Cinque Terre

Cecilia Rodarte

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Me ofrendo en Garibaldi

La invitación deriva en mandato cuando, antes que yo misma lo note, me sorprendo recogiendo escombros por la ciudad. Se extingue otra noche de chicas; son algo como las tres y minutos de la madrugada; conduzco la bala. La piel de la avenida aparece abierta, y las entrañas regadas alrededor. La soledad de la ciudad clama. De esas entrañas ya estoy escogiendo piezas: aquellas que guardan la belleza de lo que se rompió. Voy llenando los asientos del automóvil con ellas, y sólo entonces –con las piedras en las manos– me doy cuenta que he dejado de dudar: encontraré las maneras para mi altar. Cien artistas hemos sido convocados para la exposición ‘Me Ofrendo’, en Plaza Garibaldi y en el Museo del Tequila y el Mezcal. Cada uno hará un homenaje el día de muertos, en honor a quienes cayeron en el último sismo. Mi ofrenda aún no tiene forma, quiero confiar en que el mandato sabrá qué hacer. Cuando mis manos empiezan a rasparse regreso al volante. Durante las próximas semanas circularé con el auto cargado de escombros, buscando más. Sola, o con Máximo, compañero de vandalismos.

La destrucción presente en cada momento. Y yo, juntando pedazos de destrucción. Sólo una cosa quisiera: Alquimia: transmitir con mi ofrenda el poder de la Resurrección. Viene la imagen a mi cabeza, la que perseguiré: esas milagrosas hierbas que emergen y florean en las grietas, el cemento, o casi cualquier lugar. La esperanza, la vida incontenible. Así, quisiera con mis escombros hacer montículos y que de ellos, como un misterio, broten los tallos largos y desnudos, sin sus hojas. Sólo la flor de cempasúchil, en su versión que es laberinto perfecto y redondo. Los laberintos (las flores) rodean un oráculo: algún precioso contenedor de donde quien camina los escombros puede extraer papirolas que contienen poemas, frases, palabras de aliento.

Los momentos con los escombros se vuelven en cierto modo eternos. Siempre han estado ahí, al parecer. Cargo con ellos, mi coche pesa, todo es polvo que me acompaña a todo lugar. Debo parecer absurda, sembrar preguntas… ¿cómo me verán?

Y así, llega la tarde de miércoles. He tenido que hablar con tres vagabundos que pasan su tarde de Todos Santos en la banca: llenaré todo de piedras, les digo, espero no molestar. Otros artistas han estado montando sus piezas en la plaza, y les explico que ese es el lugar que me han asignado. Los rodeo poco a poco de escombros, y sin que yo me de cuenta, desaparecen. Empiezo entonces a usar la banca también. Los ladrillos rotos –cada uno una escultura del derrumbe– se acomodan ahí: alrededor del escombro pesado que parece un Sol, y los dos pedazos de tubería con los que evoco la Luna. Los ladrillos se convierten en los edificios de un paisaje de ciudad. En el suelo los escombros empiezan a hablar. Todo el día anterior consiguiendo laberintos de cempasúchil, y de pronto, me dicen: no queremos flores… quizás sólo una. Los tallos que había imaginado son cortos, en realidad, y los escombros poderosos no permiten el diálogo. Cambiar, abandonar la imagen en mi cabeza. Hablar con las piedras… ¿Cómo dar un giro de ahí al Renacimiento?

                          Fotografías / Cecilia Rodarte

Los escombros tienen su imán. Muchos se acercan a contemplarlos. Los muevo, los acomodo, finalmente, trazo un camino: quisiera que todos lo caminaran. Quisiera ser arte. Transformar. Es una ruta de tres pasos, y comprendo que ese es su nombre: para colorear el cemento coloco tres pedazos de pared azul. Hay nueve lápidas: tejas perfectas que regaló una vecina al verme colectar mis pedazos de ciudad. Bailo con las piedras, y acomodo. Horas. Bailo con quienes preguntan. Estoy sola y con la Plaza. Esa mañana escuché hablar por primera vez sobre el Callejón de los Locos en Garibaldi: Marco Levario nació cerca de ahí. Miré ponerse al Sol rojo justo al vaciar mi auto de escombros y ahora una Luna roja asciende sobre Garibaldi. Los locos irán presentándose. Uno a uno preguntarán: ¿qué es? Y yo querré escuchar, y responderé: lo que tú veas.

Es el sismo, dice la belleza del alma humana derrotada: hombre de Zumpango en busca de trabajo en la ciudad. Es el sismo, pregunta y luego afirma. Contempla las piedras, se sienta en la pequeña esquina que ha quedado libre de escombros en la banca. Apenas cabe ahí, apenas caben los que vendrán, pero les gusta llegar y sentarse de todas maneras, a pesar de quedar un poco en el aire. Reclaman su espacio, me gusta verlos en mi altar. Tú podrías pedir trabajo de secretaria o de cajera en un supermercado, me dice el hombre de Zumpango, y yo lo adoro. Otros sólo llegan a mirar. Envueltos en cobijas, los hay: la mañana siguiente la cobija estará vacía, y aparecerán un momento los ojos que durmieron ahí. Brillantes como joyas. Ardientes de infiernos. Los niños correrán alrededor esa mañana y la dirán: la ofrenda de piedra.

Pero es ahora más noche, y la Luna está blanca. Yo sigo en un trance. El hombre de traje se acerca. Recoge una cajetilla de cigarros vacía. Esto no parece ser parte de la ofrenda, me dice. Tampoco esta colilla, le sonrío, y la cuelo dentro. Se deshace de la cajetilla, y regresa.

–También soy artista –me muestra sus retratos– haremos una exposición juntos –y los reparte por mi altar. Esta noche yo dormiré aquí: señala el camino de los tres pasos. Lo comprenderé hasta la mañana, pero ahora resbalo, y giro, y al saber que mi nombre es Cecilia me quiere mostrar algo. Lo acompaño hasta una caja de luz, en el centro de Plaza Garibaldi, y ahí está.

–Lee las palabras escritas en la orilla superior del arpa que toca la mujer –indica, y así hago.

El arpa dice: Santa Cecilia.

Lo encontraré en la mañana, cuidando mi altar, y haciéndome notar que está intacto. No a todos los otros les fue igual. Ayer no entendí nada cuando dijiste que dormirías aquí, me disculpo. Colocaré las últimas piedras que llevo, lo abrazaré mientras se despide. Es día de muertos e irá al Panteón Dolores a visitar a su padre. Quedamos de vernos para la inauguración, le llevo un regalo, pero nunca llegará.

Agradezco el apoyo de la revista etcétera en la realización de esta instalación.

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