Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Las Pin–up y el feminismo

La voluntad de sensualidad y seducción no puede ser aniquilado por un “bien mayor”, como el indispensable respeto a la mujer y su igualdad con el hombre en una cultura que sigue siendo eminentemente machista y, en muchos casos, misógina; una cultura donde los mismos actos feministas por parte de los machos tienen un insoportable hedor a seducción del macho hacia las feministas, normalmente por interés político o para lograr éxito social entre los colectivos de mujeres que tanto se han fortalecido y empoderado durante el último lustro, por lo menos.

Ni seducción ni sensualidad son exclusivos de las mujeres, ni tampoco está claro que su intención sea provocar erecciones. A la gente le gusta la aceptación y por ella está dispuesta a valerse de todos los instrumentos a su alcance. Nadie querría disimular su inteligencia para no ofender a los tontos; nadie esconde su belleza para complacer a uno u otro grupo de poder, sea social, político o mediático. Un hombre o una mujer que se hace un autorretrato (eso que, ahora que el español es un idioma que avergüenza a los hispanohablantes, se llama selfie) no necesariamente lo muestra: goza de sí mismo (o misma), se ama; y amarse a uno mismo es algo difícil de criticar.

Se me podrá decir que es muy difusa la línea entre lo que he mencionado y la comercialización de los cuerpos (reitero, de mujeres o de hombres). Pues sí. También es difusa la línea entre el valor de una pintura como obra artística y su precio en una subasta, aunque eso hemos llegado a comprenderlo mejor porque no es tabú. Cuando llega el mercado, todo empieza a parecer sospechoso.

Supongamos a un chippendales, es decir, un modelo varón que muestra su cuerpo a mujeres dispuestas a pagar por admirarlo: lo más probable es que no sea Einstein, aunque me gusta para algún juego narrativo poner en esa situación a algún doctor en filosofía, pues no estamos lejos de sólo tener esa opción como fuente de ingresos (aunque quedan ladrón, sicario, franelero o –para morales muy laxas– político). Nadie sospecha que ese señor trabaja contra su voluntad; a lo más le produce el mismo tedio y disgusto que al burócrata o la administradora de una fábrica. Por supuesto, los datos son avasalladores y el ruin negocio de la trata de blancas en el mundo entero es uno de los grandes vomitivos de nuestros tiempos. El problema –para mí y muchas mujeres y hombres– es cuando se confunde trata con prostitución: abundan los colectivos de prostitutas –que prefieren llamarse a sí mismas “putas”– que trabajan en eso por voluntad propia y que no sólo enfrentan al machismo, sino también a algunos feminismos que se niegan a comprender que ser dueño de tu cuerpo también significa tener derecho a usarlo para dar un servicio a cambio de ingresos.

Las Pin-up actuales están lejos de la prostitución, pero están en el mismo blanco de mira de los feminismos que encuentran denigrante y machista que una mujer prefiera hacer de su belleza un instrumento para la sensualidad y seducción. Como dijera de forma inolvidable don Camilo José Cela: “Nunca hay que perder la perspectiva”. ¿Qué es propiamente una Pin-up? ¿Realmente se le puede descalificar e intentar borrar del mapa cultural? A eso voy, previa advertencia de que quienes deben ser borrados son los misóginos, los machistas y sobre todo los que violentan de una forma u otra a las mujeres, a los ancianos, a los animales, a los niños, a los LGBT, etcétera.

Así como Japón tras la Segunda Guerra Mundial tuvo que hacer una profunda revisión de su cultura, sus tradiciones y su identidad como nación, EU tuvo que hacerlo tras el hastío que siguió a la Guerra de Secesión, cuando se vio ante la Gran Guerra y la Gran Depresión. Por supuesto, las mujeres vivían eso y su propia guerra, la de sus derechos más elementales como el voto, el trabajo remunerado medianamente bien, la reunión o la liberación de las garras del marido, que pasó de dueño a proveedor y ahora está obligado a verse como igual. Dentro de las muchas cosas que violentaban a las mujeres de esos años (¡hace 100 años!) estaba la prohibición de mostrar su cuerpo… ¡Ups! En 2018, tras un gran periplé, vuelven a enfrentar esa prohibición, que ahora no viene de la moral rancia machista, sino de los feminismos más fervorosos.

