Cinque Terre

Juan Manuel Alegría

Director de Reporte Mexcal. Articulista del Diario Noticias y Etcétera.

No existe un derecho a insultar en los medios

Este artículo fue publicado originalmente el 03 de octubre de 2016, lo abrimos de manera temporal dada su relevancia periodística.


 

El insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe.”

 

Diógenes de Sínope

 

La lucha por la libertad de expresión ha llegado a niveles insospechados. Hasta hace pocas décadas no imaginábamos que se pudiera amenazar con la muerte o desearla a otra persona en un medio. Hoy vemos excesos. Los temas que antes eran tabúes, en la red ya se abolieron (el único tabú es la “censura”). Las normas sociales de respeto pocas veces se siguen. Es común hallar bajo las notas, artículos o columnas en un medio, comentarios parecidos a estos:

 

Pues si estuvieran en su salón de clases no les habría pasado nada.

 

¡Como no matan y queman a tus hijos para que sepas el dolor de una madre, cabrón!

 

Así o con palabras más fuertes. Luego el primero contestará el insulto; fulano apoyará a uno; zutano insistirá sobre un tema, mengano dirá que uno de ellos es “peñaboot”; perengano acusará a otro de adorador del “Peje”…

 

Finalmente el tema de la nota o el artículo queda diluido entre insultos del “respetable”.

 

Resulta curioso, en este caso, observar cómo una persona, que exige justicia para las víctimas y castigo para los responsables del crimen, pide, para el que no está de acuerdo con ella, que sea sacrificado de manera parecida. Y en ese tenor hay miles y miles de comentarios todos los días. Muchos son trolls, pero la mayoría no.

 

¿Por qué la gente se ha vuelto más descortés y agresiva en las redes? Es obvio que un punto importante es la educación, tanto la que se recibe en el hogar como en la escuela.

 

Como ejemplo de una forma de pensar que no da el colegio, es el acostumbrarnos a los exámenes de respuestas múltiples, en detrimento de la argumentación. Dice Fernando Savater:

 

“Cuando una persona se configura para expresarse en 140 caracteres, cuando se habitúa al dicterio o al insulto, pierde capacidad para la argumentación, que es la médula del pensamiento. Cioran dijo en una ocasión que le hubiera gustado haberse formado en una sociedad dominada por el aforismo y el epitafio.; pues bien, ahora la gente ya se comunica y se alimenta intelectualmente de epitafios”.

 

Ya no se imparte el civismo y no se habla de ética. El alto nivel de corrupción del país, no se debe tan sólo a los políticos, como se considera en general en una errónea concepción: es en general la falta de ética.

 

Si un niño observa que sus padres mienten, él también lo hará; si ve que para conseguir algo hay que dar una “mordida”, percibirá eso como normal. Muy pronto sabrá que alguien puede permanecer impune porque compra a las autoridades (de cualquier tipo) y así crecerá, en esa cultura. Algo de eso aparece en el que envía mensajes de odio o que insulta en la red; es anónimo (eso cree) y sabe que no será castigado. Estar detrás de una pantalla lo hace sentir que tiene un escudo, una máscara por ello se desinhibe, se vuelve temerario y dice lo que no diría a otro de frente.

 

 

 

Hace doce años, Jerry Holkins y Mike Krahulik , creadores del cómic en línea Penny Arcade, expusieron con sentido del humor su “teoría” conocida como “John Gabriel’s Greater Internet Fuckwad Theory” (La gran teoría del cretino de internet de John Gabriel) de manera sencilla: “Persona normal anonimato una audiencia = cretino total”.

 

En 2014, Jerry Holkins le hizo un agregado: “Persona normal – consecuencias una audiencia = cretino total.”

