Alberto Gonze

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Piratas del caribe tepiteño

¿Alguna vez te quedaste a ver todos los créditos al final de una película? Si lo hiciste es porque quieres esperar a que salga toda la gente de la sala para fajarte con tu acompañante, estás esperando la broma final o los bloopers del filme, o bien porque eres la mamá de alguien que trabajó en la producción. Es la triste realidad del mundo del espectáculo: sólo los actores –o los que se hacen pasar por actores– reciben la atención, los reflectores, el interés y, en el colmo de las ironías, no falta quien supone que ellos se inventan sus propios diálogos. Una de las primeras reglas que debes aprender si te dedicas a escribir guiones para audiovisuales es que nunca serás tan famoso como un actor. La ventaja es que un guionista puede darse el lujo de engordar o de no pintarse las canas, sin que eso le quite popularidad ante sus fanáticos. La conflictiva que sí compartimos por igual actores, guionistas y todos los que trabajamos en esta industria, es por una injusticia que denigra nuestro trabajo: la piratería.

Confieso que en mi infancia jugaba con una grabadora a “pescar” mis canciones favoritas de la radio, las grababa en cassettes varias veces, hasta que tenía la suerte de encontrar la mejor versión, la que estaba “limpia”, sin un corte comercial abrupto o sin la voz del locutor haciéndose el chistoso o el sabiondo. Ese juego se volvió costumbre por años, pero terminó cuando, superada la adolescencia, apareció el formato del CD; y como ya me podía costear mis gustos, dejé de cometer lo que yo creía que era un grave delito, pero resulta que no era tan grave, pues se trata del derecho a la copia privada. Delito hubiera sido comprar uno de esos cassettes que venían mezclados y que vendían en los tianguis para amenizar las fiestas. ¡Y yo que durante años creí que me buscaba la policía para confiscar mis cassettes!

Como me asaltó la duda por saber de dónde había nacido la idea populista y demagógica de que el acceso a la cultura debería ser gratis, me puse a investigar y descubrí que se gestó durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, periodo donde además se soltaron varias brigadas alfabetizadoras y de educación en general, por eso y hasta la fecha, cualquiera puede abrir un jardín de niños sin necesidad de obtener autorización de la SEP. Por desgracia, la idea se pervirtió y se dio por hecho que toda la cultura debería ser gratuita.

  Fotografías / MLT

Los museos no sólo exhiben obras de arte, también las preservan y restauran, pero hacerlo cuesta dinero, dinero que proviene de los impuestos, de donaciones y de lo que se cobre en taquilla. Hasta aquí, la gente parece estar de acuerdo en pagar por ir a los museos, pero cuando se trata de la industria cultural privada, como el cine y la televisión o la música, la visión cambia radicalmente y la piratería hace su agosto. Seguramente, al llegar a este punto muchos pensarán que la televisión no es cultura, que es un sacrilegio comparar un cuadro de Ángel Zárraga con una telenovela. Pues no es que los compare, es que todos entran en la misma categoría, pues Cultura es la suma de todas las manifestaciones que surgen de una sociedad organizada. No es de gratis el título de aquel viejo programa radiofónico llamado “La Rumba es Cultura”.

La industria de la piratería abarca con sus tentáculos diferentes áreas artísticas, tiene secuestrados no sólo a la música y el cine, también libros, ropa, accesorios, perfumes… Los famosos tianguis deben su fama a la venta de estos productos que “dan el gatazo”, que parecen originales y tienen un costo muy bajo, tan bajo como la calidad con la que están hechos, pero eso no le preocupa al consumidor, tampoco el hecho de saber que esa acción, además de ilegal, repercute en la economía del país. Los esfuerzos para detener la piratería, a través de campañas y de operativos para confiscar mercancía pirata, no han acabado con el problema, gracias a que la gente sigue consumiendo productos ilegales, apócrifos, con la justificación de que “no le alcanza para comprar un original”.

Tiro por viaje nos enteramos en las noticias de operativos policiales, donde se destruyen toneladas de productos piratas, pero en menos de lo que canta un gallo los vendedores están de nuevo instalados, ofreciendo nueva mercancía, de manera impune, mientras los políticos se hacen de la vista gorda porque les conviene recibir su tajada o su apoyo electoral, de todos los que viven del comercio informal, ése que no declara impuestos y al que llevamos años escuchando que lo quieren regular, sin que esto se lleve a cabo jamás. Una suerte de “ahí viene el lobo”, pero que ya nadie toma en serio. ¿Cómo esperamos que la gente cumpla con sus obligaciones, reflexione acerca del mal que representa la piratería, si ve que “los de arriba” son los primeros en fomentarla y en beneficiarse de ella?

Tal parece que nadie en el Gobierno, sobre todo en la secretaría de Cultura, se entera de la importancia cultural y económica que generan los productos culturales. Nada más para que se queden fríos, ahí va un dato: el total de lo que producen los bienes y servicios culturales de México, desde la más humilde artesanía popular hasta el producto fílmico más pedante y obtuso, pasando por música, televisión, cine, libros, etcétera, da un 8.3% de todo el PIB, lo que supera a las ganancias de la exportación petrolera, como lo señaló, no sin asombro, el economista Ernesto Piedras, en su estudio “¿Cuánto vale la Cultura?”.

Más datos para la depresión: México es el país de América que, salvo Estados Unidos, más utiliza la plataforma Netflix. Suena lindo y hasta podríamos sentirnos orgullosos de romper un nuevo récord, desafortunadamente, según se reveló en el más reciente congreso de la WDW (Writers and Directors Worldwide), con el producto de los creadores de audiovisuales de todo tipo (cine, tv, corto, etcétera) “Netflix obtiene macroganancias, pero paga nanoregalías”. Se preguntarán ustedes, ¿qué esperan las sociedades de gestión locales para demandar a Netflix por evadir el justo pago del derecho de autor? Todo y nada. Netflix sólo tiene oficinas en Estados Unidos, como parte de sus estrategias, por lo que sólo se les puede demandar en tribunales norteamericanos, mediante despachos de abogados norteamericanos, que cobran en dólares y tienen una legislación de derechos de autor muy diferente a la de países como el nuestro. Oh, my gosh!

En fin, que la piratería y ahora las nuevas plataformas, nos ponen en una encrucijada a todos los que vivimos de contar historias. La cultura y el entretenimiento deben tener un pago justo, accesible para todos los públicos, pero nunca gratuito porque es un engaño idealizar que nos merecemos todo y de a gratis.

Como bien como bien señaló el presidente de la Sociedad General de Escritores de México, la que tiene más de cuarenta años de proteger a los autores y a sus obras, además de ser pionera en América Latina, el Maestro Jesús Calzada: “México presume mucho su cultura, pero la apoya poco”.

Y yo, por mi parte, les cuento que toda esa música que grabé, poco a poco la he ido adquiriendo, de manera legal, pues ya que si admiro el trabajo o el talento de alguien, lo menos que puedo hacer es apoyarlo. De mis cassettes, ya no debe quedar ni el polvo.

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