Ryszard Kapuscinski

Pensar en el otro

Este artículo fue publicado originalmente el 1 de febrero de 2008, lo abrimos de manera temporal dada su relevancia periodística.

 

Paso mucho tiempo
hasta que aprendí a pensar
en el hombre
como en el hombre
Dejé de hacer preguntas
de si es blanco o negro
anarquista o monárquico
seguidor de la moda o de lo rancio
si es de los nuestros o de los otros
y empecé a preguntar
qué hay en él de humano
y si hay algo.

Ryszard Kapuscinski



En el siglo XXI, los medios de comunicación no sólo informan, no sólo se limitan a dar noticias, sino que crean estados de opinión -y, por ende, ideologías-; moldean la imagen que la sociedad moderna se forma del mundo contemporáneo.

Se dice que los medios son el cuarto poder, pero yo subiría su puesto en el ranking. Ya sabemos que su papel en la política es cada vez más relevante y que ha hecho que insurrectos y golpistas de todo tipo cambiasen el objetivo de sus ataques en el mundo entero: antes asediaban palacios presidenciales y sedes de gobiernos y parlamentos, mientras que ahora intentan hacerse en primer lugar con el control de las emisoras de radio y televisión. No debe de ser una casualidad. En El imperio ilustré este fenómeno con la siguiente frase:

“Se ha creado un nuevo guión para las películas que tratan de golpes de Estado: los tanques salen de madrugada con el objetivo de ocupar la emisora de televisión, mientras el presidente duerme tan tranquilo y el parlamento permanece oscuro y desierto; los golpistas se dirigen al lugar que alberga el poder real”.

Subrayo la palabra real. De ahí la enorme responsabilidad que descansa sobre el periodista. No me refiero al media worker accidental (aquel cuya vinculación con el mundo de los medios puede ser fruto de una casualidad: hoy trabaja en una emisora y mañana tal vez se convierta en ayudante de notario o engrose las filas de los corredores de Bolsa me refiero al profesional “de raza”, al periodista nato, vocacional. Aquel que sobre todo precie la verdad y mantenga a raya todo intento de manipulación. Nunca huelga repetir que los medios de comunicación, además de ese poder real al que acabo de referirme, tienen un poder de manipulación casi infinito. Permítanme comentar un solo ejemplo:

The Economist, revista foro de expresión del mundo rico, ha titulado varias veces sus editoriales con la pregunta: “¿Cómo alimentar al mundo?”. ¡Semejante actitud reduce al ser humano a un mero aparato digestivo! Para apaciguar los remordimientos de conciencia se crean organismos internacionales encargados de proporcionar la noblemente llamada “ayuda humanitaria”: unos sacos de maíz por allí, otros sacos de arroz por allá. Nadie dice alto y claro que tan caritativa actitud degrada a la persona a la que, en teoría, se desea ayudar. Convirtiéndola en nada más que boca, estómago e intestinos, ¡se le arrebata la plenitud de su condición humana! Desde el punto de vista ético -y a mi modo de ver- se trata de una manipulación gravísima.

De ahí que la ética revista tanta importancia. No sólo en este oficio. En todos. Pero en éste resulta primordial, porque -insisto- de nuestra labor dependerá la visión del mundo que se forme el hombre contemporáneo. Y el vertiginoso desarrollo técnico y tecnológico de nuestra época tiene como escenario un mundo sumido en un caos ético tremendo. Habrá que saber interpretar tanto el desarrollo tecnológico como el caos ético. ¿Y a quién corresponderá hacerlo sino a los “moldeadores” de la opinión publica?

Por eso la formación del profesional de los medios de comunicación no se acaba con la consecución del título universitario, sino que en ese momento apenas empieza. Y tendrá que prolongarse durante toda la vida. Pues nuestros lectores, oyentes y espectadores, al formarse también ellos durante toda la vida, nos colocan el listón cada vez más alto. Si son cada vez más competentes -y lo son- ,¿qué decir de la competencia que tienen que demostrar aquellos cuya misión consiste en crear estados de opinión? Si queremos ser creíbles, fehacientes e influyentes, tendremos que ir siempre un paso por delante de los destinatarios de nuestro trabajo, que nos perciben como su fuente de información, educación y formación. Si queremos satisfacer sus expectativas, deberemos hacer el esfuerzo de acumular más conocimientos -y más deprisa- que ellos. Si no lo hacemos así, primero nos ignorarán y más temprano que tarde nos rechazarán. Creo que esta sola razón (entre otras muchas que se podrían aducir) basta y sobra para justificar la inclusión de los calificativos “nada fácil” y “sumamente exigente” en las características de esta apasionante profesión.

Y, para acabar, una última reflexión: como todos los demás ámbitos de la vida, también este oficio se ve afectado por las leyes de la globalización. Y en un mundo globalizado, nuestros conocimientos y nuestras experiencias no se pueden limitar a un solo país, ni siquiera a un solo continente. Deben intentar “atrapar” en las redes de nuestro raciocinio al mundo entero. Tanto más cuanto que nos ha tocado vivir en una época -y en un continente: rico- en que ya no hacen falta largos y agotadores viajes para descubrir mundo y catar su exótico sabor. Resulta suficiente salir a pasear por las calles de cualquier metrópoli europea para toparse con representantes de todas las razas, religiones y culturas.

El mundo de hoy -presente con su fabulosa diversidad humana en Barcelona y en Lima, en París y en Karachi, en Ginebra y en Dares Salaam, en Londres y en Kuala Lumpur- es multirracial, multirreligioso y multicultural. Y estos rasgos caracterizadores de nuestra contemporaneidad nos exigen actitudes y comportamientos determinados: tolerancia (una actitud pasiva, pero esencial como primer paso), voluntad de conocer y comprender al “otro” (el distinto, el extraño, el diferente), diálogo y respeto. Sobre todo estos tres últimos, por tratarse de actitudes activas, que, como sabemos, siempre son de ida y vuelta: voluntad de conocer al “otro”, de dialogar con él y de respetarlo.


Discurso pronunciado durante el acto de apadrinamiento de la octava promoción de la Facultad de Ciencias de Comunicación Blanquerna de la Universidad Ramon Llull (URL), Barcelona, 18 de junio de 2005. Agradecemos a la URL y a la señora Alicja Kapuscinska, viuda de Ryszard Kapuscinski, su gentileza para autorizar la publicación de este texto.

 

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