Cinque Terre

Salvador Quiauhtlazollin.

Nunca compraré un iPod

Al hojear el periódico para enterarme cómo quedó conformada la Cámara de Diputados, que ahora responde cínicamente a intereses particularísimos, me enteré de que en julio el Walkman cumplió 30 años en el mercado: ¡tres décadas han sido suficientes para que haya desgraciado más de un oído! Recordé que a finales de 1981, el niño rico de mi salón llevaba uno; nos dejaba a todos con el ojo cuadrado. Este recuerdo me confirmó dos cosas, ambas que he interiorizado bien: Uno, qué pinches viejos están mis contemporáneos, y dos: ciertamente, la tecnología ha dado saltos enormes, pero la esencia de lo que puede ofrecernos poco ha cambiado. Y lo esencial es que para aquellos que vemos la música como algo más que un ruido de fondo, las nuevas tecnologías poco pueden hacer para satisfacer nuestros oídos y reconfirmar nuestros gustos.

Mi primer disco

Alguna vez, Arturo Ortega, productor de Radio Educación, hizo un programa sobre nuestro primer disco (el de cada quien, no es anfibología). Me llevó algunas semanas recordar cuál fue mi primer disco: un sencillo de 45 RPM de Los Archies, donde venía el tema “Señorita Rita”. Hoy es invaluable: a su estimación sentimental se aúna el hecho de que en CD se ha lanzado el lado A (Who`s your baby?), pero no el lado B. Desafortunadamente, era de esos sencillos que no tenían una buena portada, sino una simple cubierta de papel.

Después, a lo largo de los años 70, a la discoteca familiar vendrían innumerables discos de Cri Crí y Los Beatles, aderezados con los estrambóticos LP grabados en estéreo por RCA Camden, donde las figuras del ayer hacían sombra a las potencias de aquel ido hoy. Note el lector que los discos mencionados eran los hoy revaluados viniles. Para tocarlos, todas las casas contaban con tornamesas, algunas bastante pesadas, con agujas de diamante y preamplificador, otras de aguja de zafiro y bocinitas de picnic. Los amantes de la música clásica y el rock progresivo añadían a sus equipos de vértigo los infaltables audífonos, indispensables para bucear en el océano sonoro. Obviamente, sus bocinas parecían monolitos neolíticos, por lo grandes y pesadas. Los discos ocupaban un lugar destacado en el hogar, donde se acomodan, la mayoría de las veces, no por género u orden alfabético, sino de acuerdo a su pertenencia: los discos de papá, los de mamá, etcétera. Dichos LP, además de la música en sí, proporcionaban otros deleites: algunos tenían portadas delirantes, otros incluían las letras o la biografía del grupo; todos, de una u otra forma, aportaban algún detalle. Mucho se ha escrito sobre cuáles son las mejores cubiertas jamás realizadas, pero incluso la grandilocuente fealdad de las portadas de los discos de sellos como Gas atrapaban nuestra imaginación. Y lo conseguían porque escuchar discos nos obligaba a destinar parte de nuestro tiempo. Los discos eran como las novias: muy seguido había que darles la vuelta.

De esa forma, disfrutar de los sencillos se hacía en forma diferente a los LP. Un 45 se agotaba rápido, como un orgasmo seguido de un bañito con jabón Jardines de California, mientras que el LP de 33 1/3 se saboreaba con paciencia, haciendo muy amables tardes completas. Los acetatos buscaban complicidad, nos volvían partícipes de su asalto a nuestra mente. Además, eran relativamente baratos. A los 13 junté para comprarme los primeros LP logrados con mi esfuerzo: Flash y Greatest hits de Queen y el soundtrack importado de El Hombre Elefante.

Compañeros de deleite en regazo de lujo

Aunque parezca increíble, a principios de los 70 los casetes eran caros, mas había una opción más barata que no tuvo éxito con el público: los cartuchos de ocho tracks. Los melómanos, para obtener la máxima fidelidad de sus vinilos o para encontrar otro buen soporte, optaban también por las grabadoras de carrete abierto. La fidelidad de éstas era envidiable, sin embargo, eran amantes más celosas y onerosas que las tornamesas. Aunque era obvio que, por lo práctico, los casetes iban a ganar la batalla. Los autoestéreos y el Walkman los convirtieron en los absolutos triunfadores en la década del tan llorado Michael Jackson.

