Sol Pereyra

Peripecias de una Comunmixta Star

“Hace dos meses que me vine a vivir junto al Océano Pacífico”.

La mujer ahora habita las profundidades de Mazunte, un pueblo de mil 500 habitantes en la costa de Oaxaca. El pueblo le recuerda a Twink Peaks. Se supone que la colma de felicidad el azul del cielo y el mar. Sin embargo no sabe qué escribir. Se siente una adolescente conflictuada.

Escribir es comprender. Escribir es indicar. Escribo para indicarme a mí misma. La mujer tiene una amiga con quien ha compartido cosas más importantes que una entrevista. Se emborracharon muchas veces con Fernet y con mezcal. Rieron y lloraron. Se escuchan, se aconsejan, se putean, se reconcilian. Tomaron mates y malversaron a los hombres con malicia. Las dos son argentinas y un poco mexicanas.

Sol Pereyra tiene 35 años, es música, es actriz y es mi amiga.

¿Cómo hablar de alguien a quien admiro sin nombrar cuánto la quiero?

No lo sé. Por eso aún no lo hago.

Sol comenzó estudiando teatro en Córdoba y siguió aprendiendo a tocar muchos más instrumentos de los que vos te podés imaginar. Allá tuvo un Colectivo de Teatro que se llamó “La Negra”; fue parte de importantes bandas de música como “Los Cocineros”, con quienes grabaron varios discos. Durante los últimos cinco integró la banda de Julieta Venegas. Y en este momento participa como música en el proyecto de Carla Morrison.

Hace tiempo que se fue de Córdoba. Salió en busca de un camino. En su pueblo la vieron irse sin saber qué iba a pasar. Lo cierto es que actualmente Sol consolida su lugar en la escena del pop rock latino: ya sacó dos discos como solista (BLA BLA BLA y COMUNMIXTA y este año va por el tercero.

Es chilanga y cordobesa. Le gusta el sarcasmo, el humor, la ironía, las malas palabras y el albur. Dicen por ahí que habla como una cordobesa de Tepito. También es frágil: le tiene miedo a la muerte, a las cucarachas, a los tiburones y a los fantasmas. Y sobre todo -confiesa- le teme a los hombres que vienen a destrozarle el corazón.

¿Che Sol, cómo llegaste a ser quien sos?

Eso lo tengo bastante claro… Hay una anécdota de mi tía que fue un día a alquilar una película en un video club y, le pregunta al señor su opinión acerca de la película que tenía en la mano. Y el señor le responde “Está buena: está entre la tragedia y la comedia”. (Sol se ríe) A partir de entonces en mi familia entendimos que para nosotros todo está “entre la tragedia y la comedia”. Esa ha sido una tensión constante, y ante ese drama el humor siempre ha sido un arma de defensa y de reconstrucción. Yo creo que eso fue lo que me ha llevado a ser quien soy ahora porque, de chica, tuve una historia familiar demasiado densa. Y como niña no pude desarrollar un montón de cosas como cualquier niño normal: situaciones dramáticas con mi familia, con mi papá que era adicto, alcohólico, un tipo muy temperamental: muy buena gente pero muy complicado. Mi mamá, por el contrario, es una persona muy frágil -inclusive muy flaquita físicamente a diferencia de mi papá que era muy grandote-; pero a la vez es una mujer con una fortaleza enorme. Y un día se le encendió la luz, y al ver que estábamos en una situación familiar muy complicada y muy intensa empezó a estimularme con el juego y llevarme a talleres de música, danza y teatro.

A los 10 años comencé a hacer teatro con un profe, hacíamos teatro callejero y teníamos una conciencia política muy fuerte. La mayoría éramos niños con padres comprometidos con la militancia política. Y cuando mis padres se separan, a los 10 años míos, mi casa se transforma en un punto de reunión de todos los amigos hippies o artistas de mi mamá, que antes no podían entrar a la casa.

Mi casa se convierte en una fiesta. Se armaban guitarreadas, me pasaban más canciones y cantaba y aprendía todo el tiempo. En el teatro hacíamos análisis de la realidad y lo transformábamos con el humor como una manera de reconstruirla. Y eso entró en mí naturalmente. Quizás es el humor el único elemento que atraviesa cualquier cosa que hago: la música, el teatro, lo que escribo.

