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Para renovar el Premio Nacional de Periodismo

Este premio tiene una historia que con el correr de los años parece olvidarse. Por décadas lo otorgó el gobierno federal. La Subsecretaría de Egresos de Hacienda contemplaba, en su presupuesto, una fuerte cantidad de dinero que la Secretaría de Gobernación ejercía a través de la Dirección General de Medios Impresos para organizar el Premio Nacional de Periodismo. Las convocatorias, el personal que lo administraba, los insertos en medios impresos y electrónicos, las comidas de los jurados, los diplomas y por supuesto los 150 mil pesos que entonces recibía cada premiado, salían del erario público.

Eso se terminó en el año 2001. No porque el Presidente de la República de ese sexenio hubiera tenido alguna opinión sobre el asunto, sino porque desde años atrás se reflexionaba públicamente sobre la inconveniencia de que el gobierno en turno premiara a los mejores periodistas de nuestro país. La transición de un sistema político con férreos controles sobre los medios a uno democrático exigía terminar con esa práctica. La ciudadanización del premio se convirtió en vox populi y el 16 de octubre de 2001 se anunció la instalación de un consejo integrado por las siguientes doce organizaciones:

1. Asociación de Editores de los Estados

2. Asociación Mexicana de Editores de Periódicos Diarios

3. Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión

4. Consejo Nacional para la Enseñanza y la Investigación de las Ciencias de la Comunicación

5. Escuela de Periodismo Carlos Septién García

6. Fraternidad de Reporteros de México

7. Fundación Información y Democracia AC

8. Fundación Manuel Buendía A.C.

9. Universidad Iberoamericana

10. Universidad Nacional Autónoma de México

11. Universidad de Guadalajara

12. Universidad de Occidente.

Esto fue el embrión de un consejo ciudadano que guardaba un mínimo de equilibrio: cuatro universidades, una escuela de periodismo, dos fundaciones, una cámara nacional, una fraternidad, dos asociaciones nacionales y un consejo nacional. Doce años después este equilibrio parece perdido. Al día de hoy el Consejo Ciudadano del Premio Nacional de Periodismo está integrado por 23 universidades y por casi las mismas organizaciones fundadoras.

El actual jurado que tuve el honor y la responsabilidad de presidir cuestionó varios aspectos del funcionamiento del premio, al mismo tiempo que hizo su trabajo con entusiasmo y responsabilidad. Cabe añadir que se trató de un jurado fuerte, conocedor y notoriamente comprometido con el periodismo en México. Estuvo integrado por cuatro mujeres y ocho hombres cuyas procedencias geográficas se ubican una mitad en la ciudad de México y la otra, en seis estados de la república, los cuales vale la pena mencionar para darnos una idea del escenario en que se mueven estos periodistas de tiempo completo:

• Adriana Ochoa, del Pulso de San Luis Potosí

• Alejandro Cossío del semanario Zeta de Tijuana, Baja California

• Héctor Hugo Jiménez del periódico Hora Cero de Tamaulipas y Nuevo León

• José Luis Esquivel, de diversos medios electrónicos en Monterrey, N.L.

• Luis Guillermo Hernández, del Siglo de Torreón, Coahuila

• Sandra Rodríguez Nieto, de diversos medios en Ciudad Juárez, Chihuahua.

El resto del jurado estuvo integrado por:

• Alejandro Jiménez, subdirector de opinión del periódico El Universal

• Guadalupe Juárez, conductora de Formato 21 y coconductora de la Red en Radio Centro.

• Rafael Barajas, “El Fisgón”, del periódico La Jornada

• Gabriel Sosa Plata, columnista de El Universal y mediador en el Instituto Mexicano de la Radio.

• Darío Ramírez, Director de la oficina en México de la organización internacional Artículo 19 para la defensa de los derechos de los periodistas y de la libertad de expresión.

• Fátima Fernández Christlieb, académica de tiempo completo en la UNAM.

Este jurado fue propuesto y votado por los miembros del Consejo Ciudadano del Premio Nacional de Periodismo. El mismo día en que quedó integrado lanzó un enérgico pronunciamiento sobre los periodistas desaparecidos y asesinados en México en los últimos años, así como sobre diversas agresiones a la prensa.

