Cinque Terre

Federico Cendejas Corzo

federic[email protected]

Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea, académico y comunicólogo

Playas compartidas: Mónica Lavín, Guadalupe Nettel y un lector

Del mar azul las transparentes olas
mientras blandas murmuran sobre la
arena, hasta mis pies rodando, tentadoras
me besan y me buscan.
Rosalía de Castro

Nos encontramos en la época del año en que la primavera y el verano irrumpen en nuestras vidas con sus intensos calores y sus deseos de descanso y reflexión. Las vacaciones son lugar común para este lapso del año y el destino preferido de los mexicanos es, sin duda alguna, una playa nacional y, ocasionalmente, alguna extranjera.

Foto: Germán Romero / CUARTOSCURO

Yo mismo me acabo de tomar unos días para visitar el bello pueblo de Sayulita, Nayarit, de playas brillantes y tranquilas, cielos despejados y aguas de un azul profundo, típico de Pacífico mexicano. Curiosamente, durante las largas horas que dediqué a estar tirado en la arena, leí un cuento relacionado con la playa sin haberlo planeado. Se trata de “El otro lado del muelle”, de la mexicana Guadalupe Nettel, contenido en su libro Pétalos y otras historias incómodas (Anagrama, 2008). Evidentemente, por el lugar en que me encontraba y también por lo bello de las historias de Nettel, me quedé absorto leyendo el relato hasta el final. Cuando hube terminado, recordé otra historia que conozco del mismo asunto: se trata de “Todas las playas son la misma playa”, de la también mexicana Mónica Lavín, contenida en Manual para enamorarse (Grijalbo, 2012). Sin duda, la situación me llevó a reflexionar alrededor de ambas narraciones y también de las playas de la vida, las literarias y las experimentadas, es decir, las leídas y las visitadas.

Lo primero que puede llamar la atención es que ambos textos de autoras mexicanas tienen como personaje principal a una mujer, sin embargo lo único que tienen en común es precisamente el género, pues se trata de dos personas completamente diferentes. Por un lado tenemos a Julia, la protagonista del cuento de Lavín, una mujer madura que al estar sola en la playa por cuestiones de trabajo trae a su memoria todos los recuerdos de las playas en que ha estado a lo largo de su vida. Por el otro lado, en el cuento de Nettel, tenemos a una adolescente de cuyo nombre nunca nos enteramos y que va a la isla de Santa Helena con sus tíos a buscar lo que ella llama la verdadera soledad.

Con los conflictos de los dos personajes llegan a la mente preguntas como “¿Para qué vamos a la playa?”, “¿Por qué es el primer destino que se nos ocurre para vacacionar?”, “¿Será que la premisa que propone Mónica Lavín es cierta y que todas las playas son la misma?” o “¿Es la isla el lugar perfecto para hallar la soledad, como cuenta Nettel?”. Es interesante observar que quizás estos relatos que refiero intentan responder cada una de las preguntas que se han planteado y, a su manera, recrear la experiencia vital que significa el estar en una playa buscando algo, quizás descanso, soledad, compañía o reflexión.

Foto: Germán Romero / CUARTOSCURO

La historia que nos brinda Mónica Lavín es una evocación emotiva de las playas de la vida, de las experiencias que le ha traído a Julia estar frente al mar y lo provocativo que puede ser encontrarse ante la inmensidad del océano y también ante la inmensidad nebulosa de la mente y los recuerdos. Para ilustrar la anterior afirmación, me permito citar el siguiente fragmento del cuento:

Julia pidió una segunda cerveza y el tequila obligado. Inmóvil sobre el camastro, las piernas cerca del pecho, el cuerpo envuelto en el pareo de flores, la sombra amiga, la arena al alcance de una mano que cae y la apresa y la deja escurrir como en un reloj… y el camello atrapado en uno de los conos porque no puede pasar al otro lado, atorado en un cuento de Arreola, y ella resbalando entre grumos en una inmensa playa del Pacífico, una playa desde Rosarito hasta Puerto Madero, una ola rizo largo envolviéndola y cambiándole el cuerpo como crisálida, niña rellenita y rubia cerca del Itsmo, canosa y pecosa en Guaymas, craquelada e intensa, mujer con sombrero en Mazatlán (51-52).