 

Así como uno se puede volver adicto a casi cualquier cosa, se considera que insultar en la web puede ser adictivo. El psicólogo español Julián Illán señala que detrás de esa personalidad puede estar el Síndrome de Peter Pan: “patrón de conducta caracterizado por la idealización de la juventud, inmadurez e irresponsabilidad. Puede ser relevante también el afán de notoriedad y el exhibicionismo propio de personas con baja autoestima, que recurren a este tipo de conductas en busca de apoyo social, materializado en los comentarios o ‘me gusta’ en las redes sociales”, también coincide en que un “odiador” tiene deficiencias educativas en valores cívicos y éticos.

 

Por su parte, John Suler, profesor de Psicología de la Universidad de Rider, dijo a CNN que el anonimato del que gozan los usuarios en internet es un factor importante en el “efecto de desinhibición en línea”, por lo que le permite a esos individuos decirse lo que no se dirían en persona: “Si no hay una presencia cara a cara, es más probable que un posible troll perciba a los demás como un ‘blanco’ y no como un ser humano real”.

 

Suler agregó que las cuestiones psicológicas y sentimentales son otro factor; pues muchos tienen problemas de depresión, baja autoestima e ira. “Quieren inyectar su propio caos emocional en otras personas y atraerlos hacia la negatividad. Para ellos es una forma de sentir cierto control o poder sobre sus propios sentimientos perturbadores, a costa de otras personas”. (CNN en Español. Julio/24/ 2013).

 

Como señalamos en la edición pasada, el público, en general, no está capacitado para comprender la información, por lo que sólo cree saber, pero opina casi sobre cualquier tema y, en muchos casos, critica de manera despiadada al autor y a quienes no están de acuerdo con él. Bill Kovach y Tom Rosenstiel señalan en Los elementos del periodismo:

 

“Otro gran problema es que la capacidad del ciudadano para comprender la verdad, incluso cuando se topa de bruces con ella, se ve menoscabada por la arbitrariedad, los estereotipos, la falta de atención y la ignorancia”, y citan a Walter Lippmann para quién, los ciudadanos son como espectadores de teatro que “llegan hacia la mitad del tercer acto y se marchan antes de que caiga el telón, quedándose el tiempo suficiente para decidir tan sólo quién es el héroe y quién el villano de la función”.

 

Todo esto conlleva otro problema. La falta de respeto provoca que se inhiba un eventual diálogo con el autor del texto y su audiencia. Además, según la crispación de los comentaristas, crea en los subsiguientes lectores que se altere la percepción o la interpretación del asunto tratado. Se logra desvirtuar el tema y se enfrascan en discusiones que ya no tienen que ver con el texto.

 

Si, quien lee esto, revisa esos comentarios, hallará que es rarísimo que alguien esgrima argumentos, que aporte más ideas, referencias, o destaque algunos puntos que el autor del texto olvidó, eludió o no trató con suficiente probidad. Asimismo, quien deseaba participar con su opinión, se abstiene ante el temor de ser insultado por su exposición. Con lo que también se vicia la libertad de expresión y de alguna manera se coarta la de terceros.

 

Ahora, el problema sería mínimo si los medios no tuvieran ese excesivo temor a la palabra “censura”. Las regulaciones no pueden ser solamente para los periodistas. Un informador no puede injuriar, difamar, ofender o insultar. Existen códigos de ética y libros de estilo para guiarlo. El lector común obviamente los desconoce, por eso, a los editores o directores de un medio correspondería asumir como un deber impedir o frenar los comentarios insultantes, injuriosos o con mensajes de odio. En medios de uropa y en muy pocos de Latinoamérica ya se practica. Con variantes, hay avisos para los lectores de que los comentarios ofensivos, obscenos, difamatorios, de carácter sexual, abusivo, vulgar, racista, difamatorio o amenazador, no serán publicados (censurados, pues). O que el foro para lectores está “moderado, pero no censurado. Se puede discutir, acusar y defender, pero no calumniar ni injuriar. Los mensajes injuriosos contra una persona o instituciones serán automáticamente rechazados”; lo que es decir: “censurados”. Y el público se educa o emigra (esto último no lo quieren los medios).

 

 

Por otra parte, las legislaciones también asumen su responsabilidad. Desde hace poco más de un año el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) de Europa permite multar a las webs por opiniones ofensivas de usuarios; aduce que esa medida no viola el artículo 10 de la Convención Europea de Derechos Humanos (sobre la libertad de expresión).

