Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Palabras

Para María Martha Atempa Martínez

Las palabras forman parte de nuestra historia y por ello no sólo son una memoria del tiempo sino también un registro de la magnitud del pensamiento y la capacidad humana para lograr comunicar ideas y sentimientos. Entre otras virtudes sobre las que ahora no tengo palabras, las palabras son retrato de circunstancias que dieron sentido a eso que llamamos identidad si recurrimos a la cultura o el folclor y las costumbres; por todo ello las palabras además son un indicador de que hemos vivido y seguimos muriendo.

En 1930 la Ciudad de México tenía poco más de un millón de habitantes pero la migración del campo y el crecimiento poblacional lograron que 35 años después hubiera cinco millones y medio de habitantes, en una explosión demográfica sin precedentes. Entre otros efectos que tuvo la migración es que las personas trajeron junto con sus maletas, a sus palabras y, con ello, sus leyendas y tradiciones. Nuestros bisabuelos emplearon los términos “carrancear” para aludir al acto de robar –con el que significaron a don Venustiano– y expandieron, sobre todo por la zona de Popotla hasta Tacuba, la leyenda del Cacomixtle (que también tuvo fama en Tlalpan).

En los años 40 y 50 sobre todo, las personas se ajuareaban (al renovar su ajuar) y frente al drama que usted quiera se les nublaba los de apipizca, en las clases medias y populares, al no tener bilimbiques para pagar al abonero y mirar cómo embargaban sus cosas. Del campo vino la palabra atacuacharse (proviene de “tlacuache”) o atejonarse, digamos que frente a la situación antes descrita; sí, son los tiempos del refrán “contigo la milpa es rancho y el atole champurrado” o, ya que hablamos de atole: “Con atolito vamos sanando, pues atolito vámosle dando”.

A mediados de los 40 y principios de los 50 aun persistían en la ciudad las borcelanas sin las que jamás podríamos entender por qué el término “¡aguas!” advertía al transeúnte de alguna desgracia. Los cacles estaban en su esplendor o el capingón junto con una máxima para los metiches: “Come camote y no te de pena, cuida tu casa y deja la ajena” o ese dicho que aun perdura “Ya me cayó el Chahuistle” (que es un hongo que ataca sobre todo al maíz y al trigo) además de echar el chal, precisamente para aludir al chisme (junto con su discriminación de género que implica que las mujeres son las únicas chismosas).

“Donde chilla el muerto está el dinero”, a principios de los 60 en la Ciudad de México todavía era un dicho socorrido (más tarde se encumbró el “sobre el muerto las coronas” para aludir en el barrio al pago pronto de cierta deuda o al inicio de alguna acción que requiere destreza y rapidez. En esos años aún podía beberse tepache o chimpa en casi cualquier lado –el chorote era sólo para conocedores– y poner las tortillas en el chiquihuite mientras chirriaban los chimoles, se alistaba el pocillo y embadurnaban de queso a los peneques. Y en esos, los tiempos de los nuevos ricos, el memorable refrán “¡Ay cocol ya no te acuerdas cuando eras chimisclan!”. La sabiduría del campo a la ciudad: “Sólo los guajolotes mueren en la víspera”.

Chitón, nos decían los abuelos para hacernos silenciar y chivatón desde los 50 a quienes no lo hacían, sobre todo en chirona o en lenguaje de verracos. Ah el barrio, un gran semillero de palabras; en los 50 salir con la chamaca sin prejuicio alguno por no ser del alta y aunque muy amolado la llevaba al buen cine o a un café de chinos, y si afuera calaba el frío le prestaba su relingo.

A principios de los 70, en el barrio donde crecí que se llama Garibaldi, había un mariachi del que nunca supe su nombre (murió de una congestión alcohólica sumido en un tambo en la azotea de uno de los edificios del Callejón de la Amargura). Llegó de Guanajuato y le decían Cascarrias, que así se llama la salpicadura de barro seco que queda bajo el pantalón. Bueno pues sucede que el Cascarrias se desbalagaba de briago cada que iba a su cuarto y una que otra vez entraba a las vecindades del lugar con su eterna garraspera (sí, escribí bien, por si alguien quiere decirle a Ciro Gómez Leyva que la palabra “garraspera” está bien escrita y dicha según el Vocabulario Esencial Mexicano de César Macazaga). Abarustado se decía en los 50 y 60 para referirse al individuo confundido, así entraba el Cascarrias a terrenos ignotos en donde en alguna esquina un bato desfogaba la angurría o se abrochaba –así se decía– a la novia entre los resquicios de la vecindad sino es que sólo la pareja estuviera arrecholada. El Cascarrías se quejaba al otro día del dolor de maceta pero no por la cruda sino porque todos los cábulas sorprendidos le daban sus cates sin desmayo.

Te aventaste un diez mano, se estilaba decir en los 70 luego de que ese mano, no sé, le atorara con la deuda de un carro o para declararse a la novia sin temor a que su padre le diera un catorrazo o de que, ya en los 70, algún cuaderno suyo le dijera algo así como uy, uy, uy, cómo se te ha subido; esos años y los que siguieron fueron los tiempos del desgarriate o el despañaye, mientras nuestros abuelos, hijos de los primeros pobladores de la urbe del siglo pasado iban a una diligencia o a un mandado allá por la Merced. Ah, los 60 y los 70, los años del tapado y los díceres sobre las elocubraciones del poder, el discurso que emboruca –y uno de los primeros refranes citadinos: “uca, uca el que se lo encuentre se lo emboruca”– y el cinismo del político que no podía ser pobre; los años de las suripantas o las garraletas como les decían los viejos o la putita para sambutir como decían los jóvenes de aquel ayer.

Vivimos con las palabras, y recordamos con ellas. La ciudad que se nos fue, el camino que se andó y el lenguaje que dio paso a otros términos para que nosotros mismos, las personas de esos años, quedemos también como sus fuentes y sus cines y, a veces, como sus dichos y leyendas olvidadas. Vetarro se decía o betabel entre los más dicharacheros, a quien tiene la condición de recordar y simultáneamente saber bien que a nosotros, como a las palabras, nos lleva el viento. Por todo eso estoy convencido: también recordamos a nuestros muertos cuando decimos o escribimos sus palabras.

Sí, decir la palabra “jiote” o “chapaquear” y encontrar un rostro desconcertado, implica que el agua ya nos está llegando a los aparejos, que el tiempo pasa hecho la mocha y que las palabras viejas ya avisan que el trayecto está por concluir y que para entonces, como dice el refrán, ya no habrá “ni amor reanudado ni chocolate recalentado”.

 

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