Premio Nacional de Protección Nacional
Cinque Terre

América Pacheco

[email protected]

Escritora, es también Tarzán del alma

El último faraón

Bénédicte vive en un departamento en el último piso de un hermoso edificio ubicado en Les Gobelins, Distrito XIII de París. Durante mi reciente estancia en la Ciudad Luz, Béné organizó una velada de chicas en su envidiable penthouse, en honor a su villana favorita, honor evidentemente inmerecido.

Después de darle trámite a una botella de champaña, la charla de sobremesa giró en torno a saber cuál era la canción más famosa de nuestros respectivos países. Por mi parte, alegué que “Bésame mucho”, de Consuelo Velázquez, es quizás la melodía mexicana más escuchada en el orbe. Florence y Béné coincidieron que “Comme d’habbitude”, del ídolo francés Claude François, era, sin duda, la canción francesa más famosa. Aunque, para ser exactos, “Comme d’habbitude” también es la más famosa y con más versiones no únicamente de Francia, sino del mundo entero (existen aproximadamente 2 mil interpretaciones distintas). El único detalle es que la cultura popular la recuerda más como “My Way”, reescrita al inglés por Paul Anka e inmortalizada por Frank Sinatra.

El director de cine francés Florent-Emilio Siri (“Nido de avispas”, “Un minuto de silencio”) realizó una biopic del cantante Claude François que alcanzó cierta notoriedad en Europa, aunque aún no ha llegado a este lado del planeta. Considero que, al margen de que la cinta “Cloclo” (apodo por el que era llamado e idolatrado el astro francés) es irregular e innecesariamente larga, arroja dos pretextos para escribir al respecto: la trayectoria de Claude y la brillante interpretación que realizó el actor belga Jérémie Rénier (“El niño”, “El amante doble”, “Pacto de lobos”).

El cantante, percusionista, compositor, bailarín y productor Claude François nació en Ismalia, Egipto, en 1939, cerca de las sirenas del puerto de Alejandría. Hijo de un funcionario de gobierno francés y de madre italiana. A los 17 años, y después de la nacionalización del Canal de Suez, huyó con su familia de Egipto para establecerse en Montecarlo. Durante estos años trabajó como taxista y cajero de un banco local. Desde el momento en que consiguió un tercer turno como percusionista en un club nocturno, su vida entró en un camino de no retorno: su ascenso imparable al estrellato y la ruptura irreversible con su padre. Aimé François nunca le perdonó que abandonara una carrera de contador que aseguraría financieramente a la familia. Claude intentó convencerlo de que confiara en su talento, pero su padre desdeñó cada segundo que su hijo dedicó al showbiz. Desprecio que habría de marcar su autoestima de por vida.

Uno de los aspectos mejor logrados del filme Cloclo es la forma en la que se aborda cómo la fragilidad de su autoestima determinó poderosamente sus decisiones personales y artísticas. Por ejemplo, Philips, su disquera, prácticamente lo obligó a competir con la estrella juvenil más grande del momento: Hallyday. Para quienes no lo recuerden, Johnny Hallyday era un atractivísimo cantante de 1.85 metros de altura, considerado el Elvis Presley francés, amo y señor del Olympia y esposo de Sylvie Vartan. Fueron los Brangelina de su generación. Claude era un esmirriado chico de 1.70 metros, de piernas delgadísimas y curvas, a quien su joven esposa abandonó por el cantante Gilbert Becáud. Cloclo sabía mejor que nadie de todas sus desventajas físicas, y contrarrestarlas con talento y perfeccionismo se convirtió en su principal obsesión y sello personal. Hallyday vendió 100 millones de discos en 50 años de carrera; que Claude vendiera 70 millones de discos en 15 años de trayectoria profesional nos muestra que no se defraudó a sí mismo.

La clave para convertirlo en una de las estrellas pop más grandes de la historia de Francia, fue su obstinación en convencer a su disquera de grabar covers de rock de los Everly Brothers y Frankie Valli. Su éxito no tuvo freno a partir de entonces. Carismático y tirano, permaneció en el centro de atención del espectáculo, y no dudó en reinventarse o innovar estilos para competir con artistas rivales e incluso orquestando su propio colapso en el escenario para permanecer en los titulares de la prensa.

