Cinque Terre

Salvador Quiauhtlazollin

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Estudió derecho; es periodista.

Nosotros y él

Cinco décadas después de su primera aparición, la revista francesa softcore Lui regresa a los kioscos para deleite de los erotómanos. Y pretende hacerlo como originalmente estaba planeada: como una explosión de finos desnudos en situaciones atrevidas, pero que no rebasan las delgadas líneas de las situaciones explícitas, pero no sexuales.

En una época pletórica de pornografía, una revista regresa apostando por los desnudos dignos de kindergarten. La pregunta obligada para el analista de los medios es el porqué estos empresarios prefieren decantarse por la elegancia, mientras que los sitios de Internet buscan atraer adeptos rompiendo tabús de una forma que haría enrojecer de vergu%u0308enza a Ron Jeremy. La respuesta está en ello: en la híper saturación.

Erase una vez un monje

El ser humano es el único animal que disfruta de ponerse ropa… y después verse sin ella. También es el único que disfruta ver el apareamiento de su especie. Desde tiempos egipcios, las descripciones graficas del desnudo y del acto sexual habían aparecido en vasijas y muros. En el Medioevo, los monjes pacientemente recopilaron textos lascivos y además, desviaron parte considerable de su tiempo a crear picantes grabados.

Con la llegada de la imprenta, la difusión de grabados sicalípticos fue una realidad. Notables grabadores trazaron miles de ilustraciones donde las parejas copulaban en aretinescas posiciones. María Antonieta misma fue víctima de estos ilustradores. Cien años después, el público se olvidaba (no del todo) de estas viñetas con la llegada de una tecnología que permitía plasmar del todo la realidad visible: la fotografía.

Desde los primeros daguerrotipos, hay constancia de que artistas pioneros imprimieron desnudos. También hubo atrevidos que tomaron escenas más candentes, que se distribuían de forma mucho más restringida y con ínfimo número de copias. A partir de 1880, con el advenimiento de la impresión en mediotono, fue posible la distribución masiva de revistas ilustradas con fotografías. Mientras los grabadores maldecían por la falta de trabajo, los fotógrafos se multiplicaban y las modelos se aligeraban de ropas. Fieles a su fama, los franceses fueron los primeros en publicar revistas dedicadas a los desnudos de las divas del burlesque. En 1898, los británicos saciaron los deseos voyeristas victorianos con Photo Bits, magazine pionero que además de las fotos de desnudos, incluía cómics, chismes y cartas de los lectores, lo que hacía las delicias de su reprimido público, entre quienes se encontraba el gran James Joyce (de hecho, menciona la revista en su monumental Ulises). La publicación feneció al recrudecerse la Primera Guerra Mundial.

Las revistas eróticas siguieron apareciendo y desapareciendo, en coincidencia con flujos de inmigrantes, depresiones económicas y acosos de la censura. Faltaban cinco décadas para que en Estados Unidos iniciara la revolución sexual.

El amigo americano

Quizá haya las que tienen más lectores, y muy probablemente, otras han presentando muchos avances en el campo del periodismo. Pero en el siglo XX, una revista cambió la visión del mundo del erotismo y consiguió convertirse en la más conocida por el público: Playboy.

La revista del conejito fue una idea original de Hugh Hefner, que con 8 mil dólares de su propio dinero, la inició en 1953, presentando desnuda a la diosa del cine Marilyn Monroe. Este editor pronto descubrió que la gente quería ver desnudas no solo a las estrellas, sino también a sus vecinas, por lo que pronto Playboy empezó a presentar chicas comunes cuya belleza era lanzada a la fama.

Playboy no solo presentaba mujeres bellísimas, sino que contó, y sigue contando, con las plumas de las plumas más prestigiosas (modestia aparte, entre ellas, la de un humilde servidor). Pronto, Playboy dejó los cajones donde estaba escondida y pasó a la mesa familiar, pues quienes la compraban podían decir que la adquirían para leer sus magníficos artículos, algunos de los cuales fueron escritos por ganadores del premio Nobel. Pero la atracción principal de Playboy eran, y siguen siendo, las preciosas modelos.

El sueño de miles de chicas es aparecer en las páginas centrales de esta revista. ¿Qué se necesita para convertirte en una de estas conejitas, ocupar el póster central de Playboy y ganar una considerable cantidad de dólares? Bueno, en principio, disfrutar de una belleza fresca y armoniosa. Un pecho grande y una cintura pequeña casi seguro que lograrán un especial, pues los lectores de Playboy prefieren a las jóvenes de busto desarrollado. También es importante la juventud, y sobre todo, tener una mirada ingenua y un rostro que parezca de niña consentida e inocente. Con el genio de los mejores fotógrafos de desnudos del mundo y con maquillaje de partes íntimas (y por supuesto, mucho photoshop), una chica normal se puede convertir en la modelo más asediada y admirada del momento, cuya anatomía será disfrutada por millones de lectores de Playboy alrededor del mundo.

