Pide al tiempo que vuelva. Semblanza de las revistas mexicanas

México tiene una enorme tradición editorial, con registros memorables durante los siglos XIX y XX. El trabajo artístico y literario igual que el pensamiento político comprende páginas que, en su momento, fueron imprescindibles para el intercambio público, y cuando escribimos esto el lector también tiene presente los diversos periodos convulsos de nuestra historia y sus expresiones políticas y culturales.

Aquí ofrecemos un puñado de recuerdos. Están dispersos y son desiguales, así lo advertimos en la mesa de redacción, y son irregulares e imprecisos porque están incentivados fundamentalmente por la nostalgia y la gratitud a esas labores que, además, explican la que nosotros hacemos diario.

La segunda parte de este material se publicará en marzo y desde entonces haremos la ficha hemerográfica precisa de cada revista en el periodo arriba señalado. Lo entendemos como parte del esfuerzo de memoria que también comprende el periodismo y como elementos para el análisis de los medios de comunicación, lo mismo para estudiar su aporte en el proceso de la modernización, por ejemplo, que para valorar específicamente su papel en los procesos de transición y consolidación democrática.

La columna se llama “Pide al tiempo que vuelva”, será hecha por integrantes de la mesa de redacción y formará parte del cuerpo de etcétera a partir de abril. Esperamos que sea útil para ustedes, lo mismo en el terreno académico que en su vertiente lúdica.

Punto Crítico

Esta revista se concibió en la cárcel de Lecumberri, en 1968, casi sobra decirlo, cuando en el país imperó el presidencialismo omnímodo y la tutela de un solo partido Semblanza de las revistas mexicanas junto con los medios de comunicación que reflejaban esa visión autoritaria de la política, incluso el mítico Excélsior dirigido por Julio Scherer García fue parte de la versión oficial sobre la masacre de ese año contra los estudiantes en Tlatelolco, de la Ciudad de México (y en esas lides el emblemático periodista se negó a publicar un desplegado de los jóvenes que incluso ofrecieron pagarlo con dinero del “boteo” que hacían en las calles de la urbe).

Varios exdirigentes estudiantiles fraguaron este proyecto editorial que inició en 1972 y duró 16 años con una periodicidad bimensual, mensual, quincenal y, ya en su ocaso, cada que fuera posible: Raúl Álvarez Garín, Rolando Cordera, Gilberto Guevara Niebla, Salvador Martínez Della Roca y Adolfo Sánchez Rebolledo. También concurrieron en el esfuerzo Carlos “El tutti” Pereyra, a quien considero el hombre más preparado y brillante de toda esa generación en la que tambien hay que incorporar a Manuel Peimbert, María Antonieta Rascón y Pablo Pascual Moncayo. (Insisto: la inteligencia de Carlos proyectada en sus textos, porque no lo conocí personalmente, siempre me pareció deslumbrante. Sin duda, sus artículos compilados en el libro Sobre la democracia son de lectura obligada. Murió muy joven, a los 48 años, en 1988).

Alejandro Álvarez Bejar sintetiza este esfuerzo que él llamó como “periodismo revolucionario” citando a Monsiváis, cuando el cronista, amigo de los organizadores, aludió a Punto Crítico como la concurrencia de personas que compartían las mismas frustraciones y, agrego yo, perspectivas similares, al menos de órden ético y moral: la necesidad de enfrentar el régimen autoritario con ideas frescas que fueran más allá de los vetustos lugares comunes del ideal revolucionario socialista. Por eso Punto Crítico también fue un instrumento de agitación entre diferentes movimientos sociales.

Esta revista registra una paradoja: nació de la necesidad de que la izquierda dejara de ser lo sectaria que hasta entonces había sido y, sin embargo, poco a poco se fue deblitando debido a varias fracturas, me parece que la más importante es el desprendimiento de muy destacados intelectuales que enseguida formarían el legendario (y creo que menos articulado organizativamente de lo que dice el mito) Movimiento de Acción Popular, el MAP, sí, los legendarios “Mapaches”. Poco después, en 1983, salieron de Punto CríticoCarlos Imaz e Imanol Ordorica –quienes eran un poco más jóvenes que los líderes del 68– para formar “Convergencia comunista 7 de enero”. Imaz y Ordorica junto con Antonio Santos y Óscar Moreno, serían líderes de aquel movimiento estudiantil de la UNAM de 1986, aglutinado bajo las siglas del CEU (Consejo Estudiantil Universitario).

