Francisco Ortiz Pinchetti

“Los hechos de Tlatelolco fueron muy mal reporteados”

A 50 años del 2 de octubre, sorprende la escasa y muy deficiente información cabal sobre un acontecimiento de tal importancia y ulterior trascendencia. Los hechos de Tlatelolco fueron muy mal reporteados. Ello puede atribuirse en parte al control que entonces ejercía el gobierno sobre los medios mexicanos, que tuvieron que asumir la versión oficial. Todos. Pero también revela la ineptitud de nuestra prensa y su renuncia imperdonable a su vocación fundamental de investigar la realidad. El resultado fue un vacío informativo que alimentó las tergiversaciones y los mitos, al grado de que ahora mismo, cinco décadas después, no existe certeza plena sobre lo que ocurrió aquella tarde en la Plaza de las Tres Culturas.

La virtual unanimidad de la versión divulgada en los periódicos el viernes 3 de octubre confirma lo anterior. No recuerdo haber leído en ellos una sola crónica medianamente objetiva sobre los hechos que me tocó vivir en el tercer piso del edificio Chihuahua. Los reporteros no contaron la historia. La verdad oficial se reprodujo sólo con algunos matices: el Ejército llegó a la plaza para dispersar una manifestación y fue recibido a balazos por estudiantes armados que actuaron como francotiradores. Se suscitó entonces un enfrentamiento, con un saldo de 39 muertos y unos 100 heridos, así como varios centenares de detenidos.

“Tlatelolco, campo de batalla. Durante varias horas terroristas y soldados sostuvieron rudo combate”, cabeceó El Universal.

“El objetivo: Frustrar Los XIX Juegos. Manos extrañas se empeñan en desprestigiar a México”, puso El Sol de México.

Novedades publicó: “Balacera entre francotiradores y el Ejército, en Ciudad Tlatelolco”.

Y Excélsior recurrió a cierta ambigüedad para salvar a medias la censura: “Recio combate al dispersar el Ejército un mitin de huelguistas”. Ni en el encabezado ni en la nota misma el periódico (que ya era dirigido entonces por Julio Scherer García) precisó entre quiénes se dio el supuesto “combate”, aunque sí mencionó que “grupos de huelguistas” dispararon desde el edificio Chihuahua contra soldados y policías, como era la versión oficial.

La ya desaparecida periodista italiana Oriana Fallaci, que se encontraba en México como enviada de L’Europeo para cubrir los prolegómenos de la Olimpiada y que resultó herida en Tlatelolco, se convirtió en la informadora que detonó mundialmente lo ocurrido en esa plaza, al divulgar su irritada denuncia sobre el trato que recibió de los agentes mexicanos, más que una crónica sustentada sobre los acontecimientos.

De hecho, fueron diversos medios extranjeros, como el diario inglés The Guardian, los que publicaron despachos extensos sobre el tema, aunque tuvieron indudablemente mayor repercusión en el exterior que en nuestro propio país, donde el control gubernamental incluyó la censura de informaciones foráneas. Sin embargo, esos medios internacionales cayeron también en contradicciones e inconsistencias basadas en fuentes poco confiables, pese a las cuales con el paso del tiempo se convirtieron ellos mismos en “fuentes confiables”.

Un claro ejemplo de lo anterior fue la estimación de “más de 500 muertos” que manejó el corresponsal John Rodda, quien estuvo en Plaza de las Tres Culturas. La cifra, publicó, se la dijo “un periodista mexicano”, cuyo nombre no registró. Rodda mencionó como cierta esa cifra en su artículo que leyeron los lectores ingleses, pero nunca dijo cómo se corroboró ese dato. El periodista británico conversó después con exmilitantes del CNH, quienes le dieron una nueva cifra aproximada: 325 muertos. Tiempo después modificaría nuevamente a la baja su apreciación, para dejarla en 250 víctimas mortales…

No obstante semejante “consistencia” informativa, Octavio Paz publicaría después en su libro Posdata (Siglo XXI Editores, 1970): “¿Cuántos murieron?… -El periódico inglés The Guardian, tras una investigación cuidadosa (sic), considera como la más probable: 325 muertos.- Los heridos deben haber sido miles, lo mismo que las personas aprehendidas. El 2 de octubre de 1968 terminó el movimiento estudiantil. También terminó una época de la historia de México…”.

