Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Periodistas ignorantes

Los periodistas mexicanos son esencialmente ignorantes. Lo son, y también tienen la astucia para conferir en los otros el cargo de cualquier tipo de falibilidad humana, es más, de eso nutren sus principales expectativas profesionales.

Naturalmente que, como expusiera Umberto Eco a mediados de los setenta en varios foros internacionales, me desmarco de la creencia provinciana de que esto sólo sucede en nuestro país, en el caso del escritor del Superhombre de masas, que Italia no es el único lugar donde los periodistas –ignorantes o desdeñosos de parámetros éticos y profesionales– inhiben la función de informar al protagonismo político que les confiere fama, posibilidades financieras y un sitio dentro de los poderes fácticos (contra varios de los cuales, llegan a decir que luchan). Eso ocurre ahí, en México y en buena parte de las sociedades contemporáneas.

Entonces, la incultura no es sello distintivo de los profesionales de la comunicación en este país, no sólo ocurre aquí su escarnio contra los otros que no leen o no saben; el rol de juez de la vida pública les permite, e incluso les incentiva, exhibir las precariedades de esos otros (sean o no verídicas). La plataforma digital permite registrar que el fenómeno es global, que no sólo en México tiene preeminencia el chisme (“nos dicen que…”) o la especulación (“sería muy delicado que…”) en vez del dato o la investigación acuciosa. Incluso lo que se murmura y la suspicacia, en ciertos reductos de eso que llamamos como “Opinión pública” llegan a ser sinónimos de virtudes periodísticas, quién sabe. En fin, creo que los periodistas mexicanos, digamos quienes militan en causas que plantean a la sociedad como si fueran nacionales (y no lo que son, suyas muy propias), no tienen la menor idea, digamos, de quién es Elias Canetti y entonces menos habrán leído Auto de fe, por lo que no saben que la inquisición en la historia tiene distintas formas, y lo peor: muchos de ellos practican tal inquisición contra los que no piensan como exige “la causa” –ya antes dije, su causa (para lo cual sí son prolijos en propalar sospechas, insidias y adjetivos). Y es que la ignorancia no es cosa menor, reiteradas veces reproduce culturas autoritarias y hasta las plantea como emblemáticas de la dignidad humana, como resultado de una inexpugnable retórica.

Desde luego que la ignorancia es una forma de añoranza –como advirtiera Milán Kundera y lo subrayara Christopher Domínguez en una espléndida reseña del libro del mismo nombre que Letras Libres publicó en junio de 2000. Y la nostalgia no pasa sólo en la ideología autoritaria erigida en favor de la igualdad, también sucede en quienes no saben qué hacer, por ejemplo para seguir en la línea del escritor checo en la obra ya citada, cuando un régimen autoritario se ha desvanecido. Hay empresarios de medios de comunicación y periodistas que no saben qué hacer (lo ignoran) con la libertad que les confiere la democracia, aunque sea incipiente y problemática como la nuestra.

Afirmo que muchos de esos profesionales obsequiosos con el poder no tienen la menor idea de que Canetti escribió Masa y poder, al que no han acudido ni siquiera para entender cómo ser una correa transmisora más eficaz en la difusión del discurso oficial (que llegan a ofrecer como discurso propio). ¿Cuántos de ellos conocerán a un personaje emblemático por su éxito en esas lides, William Randolph Hearst? Dudo que muchos, más aún: creo que no tienen idea de que Randolph ya no digamos inspiró a Orson Welles para hacer “Ciudadano Kane” ni digamos que su línea editorial apoyó a Porfirio Díaz contra la Revolución Mexicana; incluso podría omitirse que seguramente ignoran que en uno de sus medios nació The Yellow Kid, de donde surge el término “amarillista” (es decir, muchos periodistas saben que son amarillistas, pero no saben de dónde vienen ellos mismos o qué tradición perpetúan). Sería mucho esperar, insisto. Lo que exhibe su ignorancia es que practican exactamente los mismos patrones que el magnate de medios para adular al poder y ser uno de los soldados de ese poder dentro de la disputa con el otro que también pretenden el poder. Acaso lo único que tienen presente, entre otras cosas gracias a Internet (y para llenar algún espacio), es cuando nació o murió Randolph.

Como la ignorancia tiene distintos ropajes, el mes pasado la prensa mexicana (lo mismo que en cualquier otro sitio del mundo en estos momentos) registró que un 14 de agosto de 1994 murió Elias Canetti, y en esa ruta se adornó con varios aforismos del escritor búlgaro. Pero ello no oculta su ignorancia, en todo caso la viste para ser como esos personajes que creen que todo lo que sucede en su país es exclusivo de su país y sobre todo para perpetuar la gana de nunca mirarse al espejo a sí mismos, porque según ellos el trabajo consiste sólo en poner el espejo a los demás –le llaman denuncia para encubrir la farsa. Lo mismo para decir que ese espejo refleja a un esperpento que para repetir lo que quien se refleja quiere que diga. La paradoja es que tal vez eso sea lo que conceda razón a una de las vertientes de análisis de Canetti, la masa siempre busca ser dirigida y acrecentarse.

 

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