Durante poco más de 16 años se publicaron 157 números de Punto Crítico. Yo tengo 45, y comencé a leer la revista en 1982. Este es el 34 de cuando circulaba quincenalmente con alrededor de diez mil ejemplares. Su director en ese entonces es mi muy querido y admirado Adolfo Sánchez Rebolledo, el famoso “Fito”. El texto principal lo tomó prestado de otra publicación y se refiere a la crisis política y económica de Portugal de aquel entonces.

Entre los rescoldos de Punto Crítico surgió por ahí de 1989 el semanario Corre la voz, que apenas duró tres años. No obstante, desde Punto Crítico se abrieron paso grandes ensayistas y escritores que más tarde participaron en otras empresas periodísticas de gran calado como unomásuno, El Día y Proceso, además de concebir las revistas Vuelta y Nexos.

El Buscón

Entre los últimos años de la década de los 70 y los primeros de los 80 del siglo pasado, los medios de comunicación, en particular la prensa, reflejaron con mayor claridad la pluralidad mexicana, fraguada fundamentalmente durante los procesos de liberación política, urbanización y masificación educativa ocurridos a finales de los 60. El diario La Jornada, nacido en septiembre de 1984, luego de que sus fundadores renunciaran a unomásuno (que surgió el 14 de noviembre 1977), es una prueba palmaria de ello; también lo es el origen de las revistas Vuelta (1976) y Nexos (1978) junto con otras publicaciones periódicas diluidas al paso del tiempo y que, sin duda, fueron un gran semillero no sólo para aquellas revistas sino para otras que sobrevendrían y que tienen como origen, principalmente, a la izquierda, que en ese entonces al fin cifró sus expectativas en abarcar circuitos de comunicación que rebasaran a sus propias cofradías (que lo haya logrado o no, es tinta de otra escritura).

En 1980, el Partido Comunista de México creó la revista El Machete, dirigida ni más ni menos que por Roger Bartra, que retoma el nombre de aquel legendario periódico que dirigieron, en los años 20 de ese siglo, David Alfaro Siquieros y Diego Rivera, entre otros; El Machete es de las primeras revistas en México en integrar temas de rock, sexualidad, feminismo, homosexualidad y ecología. También por ese tiempo surge Teoría y política de entre la izquierda radical que entonces representaba Saúl Escobar y Julio Moguel, entre otros, y más tarde, en 1986, la revista Brecha, que integró a Rosa Albina Garavito y Adolfo Gilly como colaboradores; esos proyectos no tuvieron larga vida como tampoco la tuvo esta revista que se llamó El Buscón como una suerte de homenaje a la conocida obra de Quevedo, y que encabezó Ilan Semo junto con Christopher Domínguez como secretario de la redacción (quien ya había estado en El Machete). Nació en 1983 y duró poco más de tres años. Desde mi punto de vista sobresale no sólo por su capacidad de convocatoria para aglutinar a plumas de la talla de Adolfo Sánchez Vázquez u Olac Fuentes Molinar quien es, en mi opinión, la persona que más sabe de educación en México. En claro contraste con sus portadas de caja de galletas para hacer más baratas sus ediciones, El Buscón destacó por discutir el lenguaje acartonado con el que los estalinistas seguían viendo al país y revisó otras experiencias y contribuciones téoricas como las de Gramsci y Trotsky (en esta edición 13 hay dos artículos sobre el eurocomunismo de Gramsci y la labor editorial de León Davidovich que dio vida en México a la revista Clave, de la que comentaré después, incluso sobre la base de que hay quienes consideran que esa empresa editorial dio inicio al análisis político y cultura contemporáneo de América Latina). Desde luego que esa vocación es parte de las grandes controversias que hubo en el interior del PSUM y que tuvieron como eje rector a los famosos “renovadores”. Para un recuento puntual de esas diferencias recomiendo leer a Humberto Musacchio (quien cuando jovencito también estuvo a lado de Bartra para hacer El Machete).

El Buscón es parte imprescindible del árbol genealógico que nos permite comprender la labor editorial del pensamiento político y cultural del México moderno.

Estrategia

Quienes lindan los 50 años de edad o los rebasan, habitualmente creen que el tiempo pasado fue mejor. Esa es, muy probablemente, una creencia con la que rescatan situaciones de la vida que deben tener importancia, vamos, porque la intrascendencia se encuentra entre lo más difícil de aceptar. Advierto que soy una de esas personas y, teniendo en cuenta esos reparos, también digo que no soy parte de la generación que dio vida a esta revista, en 1972, pero que sí soy parte de una generación que la estudió, y es que eso fue Estrategia, uno de los esfuerzos de análisis de la izquierda más relevante de aquellos tiempos.

