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Ariel Ruiz Mondragón

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Pedagogía democrática, carencia de la política mexicana

Ariel Ruiz Mondragón / José Woldenberg

Sin lugar a dudas, y como varias encuestas lo muestran, el malestar de amplias capas sociales con la política y los políticos mexicanos se ha acentuado en los últimos años. Debido al proceder de varios personajes y organizaciones, de los que se han exhibido desde su ineficiencia e ineptitud hasta sus corruptelas, esa visión se ha enfatizado.

Uno de los grandes riesgos a los que conduce esa situación es a la falta de aprecio por las conquistas democráticas de la sociedad mexicana. A veces por haber despertado enormes expectativas difíciles de cumplir y en otras por su falta de eficacia y rapidez para atender los problemas nacionales, entre otras razones, la democracia mexicana no pasa por buen momento en el imaginario de muchos ciudadanos.

En su libro La democracia como problema (un ensayo) (México, El Colegio de México, UNAM, 2015), José Woldenberg escribió: “Parece que en nuestro caso ni comprendemos ni valoramos la democracia”. Ahora, como una forma de atender esa cuestión, especialmente entre las nuevas generaciones, publica Cartas a una joven desencantada con la democracia (México, Sexto Piso, 2017), en el que explica y reivindica, pero también señala las insuficiencias del tránsito mexicano a ese régimen político.

Sobre ese libro conversamos con Woldenberg (Monterrey, 1952), quien fue consejero presidente del Instituto Federal Electoral, presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática y actualmente es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Autor de al menos una decena de libros, fue director de Nexos y es colaborador de Reforma.

¿Por qué escribir un libro de divulgación como el suyo, una defensa, como usted dice, del ideal democrático contra los fenómenos y discursos antipolíticos? Al final del libro usted cuenta la invitación que le hizo Eduardo Rabasa y el modelo de Christopher Hitchens.

Porque si bien el desencanto y el malestar con la vida pública recorren toda la pirámide de edades, tengo la impresión de que entre los jóvenes ese malestar está mucho más subrayado. Es probable que entre ellos así sea porque no tienen (y no tienen por qué tener) memoria de lo que sucedía antes. Quiero pensar que mi generación por lo menos puede valorar que hayamos pasado de un sistema cuasi monopartidista a un sistema plural de partidos, de elecciones donde ganadores y perdedores estaban predeterminados a congresos plurales y equilibrados, y que haya habido una expansión de las libertades. Pero muchos jóvenes nacieron con esos fenómenos ahí, y hay muchas fuentes para un desencanto legítimo.

A fines de 2016, Eduardo Rabasa me buscó porque quería plantearme un proyecto. Me dijo que hay mucha irritación con la vida pública, mucha desconfianza y descrédito, sobre todo entre los jóvenes. Comentó: “¿Por qué no, con el formato epistolar, te diriges a los jóvenes y tratas de explicar en qué consiste la democracia, cuáles son sus valores, cómo se construyó y, al mismo tiempo, por qué hay tanto malestar con la vida pública?”.

Me entregó el libro de Hitchens, Cartas a un joven disidente; él toca otros temas y va por otros lados, pero Eduardo me sugirió la forma. Y me gustó mucho la idea porque se supone que la fórmula epistolar tiene dos ventajas: una, tiene que ser directa, por lo que traté de erradicar todo el lenguaje académico, y, segunda, tiene que ser comprensiva y cálida con la otra persona: nadie entabla un intercambio de cartas con alguien que no le importe.

Creo que esos dos atributos (no sé si están logrados, eso lo dirá el lector) hacían interesante el ejercicio.

Hay vínculos entre su libro La democracia como problema y este, donde hace un señalamiento fuerte: nos está faltando comprender a la democracia. Parece que al final del régimen autoritario se levantaron grandes ilusiones y aspiraciones sobre ella, y ahora hay un gran desencanto. ¿Cuál es la relación entre estos dos aspectos, la sobrevaloración y la desilusión?

Buena parte del fin de siglo estuvo cruzado por una confrontación: autoritarismo o democracia. Creo que paulatinamente el polo democrático se fortaleció, digamos, del movimiento estudiantil de 1968 en adelante. Entonces surgieron organizaciones sociales, partidos viejos y nuevos, publicaciones, movimientos en las universidades, en el campo, la insurgencia sindical e incluso guerrilla urbana y rural. Fueron años de una enorme efervescencia.