Todos saben que Hugh Hefner se volvió millonario con Playboy y se hizo una mansión en Chicago atendida por conejitas, donde tenía una piscina gigante en la que nadaban decenas de chicas desnudas. Playboy llegó a ser un imperio con hoteles, casinos, estudios cinematográficos y avión. Mas su principal activo son algunas de las chicas más guapas del universo y ser una de las leyendas del siglo XX.

Contacto en Francia

¡Ah… los franceses! Presteza, erotismo, elegancia…. y mucha, mucha picardía. Eso inspiró Lui (él, en francés), que vio la luz en noviembre de 1963, editada por Daniel Filipacchi (fotógrafo de modas), Jacques Lanzmann (novelista) y Frank Ténot (agente de prensa y crítico de jazz).

Lui difería de Playboy en varios aspectos: primero, mientras la revista del conejo prefería mostrar los encantos de la chica de al lado, los franceses optaban por modelos guapísimas con una carrera cimentada. Playboy pretendía elegancia, Lui era elegancia en sí misma y alimentaba el patriotismo galo explotando la reputación de las publicaciones eróticas francesas y haciendo gala de pretencioso glamur. Y lo mejor: aprovechando su tono de clasismo europeo desinhibido, Lui se atrevía a mucho más que Playboy al momento de romper límites: no caía jamás en el mal gusto ni por asomo mostraba una imagen sexualmente explícita, pero si sugería situaciones que rayaban los linderos del sadomasoquismo, el fetichismo y la bisexualidad.

Por supuesto, Lui presentó mensualmente a las divas galas más candentes, entre ellas las legendarias Brigitte Bardot, Mireille Darc, Marlène Jobert y Jane Birkin (esta última, atada y sugerente). Bajo el eslogan “la revista para el hombre moderno”, Lui también satisfacía el intelecto de su masculino público con cómics (bastante fuertes para su época), artículos de acreditadas voces, caricaturas, pocos artículos y un gato de mascota. Lo más destacable era, al igual que Playboy, la chica que ocupaba las páginas centrales. A inicios de 1980, en su punto culminante, la revista tiraba 350 mil ejemplares. Por cierto, no hay que confundir este magazine con él, la revista joven, publicación nacional que se distinguía por su perene permanencia entre el colchón y el tambor de las camas de miles de adolescentes mexicanos de los setenta.

La llegada del videocasete golpeó duramente a todas las revistas eróticas a mediados de los 80. Lui no fue la excepción. La circulación bajó de forma escandalosa y el magazine no encontraba la forma de reinventarse. En 1987, se convierte en “la revista para el hombre moderno”. La agonía, como sucede con las publicaciones impresas, inicia con la publicación bimensual. En junio de 1994 deja de publicarse. De 1995 a 1997 tiene un fugaz regreso que culmina con una portada adornada por el bohemio encanto de Eva Herzigová.

Regreso ¿con gloria?

Como dijimos al principio, enfrentándose como marino de Hope Hodgson a la marea de pornografía gratuita en Internet, Lui regresa a los quioscos de Francia, impulsada por Fredéric Beigbeder. El escritor responde a los que ven su loable intento como una lucha inútil contra el Leviatán lujurioso de la red, diciendo que en los setenta “Lui era una excusa cultural e intelectual para comprar fotos de mujeres desnudas”, pero que “ahora preconizamos lo contrario”, para destacar la “ambición intelectual y la calidad de las plumas y fotógrafos”. Es decir, se pretende que la revista se lea y que las fotos sean solo un añadido más, un pequeño postre. Un objetivo muy ambicioso que parece casi imposible de cumplir, mucho más con un tiraje inicial de 350 mil ejemplares (los mismos que cuando la revista señoreaba los puestos).

Pero quizás la apuesta de Beigbeder fructifique. Cuando la mano se cansa, la mente pide más. Y después de satisfacerse con lo más duro que se puede encontrar en el ciberespacio, el erotómano de verdad (no el chaquetero que se prende con silicona), tal vez encuentre agradable llenar su intelecto con un fugaz retorno al pasado, mientras un escrito genial lo guía y una afrodita pizpireta oculta con su mano lo más brillante de su preciada intimidad.

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