Estrategia duró 19 años como un esfuerzo de refléxión y también como herramienta política para participar en las transformaciones revolucionarias que, entonces, creían inminentes sus directivos y articulistas. A principios de los 80 eran un referente en la UNAM porque su labor trató, sí, al menos lo intentó, de ser intelectual y no ceñirse a dogmas o proclamas y, en cambio, pretendió comprender el capitalismo mexicano. Estrategia exponía discusiones que ahora nos podrían parecer ingenuas, hasta provocar ternura si se quiere, como aquellas tan encendidas posturas sobre el dilema entre la revolución permanente (Trotsky) o la irrupción liberadora en un solo país (Stalin), o acerca de si participar o no en los procesos electorales. Dedido a sus definiciones, su director Alonso Aguilar Monteverde y sus colaboradores, fueron considerados por los ultras de siempre como reformistas, lo cual en aquellos tiempos era una acusación mayor.

Resalto esa disposición en favor del pensamiento que, precisamente por eso, tuvo virtudes y equivocaciones –no hay pensamiento que esté exento de ello, nada más los pregoneros del dogma nunca yerran–. Uno de mis deseos de jovencito fue ser parte de alguno de sus círculos de estudio pero sólo estuve en uno pues ya eran los años en que Estrategia poco a poco se disolvía. Gracias a ellos leí con más ardor a Gramsci y supe de Michael Lowy y Michel Aglietta.

Creo que esos tiempos de la militancia de izquierda eran mejores, y que Estrategia es parte de esos tiempos. Más todavía cuando vemos la ignorancia supina y el fanatismo de quienes detentan esas definiciones ideológicas.

Los Supermachos

Esta revista que ustedes tienen enfrente no fue hecha por Eduardo del Río, mejor conocido como “Rius”. Esto que ven es el plagio de un señor a quien el gobierno federal, a finales de los 60, le pidió robarle al caricaturista michoacano los personajes que él había creado en 1965, con el objeto de atemperar la crítica que en, Los Supermachos de San Garabato, él hacía entre risa y en serio. Ese señor se llamó Ignacio Colmenares y registró el nombre de la revista por medio de un trabajador suyo, lo cual generó un litigio que el gobierno federal procuró que no se resolviera, por lo que “Rius” creó Los Agachados, que tuvo gran éxito.

Eduardo del Río inició su carrera apenas rebasando los 20 años, en revistas como Ja- Ja (de la que hablaré en otro momento) por allá a mediados de los 50 y más tarde dibujó en publicaciones como Siempre! o Proceso igual que en los periódicos La Prensa, El Universal, Ovaciones y La Jornada.

“Rius” comenta que cuando él hizo Los Supermachos llegaron a venderse como pan caliente cerca de 250 mil ejemplares a la semana y que era la motivación principal pues la paga no era buena además de que cada semana le censuraban algún dibujo o la frases en los globos, incluso platica que alguna vez fue censurada completamente una página en el número 88, y es que “Rius” era perseverante para aludir a los caciques, los malos gobiernos que se la pasaban robando además de los rateros del PRI junto con otros temas como el machismo y hasta pasajes de la historia. Debido a esa situación de permanente acoso, Eduardo del Río decidio suspender sus guiones y dibujos en Los Supermachos a partir del número 100 y emprender Los Agachados.

El señor Colmenares continuó editando semanalmente este remedo que ustedes miran, que corresponde al 21 de febrero de 1974, ya con harta publicidad del gobierno federal hasta que desapareció sin pena ni glora. Eduardo del Río, por su parte, además de participar en la fundación de otras revistas como Marca Diablo, La Garrapata o El Chamuco, escribió cerca de 100 libros para explicarle a principiantes, con la inevitable vanalización de los temas, las tesis de Marx, Lennin, la revolución Cubana, el imperialismo Yanqui y la URSS, entre muchos otros como Mao en su tinta, La Biblia, es linda tontería y Rius para principiantes.

No exagero: “Rius” es un icono de la caricatura en México.

Su otro yo

La memoria tiene vasos comunicantes que, como si fueran hilos de mimbre, se entrelazan en el ánimo y lo mismo suscitan anhelos que nostalgia y revaloraciones sobre nosotros mismos, las circunstancias y el tiempo. Los recuerdos son una silla destrenzada donde evocamos los momentos que marcaron nuestra vida.