La exhibición del cuerpo femenino desnudo o semidesnudo es una conquista. La trata y el maltrato, el machismo y la misoginia, etcétera, son una tara que arrastra la humanidad desde la antigüedad. Me cuesta trabajo imaginar a un hombre que ve una Pin-up, o incluso una playmate, tiene una erección y entonces sale a la calle para violar y matar a la primera mujer que se encuentra. No sé, quizá no se da así ese terrible fenómeno. Del mismo modo me cuesta imaginar a una mujer que tras una sesión de desnudo se pone como Pasifae y exige un gangbang al plató. Tal vez hay una distancia importante entre la seducción sensual y el coito en cualquiera de sus formas.

La Pin-up de hoy es la misma mujer que habría querido ser vista con deseo en el antiguo Egipto, como a Cleopatra. Es el mismo señor que va al gimnasio y disfruta de la manera en que algunas mujeres y no pocos hombres admiran su musculatura, a veces con deseo, pero no siempre, y en todos los casos de manera pasiva. Esas mujeres y esos hombres aman su cuerpo como pudo hacerlo Leonardo da Vinci.

Es esa tradición de la veneración al cuerpo humano la que desemboca en los EU de los años veinte y treinta, cuando surgen las primeras Pin-up como representaciones de la mujer derivadas del art noveau, del estilo de los carteles de Mucha o del Toulouse-Lautrec más alejado del impresionismo. Tal vez son esas Pin-up que hoy resultan vintage –aunque por definición nada puede ser vintage en su propia época– las grandes iniciadoras del arte pop, que por su normalidad cotidiana sólo se elevó a arte a partir de Andy Warhol, quien supo entresacar sus elementos estéticos más perdurables. Tras los primeros dibujos se incorporarían rápidamente elementos de la tradición japonesa y del burlesque.

En esas primeras décadas del siglo pasado, los hombres que esperaban la muerte o ir a matar en una trinchera se valían de una estampa colorida para recordar que valía la pena conservar la vida. Eran jóvenes, muchos de ellos casados. En sus cartas leemos la adoración por sus esposas, pero estas representaban la realidad extraviada y quizá perdida para siempre. Una Pin-up, una estampa pegada con una chincheta en un barracón, era algo más soportable, algo perfectamente abstracto. Para cumplir esa misión, las mujeres representadas tenían que ser prototípicas, y en este caso quien dice prototipo dice estereotipo. Las mujeres de esa época eran como los cánones de la actual moda Pin-up: no había afectación, sino mera representación. El creador de estas primeras Pin-up, Charles Dana Gibson, no hizo sino dibujarlas, junto a hombres también estereotípicos. Y no lo hizo para humillar a uno u otro género, como en “Mad Men” no fuman para morir de cáncer. Era su tiempo, era su mundo. Lo mismo hay que decir de Max Fleisher, creador de la ya legendaria Betty Boop, misma que creció hasta llegar al video animado.

Así como el joven soldado bajo la sombra de la muerte, el negociante o el contable que veía a diario la ya irrevocable quiebra de su negocio se consolaba con la imagen de una mujer. No de su mujer, la que dentro de unos meses estaría muriendo de hambre en medio de la terrible crisis que se avecinaba. Nadie se masturba contemplando su propia realidad.

Así fue como las primeras Pin-up se situaron en el eje de la cotidianeidad estadounidense y llegaron a la Segunda Guerra Mundial algo distintas, pero con parecida función. Estos otros soldados ya contaban con pastiches pornográficos, y en general permanecían menos tiempo en el frente o los cuarteles. Las Pin-up de entonces eran más una especie de amuletos patrióticos. Algo francamente mejor que llevar una imagen del patriotero Tío Sam en el tablero de mando de un cazabombarderos, o en su fuselaje. Otra diferencia fundamental es que empezaban las Pin-up en fotografía, grandes personajes, como puede serlo (o haber sido) Rita Hayworth, y como en su momento lo fueron las modelos de estas representaciones: Bettie Page (el prototipo por excelencia, en el que se basó incluso la Mujer Maravilla de los setenta), Gypsy Rose Lee o Betty Grable, sobre todo. De cualquier modo fue la época en la que el peruano Alberto Vargas hizo sus grandes creaciones. No puedo pronunciarme sobre las ventajas o desventajas del cambio de la ilustración a la fotografía; es un tema arduo que desborda el asunto presente.