Precisamente en los 80 llegaría una novedad tecnológica que hoy sigue esquilmándonos: el compact disc. Pocos le auguraban éxito por su exorbitante costo. Recuerdo perfectamente cuál fue el primer CD que ví en 1985: Play Deep, de The Outfield, llevado a la prepa por unos consentidos. Al año siguiente, un embaucador de los que abundan en el Tianguis Cultural del Chopo trató infructuosamente de venderme uno de Culture Club. Fijó un precio demencial que me hizo sentir lástima por él. Pero el costo estaba dentro de los valores de esos años: el CD era un lujo exótico que incluso poquísimas estaciones de radio se permitían. Y cuando lo hacían, lo cacareaban hasta desgañitarse.

Puedo decir con orgullo que mi primer compacto fue So, de Peter Gabriel. Muchos auguran el fin del polémico CD, que tramposamente las compañías disqueras nos siguen vendiendo como novedad tecnológica… y eso que nos escamotean 119 pulgadas cuadradas de arte en la portada. Pero no desaparecerá: al igual que el LP, el CD sobrevivirá gracias a los que favorecemos las ediciones especiales y despreciamos la baja calidad de los temas vendidos en línea. Las nuevas remasterizaciones, las réplicas miniatura y los bonus DVD con material adicional también contribuyen a nuestro deleite. Y el hecho de poder grabar nuestras propias selecciones en compacto sin compresión, es un importante punto a su favor.

El ritual

Como dijimos al principio, la tecnología, a pesar de la comodidad que brinda, poco aporta a las vivencias. El ejemplo perfecto es el Walkman: servía para escuchar casetes análogos pletóricos de hiss. Ahora el iPod ofrece escuchar canciones en formatos digitales cuya compresión eleva sus frecuencias a puntos cercanos a la saturación. Dicen que le caben hasta 10 mil canciones. En los casetes de más capacidad apenas podíamos grabar dos horas de música. Y ahí está el quid del asunto: teníamos que grabar y seleccionar. Para los melómanos era un doble reto: primero la selección de melodías y después la grabación, hecha cuidando los niveles (peaks) para evitar saturar. Eso convertía la grabación de un casete en un ritual: íntimo para los introvertidos; grupal para los cuates que se reunían para elegir en común acuerdo los temas y grabar la cinta a buen nivel. Después se harían las copias, a despecho de las compañías disqueras, que consideraban esto una forma de piratería.

Hoy los adolescentes retacan su iPod con, digamos, 5 mil melodías. Incluso, algunos corsarios de los derechos de autor ofrecen el servicio de relleno con los temas más candentes de la actualidad musical. Esto implica que entre esos miles de canciones vendrán “El Mechón” y lo más brillante del pasito duranguense. Cinco mil canciones son aproximadamente 14 días de música. Como por definición un adolescente es inconforme y siempre busca llenar sus propias expectativas, tendrá que limpiar la paja, y seguramente se quedará, acaso, con unas 400 canciones preferidas. Lo mismo que los 20 casetes que llevábamos a todas partes. Claro, puede localizar las canciones más rápido, tener la información a la mano y otras ventajas, pero se habrá perdido la magia del almacenamiento y la selección.

El siglo XXI es vertiginoso y compacto, a eso responden las nuevas tecnologías. El espacio que ocupan nuestros LP, casetes, cintas y CD perfectamente serviría para que se acomode una familia. El tiempo que les invertimos equivale a las vacaciones de miles de asalariados. Por lo mismo, millones de sibaritas del audio no renunciamos a ellos. Siempre preferiremos el sonido rellenito y embriagante del LP a la chirriante sonoridad aflautada del MP3. Y más ahora que hay la facilidad de vaciar esta sonoridad en la parametrizada, pero todavía apreciable calidad del CD. No es nostalgia lo que nos mueve, es hedonismo puro. Así que ya pueden comerse el iPod las musarañas, porque yo nunca lo compraré

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