Creo que a partir de la reforma de 1977 los principales esfuerzos se encaminaron por esa ruta: se crearon nuevas organizaciones partidistas que, conforme fue pasando el tiempo, se asentaron y se hicieron más fuertes, lo que hizo que las elecciones pasaran de ser un ritual insípido a ser altamente competidas. Que veamos los fenómenos de la alternancia, equilibrios en el Congreso, que un gobernador coexista con presidentes municipales de varios partidos, y el presidente de la República con gobernadores de diferentes organizaciones, es lo que la democracia nos ha dado.

Pero la democracia se publicitó también como si fuera la llave mágica que resolvería todos los problemas. Quizá estaba en el código genético de la confrontación democraciaautoritarismo. No fueron pocos los que dijeron: “Si logramos construir una democracia, esto va a acabar con la corrupción, con la justicia venal, conseguiremos que la economía crezca, que las desigualdades sean menores”, etcétera. Y cada quien le fue agregando sus expectativas (todas ellas legítimas, por cierto).

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, hace 12 o 13 años, cuando las dictaduras militares quedaron fuera, señalaba que había un malestar en la democracia que puede convertirse en un malestar con ella. Yo creo que estamos en ese límite; es decir, que mucho del malestar que hay con partidos, políticos, congresos y gobiernos, puede acabar convirtiéndose en un malestar con la democracia. Quizá la aspiración fundamental del libro es tratar de discernir qué queremos mantener, qué reformar y qué rechazar y desechar, porque a veces, en algunos discursos, parecería como si México tuviera la posibilidad de ser un país adánico y que se puede construir desde cero. Desde mi punto de vista, eso no tiene pies ni cabeza.

Usted señala una paradoja: la democracia permitió mayor transparencia, mayores espacios de libertad de expresión, de denuncia de corruptelas, de fechorías de políticos y gobiernos, de partidos, lo cual opera contra la democracia. ¿Cómo salir de este círculo que pareciera hasta contradicción?

Tomemos el tema de la corrupción: hoy tiene más visibilidad pública y hay menos tolerancia social hacia ella. Ésas son dos buenas noticias. ¿Cómo se construyó eso? No es fruto del azar sino una derivación del proceso democratizador, pasamos de un sistema de partido casi único a uno equilibrado de partidos. Para mí, ésa es una buena nueva; ahora, ¿qué hacen estos partidos? A acusa a B, B acusa a C, C acusa a B, y entonces la impresión que generan es que todos son una bola de corruptos. Pero la novedad que hay que saber valorar es que por lo menos ahora hay esos contrapesos, un partido que le puede sacar a otro sus trapitos al sol.

Veamos también el asunto de la transparencia: durante años, en México la información pública se manejó como si fuera privada y el funcionario hacía con ella lo que quería. A partir de la Ley de Acceso a la Información Pública, cualquier ciudadano, sin necesidad de fundar y motivar, puede demandar la información a las diferentes dependencias, y si no se la entregan puede acudir al INAI o a los institutos locales. Esto es un cambio que no se puede entender más que en el proceso democratizador de México.

¿Cuál es la paradoja? Que precisamente por esa vía se puede también documentar un número muy grande de corruptelas, de recursos que no van a donde deberían y que son desviados en muchas ocasiones para uso personal de los funcionarios.

Tercero: durante muchos años los medios de comunicación estuvieron alineados con el poder; hay quien dice que sigue habiendo muchos. Muy bien, pero muchos otros no. Si uno compara la prensa, la radio y la televisión de hoy con las de los años 70 y 80 del siglo pasado, se da cuenta de que hoy los márgenes de libertad son mucho mayores. Los medios fueron usufructuarios del cambio democratizador, y qué bueno. Ahora esa libertad en muchas ocasiones se usa para documentar fechorías de todo tipo.

Desde mi punto de vista, ¿qué hay que hacer? Pues por supuesto que castigar a quienes desvían recursos públicos, a los que no los utilicen para lo que fueron destinados, pero al mismo tiempo debemos valorar que tengamos un sistema pluripartidista, que haya una Ley de Acceso a la Información Pública, que la prensa tenga mayores márgenes de libertad.

Sobre los medios de comunicación, usted señala que han tenido mayor libertad, que sus investigaciones han elevado la exigencia de los políticos y de la política, pero también comenta su amarillismo y la falta de construcción de un relato pedagógico sobre los avances que ha habido. ¿Qué responsabilidad han tenido los medios de comunicación en este desencanto?

