Cinque Terre

Ruth Esparza Carvajal

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Subdirectora de etcétera

Olga Harmony: “De niñas nos colgábamos de los árboles”

Entrevista de Ruth Esparza

Usted inció su trabajo de crítica de teatro cuando casi no había mujeres que lo hiceran…

Cómo no, no había muchas mujeres, pero sí había, estaba Martha Ravel que empezó antes que yo, era mayor que yo, ya murió Martita, pero dejó una impronta grande en el teatro porque ella fue una de las pocas críticas de teatro de esa época; críticas y críticos, porque yo no hago distinción, es un trabajo que no requiere género, fue de las primeras que aceptó los nuevos movimientos, los que podrían ser, hasta cierto punto, las vanguardias teatrales.

¿Era difícil trabajar entre hombres?

Claro que no, yo he tenido la buena fortuna, que creo que usted y usted (refiriendose a mí y a Leslie, la fotógrafa) de hacer un trabajo en el que no tiene nada que ver el género.

¿Cuál fue el primer libro que leyó?

Los primeros libros que leí fueron cuentos de hadas de mi generación, la colección Marujita que usted no tiene ni idea de qué es. Era una editorial española que venía porque aquí no hacían muchos libros para niños. Dese cuenta de que estoy hablando de los años treinta del siglo pasado.

En una entrevista con La Jornada dice que leía libros que ahora la hartarían, ¿a cuáles refiere?

Por ejemplo Juan Cristobal de Romain Rolland, que lo volví a leer y me aburrí horrorosamente.

¿Que autores de teatro o dramaturgos recomendaría leer, o mejor, ver?

Nunca hago distinciones, depende de la época, del género, en el sentido literario. Desde luego yo recomendaría leer a los clásicos…

¿Como Shakespeare?

Ay, Shakespeare ya está muy manoseado. A mí me gusta mucho, pero está muy manoseado, pero clásicos como Castellanos

Se dice que el teatro está muerto, ¿usted qué opina?

Yo invitaría a quienes lo dicen a que den una vuelta por las salas de teatro. Lo mismo decían del cine cuando apareció la televisión y del teatro cuando apareció el cine. Son formas muy distintas de hablar.

¿Cómo ve el teatro en el cine? Por ejemplo Un tranvía llamado deseo, con Marlon Brando

Yo le voy a decir una cosa, por ejemplo, la película de Un tranvía llamado deseo es muy superior a algunos montajes que yo he visto de la obra, no todos, no quiero mencionar nombres, pero algunos han sido muy mal hechos.

Usted comenta que su interés por este género inició en los cincuenta, durante un boom, ¿cómo siente que ha evolucionado? A manera de balance de 60 años de teatro en México

Ha tenido altibajos, pero no se mantiene. Fue un momento muy singular que no hemos vuelto a sentir, porque coincidieron muchas cosas que en la actualidad no se dan.

¿Como cuáles?

Poesía en Voz Alta (movimiento artístico de aquella época), que fue otra manera de representar a los clásicos, me refiero a la que dirigía Héctor Mendoza. Había… no había televisión entonces. No había la crisis económica aguda que hace que la gente ya no pueda pagar esos precios tan grandes que a veces hay en el teatro. Y además se daban esos fenómeos como la Poesía en Voz Alta, la llegada de Seki Sano, que fue muy importante con Un tranvía llamado deseo y dos muy talentosos autores jóvenes que llegaron a la cúspide: Emilio Carballido y Sergio Magaña, a los que el maestro Novo apadrinó para montar sus obras en el Palacio de Bellas Artes.

¿Ha cambiado mucho el teatro, de cuando usted empezó?

Claro, ha cambiado todo.

¿Qué opina de lo que se hace en el teatro hoy en México?

Que hay bueno, malo y regular, porque además hay teatro muy comercial que no me gusta, no veo.

¿Como cuál?

No sé porque no lo veo.

¿Cómo se vive ese cambio generacional?

Es interesante ver cómo evoluciona todo, dese cuenta de que cuando yo era niña un vecino que era piloto pasaba arrasando con un avión de esos de los años 30. Vi al primer hombre en la luna gracias a la televisión. Todo evoluciona, la ciencia, la técnica, el arte. El teatro ha evolucionado en el sentido de que ya no está tan encorsetado en algunas fórmulas que los ignorantes llaman aristotélicas, porque no han leído a Aristóteles, pero hay una gran libertad. Eso es siempre placentero, que se abran puertas y ventanas para el arte. Se han abierto posibilidades de nuevas formas.

En ese sentido, digamos que estamos mejor en el recorrido de 60 años, ¿qué sería lo peor, el aspecto negativo?

Tendríamos que rescatar al público de antes. Era todo un acontecimiento ir al teatro y que ahora no siempre se va.