La omisión informativa de nuestra prensa, que incluyó a medios igualmente míticos co-mo el mencionado Excélsior de Julio Scherer, no se limitó a la cobertura de la jornada del 2 de octubre y sus consecuencias inmediatas, sino que se prolongó durante muchos años. Ningún medio pareció interesarse o atreverse a escudriñar la realidad de los hechos. Las primeras revelaciones que conocimos ocurrieron diez años más tarde, en 1978, cuando el semanario Proceso publicó confesiones de un exmiembro del Batallón Olimpia junto con una amplia entrevista que le hice en Barcelona, donde estaba exiliado, al ex líder estudiantil Marcelino Perelló Valls sobre su visión acerca del movimiento estudiantil de 1968 en México.

Ante el incumplimiento de los periodistas con su deber, hay que decirlo, la consignación de los hechos –o, mejor dicho, su interpretación– quedó en manos de escritores, activistas y analistas que no fueron testigos presenciales y que basaron sus elucubraciones en supuestas versiones de los dirigentes estudiantiles presos en la cárcel de Lecumberri.

Caso notable, ejemplar de lo anterior, es el de la escritora Elena Poniatowska, quien, sin haber estado presente en los hechos del 2 de octubre –ni de hecho en otros eventos del movimiento estudiantil–, se convirtió en “periodista” gracias a una manipuladora recopilación de versiones de testigos encaminada a demostrar la ejecución de una masacre perpetrada por el Ejército contra los estudiantes, con un no precisado saldo de “cientos” de muertos en su libro La noche de Tlatelolco, testimonios de historia oral (Era, 1971), que derivó entonces en una suerte de Biblia irrefutable sobre lo ocurrido. Lo es en buena medida hasta la fecha, no obstante haber sido demandada por Luis González de Alba por haber tergiversado información que, además, le plagió al exdirigente.

A final de cuentas, la “masacre de Tlatelolco”, que no existió, se transformó en verdad inobjetable. Todavía en un nuevo libro, Fuerte es el silencio (Era, 1988), donde insiste (sin demostrarla) en una cifra de “más de 300 muertos”, Elenita se atrevió a asegurar sin recato que “el Ejército completó la tarea iniciada por el Batallón Olimpia” (sic).

Aquella tarde en el Chihuahua

Asistí al mitin del 2 de octubre en Tlatelolco como reportero sin medio. Era entonces sólo un aprendiz que trabajaba como freelance. Colaboraba en el semanario Jueves de Excélsior y en la revista Gente, una publicación quincenal de reciente aparición en ese entonces. Estuve, como otros periodistas y algunos líderes estudiantiles, en la terraza del tercer piso del edificio Chihuahua. Fui testigo obligado de lo ahí ocurrido, desde el inicio del mitin hasta que pude salir de Tlatelolco, pasadas las nueve de la noche. Tirado boca abajo sobre el piso de la terraza por órdenes de los agentes armados del Batallón Olimpia que nos detuvieron, recibí un balazo en el muslo izquierdo, sin consecuencias mayores. Pude salir por mi propio pie.

Un fotógrafo de Diario de la Tarde, el vespertino de Novedades, me llevó en su auto al edificio de Excélsior, en Reforma 18. Ahí me revisaron y el reportero Emilio Viale, fallecido hace poco, llamó a su amigo, el doctor Villaseñor, propietario de las clínicas La Prensa. El médico vino por mí y, sin preguntar ni mi nombre, me llevó en una ambulancia sin sirena a su clínica de la colonia Portales, donde me operó esa misma noche. Al día siguiente, recibí una llamada de los directivos de Gente. Me pidieron la crónica completa. La escribí el 4 de octubre en la máquina de escribir Olivetti de mi padre, en cuya casa convalecía. Hice un relato cronológico prolijo, detallado, de más de 10 cuartillas, que entregué ese mismo día a un enviado de la revista.

Nunca se publicó.

En mi crónica, cuyo único valor era su frescura e inmediatez, sin elucubraciones ni interpretaciones, encontré con el paso del tiempo una serie de datos esenciales que describen cabalmente lo que me tocó vivir y que, por cierto, coinciden de manera elocuente con el relato que años más tarde hizo el ex dirigente estudiantil Luis González de Alba –a quien, por cierto, nunca conocí personalmente–, poco antes de su muerte voluntaria el 2 de octubre de 2016.