Mientras otras estrellas de la época se apagaban por la obsolencia de su propuesta, Claude nunca dejó de experimentar. Fue un precursor en romper paradigmas insalvables de la época; por ejemplo, fue el primero en mostrar bailarinas de color en la televisión francesa (las famosas “Clodettes”) y, sobre todo, fue el primer cantante blanco que grabó canciones en los estudios de Tamla Motown, con los Funk Brothers. Creó un imperio al fundar su propia disquera, una agencia de modelos y la cadena de revistas más populares entre los jóvenes parisinos de los años setenta y rompió el récord de asistencia de Edith Piaf en el Olympia.

En entrevista para la televisión francesa, el actor Jérémie Rénier confesó que encarnar a Cloclo lo sometió a una disciplina nunca antes experimentada en su larga carrera actoral: “Aprendí a tomar su voz y a cantar como él, a vivir físicamente sus canciones, con las venas que se hinchan y todo eso. Para algunas canciones, la banda fue a buscar a sus músicos de la época para recrear fielmente la atmósfera de locura que el cantante impregnaba en sus inolvidablesconciertos. Tengo la impresión de que Cloclo dejó de crecer a la edad de 17 años cuando vio a su padre rendirse después de Egipto. Para mí, él seguía siendo un adolescente, y por eso no podía amar o convertirse en un padre para sus hijos”.

La producción invirtió seis meses de entrenamiento físico y vocal para lograr emular con dignidad a la bestia artística que François mostraba en los escenarios. Rénier tuvo que enfrentarse ante un personaje de marcada complejidad. A diferencia de otras estrellas de cualquier época, convirtió todas sus inseguridades en discos de platino, negoció sus angustias con talento, y lo único que permitió que destruyeran fue, sin duda, su vida sentimental. Era un celoso y seductor compulsivo aquejado de paranoia e inseguridad absoluta por su aspecto. Pagó el precio de su obsesivo carácter hasta el día de su accidentada muerte. Y el trabajo que al final nos entrega Rénier es brutal.

A título personal, considero que la letra de la canción “Comme d’habbitude” (Como de costumbre) es superior a la de Anka, porque retrata de cuerpo entero a un hombre completamente consciente de su imperfección y constante autosabotaje. Cloclo compuso la canción más famosa del mundo después de haber llevado hasta el no retorno a la mujer más importante de su vida: France Gall, una de las cantantes más famosas de la corriente YeYe y ganadora del certamen Eurovisión en 1965 de la mano de Serge Gainsbourg.

Existen cantidad de leyendas urbanas en torno a la leyenda, pero mi favorita está fielmente representada en la cinta: Cloclo y Frank Sinatra coinciden en Mónaco. Frank no tiene idea aún que el joven rubio que lo mira con éxtasis es el compositor del más grande de sus éxitos y lo toma como un fan más. Cuando Sinatra se retira, le preguntan a Claude por qué no dijo una palabra, y sencillamente contestó: “¿Y quién soy yo? Yo no soy nadie, soy insignificante. Tengo voz de pato. Él es ‘La Voz’. No tengo nada que decirle”. Ya había vendido millones de copias de sus discos, miles de fans lo perseguían día y noche, pero aún no se sentía a la altura de saludar al ídolo de su padre: Frank Sinatra.

Claude François murió a los 39 años, en la cúspide de su carrera a causa del accidente doméstico más absurdo y que lo pudo haber hecho acreedor de un “Premio Darwin”: se electrocutó en su bañera, mientras intentaba ajustar una lámpara en la pared que parpadeaba sin cesar.

La cinta gastó 26 millones de euros en la producción; recreo las exuberantes sesiones de grabación y presentaciones en vivo de Cloclo, y quizá la más poderosa es una versión bilingüe de “My Way” en el Royal Albert Hall de Londres. Otro de los aciertos de la cinta es la partitura de Alexandre Desplat, a quien recordamos por haberse llevado Oscar y Globo de Oro este año en la categoría de Mejor Banda Sonora por la cinta “La forma del agua”, de Guillermo del Toro.

Durante mi vuelo de regreso a México tuve un guiño incontestable, cortesía del grandioso bailarín nacido en Egipto. El sistema de entretenimiento de Air France tenía en su catálogo dos opciones que me hicieron pensar que valdría la pena escribir al respecto: la cinta Cloclo y el documental “Claude François, el último faraón”.

De inmediato las programé para mi disfrute personal, no sin antes dejar a mi mente viajar a Les Gobelins, a la entrañable charla de sobremesa con Florence y Béne aderezada con delicias culinarias y música, tanta música. Miré al sobrecargo y le pedí una copa más de champaña. El viaje, la película y el último faraón lo ameritaban.

¡Santé, Cloclo!

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password