Tras la Segunda Guerra Mundial y con su país en guerra perpetua, apareció en escena el controvertido Hugh Hefner, quien tras su muerte fue calificado como el gran padrote de la historia. No sé bien si tal moralismo sería secundado por las modelos de Playboy, pero el caso es que empezó una nueva forma de representación de la mujer estereotípica, como fue el caso de Marilyn Monroe o la propia Bettie Page, aún icónica. Pero Playboy se fue deslizando hacia una zona más espinosa: la del erotismo fuerte que, ese sí, hizo de la mujer un mero objeto masturbatorio. Los millones que significó eso para la construcción del imperio Playboy permitieron que en una zona más humilde y sutil continuaran las Pin-up.

Es esa la época de Warhol y la cultura pop que se deslizaría hasta principios de este siglo sin críticos relevantes, pues el asunto fue rebasado por el surgimiento del arte conceptual y el gran cambio geopolítico que supuso la caída de la Unión Soviética y sus falsos socialismos, así como los descubrimientos posteriores al Apolo XI: el cambio climático y demás. Es decir en esa época donde la normalización de la cultura Playboy no tenía suficientes críticos el feminismo navegaba en aguas mansas reivindicando figuras como Simone de Beauvoir o Frida Kahlo (ojalá en su lugar fuera correcto escribir Juana de Asbaje).

Sin duda, una de las grandes contribuciones de las redes sociales ha sido permitirnos saber hasta qué punto el machismo y la misoginia siguen siendo –literalmente– los grandes criminales de nuestra sociedad. Así, en el siglo XXI los colectivos principales ha cobrado un gran poder: el movimiento LGBT, los feminismos, los grupos animalistas, los ecologistas, los antirracistas, los migrantes, etcétera. Más o menos sobrios o histéricos, estos movimientos, cada cual según su talante, han llevado sus reivindicaciones a los primeros planos. Es interesante (si bueno o malo, no sé) que las primeras en todo un siglo que han tratado a las Pin-up como putas son algunas feministas. Hablo de Pin-up contemporáneas tales como Christina Aguilera o Katty Perry. Con Madonna nadie se mete; jamás sabré por qué, pero lo celebro.

Lo más interesante es que una mujer como Meryl Streep es peor enemiga de ciertos feminismos que el propio islam. Pero esas cosas no las podemos entender algunos hombres porque no tenemos un problema moral relacionado con la sensualidad, la seducción o la vida venérea. Y donde digo algunos hombres también digo muchísimas mujeres. Lo cierto es que en estos tiempos son muy visibles los escandalosos, pero eso no los hace mayoría. La moda más fuerte entre los jóvenes actuales es la Pin-up, con las inevitables variaciones de un siglo, como es la incorporación de tatuajes y piercings.

Sorprenderá a muchos saber que esto de las Pin-up también tiene a sus grandes figuras actuales, sus influencers, y que éstas monetizan bastante sus ideas, no se dedican a hacer punto y fruit cakes. Sorprenderá aún más a los in   cautos saber que las Pin-up o los Pin-up, incluyen hombres, tanto machines como amanerados, todos ellos involucrados con esa manera de representar los cuerpos y representarse a sí mismos. Curiosamente no se trata de gente que comercie con la carne (¡oh, Iglesia!), es decir de putas y prostitutos. Es gente que vive como quien lee esto y como quien lo escribe: con una sexualidad tan aburrida como desde el principio de los tiempos.

En el caso de las mujeres, concretamente, han dejado de responder a los estereotipos mohosos y ahora dictan los cánones. Contra la corriente crítica que intenta su linchamiento oponen que reivindican su derecho a decidir sobre sus cuerpos y su libertad, la misma de que deberían gozar todas las mujeres, todos los seres humanos. Sus argumentos no difieren demasiado de los de las prostitutas voluntarias, principales activistas en contra de la trata, feministas en la vanguardia de una guerra algo más peligrosa que la que libran las y los activistas de periódicos y Twitter.

Finalmente, pareciera probar que no anda mal el asunto de los Pin-up la prueba de fuego para cualquier invento: tiene un gran éxito en Japón, ¿o es que hay una gran diferencia, sustancial, entre los primeros Pin-up y los actuales mangas? No. Hay hentai, sí, como en Occidente hay quien se desnuda porque tiene un poder hormonal mayor que el de la mayoría o entra en golpe de Estado hormonal por haberse desnudado ante una cámara. Es normal.

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