Entre esas coincidencias, están las de que la concurrencia al mitin en la plaza no era superior a las seis mil personas; que los oradores habían ya anunciado que la marcha programada hacia el Casco de Santo Tomás quedaba suspendida, ya que la zona estaba rodeada por el Ejército; que las famosas luces de bengala que aparentemente marcaron el inicio del operativo gubernamental ascendieron desde las inmediaciones de la Secretaría de Relaciones Exteriores y no lanzadas desde un helicóptero; que desde la tribuna del tercer piso del Chihuahua se pidió calma a la multitud ante el avance de las tropas, lo cual provocó una desbandada antes de escucharse balazo alguno. Todavía pude ver a la gente correr despavorida.

También, que antes de un minuto después aparecieron en la terraza sujetos vestidos de civil que llevaban un guante blanco en la mano izquierda. Que esos individuos nos obligaron a tirarnos en el suelo con las manos en la nuca mientras nos insultaban y nos llamaban “comunistas” y “traidores”. Que ellos hicieron hacia la plaza los primeros disparos (yo tuve a menos de dos metros al que con una pistola escuadra hizo los tiros iniciales). Que inmediatamente después sobrevino la respuesta del Ejército, que empezó a barrer con ametralladoras piso por piso del edificio. Que en un momento los sujetos empezaron a gritar “somos Batallón Olimpia” para hacerse identificar, y luego nos hicieron a todos gritarlo con ellos varias veces. Que era evidente su desesperación ante la falta de comunicación con los mandos castrenses y que se oyeron órdenes de subir un transmisor portátil. Que en medio de una terrible confusión cundió una suerte de pánico entre ellos.

Que al cesar momentáneamente el tiroteo, luego de una media hora de fuego intenso, inició la evacuación de la terraza. Que todos en calidad de detenidos fuimos obligados a arrastrarnos y luego conducidos a departamentos del segundo piso, donde los muchachos eran golpeados y obligados a quitarse los zapatos. Que quienes pudimos salir de ahí constatamos la confusión de los oficiales apostados en los alrededores de la plaza sobre la identidad de quienes habían disparado desde los edificios. No hice entonces, por no tener elementos, elucubración alguna sobre el número de muertos. Hoy tengo la convicción, basada en versiones constatadas y contrastadas a través de medio siglo, de que no fueron más de 40, incluidos cuatro soldados. También estoy convencido de que fueron los políticos y no los militares quienes cometieron un crimen infame.

Mi texto íntegro –tal como lo entregué originalmente a la revista Gente– fue publicado por fin en el semanario Proceso en octubre de 1988, al cumplirse 20 años de los acontecimientos de Tlatelolco.

La versión oficial

Los elementos informativos esenciales de lo ocurrido no estuvieron en las notas informativas de nuestros diarios. La publicada por Excélsior, sin firma, acusaba cierta objetividad, pero sin relatar los pormenores que no pocos reporteros presentes constatamos. Ésta es la nota, tal cual, publicada el 3 de octubre:

Un mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga en la Plaza de las Tres Culturas fue dispersado ayer por el ejército y la policía, lo que originó un encuentro a tiros que se prolongó más de una hora. Docenas de personas resultaron heridas. Hay un número aún no determinado de muertos. Los hospitales de la Cruz Roja y de la Cruz Verde quedaron bajo control policiaco desde las 21 horas. La orden fue dada por el general Raúl Mendoza Cerecero, subjefe de la policía.

Entre los heridos está el general José Hernández Toledo, director de la ocupación de Ciudad Universitaria. Su estado, se dijo en el Hospital Central Militar, es grave. Recibió un balazo en el pecho.

Grupos de huelguistas, desde el tercer piso del edificio Chihuahua, de la Unidad Tlatelolco, dispararon contra soldados y policías. A las 21 horas varios edificios habían sido totalmente ocupados por la tropa y se realizaban cateos en otros. Antes de la orden policiaca, la Cruz Roja había informado haber atendido a cincuenta heridos de bala, entre ellos cuatro militares y quince niños. Varios de ellos están graves.

El mitin se inició a las 17:30 y empezó a ser dispersado a las 18:10. Una luz de bengala, lanzada desde la torre del templo de Santiago, originó todo. No se sabe cómo. Quizá era una señal: tal vez, causó una confusión. A partir de ese momento, los disparos surgían por todos lados: lo mismo de lo alto de un edificio de la Unidad Tlatelolco, que de la calle donde las fuerzas militares, en tanques ligeros y vehículos blindados, lanzaban ráfagas de ametralladora casi ininterrumpidamente.

