Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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“Nuestra porción eterna”

Yo no había cumplido los 10 años cuando un compañero del judo nos invitó a una gran fiesta en Tlaxcala, en la casa de su madre, no recuerdo en qué pueblo o si sería ciudad.

Poco queda en mi memoria de cuanto pasó, salvo que descubrí a la Mujer en una niña grande, de unos once o doce años, con dos pequeños brotes que hoy han de ser un par de exquisitos senos algo envejecidos, mancillados por los hijos, el matrimonio, el descuido. Quizá ella esté muerta, nunca se sabe, y ya no existan esos brotes que quizá nunca llegaron a desflorar, tampoco puedo saberlo.

Me miró con atención cuando llegué y me sentí intimidado. Más tarde, todos los chicos reunidos, ella mostró una revista barata de historieta romántica con sexo. Intempestivamente se dirigió a mí mientras señalaba un cuadro que representaba un coito. “Tú eres éste”, me dijo. “Yo ésta”, añadió. Me quedé perplejo.

No era mi primera erección, pero ninguna anterior había sido causada directamente por una mujer.

Horas más tarde, volvimos a coincidir. Ella estaba con sus amigas y yo pasaba rumbo al baño. Todas miraban la historieta. Volvió a hablarme. Esta vez señalaba al héroe de su historia. “Éste eres tú”, me dijo; y sin dejar de mirarme a los ojos se colocó la revista en el pubis. “No pongas esa sonrisa de tonto”, añadió. Huí al baño, donde no pude hacer nada hasta que mi cuerpo recuperó la calma lúbrica.

Por la noche fuimos al cementerio. En los pueblos, los críos acostumbran ir al cementerio a divertirse y medirse con las migas de la muerte. Yo sabía lo que eran los fuegos fatuos, pero nunca los había visto. Alguno de los mayores preguntó quién se atrevía a entrar, estar un rato y volver. Inmediatamente dije que yo. No sé si era valiente, sé que siempre me gustó descubrir sensaciones nuevas y sobre todo el vértigo y el frenesí, la adrenalina, en todas sus formas.

“Pues anda”, dijo el mayor. “Yo voy con él”, dijo ella. “Te van a cuidar”, se burló alguno. “Cuando vuelva te partiré la cara”, concluí yo.

Entramos despacio. Los brillos se veían aquí y allá. Un viejo cementerio de pueblo, huesos que afloran, tumbas mal cavadas y descuidadas -olvidadas. Mi razón estaba en los misterios de la muerte; mis emociones, mi sangre, en los misterios de una mujer a mi lado, en medio de la oscuridad. De pronto, en un punto fijo, fingió asustarse y me abrazó. Fingí creer en su espanto y la abracé.

Recordé que estaba entre muertos y que al volver a donde estaban los vivos me esperaba una golpiza con un chaval mayor que yo. Todo asociado por el misterio, brotó en mí el macho inesperado que encierra todo niño. Le dije entonces: “Mira, esta tumba parece en buen estado, la lápida está plana y no se ha roto”. Ella se sentó ahí: “Es verdad, está en buen estado, hasta parece limpia. Ven, siéntate, tócala”.

Lo hice. Pasé mi mano por la lápida y me seguí hacia el muslo de aquella chica. Ella me plantó un beso, el primero de mi vida. Yo recorrí su muslo hacia su pubis. Me detuvo por la muñeca y puso mi mano en sus pechos nacientes. Los palpé, los comprendí, los gocé. Los fuegos fatuos nos rodeaban, calaveras, fémures, recuerdos de la muerte. Me sobresalté. Sí. Me sobresalté como nunca por la vida cuando ella puso su mano sobre mi bragueta y dijo: “Qué incómodo has de estar, debe dolerte”, y entonces metió la mano bajo el cinturón para acomodar mi pene de manera que la erección subiera libre. No retiró la mano. Bajé la mía. Me extrañó la humedad. Pensé que tendría la regla y aquello sería sangre. Sangre de mujer, vida absoluta en medio de esos muertos ya sin sangre. Leyó mis pensamientos: “No es sangre, es mi cuerpo, así somos nosotras cuando nos gusta un hombre”. Fue breve el masturbarnos mutuamente. Me besó otra vez. “Te vas mañana temprano y ya no nos veremos”. ¿Qué podía responderle? Olí mi mano. Chupé mis dedos. “Cochino -dijo-, qué ricas cosas haces, ven”, y corrió entre las tumbas mientras reía.

Conocía el cementerio de memoria. Mientras me guiaba hacia una toma de agua donde enjuagaríamos nuestras manos, me di cuenta de que a aquella lápida no habíamos llegado de casualidad. Hasta ahora maldigo no haber introducido un dedo, otro más, mi cuerpo entero.

Al salir del cementerio ya no quería pelear. Tampoco el otro chico, que dijo: “Te advertí que iba a cuidarte”. Fue ella la que le dio un bofetón y salió corriendo hacia la casa. Durante la cena cruzamos miradas y sonrisas varias veces. Al día siguiente, a la hora de partir, no la encontré. Mi amigo me dijo: “Déjalo, mi prima nunca sale cuando nos vamos”.

No cogimos, ni siquiera hicimos el amor. Tampoco le faltamos al respeto a los muertos, que si algo vieron habrán quedado agradecidos, apenas algo apesadumbrados de no vivir de nuevo para eso, nada más que para eso.

Entre los versos de Piedra de sol que más me han estremecido siempre, están esos que dicen:

Madrid, 1937,
en la Plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes escupidas
y el huracán de los motores, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso…

Hoy, en este país, todo cuanto sucede, cuanto hacemos, es entre fosas, sobre fosas. Pareciera que no hay un milímetro que no esconda un cadáver, los restos de un muchacho torturado cruelmente, asesinado, inexplicable y ya privado para siempre de todo. De la vida. LA-VIDA.

Hoy, en este país, entre asesinados y asesinos, entre fosas donde no están los cuerpos que se buscan pero están otros cuerpos que quizá ya nadie busca; entre desaparecidos, impotencia, rabia, temblor de humanidad ante el dolor, la muerte, la crueldad, el imperio de la crueldad y el horror, tenemos mucho que hacer y que exigir. Sin duda, nadie puede dudarlo, nadie puede sensata, razonablemente dudarlo.

Pero el imperativo es vivir. Por cada muerte una vida, por cada desparecido un coito, por cada horror un furioso acto de amor y de placer.

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