Cinque Terre

Mario A. Campos

Periodista y consultor.

Operativo ponchado

Para el gobierno federal la nota era el envío de dos mil 723 soldados más al estado de Sinaloa, como respuesta al narcotráfico. El despliegue también era noticia por su carácter visual: cientos de soldados en caravana sobre vehículos Hummer equipados con lanzagranadas y fusiles. La imagen apareció en las primeras planas de Reforma, El Universal, La Crónica y La Jornada, del pasado 14 de mayo.

Sin embargo, al revisar los contenidos de las notas se encontraba, por ejemplo, que para Reforma lo más importante fue denunciar el mal estado en el que se encontraba un avión de la Fuerza Aérea. Bajo el título “Sufre ponchadura operativo”, informaba que el refuerzo anunciado sufrió un retraso porque una de las llantas del Hércules que transportaría a los soldados se había ponchado y la nave presentaba problemas en su sistema hidráulico.

El Universal, por su parte, dedicó su nota principal a describir cómo “Beltrán Leyva escapa de la PFP”. Finalmente, en la primera plana de La Crónica se leía que “un agente traidor protegía cargamentos de los Beltrán Leyva en el aeropuerto”.

No hay duda que en los tres casos se trataba de notas importantes. La pregunta que podríamos hacernos, por tanto, no es si eran noticia o no, sino si la cobertura de estos temas es la que mejor resulta para el país.

El mismo día la prensa española daba cuenta de otro hecho de violencia: un ataque de ETA que mató a un integrante de la Guardia Civil. En este caso, las notas no sólo no cuestionaban al gobierno en turno por su incapacidad para evitar este tipo de situaciones, sino que destacaban el punto de vista de la oposición que cerraba filas desde el Congreso.

Las realidades no son las mismas, claro está, pero vale la pena destacar el tratamiento entre los medios de un país y del otro. En España, el rechazo a la violencia siempre es unánime. Mismo escenario se vivió en Estados Unidos luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001 y que dieron pie a los acuerdos entre republicanos y demócratas en torno a la defensa del país.

En México la historia es distinta: no enfrentamos a ETA ni hemos sido blanco de una ataque masivo. Aun así el nivel de violencia no es menor. Diariamente somos testigos de una serie de ataques que no son en contra de un gobernante o partido en particular y que significan un abierto desafío al Estado mexicano; un reto que pone sobre la mesa la capacidad de los mexicanos para hacer frente a esta amenaza.

A pesar de la magnitud del enemigo, las clases política y periodística no parecen corresponder a esta situación. Los asesinatos de altos mandos del gobierno suelen ser vistos como un revés para la administración involucrada, y no como un ataque para el país en su conjunto. Ése es el encuadre dominante.

En los últimos años, los periodistas hemos reflexionado sobre los riesgos que el tema representa para el oficio; se ha hablado de su impacto en la libertad de expresión y documentado la violencia. Poco se ha discutido, en contraste, sobre las políticas editoriales que se deben seguir en estos casos. ¿Se deben transmitir los mensajes que el narco deja en mantas o en letreros colocados sobre sus víctimas? ¿Es ético reproducir los videos que mandan a los medios?¿Se deben destacar las “victorias” del narcotráfico sobre las autoridades? Son preguntas que no tienen una respuesta unívoca. Para algunos, la labor del periodismo tiene sentido por el hecho de informar y no debe preocuparse por nada más. Para otros, el tema debería llevarnos a una reflexión nacional sobre el papel que desde los medios se está jugando en esta guerra.

La amenaza cada vez es más seria y los desafíos éticos llegaron para quedarse. La interrogante que está sobre la mesa es cómo los vamos a resolver.

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