Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

¿Optimismo lleno de candor?

Parto de una inquietud cronológica: ¿en qué momento los medios de comunicación fueron tomados como fines en sí mismos; no como instrumentos para alcanzar propósitos, sino como los propósitos mismos a alcanzar? La respuesta no parece tener vuelta de hoja: con el surgimiento de los medios masivos de comunicación. En cierto sentido, sin embargo, la cosa viene de bastante atrás. Con perplejidad advierto que desde el principio de la humanidad. Antes incluso que apareciera la escritura, ese medio de transmisión de ideas e historias que, convertido ya en un fin apto para explorar todos los fines, llamamos literatura. Acaso con los primeros trazos en una cueva y el intercambio de los primeros sonidos articulados. En una palabra: con el nacimiento del lenguaje. ¿O no el lenguaje es un medio de comunicación? El lenguaje constituye un fin en sí mismo porque constituye el mundo que habitamos. Es el medio que engloba todos los medios, el mágico artilugio que hace posible la existencia de las cosas inteligibles y aun las ininteligibles. Gracias al lenguaje existimos criaturas capaces de interpretar la realidad. Más aún: incapaces de vivir sin interpretarla. A fuerza de incrustarnos en el divertido marco de las interpretaciones, el lenguaje puede resultar una condena, pero también una fuente de alivio y redención. Del mismo modo como se muestra capaz de hacernos la vida más pesada, puede regalarnos la impresión de anular el tiempo o, de un modo más realista, simplemente llegar a bendecirlo. Sin el lenguaje no existiría el placer de la sonrisa ni la explosión del llanto. Las emociones no serían emociones, sino instintos, y el destino de cada persona no sería un drama, sino tan solo una inconsciente expresión de la vida en general, que no distingue entre individuos porque en su dinámica se propone que prevalezca la vida, no sus portadores individuales. He aquí, por cierto, uno los mayores beneficios de la conciencia: que bajo su amparo surgió una especie capaz de convertir a cada uno de sus individuos en prioridad, en un fin que vale la pena defender y conservar por sí mismo. Bien podemos quejarnos de las molestias que aporta la razón y sentir nostalgia porque no somos piedras, árboles, ardillas o cualquier otra cosa o criatura que se conforma con ser y jamás se pregunta por qué, pero solo gracias a que nos preguntamos por qué podemos admitir que cada persona tiene un valor inconmensurable o, lo que es lo mismo, que cada individuo es único e irrepetible y, en tanto, insustituible. Admito que pensar puede llegar a ser una tarea pesada y redundante, pero solo por la reivindicación radical de la vida de cada persona que hace la conciencia vale la pena cargar con ella.

Cada medio masivo de comunicación es un lenguaje y, por ese motivo, se constituye en un fin por sí mismo. No obstante, también existen otras razones para que, a despecho de su condición de medio, devenga propósito, fin. Una de las más relevantes mantiene relación directa con el ejercicio del poder público. De acuerdo con su cobertura y penetración, cada medio contribuye a determinar quién manda, pero también bajo qué reglas lo hace. Y algo más: incide en la forma como cada sociedad se moldea a sí misma. De hecho, como cada individuo se fragua a sí mismo. De ahí la revolución que trae consigo Internet, ese medio de comunicación masiva que, después de años de que extrañáramos algo semejante, logra que los receptores seamos también emisores, es decir, que la comunicación masiva efectivamente sea comunicación, trasiego de ida y vuelta, y no mera transmisión unidireccional de contenidos, imágenes y mensajes.

Quizá falten todavía varios años para que Internet y los dispositivos digitales asimilen por entero a la televisión, la radio, el cine, los periódicos, las revistas, los libros y los discos, aunque quizá nunca lleguen a asimilarlos por completo. Sea como sea, el tratamiento de la información será cada vez más horizontal, accesible e incontrolable, lo que sin duda dinamizará a los sistemas democráticos. La pregunta, sin embargo, se me impone por sí misma: ¿esta mayor horizontalidad, accesibilidad y falta de control irá acompañada por una paulatina denigración de los bienes culturales? La verdad, no lo creo. Tengo para mí que las obras que la mayoría de la gente no disfruta, seguirán produciéndose y disfrutándose como hasta ahora: por unos cuantos. Con la ventaja que muchos más podrán, si lo desean, acceder a ellas. Y todo esto con el aliciente de una mayor libertad y mejores instrumentos para defenderla. ¿Será el mío un optimismo ilusorio, lleno de candor?

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