A los 19 cuando mi papá se muere para mí fue un impacto muy duro. Ahí me tatué a Chaplin. No era solo su personaje, me lo tatué por el humor y por su capacidad de reconstruir el drama. Esto es lo que a mí me salvó, lo que me salva ahora y lo que me va a salvar siempre.

Vos sos licenciada en Teatro pero… ¿Cómo se aprende música de manera autodidacta?

Los primeros que me enseñaron fueron los amigos de mi mamá. Y yo tengo una especie de fanatismo y obsesión por los instrumentos que es lo que me llevó a tomar clases. Uno me enseñó cosas de guitarras, otros de vientos, otros acerca del cuatro venezolano, percusión… y así fui aprendiendo. Años más tarde cuando ya armé mis proyectos personales, primero con “Los Cocineros” y después de solista, mis propios compañeros fueron mis maestros. Desde que estoy de solista, Silvano Zetina (músico y productor) ha sido mi último gran maestro.

Pero a los 22 años Adrian Verra me enseño trompeta y fue un gran maestro. Porque como soy medio distraída nunca pude estudiar música formalmente. Adrian da clases en una escuelita Municipal de Córdoba sobre todo a niños de un sector social más popular. Entonces, yo empecé a estudiar trompeta con niños. Tocábamos un poco y luego íbamos a jugar al futbol, o al metegol. Y eso ayudaba con el tema de la concentración. Ese era mi problema, yo al final era igual a estos chicos.

¿Podrías describirme cómo aprendiste cada uno de los instrumentos?

La guitarra fue lo primero que me sedujo, porque me enamoré con locura de ese instrumento, fue la posibilidad de la canción: de cantar y acompañarte. Como a mí me gustan mucho las canciones me parecía que la guitarra me lo iba a permitir más que otros. De hecho ella me abrió las puertas a los otros instrumentos. La guitarra te permite armar melodías y acordes para componer y cantar. Primero comencé con folklore latinoamericano pero ya luego me gustaba mucho el blues, y así incorporé otras cosas, un universo muy diferente con otro tipo de colores y sonoridades.

Mi mamá me compró mi primera guitarra eléctrica a los 16 años. Me la regaló porque me diagnosticaron gastritis y tenía que cuidarme dejando de fumar, de tomar y comer estupideces. En ese momento mi mamá me dijo: “El dinero que me robás todos los días para comprar cigarrillos te lo voy a dar todo de una vez y, con eso te alcanza para una guitarra”. Y así dejé de fumar, hicimos un pacto y me regaló la guitarra. Fue muy loco porque yo me di cuenta que la guitarra iba a ser un instrumento -no para desarrollar un virtuosismo-, la guitarra iba a ser una compañera, es quien me ayuda a construir el mensaje y las historias.

¿Qué otros instrumentos conociste en profundidad?

El cuatro venezolano. Cuando conocí a Cecilia Todd me compré uno y fui con el Zurdo Roqué y le dije que quería aprender a tocarlo. Me dio un papel con acordes, me dio unas clases y me largué, siempre fue así, muy funcional. Con el ukelele también. Durante varios años tomé clases de percusión, sobre todo cuando hacía teatro. Aprendí con el Esteban Gutiérrez y también con el “Bam Bam” Miranda. Me encantaba pero en un momento me desencanté de la percusión porque sentía que con los tambores no podía construir canciones y no podía acompañarme, siempre dependía de otras personas. Me gusta poder tener algo con lo que yo pueda construir sola, y para mí eso es lo que tiene la guitarra. Quizás hay gente que sí lo logra. Pero me sirvió muchísimo vincularme con tres líneas de instrumento. La tercera es la trompeta que incorporó el tema de la melodía.

¿Y cuándo fue que te encontraste con la trompeta?

Con la percusión empecé como a los 18 años, y como a los 21 me fui a Cuba con un amiga con quien trabajábamos la tesis de teatro; incorporando elementos de varios viajes que veníamos haciendo por Boliva y Perú. Cuando llegué a Cuba le pedí a un amigo que me ayudara a comprar unas timbaletas. Y me dijo: “Sol, unas timbaletas no encontré pero te conseguí una trompeta a 30 dólares. Era de un viejito que tocaba salsa en una banda cubana. ¿Te interesa?”. Le dije que sí. Apenas me la compré sabía que iba a llegar a Córdoba sin un peso, y me dije a mi misma “si llego a Córdoba y encuentro un lugar donde tomar clases gratis, quiere decir que tengo que empezar a estudiar la trompeta, y si no, será un instrumento más para mi colección”. Es que me encanta tener instrumentos. Llegué y veo en la parada del bus un cartel que decía “Clases gratis de trompeta para niños en la Escuela Municipal”. A los pocos días busqué a ese profe y me aceptó aunque no fuera niña.