Creo que, comparados con el pasado, los medios gozan de mucha mayor libertad; pero tengo la impresión de que no han sido capaces de socializar las complejidades de la vida política mexicana (claro, estoy hablando de manera demasiado general y debería particularizar). Yo de repente leo a colegas o a mí mismo, y los juicios se hacen como si se tratara de una política sin restricciones, y lo primero que creo que hay que entender es que lo que esta germinal democracia ha construido es un laberinto muy difícil de transitar. Hay restricciones normativas, financieras y propiamente políticas: el equilibrio de fuerzas que está instalado en las instituciones del Estado hacen mucho más difícil poder hacer avanzar una iniciativa en cualquier sentido, y han instalado como una necesidad la negociación y el acuerdo. Cuando esto ocurre es muy probable que ninguno de los negociadores alcance el ciento por ciento de los objetivos y que tenga que ceder en algunos terrenos.

Creo que los medios no son capaces de reproducir esa mecánica; para decirlo de manera muy lapidaria e injusta, a veces me da la impresión de que el resorte que mejor está aceitado es el de que la culpa es de políticos tontos, corruptos e ineficientes. ¡Caray!, los problemas de este país y su densidad son de tal magnitud que no nos podemos conformar, como sociedad, con una explicación de esa naturaleza.

Esa no puede ser la cantaleta que explique todo, entre otras cosas porque hay otros actores que, curiosamente, no reciben el mismo seguimiento por parte de la prensa; por ejemplo los grandes grupos empresariales, el circuito financiero que ya no es nacional sino internacional, los grandes medios de difusión que gravitan en la política mexicana y los grupos de interés en diferentes ramos.

A veces da la impresión de que el único resorte crítico, o el mejor instalado, fuera el que está dirigido a las instituciones públicas. Pero curiosamente sobre el resto de los actores, que en muchas ocasiones son igual o más poderosos, no hay un seguimiento similar.

Hay un déficit de pedagogía, y que incluso el tránsito democratizador que vivió México no fue socializado con suficiencia. Es decir, no somos una sociedad que se haya apropiado de ese avance. Si uno va a España y habla con el que vende los periódicos, con el taxista o profesor universitario, todos hablan de una transición a la democracia. Por supuesto que el grado de comprensión es muy diferente, pero saben que hay un antes y un después, es decir, la dictadura de Franco y la democracia que se construyó. Ahora hay problemas incluso con eso; es decir, el problema y la evaluación del pasado nunca se acaban.

En el caso mexicano no somos capaces de explicar con suficiencia que estábamos realmente cambiando el régimen político, y en ese sentido no faltan las voces que dicen que lo único que hubo fue gatopardismo, que estamos igual que en el pasado. Pero comparen las elecciones de hace 40 años con las de ahora, y hagan lo mismo con el mundo de la representación y los fenómenos de alternancia, y por lo menos eso ha cambiado. Y creo que los medios no han contribuido a la comprensión de la complejidad de la naciente política democrática mexicana; difunden, más bien, descalificaciones que no ayudan a comprender ese laberinto.

Usted comenta que tenemos una sociedad civil débil y desequilibrada. ¿Qué ha pasado con ella en este tránsito democratizador? En La democracia como problema usted da un dato dramático de un informe del IFE: 72% de los encuestados dice no tener confianza interpersonal.

Creo que de todas maneras hoy tenemos una sociedad civil más activa, que han surgido muchas organizaciones que tienen agenda propia y que han logrado avances en muy diferentes terrenos: derechos humanos, recursos naturales, feminismo, contra la corrupción, gays, etcétera. Ahora hay un archipiélago de organizaciones más fuerte que en el pasado, y eso también es una buena nueva.

En efecto digo que es una sociedad civil epidérmica, y también polarizada, como todo el país. La inmensa mayoría de los mexicanos no participamos en organización civil ninguna, y eso hace que el contexto de exigencia hacia la vida política sea más blando. Mientras la sociedad civil sea más fuerte, con más raíces, más voces, más intereses, pues el circuito de la política tiende a robustecerse. Pero la inmensa mayoría, insisto, no participamos en nada.

Segundo, no todas las organizaciones piensan lo mismo; allí pongo de ejemplo que en materia de medios de comunicación pues está la AMEDI, que ha sido una organización digna de crédito: ha puesto una agenda, peleado por sus causas y ha avanzado. Pero del otro lado está la Cámara Nacional de la Industria de la Radio y la Televisión, y la verdad es que la fuerza relativa de una y de otra son muy diferentes, y a eso me refiero: en la sociedad civil hay organizaciones con una fuerza muy desequilibrada. Quizá eso pasa en todas las sociedades.