Ah, el candor inmarcesible del adolescente en los 70 mexicanos. Son inabarcables sus vertientes y matices, desde luego, por eso esta memoria discurre con el jovencito que buscó amainar sus obsesiones febriles siempre, o casi siempre, a escondidas, digamos para ver el llamado “cine prohibido” de aquella holandesa de ensueño llamada Sylvia Kristel (Emmanuel). O contentarse con la insípida pero locuaz Edwige Fenech, lo cual sólo era posible colándose de incógnito en algún cine de cuestionable prestigio, en la Ciudad de México; las salas Chaplin o los cines Savoy y Bahía, entre otros, a los que en ese entonces se llamó “Piojitos” por su falta de higiene y sus sillones roídos; el asistente podía, siendo discreto naturalmente, zarandear sus manos en honor de cualquiera de las divas que tuviera frente a sí.

Las revistas pornográficas sólo circulaban en atmósferas sórdidas o en momentos de suerte porque fueron descubiertas en cierto escondrijo donde los padres las guardaban sino es que algún amigo mayor las compartía para mostrar que él si era un hombre de mundo, y no como los niños o sea nosotros, que nos electrizaba, digamos, la minifalda de Fany Cano o Maricruz Olivier.

Hubo otras publicaciones que ahora habitan en la memoria de muchos y que guardamos con orgullo de poeta incomprendido. No mostraron el cuerpo femenino a flor de piel –no al menos sus pétalos a la intemperie– sino que, aposentando turgencias milagrosas provenientes de diversos sitios del país y otras lejanas tierras, realzaron la sensualidad a veces acompañada de acordes literarios bastante cursis, junto con muy sólidos artículos de opinión, crónicas y reportajes de la política y la cultura mexicana e internacional que, por cierto, han sido poco reconocidas en ese terreno. Esas publicaciones fueron Èl, la revista joven; Caballero; Su otro yo, entre otras. Desde luego, todas tendrán mención aparte, aquí sólo me detengo en Su otro yo debido a la arbitrariedad de la nostalgia, por la gratitud del desfogue adolescente y además por simpatía con uno de los grandes editores de todos los tiempos, también poeta, que se llama Roberto Diego Ortega, entonces secretario de la redacción. El director fue su padre, don Vicente Ortega Colunga.

Su otro yo nació en los albores de los 70 y terminó en la primera mitad de los 80 al no poder resistir la enorme crisis devaluatoria de 1982. Luego de un trayecto doloroso que llevó a los editores a dejar de imprimir su edición en Estados Unidos y hacer readecuaciones de todo tipo para mantener rentable el proyecto, lo que implicó dejar de circular unos meses antes de su culminación definitiva. Por cierto, en septiembre de 1982 esta revista mensual de información, cultura y política da un ejemplo que permanece en el tiempo para las actuales publicaciones, ya entonces el jefe de la redacción era otra figura notable del trabajo editorial, José Luis Martínez S. Su otro yo le notifica a sus lectores, con transparencia y franqueza, las machincuepas que sus directivos hicieron para evadir la quiebra y salvar a la revista además de comentar sus enormes pérdidas económicas por esa crisis terrible. La edición comprende textos de Carlos Monsiváis, Renato Leduc y José Agustín, un recuerdo sobre Marilyn Monroe a 20 años de su muerte y un extraordinario reportaje sobre los revolucionarios nicaragüenses además de fotografías y el póster de una criatura de ensueño llamada Brigitte Aube.

La edición que ilustra este texto corresponde a abril de 1977. Además de los autores y los textos de la portada hay una extraordinaria semblanza de Hemingway pero, sobre todo, es la figura de Grace Renat, una jovencita veracruzana que ahora tiene 67 años, la que capta la atención y no precisamente por la ternura que suscita cuando dice en entrevista: “Aunque muchos no lo crean la infidelidad sí existe en el matrimonio”. Es una diosa de ébano, desde luego, y uno de los símbolos más conspicuos de la vida nocturna de la urbe en esos tiempos, que se desnudaba candente al ritmo de los tambores afroamericanos en El Savoy y La Copa de Champagne y competía contra la turgente acapulqueña Lin May. Grace Renat es parte de aquellas ninfas opulentas que suscitaron tantas fantasías como Gloriella, Rosy Mendoza y Mora Escudero. Con sólo nombrarlas estoy seguro de que el lector de más de 50 años ahora mismo está de pie, dispuesto a ordenar unos tragos y brindar a la salud de alguna de esas muchachas. ¿Les gusta “El hombre del brazo de oro” como música de fondo?

