Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Políticos y ciudadanos

En su sentido original el político es el habitante de la polis y el ciudadano el habitante de la ciudad. Es decir, en su significado primigenio político y ciudadano son lo mismo. El divorcio entre ambos se urdió en forma rotunda con el advenimiento de la sociedad de masas. Un divorcio que no diluyó, sin embargo, los motivos que hacían del político y del ciudadano una y la misma cosa. Una y la misma cosa definitivamente problemática desde entonces, según he llegado a concluir por mi parte. Permítanme explicarme.


La política integra una profesión singular. De acuerdo a Sócrates resulta imposible enseñar a alguien a ser un buen ciudadano. Claro, para Sócrates ser un buen ciudadano significa ser un hombre en toda la extensión de la palabra. O una mujer. Wilde lo explicó de otro modo: nada esencial puede ser enseñado. Todas las otras disciplinas se pueden enseñar, pero no la de ser ciudadano. No la de ser hombre, la de ser mujer en toda la extensión de la palabra. Y eso porque serlo no constituye, propiamente, una disciplina. Ser mujer, ser hombre en toda la extensión de la palabra no es lo mismo que ser médico, arquitecto, músico, abogado o escritor. Ni siquiera padre o madre de familia. Los sofistas sostenían que ser hombre, ser mujer a plenitud era algo que se podía enseñar como se enseñan otras disciplinas, pero Sócrates consideraba que no. Por eso los refutaba y no cobraba por su enseñanza. Para empezar, porque no se trataba de una enseñanza: ¿cómo iba a poder enseñar lo que él mismo ignoraba?


 


El mundo moderno introdujo nuevos elementos. El nacimiento del Estado moderno trajo consigo el surgimiento de una nueva disciplina: la ciencia política. Si algo justifica las recomendaciones de Maquiavelo es la constitución del Estado moderno. Y el Estado moderno, como señalaría Max Weber unos siglos después de Maquiavelo, necesita de burocracias y políticos profesionales para subsistir. Para decirlo pronto: el Estado moderno hizo que los políticos y ciudadanos dejaran de ser la misma cosa. En las pequeñas ciudades griegas podían ser lo mismo. No en los masivos Estados modernos. No obstante, algo de lo que advirtió Sócrates continúa siendo cierto: ser hombre, ser mujer en toda la extensión de la palabra no integra una disciplina como la medicina, la arquitectura, la música o la cibernética. Y algo más: ser mujer, ser hombre a plenitud incluye necesariamente nuestra participación en la polis, no compone algo que pueda disociarse de nuestro comportamiento en la ciudad. Entre otras cosas porque tarde o temprano actuamos, de uno u otro modo, en la ciudad. Digo, a menos que alguien pueda aislarse en el monte a perpetuidad, con o sin la rima machacona de por medio.


 


Estamos condenados a vivir de forma escindida lo que originariamente se encontraba unido. Por eso hay quienes pueden afirmar que los políticos son ciudadanos, no extraterrestres, y que los ciudadanos podemos llegar a ser políticos, aunque nos creamos en secreto extraterrestres. Sí, pero no: me temo que el divorcio entre políticos y ciudadanos constituye un rasgo indisputable de las sociedades contemporáneas. No por otra cosa los políticos ejercen su profesión como los ingenieros, los médicos y los hackers la suya: en aras de una carrera que puede traer beneficios a los demás, pero que se corre esencialmente en aras de la gloria personal. Porque en el mundo de hoy todo se hace en beneficio propio, aunque se declare, para dorar la píldora, que se realiza en beneficio de los demás.


De ahí la parte sana del divorcio que existe entre los políticos y los ciudadanos. Como los políticos fraguan su prosperidad en el ejercicio de un oficio que debería servir a todos, pero que sólo de paso los sirve, los ciudadanos tenemos como principal misión política echar en cara a los políticos todo lo que no hacen para servir a la comunidad. O al menos eso creo yo, que le encuentro más sentido a la anarquía y la exigencia que a la estabilidad y el aplauso cuando se vive en un Estado democrático con respiración mínima, como es el nuestro.

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