 

Lo anterior tuvo que ver con la sanción a un medio de Estonia condenado por los tribunales de su país por los comentarios ofensivos de sus lectores en el portal. La sentencia señala: “los comentarios en cuestión habían sido extremos y se han publicado en reacción a un artículo publicado por la empresa”

 

El TEDH interpreta que las opiniones son “expresiones de odio y la incitación a la violencia” que es uno de los límites a la libertad de expresión que reconoce la Convención. Además, la sentencia distingue entre una web de noticias profesional y un foro promovido por una persona privada: “La empresa tenía un amplio número de lectores y había un interés público”, indica. No exigió responsabilidad a los autores de las ofensas y destacó que los editores no pusieron en marcha medidas necesarias para identificar a los autores de los comentarios; dijo: “Aunque la empresa no tuviera control sobre los autores, esto no significa que no lo tenga sobre el medio en el que se publicaban”. (elEconomista.es. Junio/17/2015.)

 

Es claro. Es lo mismo que sostiene Javier Darío Restrepo: “El director de una publicación periódica debe responder por los contenidos cuando estos violan los derechos de las personas. De esta afirmación se desprende que ninguna publicación tiene patente para hacer daño y que la libertad de expresión no legitima publicaciones que hacen daño a individuos o grupos de personas”.

 

En la tierra del maestro Javier Darío, Colombia, escasamente, pero también ocurren casos parecidos. En julio de 2014, la Corte Suprema de Justicia ratificó la condena del Tribunal Superior de Cali contra un internauta a pagar con 18 meses y 20 días de prisión por un comentario publicado en la página web del diario El País de Cali.

 

Lo que el penado Gonzalo Hernán López escribió fue:

 

“Y con semejante rata como Escalante que hasta del Club Colombia y Comfenalco la han echado por malos manejos que (sic) se puede esperar… ¿El ladrón descubriendo ladrones? ¡Bah!”, como comentario en la noticia titulada “Siguen capturas por ‘cartel de becas’ en Emcali”, publicada el 26 de noviembre de 2008.

 

“López, quien también tendrá que pagar una multa equivalente a 4.500 dólares, se refería a Gloria Lucía Escalante, en ese entonces gerente administrativa de la empresa de servicios públicos de Cali Emcali, quien se desempeña hoy en día como directora de la Federación de Departamentos”. (Portal Ética Segura. Julio/29/ 2014).

 

Por supuesto, esto armó un revuelo. Se dijo que era un exceso el dictamen; por ejemplo, Pedro Vaca, director de la Fundación para la Libertad de Prensa, se armó de la falacia “Argumento ad populum” (si todos lo hacen, está bien) y dijo: “Este es un caso desproporcionado… Es desproporcionado y el impacto que puede tener en el resto de foros de los lectores es muy delicado porque los foros en las páginas web de los periódicos suelen tener este tipo de comentarios. No es que este comentario sea la excepción”.

 

Por su parte Restrepo sostuvo que “el medio de comunicación es responsable de todos los contenidos que difunde (incluyendo comentarios), pues los comentarios generan una responsabilidad conjunta del autor y del medio al ser publicados. Es así como un medio de comunicación contrae obligaciones claras que van más allá de la sola publicación mecánica de información, y por lo tanto debe responder por la exactitud y pertinencia de las informaciones y comentarios.

 

Agregó: “No hay libertad para agraviar ni para calumniar. En nombre de la libertad de trabajo no se puede condenar al policía que detiene a un ladrón, ni es sagrada la libertad para divertirse de quien atruena con un equipo de sonido a la media noche y al frente de un hospital. Son ejemplos extremos para subrayar que no hay derechos absolutos, y que la libertad tiene sus límites”.