¿Cómo revertir eso? La única receta que tengo es la tradicional: la organización. No conozco otra. Por ejemplo, la novísima reforma del Sistema Nacional Anticorrupción no se explica sin la labor de un buen número de organizaciones que pusieron el dedo en la llaga, que le dieron visibilidad, que hicieron un diagnóstico y que dijeron “hay que hacer A, B, C y D”. Vamos a ver cuál es el futuro de este sistema, que es otro asunto, pero el solo hecho de que se haya creado es una respuesta que hubo una parte de la sociedad que lo tomó como una causa, se organizó y comenzó a avanzar.

Hay otros ejemplos: en materia de acceso a la información pública, en su momento el Grupo Oaxaca, de académicos, periodistas y activistas sociales, se reunió y dijo: “No puede ser que en México no se pueda acceder a la información pública”, y hoy mucha gente utiliza ese derecho para solicitarla y obtenerla. La despenalización del aborto en la Ciudad de México no se entendería sin el esfuerzo que hicieron organizaciones feministas desde los años 70, que de manera constante pusieron el dedo en ese renglón, y finalmente lograron con los diputados de la Asamblea, el ç jefe de Gobierno, los líderes de los partidos y de las bancadas, además de tejer una red de relaciones con médicos y abogados.

Además trato de salirle al paso a una idea muy arraigada, que además me parece muy primitiva: que la relación entre las instituciones del Estado y la sociedad civil es un juego de suma cero: que entre más fuerte es la sociedad civil, más débiles son las instituciones estatales, y a la inversa. Yo creo que es una tontería, que es al revés: en un sistema democrático, entre más fuerte es la sociedad civil, también lo son las instituciones públicas, y mientras éstas lo son, el ámbito de acción de las organizaciones civiles puede tener un mayor impacto.

Creo yo que buena parte de la responsabilidad del desencanto en la democracia se debe al discurso antipolítico. ¿Desde dónde hace sus críticas?

Por desgracia no solamente tiene nutrientes fuertes en México sino en el mundo. Fenómenos como el de Donald Trump, el brexit, el avance de la señora LePen e incluso la aparición de liderazgos de extrema derecha en Grecia, Hungría y Polonia son dignos de llamar la atención.

Es una retórica muy sencilla: hay una sociedad buena y unos políticos malos. Quien habla lo hace a nombre de la sociedad buena en contra de los políticos malos. Ese es el resorte. Incluso en las cartas transcribo parte del discurso de toma de posesión de Trump porque me parece una pieza casi pedagógica de lo que es el discurso antipolítico: un tipo como él, beneficiario del establishment norteamericano, habla como si fuera un outsider: “Ahora sí ganamos −dice a los ciudadanos− contra Washington”. ¡Pero si él va a ser el presidente! El asunto es que pegó, que ese discurso, que a mí me parece aberrante por racista, misógino, antipolítico, contactó con 60 millones de personas que votaron por él.

Hay que salirle al paso a este tipo de discursos porque sus derivaciones pueden ser mucho muy graves. El problema es que el descontento se puede canalizar en muchas direcciones, y ojalá seamos capaces de que el malestar instalado en la sociedad mexicana y que realmente tiene fuentes importantes, pueda ser canalizado para fortalecer la democracia y la equidad social.

Ese es el otro asunto: la democracia mexicana está asentada en un terreno muy pantanoso, el de un país con oceánicas desigualdades, en el que es muy difícil que se genere el sentido de pertenencia del que habla la CEPAL. Tenemos un déficit de cohesión social enorme: más que un país integrado, somos una serie de islas autorreferentes plagadas de rencores, odios, tensiones que se explican porque la desigualdad es flagrante en todos los terrenos. La gran tarea es precisamente la construir un piso de equidad social, que eso sí ayudaría a fortalecer el aprecio de las instituciones democráticas. Ni hablar, cuando la gente ve que sus condiciones materiales de vida no mejoran, la reacción elemental es culpar de eso a la vida política.