Mientras ocurría el tiroteo, todos los integrantes del Consejo Nacional de Huelga fueron detenidos, entre los varios centenares que fueron llevados al Campo Militar Número Uno. Una fosa, donde existen huellas del pasado precortesiano, en la Plaza de las Tres Culturas, frente al cuatro veces centenario templo de Santiago Tlatelolco, fue utilizada como “celda” provisional. Algunos de los miembros del Consejo Nacional de Huelga fueron desnudados.

Frente al ex convento de Santiago Tlatelolco, cinco cadáveres fueron vistos por los reporteros de Excélsior, tres mujeres y dos hombres. Todo lo que es Unidad Tlatelolco fue cercada por soldados y policías. Los generales Crisóforo Mazón Pineda y José Hernández Toledo dirigían la maniobra, seguidos del general Mendiola Cerecero, subjefe de la policía metropolitana. Hernández Toledo cayó herido al empezar el fuego de los francotiradores.

Mucha gente quería salir de los edificios, otros querían entrar. La confusión era general. Muchos se tiraban al pavimento, se retorcían, habían sido alcanzados por las balas. Había mujeres histéricas, hombres que gritaban, niños que lloraban. El tiroteo continuaba.

Entre los asistentes cundió el rumor de que había decenas de agentes policiacos, vestidos de civiles, entre ellos. En los edificios cercanos, los inquilinos abrieron sus ventanas para observar lo que acontecía.

El primer orador afirmó que el movimiento estudiantil continuaría “a pesar de todo”. Dijo que ya había logrado algo importante: despertar conciencia cívica, “politizar” a la familia mexicana. Lanzó ataques a las autoridades. Subió otro orador, que dijo ser de la Facultad de Comercio y Administración. Cuando iniciaba su discurso se anunció que en ese momento arribaban representantes de sectores amigos. Éstos fueron ovacionados. Dos helicópteros sobrevolaban la Plaza de las Tres Culturas.

La indignación de la Fallaci

Oriana Fallaci estuvo también en el tercer piso del edificio Chihuahua. Estuvimos juntos unos minutos, cuando me solicitó, a través de su intérprete, algunos datos sobre la plaza y la concurrencia. Ella recibió dos disparos en la espalda y fue llevada, junto con otros heridos, al hospital Rubén Leñero. Finalmente, rescatada por su embajada, fue llevada al Hospital Francés. Ahí escribió el siguiente testimonio, que contiene más indignación personal que datos informativos:

No, no voy a dar ninguna entrevista, ninguna, no después de lo que me pasó; me han disparado, me han robado mi reloj, me dejaron desangrarme ahí en el suelo del Chihuahua, me negaron el derecho a llamar a mi embajada… Quiero que la delegación italiana se retire de los Juegos Olímpicos; es lo menos que pueden hacer. Mi asunto va a ir al Parlamento, el mundo entero se va a enterar de lo que pasa en México, de la clase de democracia que impera en este país, el mundo entero. ¡Qué salvajada! Yo he estado en Vietnam y puedo asegurar que en Vietnam durante los tiroteos y los bombardeos (también en Vietnam señalan los sitios que se van a bombardear con luces de bengala) hay barricadas, refugios, trincheras, agujeros, qué sé yo, a donde correr a guarecerse. Aquí no hay la más remota posibilidad de escape. Al contrario. Yo estaba tirada boca abajo en el suelo y cuando quise cubrir mi cabeza con mi bolsa para protegerme de las esquirlas un policía apuntó el cañón de su pistola a unos centímetros de mi cabeza: “No se mueva”. Yo veía las balas incrustarse en el piso de la terraza a mi alrededor. También vi cómo la policía arrastraba de los cabellos a estudiantes y a jóvenes y los arrestaban. Vi a muchos heridos, mucha sangre, hasta que me hirieron a mí y permanecí tirada en un charco de mi propia sangre durante cuarenta y cinco minutos. Un estudiante junto a mí repetía: “Valor Oriana, valor”. La policía jamás atendió a mi petición: “Avísenle a mi embajada, avísenle a mi embajada”. Todos se negaron hasta que una mujer me dijo: “Yo voy a hacerlo”. “He llamado a mi hermana que sale hoy en avión, he llamado a Londres, a Paris, a Nueva York, a Roma. Hoy en la mañana cuando me llevaron a rayos X unos periodistas me preguntaron qué hacía en Tlatelolco: ¿Qué hacía, Dios mío? Mi trabajo. Soy una periodista profesional. Tuve contacto con los líderes del Consejo Nacional de Huelga porque el movimiento es lo más interesante que sucede ahora en su país. Los estudiantes me hablaron el viernes a mi hotel y me dijeron que habría un gran mitin en la Plaza de las Tres Culturas el miércoles 2 de octubre a las cinco de la tarde. Como no conocía la Plaza y sé que es un centro arqueológico, pensé combinar las dos cosas. Por eso fui. Desde que llegué a México me llamó la atención la lucha de los estudiantes contra la represión policíaca. Me asombran también las noticias en sus periódicos. ¡Qué malos son sus periódicos, qué timoratos, qué poca capacidad de indignación! ¡Qué Olimpiadas ni qué nada! Apenas me den de alta en este hospital, me largo.

