Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

No soy una diosa

Norman era un sujeto muy simpático. Cuando tosía su garganta temblaba como las carúnculas del guajolote macho cuando emite su estruendoso llamado de cortejo.

Hace años que ese estremecimiento formaba parte de él mismo. Al principio imaginó que se disolvería como las molestias de un resfriado o las de una torcedura de pie. Pero los meses se acumularon y procedieron a convertirse en años sin que retrocedieran los terremotos guturales. Al contrario: aumentaron un poco.

–Bueno, no un poco: de manera considerable –apuntillaba con humor saludable.

Nos conocimos hace diez meses. En breve se convirtió en mi amante. Dudo que las circunstancias en que tuvo lugar nuestro amor resulten interesantes. Sólo apuntaré que éramos muy felices en la cama, pero muy infelices en cualquier otro punto del planeta.

Esta mañana Norman no logró trabajar. La angustia que le producía saber que nuestro amor había llegado a su término le impedía concentrarse. Por más que lo intentó, no lo consiguió. Y su trabajo demandaba elevadas dosis de concentración. No todos sus compañeros pensaban lo mismo. O mejor dicho: compañeras. Norman era el único hombre en ese destacamento de maquileras equipadas con tijeras eficaces. Estaba sentado frente a dos grandes cajones de madera, uno rebosante de camisas y el otro vacío. Esas proporciones –o falta de ellas– hubieran variado si Norman hubiera avanzado en su trabajo. De un lado se amontonaban las camisas sin deshebrar. Del otro, las ya deshebradas. En las primeras abundaban los hilos en la unión de los brazos y el torso, los puños, los cuellos y la bolsa del pecho. Norman debía cortar esos hilos. En eso consistía su trabajo.

–Hola, Virgen. ¿Te puedes concentrar en tu trabajo? –me soltó al teléfono, sin mayor preámbulo

–Sólo porque escribo sobre ti –le mentí, sin imaginar que muy pronto esa mentira se transformaría en realidad.

–¿De veras escribes sobre mí? –inquirió, entre orgulloso e incrédulo.

–Sí –afirmé lacónica, apenas raptada por una risita silenciosa.

–¿No hay vuelta de hoja?

–No.

–¿Lo nuestro no tiene otra oportunidad?

–No.

–¿Es definitivo?

–Lo es, Norman.

No despreciaba a su persona, sino a su trabajo. Me parece que no debería sentirme obligada a aclararlo. Le echaba en cara ser un esclavo. Laboraba bajo un itinerario que proscribía su libertad. En ese trabajo no podía realizarse como ser humano. De lunes a sábado lo enajenaban jornadas extenuantes, tenía una jefa insoportable. No era dueño de su tiempo ni de su vida. Su trabajo no le pertenecía. No le hacía feliz lo que hacía ni le encontraba otro sentido que recibir su pago cada semana. Las noches que nos amamos fueron maravillosas. De una intensidad de antología. Pocas veces he alcanzado el elevado grado de placer que alcancé con él.

Esta mañana la angustia le prohibió trabajar. Era un triste guajolote sin su alegre guajolota. O sea: sin mí. Sin mí, que no soy ninguna diosa. Él lo sabía. No podía ignorarlo. No debió permitirse pasarlo por alto. Soy una simple mortal. Igual que sus compañeras. Igual que él mismo. Pero no logró darse cuenta que podía vivir sin mí. La angustia lo derrotó. La desesperación lo atenazó, le prohibió ocuparse en nada que no fuera la desesperación misma. En silencio se incorporó, fue al baño y se voló los sesos.

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