La desigualdad genera relaciones asimétricas de poder; es curioso, por ejemplo, que en los círculos de las capas medias ilustradas está muy mal visto el clientelismo porque es una relación de dependencia y demás. Pero lo que tenemos que hacer es comprenderlo: ¿por qué existe? Porque hay gente cuyas necesidades son tan urgentes y elementales que, claro, alguien puede intentar abusar de esa situación y presentarse como un dador de bienes, y los otros sentirse agradecidos. Entonces incluso en ese terreno pues tendríamos una mejor democracia si nadie tuviese que acudir a favores, sino estuviera en capacidad de ejercer derechos, que es totalmente distinto.

Hay otro punto: el económico. ¿Cuál ha sido la relación entre la economía y el régimen político? Buena parte de la etapa autoritaria del país fue de crecimiento, mientras que ahora en la democracia este es muy bajo.

Hay una relación muy directa. En España, después de la muerte de Franco, la economía empezó a crecer más y con su integración a Europa el cambio fue espectacular, entre otras cosas porque hubo una transferencia fantástica de recursos líquidos de la Unión Europea hacia ese país, y este se transformó y su población mejoró sus condiciones de vida. Pero vino la crisis, y con ella el movimiento de los indignados, el desafecto por los políticos, el surgimiento de nuevas organizaciones como Podemos y Ciudadanos, e incluso se abrió toda una discusión sobre lo que había significado la transición y se le puso en cuestión.

Allí está clarísimo: mientras hubo prosperidad y bienestar, el estado anímico de la sociedad fue uno, y cuando estalló la crisis ha sido otro.

El caso griego fue algo similar: hubo años muy buenos, de crecimiento, de empleos cada vez mejor remunerados, un sistema de salud que crecía bien. Estalló la crisis, los dos partidos mayoritarios la gestionaron siguiendo las recetas de la Unión Europea y la economía cada vez fue a peor: mucha gente perdió sus empleos, bajó el salario, la salud pública empezó a deteriorarse. Fue un periodo en el que los grupos fascistas crecieron: habían sacado el 0.4% de la votación, y llegaron a obtener el 8% ¿Cuál fue el discurso de estos tipos? Que toda la culpa era de las migraciones, de los extranjeros, y mucha gente lo asimiló. Estos tipos empezaron a explotar las peores pulsiones de la sociedad griega.

En México el proceso democratizador ha coincidido con un periodo de muy lento crecimiento, a veces decrecimiento, y con dos crisis económicas fuertes. ¿Qué significa? Que muchos jóvenes que llegan al mercado laboral no encuentran trabajo formal. Lo que ha crecido en los últimos años, sobre todo, es la informalidad, y en muchas familias la expectativa es que los hijos van a vivir peor que los padres, un malestar más que comprensible.

Es una desgracia porque en los años del autoritarismo, entre 1932 y 1982, la economía mexicana creció a ritmos muy importantes, aunque sus beneficios nunca se distribuyeron de manera equitativa. Había la ilusión de que los hijos iban a vivir mejor que los padres. Yo he pensado siempre que ese fue uno de los combustibles que crearon el consenso, si se quiere pasivo, con el anterior autoritarismo. Hay que recordar que hubo huelgas, movilizaciones, conflictos, pero en términos generales fue uno que se reproducía en cierto clima de estabilidad y de paz social, y creo que el lubricante de eso era el crecimiento económico. Las libertades estaban restringidas, no había diferentes ofertas en el escenario político, etcétera, pero hubo estabilidad y del consenso pasivo.

Las dos grandes tareas de México tienen que ser reactivar el crecimiento económico y atemperar las desigualdades. Si esos dos elementos sucedieran, estoy convencido de que el aprecio por las instituciones de la democracia se incrementaría.

Usted recupera un planteamiento de Luis Salazar: pasar del Estado patrimonialista y clientelar al Estado constitucional de derecho. ¿Cómo construirlo?

Creo que ese debería ser el horizonte. Considero que hay una experiencia histórica ejemplar, que fueron las políticas de la posguerra europea, que construyeron los famosos Estados de bienestar. ¿En qué consistieron? Pues en crear una base universal de satisfactores que tienen que ver con la educación, la salud, la vivienda y la alimentación que dio como fruto las sociedades más equilibradas que ha generado la humanidad sin atentar contra las libertades, pues crearon los sistemas más equitativos en términos sociales.

Por desgracia, también ellos vieron una ola retardataria que arranca con la señora Thatcher, que intentó desmontar, y en alguna medida lo logró, buena parte de ese Estado social de derecho.

Pero yo creo que ese debería ser el horizonte, más para un país como México, con sus marcadísimas desigualdades. Insisto: se dice fácil.

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