Con él aprendí durante mucho tiempo, me gustaba su trabajo grupal en las clases. Por aquel tiempo entré a la Banda Juvenil de la Municipalidad de Córdoba, me daba una emoción enorme saber que era parte de “un mar de sonido”. Cada vez que tocábamos música clásica o música de películas me tenía que contener para no llorar. Para mí era un sueño, no he vuelto a experimentar eso, fue una de las cosas más bonitas que me pasó.

En un momento era raro encontrar chicas que tocaran la trompeta. En la Banda Municipal por ejemplo, éramos seis en la fila de trompeta, y yo era la única mujer. También tocar con varones me hizo muy bien porque son muy competitivos entre sí, tocaban fuerte y eso me llevó a desarrollar el volumen y la fuerza para tocar.

¿Por qué querés ser música?

Porque me gusta, porque es lo que me sale y, sobre todo, porque siento que es lo que me permite habitar esas cosas que son vitales para mí: me divierte hacerlo, porque encuentro un placer enorme cada vez que hago una canción. Es como si me mantuviera en estado de niña permanente: entro en ese trance y me conecto con un mundo paralelo. En ese momento no me afecta absolutamente nada. Soy consciente que vengo del teatro pero siento que la música vino a buscarme y me dijo “chiquita, haceme caso y venite”.

¿De qué manera integrás el teatro a la música?

Tengo un modo de llevarme con el escenario en este tema que es el humor, y sobre todo reírme de mi misma. Eso viene del teatro. Un trabajo del clown donde al mismo tiempo jugas a “ser y no ser el personaje”, mostrarte ante el público como un igual: “no sos el artista en un pedestal sobre el escenario”. De esa forma revelás como eso lo podemos construir entre todos. De hecho, para mí todo se completa cuando “está el otro”. Es muy bonito el trabajo cuando uno está solito, pero el verdadero placer radica cuando lo mostrás y funciona: la gente lo recibe y reelabora eso de alguna manera. Lo que más me gusta es que la gente se lo apropie y se diluya la distancia conmigo, que nos podamos dar la mano.

¿Creés que con la música se puede cambiar el mundo?

Creo que se puede cambiar el mundo haciendo lo que a uno le gusta, siendo feliz y sincero con uno mismo. Yo me doy cuenta que cuando más cagadas me mando es cuando no estoy bien conmigo: siento que no genero cosas que están tan buenas.

En cambio, cuando yo estoy feliz con lo que estoy haciendo, siento que la cabeza y el corazón y todo se me abre más. Realmente me encantaría tener “la receta” para cambiar el mundo, sin embargo creo que se aporta en pequeño, desde uno. El teatro y la música han sido las herramientas de lucha que yo he encontrado. Y es lo que hace que yo no sea una maricona, que no tenga miedo, que no pare.

¿Qué músicos crees que han cambiado un poco el mundo?

Creo que hay músicos que han aportado cosas increíbles. Por ejemplo Violeta Parra, ella toma cosas de la música folklórica popular de chile; del intercambio con otros músicos, se montó un circo, donde hizo una movida popular y a donde iban a tocar artistas que no tenían otros espacios. Me parece que los artistas que además de haberse dedicado a “hacer música”, también abrieron el espacio a otros artistas, son gente que aporta. Pero también sé que el solo hecho de hacer una canción increíble que logre tocar ciertas fibras íntimas de la gente y que la movilicen, es un buen aporte.

Lennon, The Clash, la música punk rock hizo un montón de aportes en ese sentido. Creo que en cuanto a la rebeldía joven, todos los movimientos de música que han generado ruptura ha aportado muchísimo, eso ha sido siempre, de hecho también existieron movimientos de ruptura en la música clásica.

Cambiarle el mundo a una persona es parte de cambiar el mundo. Y a mí ésta gente y la música, me abrieron la cabeza.

Tener audiencia es tener poder (una llave) ¿Cuál crees vos que es la mejor manera de usar ese poder?

Yo creo que sí, pero también creo que es la propia gente quienes le otorgan un poder muy fuerte. Asumo que es una responsabilidad grande: soy consciente de que estoy construyendo constantemente y que, por lo mismo, no tengo una verdad. Intento reírme de mi misma, sé que somos lo mismo todos arriba o abajo del escenario.