La Guillotina

Desde mis primeros recuerdos tengo una particular predilección por lo marginal, por todo eso que es testimonial porque está relegado, ignorado y que incluso, a veces, es vilipendiado. No explico mi juventud, en especial mis correrías en el CCH Naucalpan a principios de la pasada década de los 80, sin ese grupo estudiantil que se llamó “La Guillotina” y sin la revista que tuvo su mismo nombre: se trató de un puñado de muchachos que tomó en serio la discusión de la izquierda, entre la revolución permanente y la revolución en un solo país. Trotskistas ellos, en una rara mezcolanza igual reivindicaron a los anarquistas mexicanos y franceses; escolásticos, siempre discutían con la cita oportuna, la frase punzante o la condena tajante para exhibir las tentaciones burguesas, como en los 60 y los 70 hicieron los jóvenes más politizados. La Guillotina es heredera de buena parte de los proyectos editoriales que se gestaron desde la izquierda sobre todo a partir del movimiento estudiantil de 1968.

En otra vertiente, “Los guillotinos” y su revista tuvieron una divisa que me encantaba: “Todos niños, todos putos”, como señal de identidad y como causa para abrirse paso con sus derechos en la sociedad democrática, aunque fuera burguesa esa sociedad democrática. Estuve con ellos en varias intensas discusiones; yo era, soy todavía gramsciano, un “asqueroso reformista”, como ellos me decían, pero sobre todo fui su amigo, bailé con ellos, jugué al futbol con uno que era una saeta en el extremo izquierdo, comí de su comida, escuché su música y fumé de su mariguana. En su revista, La Guillotina hace casi 27 años escribí mis primeros textos y el recuerdo lo guardo con mucho orgullo. En esta edición que ustedes ven, Alberto Monroy y yo publicamos algo sobre el movimiento estudiantil. Imaginen ustedes, alternamos con dos de los grandes referentes de la izquierda mexicana, José Woldenberg y Gustavo Hirales. Ah, La Guillotina, la revista que yo dirijo no se explica sin ese esfuerzo marginal. Ellos son pioneros, sin duda, de los derechos de los homosexuales, de la legalización de la mariguana y de la despenalización del aborto.

Conecte

La industria cultural modifica sus patrones conforme el mercado cambia y se diversifica. En las pasadas décadas de los 60 y 70 mexicanos, el gioser predominante de aquella industria fue producir mercancías por lo regular de dudosa calidad para el consumo fácil que, además, eran moldeadas según la guía que el gobierno federal permitiera.

Dicho de otra forma, hace 50 años escuchar las adaptaciones ligeras del rock and roll era infinitamente más sencillo que oír a Los Stones, ya no digamos a Led Zepellin o Janis Joplin. Lo accesible era César Costa o Angéli ca María, Julissa o Enrique Guzmán entre otros cantantes fresas que ustedes ahora ya están pronunciando como Manolo Muñoz o Johnny Laboriel. Así las cosas nadie en su sano juicio podría imaginar siquiera que los Doors dieran un concierto en México. Queen estuvo aquí años después, en 1981, pero lejos del Distrito Federal, en Puebla (y muchos fanáticos mexicanos, por cierto, se enojaron porque Freddie Mercury se colocó un sombrero gigante que asiduamente se usa como emblema de nuestra propia identidad).

En aquellos años 60 y 70 el lector podría saber de la cantante Manoella Torres en las revistas Teleguía o Notitas Musicales pero jamás de Patti Smith que debutó en 1975 con Horses y se insertó de inmediato en el floreciente punk que con Ramones sonaba excelso.

Así surgen los llamados proyectos underground, entre el interés exclusivo por el mercado de masas y las directrices oficiales que determinan que sí y que no puede consumir el público. El proyecto del que hablo se llamó Conecte, surgió en 1974, duró 30 años y tuvo un director que es una leyenda: José Luis Pluma quien, entre otras reseñas de discos y su cotidano trabajo editorial, le hizo una entrevista formidable a Queen cuando la banda de rock pop estuvo en Puebla.

Comencé a leer Conecte casi a finales de los 70 pero me hice de los números anteriores en El Chopo, aquel memorable mercado de la colonia Guerrero donde se podían conseguir libros y revistas que en el mercado formal era imposible (recuerdo las fantásticas Vampirella y Heavy Metal, por citar algunas). Además de pachuli, ligar y enterarse de las tocadas.