Una vez integrados como jurado abrimos un grupo secreto en Facebook para intercambiar opiniones principalmente acerca del premio por trayectoria que, de acuerdo a las reglas, debería otorgarse por unanimidad. Varias y diversas fueron las propuestas y el 6 de noviembre pasado, cuando deliberamos, aún no se unificaban las preferencias, pero al final se logró la unanimidad.

Revisamos 1076 trabajos distribuidos en ocho categorías: 122 para noticia; 231 reportajes; 132 crónicas; 101 entrevistas; 70 trabajos para el rubro de fotografía; 167 artículos de fondo; 110 caricaturas y 143 trabajos de divulgación científica y cultural.

Cada categoría implicó un debate informado, respetuoso, atento a los argumentos esgrimidos. En varios géneros periodísticos encontramos trabajos con calidades muy semejantes, la decisión no fue fácil, al final votamos pero nos quedamos con la convicción de que dos o más trabajos merecían ser premiados. Este jurado propone que cuando esto ocurra se otorguen menciones honoríficas.

La mitad del actual jurado procede de ciudades donde ejercer el periodismo es jugarse la vida. Los esfuerzos por continuar informando sobre lo que día a día ocurre en ciertos lugares de nuestro país han sido descomunales. Durante las deliberaciones del jurado y en ocasiones en apoyo a ciertos trabajos brotaron relatos espeluznantes, vividos en primera persona, sobre la violencia que se ejerce contra órganos informativos. No estoy autorizada por estos periodistas, miembros del jurado, para dar detalles, pero les sugiero que lean el discurso que Marcela Turati pronunció el pasado 8 de febrero, en la Universidad de Harvard, al recibir el premio Louis Lyon que le otorgó la Fundación Nieman por su trabajo periodístico sobre víctimas de la narcoviolencia y por sus actividades para impulsar la protección y la capacitación de los periodistas. En ese texto ella recogió testimonios muy parecidos a los que se relataron en el seno del jurado y expuso numerosos casos. Uno de ellos resume de manera elocuente la situación: junto al cuerpo de un periodista se encontró el siguiente mensaje: “Esto me pasó por escribir lo que no se debe. Cuiden bien sus textos antes de hacer una nota”. Jamás se había vivido algo así en el periodismo mexicano.

Gracias a los testimonios de los colegas del norte este jurado no tuvo dudas de que el poder fáctico que hoy ejerce el crimen organizado amenaza a los medios de muchas entidades federativas de nuestro país. Este es el marco en que se mueve el periodismo fuera de la ciudad de México, esto es también parte del escenario en que hoy se inscribe el Premio Nacional de Periodismo. Hay realidades que no se pueden acallar pero hay circunstancias que nos obligan a actuar con inteligencia en la elección de las tácticas que acompañan a la estrategia. Por lo pronto este Premio Nacional de Periodismo tiene que sacudirse inercias del pasado. El país es otro, lo sabemos, pero muchas de nuestras prácticas se han estacionado.

Habría que preguntarnos, con toda honestidad, qué fue lo que cambió con la llamada ciudadanización. ¿Qué aspectos novedosos le ha imprimido la ciudadanía a este proceso de premiación? ¿Podemos decir que los trabajos premiados han contribuido a estimular la calidad del periodismo en México? ¿El ciudadano de a pie sabe que cada año se premia a lo mejor de lo que aparece en los medios? ¿Los periodistas de todos los medios están atentos a la convocatoria de este premio o hay muchos que todavía se resisten a enviar sus trabajos? ¿Cuál ha sido, en suma, el saldo social de la ciudadanización del Premio?