Hay gente que aprovecha ese poder, por ejemplo Calle 13, tiene un discurso político muy fuerte y lo usa de una manera directa. En algún momento me ha chocado esa forma aunque pienso que está buenísimo que existan. A mí no sé si me sale o si me interesa poner en mis letras ese discurso así. Sin embargo estoy a favor de que escuchemos “muchos” discursos. No creo en la demagogia, por eso no usaría mi discurso para decir “ésta es mi verdad”. A la gente que viene así, yo no le creo. No disfruto de elevarme, disfruto que todos estemos acá. (Silencio) Lo que sí disfruto es despertar cosas en los otros…

¿Entonces qué te interesa buscar cuando compones la letra de una canción?

Me interesan varias cosas: que me guste y divertirme. En la construcción de una letra a veces tengo que escribir muy rápido, antes de que comience a jugar “mi prejuicio”; de esta manera puedo escribir lo que honestamente estoy sintiendo. No lo hago exactamente con la técnica de los surrealistas pero sí de una manera muy inconsciente, con una distancia de la que yo misma me sorprendo. Cuando escribo desde ese lugar, creo que desarrollo una sensibilidad diferente, digo cosas desde otra voz.

También tengo canciones que he parido como una bocanada, canciones que una tiene atorada y no puede evitarlo. Como la canción de Clase Media, era un momento en el que yo estaba muy enojada, viniéndome de Argentina a México, indignada con la situación social y política, y empecé a escribir en un cuaderno en el avión. En ese momento yo sentía que el pensamiento y la mano iban al mismo tiempo, que era una locura, que estaba diciendo lo que pensaba claramente desde un sentimiento muy profundo y muy sincero.

O me ha pasado con canciones de amor, en las que yo he estado realmente destrozada y empezaba a escribir en mi diario íntimo una especie de catarsis, un ruego patético para que no me dejen. Luego empiezo a embellecerlo con rimas, por ejemplo, para que me suene más bonito y aparte porque me causo risa. En un principio mi intención no fue hacer una canción, pero termina siéndolo.

¿Y qué sucede con la búsqueda de la música de una canción?

Ese creo que es un terreno más intuitivo: compongo guiándome por lo que me conmueve, lo que me suena bonito. En general uso “ritmos bien para arriba” pero me gustan los acordes tristes, y me gustan las melodías tristes pero construyo justamente con contradicciones.

¿En algún sentido, cuándo componés, pensás en lo femenino o de la condición de ser mujer?

Eso siento que es algo que no me propongo. Reconozco que sí hay una cosa muy sincera, espontánea e inconsciente. Por ahí me dicen “tenés esta cosa tan femenina”.Expreso muy abiertamente mi condición en todo sentido: mi condición como mujer, mi condición política, amorosa, humana pero desde la visión de una mujer atravesada por la vida. Quizás fue diferente en algunas canciones que decidí hablar como hombre, por ejemplo en una que se llama “Final”.

¿Y en algún momento y por alguna razón te hubiera gustado ser hombre?

Sí. En varios momentos. Tengo una cosa rara con ellos; me gusta su mundo, pero a la vez con las mujeres tengo una profunda admiración “mis amigas y mi madre son lo máximo, con la inteligencia y la belleza de unas casi diosas”. Pero hay cosas de los varones que disfruto mucho y me gustan, como su simpleza, sus juegos. Cuando era chica me conflictuaba mucho, me encantaba estar con ellos pero no quería sentirme discriminada: o te quieren “levantar” o te dejan afuera. Por eso yo siempre, de adolescente, trataba de mimetizarme, de hacer lo mismo: beber a la par de los varones, ser bruta, grosera, una pose muy varonera. Creo que lo hice un poco por defensa, en el sentido de “a mí no me traten como débil”, en algún punto estuvo bueno y en otro punto fue una cagada. Creo que también tiene que ver con una cuestión cultural, sobre todo en la música y sobre todo en Argentina. En Argentina, la mujer en el mundo del rock, o es una grupie o es una tonta. . No así en otros ámbitos musicales como el folklore. Culturalmente hay una cosa medio machistona.

¿Y cómo hace una mujer para forjarse un lugar en el mundo del rock?