Como casi siempre ocurre con los amigos entrañables de la adolescencia, paulatinamente dejé de saber de Conecte y sólo supe que alrededor de 2004 dejó de circular. Aún tengo varios ejemplares junto con varios otros de Banda Rockera otro proyecto marginal que inició y llegó a su fin durante los primeros años de los 80. La Mosca vería la luz hasta 1994 y, sin duda, mostró lo mejor de sí durante su primera época.

Al menos dos generaciones se recrearon en Conecte con el punk, como he dicho, y también con las bandas emblemáticas del rock norteamericano y británico, para mí, sobre todo, con grupos del rock Progresivo como Jethro Tull y King Crimson, este último encabezado por Robert Fripp, uno de los grandes genios de la música del siglo XX, y sin quien no se explican esfuerzos como los que emprendieron Génesis y Emerson Lake and Palmer, entre otros. Hay que anotar que Conecte no sólo cubrió esos grandes eventos de la música sino que también lo hizo con el rock mexicano para mostrarnos lo que muchos aún no entienden, que el rock mexicano también contiene grandes labores de creatividad que lo hacen estar a la altura de grandes bandas extranjeras, recuerdo a Toncho Pilatos y Nuevo México, por citar algunos. Llamarle a todo “rockcito” exhibe ignorancia.

Conecte es el esfuerzo más fructífero y longevo de las revistas de rock que han existido en nuestro país y, por ello, un ejemplo de búsqueda de alternativas y de tesón que ahora mismo evoco con olor a pachuli, una uña pintada de negro y algo de AC/DC.

Me gusta esta portada entre otras razones porque, igual que quien esto escribe, tiene en la piel los estragos del tiempo.

Claves

“La otredad, la amada ausente, es la nada. Pero la nada es el complemento del ser no como presencia sino como oquedad. El uno padece su otredad porque solamente puede soñarla y nunca tocarla (…) Presencia y ausencia: dos momentos distintos de la misma experiencia. Y Dialéctica del amor: deseamos una presencia, la tocamos y al punto se desvanece”.

Eso es lo que escribió Octavio Paz en un formidable texto (que fue parte del prólogo del tomo X de sus obras completas), difundido en esta revista que nació hace 30 años y que, en mi opinión, es una de las más importantes de habla hispana, Claves de razón práctica, una publicación bimestral “de pensamiento crítico y agitación cultural” fundada por Javier Pradera y dirigida por Fernando Savater.

Gracias a Claves… conocí a autores como Javier de Lucas para estudiar al Estado moderno, Enrique Moradielos para revisar los saldos de Franco en la dictadura española y desde luego a Robert A. Dahl acerca de la centralidad de la democracia moderna igual que el análisis de las experiencias malogradas del llamado socialismo real de Havel y Michnik o Kolakowski. No creo exagerar al afirmar que esta revista fue decisiva para definir los conocimientos de mi generación unversitaria en Ciencias Políticas. Creo que ahora no tiene la misma influencia de antaño en las aulas universitarias, no obstante que su enorme calidad se mantiene, aún con los altibajos que una empresa editorial siempre comprende.

Macrópolis

El 12 de marzo de 1992 nació la revista semanal Macrópolis con el intento, según expresaron sus directivos, “de hacer periodismo profundo, objetivo e imparcial”. La imagen de su portada en aquel entonces fue Gloria Trevi y, casi dos años después, para celebrar sus 100 primeros números otra vez fue la cantante de “Doctor Psiquiatra”. Así de profundos: la edicion ocupó 38 páginas para entrevistar a la chica del gatito negro en la entrepierna y publicar los textos de Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis, quienes sostuvieron que la chica era el icono de la juventud que necesita nuestro país; cuando se conoció la tragedia de esta mujer ninguno de los dos escritores dijeron nada, si acaso Monsiváis en breves opiniones, deshizo a la mujer. Pero en esos años Gloria Trevi era una mercancía que intentaba vender lo mismo la televisión que algunos otros medios aparte de la industria discográfica.