¿Qué tendríamos que hacer para que más gente vaya al teatro, para que los niños y jóvenes tan pegados a las pantallas hoy, fueran al teatro?

Ya se hace, se hace teatro infantil mucho mejor que el que se hacía antes, porque se han roto las fórmulas de la Cenicienta, de esas historias que durante años se han considerado para niños y que en realidad eran para conrtesanas francesas. Eso sí ha evolucionado para bien. Y se hacen también temporadas para que los niños vayan al teatro a través de fórmulas del gobierno.

¿Se hace lo suficiente?

¿Cuántos niños hay que nunca han ido al teatro? Se les lleva a través de programas gubernamentales, pero hasta donde llegan, porque siempre pensamos en la Ciudad de México, pero hay otra gente que vive muy alejada.

¿Que disfrutó más, la crítica teatral o la docencia?

Las dos cosas.

¿Hace cuánto que se retiró de la docencia?

Cuando ya no quise ser maestra, cuando me ocurrió que me empezaron a aburrir los muchachos. Porque empecé con unas generaciones muy vivaces, muy preocupadas por lo que pasaba en el país y en el mundo, muy politizadas, podemos decir, muy ávidos de conocimiento. Mis primeras generaciones de alumnos pertencían a familias no cultas, no con una educación muy formal. Entonces estos muchachos eran felices de haber podido entrar a la preparatoria. Tenían una gran avidéz por los libros, eran generaciones muy diferentes. Cuando me topé con las generaciones a los que nada les importaba, porque eso me llegó a pasar, no sé cómo estén ahora los muchachitos, con una indiferencia total.

Yo hacía teatro con los niños, bueno con los muchachos, y les preguntaba cosas que pudieran ser de su interés para saber hacia dónde los llevaba, porque siempre tuve la premisa de que el teatro se hacía para manifestar algo que uno deseaba. Y cuando me encontré que no, no les daba… Porque no tenía que ser una cuestión política y social, hubo una vez que todos hablaban de amor y pusimos una obra de amor.

¿Cuándo empezaron a aparecer la generaciones de muchachos a los que ya no les interesaba?

Cuando no sabían qué responder, cuando no los habían educado para pensar.

¿Cuándo podemos decir que empezó a cambiar tan radicalmente el interés de los jóvenes?

Fíjate que también dependía del medio en el que yo estaba trabajando. En la Nacional Preparatoria, la 7, donde empecé, los muchachos eran de lugares muy populares, después, estuve de permiso y regresé y me mandaron a la 9 que era de muchachitos clasemedieros y además ya había una diferencia muy grande, porque además entrar a la Universidad ya no les ofrecía las expectativas de antes. Además los muchachos pensaban mucho en dónde podían ganar más dinero, no en hacer lo que más les gusta. Ésa es una diferencia muy grande.

¿Usted perteneció a algun grupo, en su trayectoria como crítica de teatro?

Pertenecí a la Sociedad de Críticos, pero me desilucionó mucho.

¿Por qué?

Pues porque no había mucha seriedad.

¿En qué sentido?

Todo se les iba en premiar.

Nosotros hemos abordado en etcétera una crítica a cómo los premios son tráfico de influencias, cómo se premia la charlatanería por pertenecer a un grupo. ¿Qué opina de todo esto?

Yo traté de ser independiente, incluso traté con otras personas, pero la idea fue mía, de hacer una Academia mexicana de Teatro, que funcionó un poco pero después se murió porque la gente del teatro es muy egoista. Se volvió una cosa muy grande, pero después de fue marchitando poco a poco. La idea no era dar premios, porque eso no puede ser la idea de una asociación, era algo marginal. Era la idea de rescatar al teatro de esas asociaciones que solo se ocupan de los premios, porque vienen las discusiones pero no fundamentadas, se juntan nada más para dar premios.

¿Cómo fue su vida familiar?

Muy grata, éramos cuatro hermanos, la más chica ya no coincidió con nosotros para los juegos, las peleas y demás, le llevábamos muchos años. Teníamos un jardín muy grande.

¿Y a qué jugaban?

Con todo que solo había un varon y éramos mi hermano mayor y yo, jugábamos juegos muy varoniles.

¿Como cuáles?

Como Tarzán y nos colgábamos de los árboles, como Robin Hood. Nos aburría a mi hermana y a mi arrullar muñecas. Eso a los tres años sí, pero depués ya no, nos aburríamos porque no había historia. Jugábamos mucho a la casita, porque tenía yo una casita de muñecas con muñequitos muy bonitos, alemanes y franceses, chiquitos, y mueblecitos muy lindos, entonces jugábamos porque eso nos permitia contarnos historias.

¿Recuerda cuál fue la primera obra de teatro que vio?

De niña había muy poco teatro. Pinocho y Chapete, porque no era el Pinocho de Coleri, sino un Pinocho muy especial, debe haber sido en Bellas Artes.

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