A mí al principio, como te decía, lo que me salía era mimetizarme con los varones. Después me di cuenta que eso era absurdo, eso significaba alimentar el mismo discurso machista. Supe que, con lo que yo me iba a defender es con lo que hago. Entonces el que se quiera parar y decirme algo o tratarme de un modo diferente, pues me calzo la guitarra y lo cago a cachetadas con la guitarra y con mis canciones. ¿Con eso quién me va a decir qué? ¡Que se me pare al frente el que sea! En algún momento me ponía tímida hasta para vestirme, que si la faldita es muy corta y los tipos me miran el culo… después dije “yo me visto como quiero”. Mi discurso y mi herramienta es lo que hago, lo que canto, lo que digo, lo que toco, lo que vivo. El hacer es la manera más auténtica de presentar tu carnet de identidad. Tampoco vas a preguntar “¿Che, muchachos qué les parece… puedo entrar en el rock?”.

Y… al mundo del Rock se entra sin permiso!

¡Totalmente! Y también ha sido muy diferente la experiencia de Argentina a la de México. Porque en México sí es impresionante la cantidad de mujeres fuertes en el rock y en el pop, y todos conviven. Incluso teniendo en cuenta lo machista que se dice que es México; sin embargo acá hay una armonía de mucho más respeto.

¿Por qué crees que pasa eso?

Esa es la gran pregunta que yo me hago. Pensando estas cosas en Argentina que se supone somos “tan liberales”. ¿Por qué pasa esto con las mujeres? A mí me llama mucho la atención y me genera muchos interrogantes en todos los niveles. Si bien sí siento que hay una cosa más liberal y abierta en Argentina respecto a ciertos aspectos de género, en este sentido no lo sé. En México tenés muchos nombres conocidos: Al lado de un Café Tacuba; tenés Julieta Venegas, Natalia Lafurcade, Carla Morrison, Eli Guerra, la Rita que se murió hace poco. Y los hombres son muy respetuosos con ellas, no las subestiman para nada. En cambio allá están pero no en el lugar que se merecen. No tenés mujeres equivalentes a la cantidad de grupos de rock conformado por hombres. En Argentina el público no consume tanto a las mujeres como a los hombres. En cambio en México se consume parejo.

¿Sol, siempre me pregunto por qué hay un tono de “jovencita despechada” en la mayoría de tus canciones? ¿En qué sentido crees que sos una eterna adolescente?

Yo siento que eso pasó más con BLA BLA BLA. Por un lado, creo que básicamente apareció porque había una situación de ruptura amorosa. Por el otro, me gustaba jugar con ese personaje de canciones desgarradoras que me fueron llevando a ponerme en ese canal, eso empezó a divertirme: crear ese monstruito que es una chica rencorosa pero que a la vez ironiza sobre los otros y sobre ella misma. Un discurso de looser y ganadora al mismo tiempo. También creo y asumo que tengo algunas cosas de eterna adolescente, un modo de sentir muy impulsivo, me cuesta y a veces no me aguanto con esas reacciones.

¿Y qué significa para vos, como argentina, vivir en México?

La verdad aquí siempre me sentí muy a gusto, me he sentido adoptada por la gente y yo los adopté a ellos. Sin embargo en el fondo yo sé que pertenezco a otro lugar. Justamente esas son las cosas que están atravesando las letras de lo que va a ser mi tercer disco. Quizás es mi edad porque comienzo a cuestionarme de otra forma la vida y; empiezo a verme como un individuo y a ser consciente de que estamos solos, que somos personas individuales y solitarias. En mí existe un hilo de tristeza que todavía funciona como motor, no me paraliza, pero es un ruidito constante. Ese ruido es inevitable y no se va y tiene que ver con esto de ser de aquí y de allá o de ninguna parte.

Cuando estoy en México extraño mucho Argentina pero cuando voy para Argentina también extraño muchas cosas de México. Estar lejos de tu casa es muy duro y también está muy bueno.

¿Cómo música, que es lo mejor de vivir en el DF?

Yo salí de Córdoba hacia el DF. No pasé por Buenos Aires, entonces no hice la experiencia allá. Pero supongo que cualquier ciudad grande te ofrece una serie de posibilidades que cuesta más que aparezcan en lugares pequeños; tiene un montón de canales de comunicación que te abren más puertas sin que te des cuenta en qué momento empiezan a pasar, sucede más fluidamente.