En ese entonces, el director de Macrópolis, Juan Pablo Becerra-Acosta Molina, dijo que Trevi era su fuente de inspiración: “Representa el cabal ejercicio de la libertad de expresión” y a “la nueva sociedad mexicana: participativa, crítica y a veces, ante oídos sordos, explosiva en sus demandas”. En esas 38 páginas hay una recreación visual extraordinaria y un culto a la artista también fenomenal: Poniatowska la consideró un himno a la vida y Monsiváís incluso una intelectual. En contraste, Macrópolis dedicó 11 planas a Julio Cortázar para rematar con dos señoras: “La tesorito” (“Voy a cantarte suavecito” o “Dos mujeres un camino”) y Lorena Herrera, encumbradas por esa forma de entender el periodismo profundo y lo que sus editores creyeron que eran sus días de gloria.

Cuando presenciamos cualquier evento de entretenimiento, sabemos que de eso se trata, un divertimiento. Eso es lo que me pasó cuando leí a Macrópolis, además de que, naturalmente, tuvo reportajes precisos sobre diversos temas (debido a lo cual creo que no pudo conseguir una identidad, es difícil, por ejemplo, entre la literatura y el boxeador Julio César Chávez).

Me extenderé en otro momento sobre las razones por las que no creo en quienes ostentan el periodismo objetivo o imparcial, me parece demagogia, por ahora me quedo con que esta fue una de las revistas que no vieron los albores del presente siglo. A mí se me extraviaron tanto sus senderos que no supe cuándo terminó.

Milenio semanal

Este proyecto se fundó en 1997. Creo que es uno de los mejores, entre los que recuerdo, de los últimos 20 años. Lo es desde el principio, aun cuando guardo distancia de los parámetros éticos y profesionales de su director en ese entonces, Federico Arreola. Y es que la peculiaridad de esta revista se sitúa más allá de sus dueños y sus directivos aunque, claro, Ciro Gómez Leyva y Roberta Garza encabezaron los que para mí son los mejores momentos de Milenio semanal. Su frescura y su vitalidad, su memoria, descansa en sus reporteros y sus columnistas.

El primer ejemplar es del 24 de diciembre de 2007. Es una soberbía edición (el único pero es su diseño abigarrado), y al escribir soberbia no pienso en la belleza de Nicole Kidman ni digo que siempre seré fan del Santo Oficio; aludo a ese gran trabajo que, para ejercer la memoria y diluir los mitos –dos vértices clave en el periodismo– fue hecho para enfatizar en la impunidad y la injusticia. No olvidar como una consigna periodística.

El segundo ejemplar es del 17 de agosto de 2009. Contiene un fenomenal reportaje sobre Marcial Maciel, lo que además muestra que no fue un solo medio o una sola persona quienes abordaron el tema (como se ha querido hacer creer), y comprende otro reporte sólido sobre la impunidad respecto de la masacre de Acteal, en 1997. Cuando alguien me pregunta por periodistas a los que admiro digo, entre otros nombres, el de Roberta Garza y detallo varios ejemplos, este es uno de ellos. Sobre Maciel, como antes en La Jornada o en Canal 40, este es uno de los materiales más sólidos. Estoy seguro de que, como lector, me hallo entre los damnificados porque este proyecto, así como era entonces, hubiera terminado.

Vuelta

Camino hacia atrás, dice el poeta, hacía lo que dejé o me dejó. Lo comprendo gracias a él: la memoria es un balcón sobre el vacío. Es el cuerpo a la intemperie, sendero incierto, ausencia de palabras. El recuerdo es volver a estar. Anhelo de regreso. Estar de vuelta otra vez dice el poeta, como cuando en aquel viento helado de 1976, anuncia de vuelta en su país que nunca estamos donde estamos y que el presente es intocable. Ese día nació la revista de política y cultura más relevante en la historia de México.

Cuando andamos el retorno no somos quienes fuimos sino quienes queremos ser, revisitar el pasado y recrear las raíces para cifrar el origen, anotar lo que hemos dejado de ser y aceptar que nuestros anhelos nos definen tanto como lo que hacemos por conseguirlos, entre otras cosas de aquello que hacemos está mirar el origen incluso hasta como una forma de honrar el pasado. El giro es permanente.

En el primer número de Vuelta, el 1 de diciembre, Octavio Paz escribe que la revista es un regreso al punto de partida de lo que fue Plural y, en tal sentido, una repetición del proyecto surgido en Excélsior en octubre de 1971 luego de que Julio Scherer lo invitara a encabezarlo y al que renunció una vez que el periodista abandonó la dirección del diario, “por lo menos”, añade el ensayista, “con el consentimiento tácito del Poder” que así “acabó o permitió que se acabase con uno de los poquísimos centros de crítica independiente del país”. Pero hay que decir de inmediato, Vuelta no es sólo el punto de retorno sino “mudanza y cambio”, “lo que regresa es otro y es otro a lo que regresa”.