Los papeles de García Barragán

Me consta que el tema del 2 de octubre en Tlatelolco fue una permanente obsesión informativa de Julio Scherer García. Alguien dijo que eso se debía a una suerte de mala conciencia derivada del manejo que en su momento dio Excélsior al asunto, pero lo cierto es que su garra de reportero no soltó nunca la posibilidad de esclarecer periodísticamente los hechos, aun fuera de manera tardía. Durante años estuvo en pos de los documentos confidenciales del Ejército mexicano sobre el movimiento estudiantil, en particular del archivo del general Marcelino García Barragán, que fuera secretario de la Defensa Nacional durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. En repetidas ocasiones se entrevistó con el militar sin que sus insistentes, necios empeños parecieran tener ningún resultado.

Sin embargo, tiempo después de la muerte del general en 1985, su hijo, Javier García Paniagua (quien se convirtió en nueva víctima del acoso insufrible del periodista), entregó a Scherer García una caja con los papeles anhelados, o cuando menos parte de ellos. El periodista invitó al escritor Carlos Monsiváis, que había participado en el movimiento de 1968, a compartir juntos la edición de un libro: Parte de guerra (Nuevo Siglo/Aguilar, 1999). En la primera parte de la obra, el propio exdirector de Excélsior y Proceso, escudriña en los documentos del general.

Esa parte inicial de Parte de guerra, Tlatelolco 1968: documentos del general Marcelino García Barragán: los hechos y la historia, como es su título completo, hace dos revelaciones cruciales. La primera, inducida por el propio García Barragán, es la presunta traición perpetrada por los políticos contra el Ejército mexicano, de la que serían principales autores el jefe del Estado Mayor Presidencial (EMP) en 1968, el general Luis Gutiérrez Oropeza, y su jefe, el mismo presidente Gustavo Díaz Ordaz. Según los documentos de García Barragán, Gutiérrez Oropeza habría apostado en diversos departamentos de Tlatelolco a soldados bien armados con orden de “disparar sobre la multitud”.

El otro es un párrafo terrible atribuido por el propio Gutiérrez Oropeza como instrucciones del presidente Díaz Ordaz:

Coronel –instruyó GDO a Gutiérrez Oropeza–, si en el desempeño de sus funciones tiene Ud. que violar la Constitución, no me lo consulte porque yo, el presidente, nunca le autorizaré que la viole; pero si se trata de la seguridad de México o de la vida de mis familiares, coronel, viólela, pero donde yo me entere, yo, el presidente, lo corro y lo proceso, pero su amigo Gustavo Díaz Ordaz le vivirá agradecido.

Acerca de la participación de Monsiváis en ese libro, me parece que basta con el comentario escrito tiempo después por Luis González de Alba, en Tlatelolco, aquella tarde (Cal y Arena, 2016), buen colofón para este recuento:

El movimiento estudiantil de 1968, que cumplirá ya cincuenta años a la vuelta de la esquina, y los hechos de Tlatelolco, se han llenado de expertos que no estuvieron allí ni vieron nada: el mito gana terreno. Carlos Monsiváis, que sí participó en marchas y mítines, así como en la Asamblea de Intelectuales y Artistas, escribió una buena crónica de la manifestación silenciosa. Pero luego, en libro conjunto con Julio Scherer asienta que los hechos de Tlatelolco el 2 de octubre demuestran la perfecta sincronización de las fuerzas represivas. Demuestran exactamente lo contrario. Monsiváis no estuvo allí, y lo que vimos quienes allí fuimos detenidos, en particular los detenidos en el tercer piso del edificio Chihuahua es, sin duda, lo contrario: la absoluta desorganización, la falta de mandos, la enorme confusión entre los primeros agresores, de civil, y la tropa regular, de verde. Quiero insistir en ese testimonio y en otros muchos detalles que conozco de primera mano. Nadie me lo contó: la última y nos vamos.

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