Yo en Argentina estaba feliz pero mi experiencia me muestra -tanto en los proyectos personales como participando en proyectos de otros en Córdoba- como México me permitió habitar un terreno más profesional, más acelerado y más atento.

¿Trabajando de forma independiente, de qué manera crees que las redes sociales te ayudan a difundir tu proyecto?

Si bien las redes sociales tienen una faceta bastante insoportable, hay que reconocer que para los músicos independientes han sido salvadoras. De hecho yo abrí Facebook después de My Space porque éste último empezó a desaparecer, el feis se lo comió. Me subo a este nuevo espacio y veo que ha aportado muchísimo; porque es un modo ilimitado de estar comunicado y dar información de lo que estás haciendo. Y además no importa dónde vivas, yo ando siempre entre Argentina y México, más las giras por Europa y América Latina. Ese es el único espacio físico, si es que se lo puede llamar así, donde toda la gente se junta y pueden saber de mi proyecto. Es la manera que tengo de llegar a todos ellos.

Por ejemplo para que te pasen en la radio tenés que estar en una mega disquera o poner dinero; si no, no te pasan en la radio. El hecho de que puedas hasta tener música colgada e informar de tus shows, hace que no dependas tanto de la gente que tiene el control de la industria. Si bien es cierto que lo siguen teniendo pero creo que se están debilitando. Las redes sociales son herramientas que apoyan y generan “una nueva manera de aparecer” en la industria de la música. Todo esto hay que entenderlo desde otra idea de industria más alternativa y marginal y ahí tiene que ver con la postura política con la que yo trabajo. Una cosa es trabajar con sellos que son multinacionales y otra cosa es trabajar con sellos pequeños que respetan el trabajo de los músicos desde un lugar diferente. Es una postura frente a la música: cómo hacerla, cómo comerciar con ella, cómo pararse frente a ésta movida en torno al mundo de la música hoy.

¿Son muchos los límites que ponen los sellos grandes y hegemónicos?

Sí. Cuando hay dinero de por medio, el que tiene dinero comienza a tener un control sobre uno y sobre lo que uno hace que es bastante jodido. En ese sentido yo que soy muy controladora sobre mis cosas, sé que sería terrible tener que lidiar con una persona que trate de controlarme. Para mí, tiene que ser de suma confianza la persona que pueda participar en la cuestión creativa, y de alguna forma tenemos que elegirnos mutuamente. No creo en las personas que tienen autoridad sobre el proyecto en la medida que ponen dinero.

¿Qué es lo que más rescatás de tus anteriores proyectos grupales?

Hacer equipo es hermoso, es como estar enamorado colectivamente. Con “La Negra” éramos cuatro personas enamoradas de las cuatro. Y lo mismo con “Los Cocineros”. Rescato siempre el mejor momento de la relación y no el caos que supone las peleas de egos y competencias. Cuando tenés mucha conexión, te gusta cómo es el otro, lo que hace y lo que te propone… siempre ha sido una fuente de inspiración. Lo que tiene lindo el grupo es aquéllo de destrabar todo el tiempo y hacer que todo empiece a fluir y sentirse más liviano, sentirte acompañado.

¿Quiénes crees que son los representantes de la vanguardia del rock en México y en América Latina?

Creo que no deben ser conocidos. Sinceramente pienso que musicalmente mucha gente está siendo “punta de lanza” en muchas cosas, no solo en lo musical. Por ejemplo, Calle 13, si bien no es vanguardista musicalmente, hay algo en su postura, en su manera de manejar las redes sociales, y su carrera que tiene un poco de vanguardia. También lo que pasó en México con Carla Morrison tiene un tono de vanguardia, sobre todo en relación a cómo llegó de manera independiente a donde se encuentra hoy.

Ahora, musicalmente no he escuchado nada que esté “realmente innovando”. Creo que eso debe de estar en “el terreno más underground del underground”. Tengo esa sensación, también puedo estar equivocada.

¿Y qué crees que identifica al Rock en América latina?

Yo creo que el color de la mezcla del rock con las raíces latinas, con el folklore latinoamericano, con los ritmos y los instrumentos. El hecho que la cumbia haya entrado en la mayoría de las bandas de ska y reggae del rock latino, significa que estamos nutriendo y resignificando el rock. Algunos piensan que eso no es realmente rock. Yo creo que nosotros también tenemos derecho de apropiarnos de la música y aportar nuestro color, ese sello nos lo da nuestro lugar de pertenencia.

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