Habría que hacernos también preguntas sobre los procedimientos. ¿Por qué los llamados ciudadanos no modificaron el método de inscripción al Premio? ¿No habría que cuestionar el hecho de que el propio medio o el periodista sean los únicos que envíen candidaturas? ¿No convendría que un jurado ciudadano, apoyado tal vez por escuelas de periodismo, diera seguimiento a todo lo que durante un año se difunda y también de este modo tuviéramos propuestas? Varios miembros del actual jurado opinamos que el reconocimiento fundamentado en lugar de la inscripción previa es algo a considerar a partir de ahora. Digo “varios miembros del jurado” y no todos, porque no hicimos un debate en forma sobre estas cuestiones, las opiniones se entreveraron con la deliberación y algunos dejaron sugerencias por escrito.

Un asunto que preocupa son los recursos económicos para organizar el Premio. No todos los miembros del Consejo Ciudadano están pagando las cuotas acordadas. ¿Cuántos miembros pagan cuánto? ¿Quiénes no han cubierto lo que prometieron? ¿En qué se gasta cada peso? No lo sabemos.

La transparencia y la rendición de cuentas no ha permeado en muchos ámbitos de la sociedad. Lo que es claro es que la cifra que otorgaba el gobierno a los premiados parece ahora inalcanzable, sin embargo, si este Premio tuviera el gran prestigio que merecería tener, ganarlo sería un asunto de satisfacción y de orgullo que rebasaría con mucho el estímulo económico que pudiera recibirse.

También como una cuestión central habría que evaluar la pertinencia o la inconveniencia de mantener la actual composición del consejo ciudadano. Si hiciéramos una relación de organizaciones de la sociedad civil encontraríamos muchas, de distintos tipos, genuinamente interesadas en la evolución de los medios mexicanos. Podría darse una sana pluralidad comprometida con la calidad de los contenidos que apoyara la selección de los mejores trabajos periodísticos. Las universidades podrían pasar a formar parte de un consejo asesor. Esto obviamente con reglas del juego fundamentadas, claras y explícitas.

Premiar significa mostrar referentes de calidad informativa no solo en su forma sino y sobre todo en lo que dicen, en para qué lo dicen, en la intención de lo que dicen. Hacer periodismo en el México de hoy es también abrir y mostrar caminos hacia una vida colectiva más sana, más responsable, con mayor sentido. Estamos urgidos de un periodismo que además de apuntar hacia lo que no funciona también muestre vías para el acuerdo y la concordia. Hemos llegado a un punto, en el que en muchas ciudades del país se ha desnudado la realidad hasta donde se ha podido, nos hacen falta ahora medios que se propongan apoyar la construcción de nuevas realidades.

En la UNAM recayó este año la presidencia del Consejo Ciudadano y esta institución que hoy nos acoge aquí, en su Centro Cultural Tlatelolco, realizó una valiosísima tarea de regularización fiscal y notarial de los últimos años de gestión del Premio Nacional de Periodismo. Las cuentas y los documentos están ya en orden para dar inicio a una etapa de transparencia y de trabajo eficiente a partir de hoy. Tenemos con qué dar pasos firmes hacia una auténtica ciudadanización, hay elementos indudables para darle un gran prestigio a este Premio.

Si se observa con detenimiento lo que ocurre en las nuevas generaciones de periodistas mexicanos hay motivos para el optimismo, hay sangre nueva para la renovación del Premio. Hay evidencias de que saben organizarse y saben lo que quieren. Transcribo un par de párrafos redactados por una red de periodistas creada por mujeres jóvenes:

“Los temas que cubrimos le interesan a la gente porque tocan su vida. No son mensajes cifrados entre políticos. Son problemas que tienen rostro, que le duelen a alguien, lo alegran o le modifican la vida” “Huimos de la nota rosa del héroe o de la heroína solitaria que hace cosas excepcionales y a quienes pocos pueden imitar, preferimos hablar de gente común que se organiza para cambiar las cosas, que lucha con la mejor herramienta que tiene el ser humano que es la dignidad frente a su circunstancia”.

La red que intenta llevar esto a la práctica se llama Periodistas de a Pie y una de sus integrantes recibirá aquí uno de los premios.

Organizarnos para cambiar las cosas es lo que sigue, organizarnos nosotros los ciudadanos para renovar este Premio Nacional de Periodismo es mostrar que queremos entender mejor la vida y que estamos decididos a construir futuros mucho más habitables.

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