Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Número cero y el complot del periodista

Este texto fue publicado originalmente el 26 de mayo de 2015, lo abrimos de manera temporal dada su relevancia periodística.


Número cero es la historia de un periódico que nunca circuló, pero que existe en diversas latitudes aunque con diferentes nombres y por ello contiene severos cuestionamientos a todos los medios de comunicación del mundo.

Umberto Eco reseña aquel proyecto editorial recurriendo a varios personajes truculentos que conviven algún tiempo con el imperativo de ponerse de acuerdo según el dictado de los intereses económicos y políticos del dueño del diario, quien da la cara solo a través de un intermediario. Número cero es la pretensión de crear un instrumento para intervenir en las disputas políticas y buscar altos dividendos financieros, por ello elige “la información” solo como arsenal contra el adversario, o la distorsiona u omite para merecer indulgencias del poder cuando no esa misma “información” es un recurso para el chantaje.

Una de las rutas del escritor italiano sigue la conocida ironía de Mark Twain: “Conoce primero los hechos y luego distorsiónalos cuanto quieras”: el aplauso corresponde a unos medios y la propalación del odio corresponde a otros, señala Simei para poner en orden a los integrantes de la mesa de redacción y para enfatizar en que a veces la propaganda política se disfraza de noticias.

Así es que Número cero no solo nunca discurrirá contra su propietario, el Commendatore, sino que promoverá siempre sus incumbencias aunque recurra incluso a inventos de luchas de epopeya y al aliento del rencor contra quienes no coinciden con esas enterezas heróicas; en otra tesitura; Eco también alude a esa dirección que desdeña o distorsiona las noticias que pueden resultar inconvenientes a los hombres de la cúspide en el poder y, claro, a los intereses empresariales del dueño del diario.

Con esas cartas en el teclado, Umberto Eco registra el arte de cómo hacer noticias de lo que no es noticia, la estratagema del lenguaje subrepticio para que solo lo entienda quien lo debe entender y, así, la ruta del chantaje o el escarnio contra el enemigo. Y entre el cotilleo de los integrantes de ese diario, por supuesto, no puede faltar la advertencia de estructurar términos que no le exijan al lector elaboración intelectual sino que le pidan creer; el empleo de las palabras, dice otra vez Simei, es para decirle al lector sus convicciones, incluso aunque este todavía no se hubiera dado cuenta de que las tiene.

En esta novela, el intercambio editorial no es ni apocalíptico ni integrado; el autor no ejerce el arte de la tripodología felina (que, como él mismo ya dijo, consiste en buscarle tres pies al gato) sino que al narrar lo que sucede en Número cero sin darse golpes de pecho y sin dobleces morales, permite el registro de la ética en los medios y de su función en la disputa pública.

Así es que con divertimentos propios de un gran escritor, asistimos al denuedo invencible de los periodistas por jamás reconocer errores y menos aceptar los “desmentidillos” de quienes osan mandar alguna carta de aclaración al periódico. Entre las caracterizaciones de la dinámica periodística que hasta en los horoscopos se interna para difundir supercherías, creo que el hilo conductor de la novela es la sospecha como el recurso principal del profesional de la comunicación para eslabonar ataques por consigna mediante conjeturas creíbles (es decir, que esas conjeturas se soporten en hechos sin relevancia -el pasaje del funcionario fumador es emblemático porque de ahí puede desprenderse la hipótesis de que es un neurótico o que algo le atormenta-). La sospecha de confabulaciones es un derecho que Braggadocio ejerce no solo para presentir que no existe un auto adecuado para él porque hay una conjura en su contra de parte de la industria automotriz, ni solo para decir que el hombre jamás estuvo en la Luna o algo parecido, sino para asegurar que un personaje que muchos creemos muerto no murió en realidad sino que hubo un doble de él para aparentar su fallecimiento, mediante un complot bien calculado que involucra a la CIA, al comunismo internacional y a las más altas esferas de la iglesia católica.

Me parece que el autor de Número cero registra este drama hasta con sentido del humor (y no solo para decir que los libros -como el suyo- son muchas veces reseñados por quienes ni los leen y que igual muchos lectores hablan de libros que no leen en realidad). La alegría de este hombre de 83 años se vuelca en advertir cómo los consumidores de los medios de comunicación son despreciados por los propios medios. Y cómo no, si cualquier confabulación tan disparatada (pero muy bien expuesta) como la de Braggadocio puede ser creída por quien sea. Sí, aunque eso signifique imaginar a Mussolini caminando en los pasillos secretos del Vaticano, burlándose de los tontos que lo creemos muerto con grandes carcajadas.

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