Antes comenté que el sendero incierto del recuerdo es desnudo a la intemperie, ausencia de palabras, pero el retorno de Vuelta a Plural irrumpe del pensamiento razonado y se despliega en el sortilegio de las palabras que propalan ideas, definen puentes de entendimiento con el otro y aún tienden los diques para confrontarse con ese otro que, en más de un sentido, nos completa. Vuelta es Plural porque ahí también concurre la óptica diversa, y Vuelta trasciende a Plural dado que, sobre esa diversidad, comprendió como pocos que el valor político de más trascendencía para México en los últimos 50 años ha sido la democracia. No obstante esa apuesta de gran calado, creo que Vuelta es algo más que el afanoso esfuerzo intelectual y político en favor de la democracia.

Esas formas de representación e invención de la realidad que son el arte y literatura hallaron en Vuelta su expresión más acabada porque sus directivos convocarón a lo mejor del ámbito nacional e internacional. El lector encontró a ensayistas, poetas y escritores que no estaban en ningún lado o tenían cabida marginal en circuitos donde predominaban bagatelas. No es posible aproximarnos siquiera a los autores que comprendió este proyecto pero un atisbo lo da mencionar a Alejandro Rossi, Gabriel Zaid, Juan García Ponce, Rafael Segovia, Ernest Junger, Augusto Monterroso, Isaiah Berlin, John Kenneth Galbraith, Daniel Bell, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Milan Kundera, entre tantísimos otros. Y al revés igual: Vuelta encontró lectores, miles, y eso no es menor pues, entonces, hubo cuestionamientos a la supuesta entelequia de los materiales publicados en Vueltapor lo que no tendrían eco; esto implicó en realidad menospreciar el fuste editorial de aquellos “intelectuales liberales” así como la disposición del público para acoger análisis políticos, literatura y poesía. Vuelta fue bien recibida también por ser independiente no sólo respecto del poder sino del erario, en particular de la publicidad oficial; los primeros números circularon gracias a donativos de más de 700 amigos de los impulsores del proyecto.

Pero los hacedores de la revista no pretendieron la recreación de la cultura en sí misma para integrarse al espacio público: Paz lo delineó así: “No nos avergüenza decir que la literatura es nuestro oficio y nuestra pasión. Cierto, la literatura no salva al mundo; al menos, lo hace visible: lo representa o, mejor dicho, lo presenta. A veces, también lo transfigura; y otras, lo trasciende. La presentación de la realidad incluye casi siempre su crítica”.

Entre muchos otros aportes Vuelta fue espacio para la crítica del nacionalismo mexicano y su férula corporativa así como para cuestionar el experimento dictatorial impulsado en favor del llamado “hombre nuevo” que conocimos como socialismo real y que aún tenía encantados a no pocos intelectuales y escritores de renombre en México y el mundo.

Enrique Krauze ha comentado que “la mente editorial de Paz era una mesa de redacción en perpetúa discusión consigo misma”. Y el historiador sabe de lo que habla, entre 1977 y 1981 fue secretario de la redacción de Vuelta y luego subdirector de 1981 a 1996, por eso es que añade que el lector medio recordará a Paz como poeta y ensayista, aunque “acaso desde su infancia Paz abrevó en la profesión del editor que comenzó a desarrollar muy pronto, en sus publicaciones tempranas de los años treinta”.

Esto lo escribo para mí mismo, para verme decir a míque imagino los encuentros editoriales que definían los contenidos de los números siguientes que son, a final de cuentas, extensión de esa memoria de intercambio en la mesa de redacción. La selección de los temas más allá del tema de “coyuntura” o de moda, que suelen ser tan evanescentes como la identidad de las publicaciones que ceden a su embrujo. La opinión franca de que un texto es impublicable o el trabajo arduo para cincelar el texto que ahí está, en bruto, pero que le sobra, como esas rocas de las que habló Miguel Ángel. La valoración del diseño, el intercambio con revistas internacionales, la evaluación de la calidad impresa y luego vuelta a lo mismo, a pensar en el número siguiente y a delimitar sus contenidos. Pero me detengo en la soledad del puñado de editores, en la angustia que genera la precariedad económica y el deseo de trascenderla, de ir al origen y ser los mismos y otros, estar de vuelta otra vez pero distintos. Como ahora que recuerdo a Vuelta en este esbozo de palabras.

 

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