablo Gámez, Op.cit.

8 Citado por José Andrés Rojo, “Con él llegó el futuro”, El País, 30 de diciembre de 2007.

9 Citado por José Andrés Rojo, Op.cit.

10 Edmundo Paz Soldán, “Cuando periodismo y literatura se alían”, “Babelia”, El País, 29 de marzo de 2008.

11 Ibídem.

12 Ibídem.

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