En este sentido, la playa se convierte en un espacio muy propicio para la reflexión y el recuento al pasado, y también se convierte en un espejo de la memoria, recordar la manera en que conocimos la mar y después las visitas que se han ido realizando a la misma con el devenir de los años. Es justo en el momento en que Julia está sola en la playa cuando el deseo de estar acompañada por su familia y amigos la invade, pero eso es imposible ahora: el recuerdo y el deseo no empatan con la situación presente del personaje y creo que, en muchas ocasiones, eso pasa en la vida misma. Tomo de ejemplo mi más reciente viaje en el que, a pesar de haber ido con tres amigos muy queridos para mí, encontré hermosos momentos de soledad, de lectura y de contemplación, en donde evoqué los recuerdos también de las playas de mi vida, aquella lejana memoria de cuando vi el mar por primera vez en mi más tierna infancia, los juegos con mi hermano y mis primos en Ciudad del Carmen, Acapulco o Tecolutla. La adolescencia descubierta en Veracruz, Rosarito o Progreso, y mis playas de adulto, Cancún, Puerto Escondido, Huatulco y ahora Sayulita. El caminar de la vida y el descansar en las playas de México.

Desde “El otro lado del muelle” de Guadalupe Nettel, una adolescente reservada y hasta tímida emprende quizás la primera búsqueda existencial de su vida: se va a la isla de Santa Helena con sus tíos para hallar la soledad más profunda. Y también, como muchos de los viajeros y turistas, desea que la playa se convierta en una especie de redentora, el espacio que la libere de las presiones de la vida cotidiana y le permita encontrar descanso. Para ella, la vida se está inaugurando y la duda ronda su cabeza, por eso el viaje con sus tíos puede que también la ayude a encontrar respuestas. Así lo se expresa la voz del personaje en el relato:

La playa volvía a ser como antes: la misma tira de arena apartada de todo, donde no cabían la secundaria, la dificultad para hablar con la gente de mi edad, particularmente con los hombres, y los escandalosos insultos de mis padres […] perder todos los recuerdos de la ciudad en el paisaje de esta isla (68-69).

Quizás eso mismo es lo que buscamos los viajeros en la playa, la pérdida completa de la rutina y la instauración de un paraíso temporal que nos permita un respiro, un engaño piadoso para consolar el corazón urbano.

Foto: Pedro Valtierra / CUARTOSCURO

Me parece que las playas que comparten estas dos autoras mexicanas son las mismas que disfrutamos sus lectores y también muchos de los vacacionistas que deciden hacer el viaje desde tierra adentro hacia la costa.

A veces me convenzo de la idea de que todas las playas son las misma playa, en el sentido de que vamos a ella buscando situaciones exactamente idénticas, un refugio que nos defienda de la rutina y una esperanza, la imaginación de una vida idealizada o la soledad.

Precisamente es la soledad el tema principal de ambos cuentos y quizás, irónicamente, lo sea también de la playa misma, pues a pesar de que en ocasiones esos centros turísticos están a reventar de gente, la contemplación y la experiencia playera solamente suceden en el interior de cada viajero. Así, como diría Octavio Paz, vivimos nuestra soledad acompañada, que se enfatiza frente al mar. Parece que nada más el océano y quizás el cielo tienen ese poder de recordarnos nuestra pequeñez y también de evocar lo solos que estamos en esta vida y el mundo, que solos llegamos a él y así mismo hemos de irnos.

Seguramente, la verdadera soledad que buscaba la niña-personaje de Guadalupe Nettel no es fácil de encontrar, pero como el mismo cuento lo menciona, es más probable encontrarla en una playa.

Es así como los relatos “Todas las playas son la misma playa” y “El otro lado del muelle” se configuran como las costas literarias compartidas conmigo, asiduo lector de Lavín y Nettel, y también tienen la capacidad de convertir lo que podrían ser unas simples vacaciones en una reflexión existencial profunda, de preguntas sin respuesta en donde el final del camino siempre es el regreso a la triste cotidianidad de las urbes inmisericordes.


Bibliografía

Lavín, M. (2012) “Todas las playas son la misma playa” en Manual para enamorarse. México: Grijalbo.
Nettel, G. (2008) “El otro lado del muelle” en Pétalos y otras historias incómodas. Barcelona: Anagrama.

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