 

 

También los periodistas insultan

 

En los últimos tiempos, el insulto es un arma que se utiliza cada vez más en los medios. Así también, en algunas partes, se castiga. El pasado 9 de septiembre un juzgado de Madrid ordenó al escritor y documentalista Artur Balder indemnizar con 30 mil euros a la periodista Almudena Ariza, corresponsal de TVE en Nueva York, por la campaña de odio que él emprendiera en Internet contra ella. La sentencia sostiene que “la libertad de expresión no ampara el derecho al insulto”.

 

En su campaña, Balder señalaba a Ariza de “corrupta”, “enchufada” y “pirata”. Según la juez, Balder actuó por “venganza y despecho por no ver valorado su trabajo por una prestigiosa periodista” debido a “que él tiene mucha menor presencia mediática y relevancia pública”.

 

La magistrada explica en el documento que Balder no hizo “un correcto uso de la libertad de expresión” y que utilizó “no sólo palabras y expresiones insultantes y denigrantes, sino que le atribuyen la comisión de delitos de manera completamente infundada con una evidente voluntad de hacer el mayor daño posible al honor, imagen y profesionalidad de su víctima, sobre todo conociendo que lo que se publica en Internet permanece de manera casi indestructible e imperecedera en la Red”. En México es impensable llegar a estos niveles. Si una persona se siente ofendida, difamada o injuriada por lo que escribió un periodista, decenas de medios acusan que es un intento de censura; pocos casos prosperan.

 

Por fortuna, los “odiadores” no abundan pero sí hay algunos destacados, como Alfredo Jalife-Rahme, colaborador de La Jornada, y profesor de la UNAM, quien presumía falsamente haber sido Premio Nobel de la Paz 1985. El que no sea periodista no lo exime de seguir códigos de ética, pero los ignora quien se llama experto en asuntos de Medio Oriente. Sobre su presunta erudición, Adolfo Gilly lo desenmascara en este texto: (http://www.sinpermiso. info/textos/una-leccin-de-humor-para-el-da-de-lossantos-inocentes).

 

Jalife injuria a quien se le ponga enfrente; así, llama “Sionistas mesiánicos” e “hijos de Goebbels” al escritor Enrique Krauze y al excanciller Jorge Castañeda, a éste también le llamó “narcolavador” y lo acusó de estar ligado al “Cartel del Golfo”. Le dijo “perro lacayo salinista” a Rolando Cordera; a Federico Arreola “gánster neo$ioni$ta“; al periodista Ramsés Ancira lo acusó de “apologista de narcolavador” (Ancira lo demandó).

 

Ha hecho asquerosos comentarios contra el doctor en Historia Pedro salmerón; ha llamado a una mujer “verdulera de burdeles d (sic) quinta”. Después de que Guadalupe Lizárraga publicara en Los Ángeles Press el texto “Maestro de la UNAM incurre en misoginia contra usuarias de Twitter”

 

Son decenas de personajes a los que el analista de La Jornada ha injuriado o difamado; pero ahí sigue, muy campante… y con muchos seguidores. Por supuesto, no es el único, habremos de tratar el tema otro día.

 

Alex Grijelmo, siguiendo al filósofo que habitaba en un tonel, en El estilo del periodista, afirma: “La ética de cada cual le dictará si debe emplear estas armas en el debate político o periodístico. No obstante, el insulto suele desacreditar más a quien lo profiere que a quien lo recibe”.

 

Como hemos dicho en otra ocasión, la ética no puede imponerse, es una decisión personal; pero los medios pueden autorregularse, y también se deben reglamentar las redes; ya hay esfuerzos en ese sentido en Europa.

 

En Ética urgente, Fernando Savater sostiene:

 

“Internet tiene sus ventajas, pero cuando organizas un sistema de difusión y propaganda, donde se confunde la verdad y la mentira, estás abriendo un campo nuevo de acción que se deberá regular con leyes para que dejen de sacar ventaja los pederastas, también quienes trasmiten información para beneficio de los terroristas […].Hay novedades terribles y otras maravillosas. Y la mayoría tiene un doble rostro y hay que regularlo para que lo que nos ayuda predomine sobre lo que nos perjudica”

 

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