Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Neurosis y trumpismo

Fantasear pero sin distanciarse de la realidad. Al menos no tanto para que el surrealismo resulte materia muerta, aburrido juego ayuno de revelaciones, famélica ocurrencia desconectada del mundo en que vivimos. La originalidad en el lenguaje esconde interesantes operaciones del espíritu. Y no sólo la originalidad en el lenguaje. También la originalidad en el concepto. La manufactura singular de un texto de actualidad, por ejemplo. No se trata de reivindicar la originalidad por la originalidad misma. Ya quedó demostrado que cuando no alberga alguna forma de contención y se coloca al margen de las sanas recompensas del razonamiento, el desplante original puede terminar llevando a un fascista a la presidencia del país más poderoso sobre la Tierra.


No conviene dar por sentado que no hay nada nuevo bajo el sol. En los fenómenos históricos existen similitudes, pero no repeticiones al pie de la letra. Nos urgen nuevas formas de comprensión de los eventos que sacuden el planeta azul que, querámoslo o no, estamos destinados a habitar. Digo, al menos hasta la próxima colonización de Marte.


Sin duda las revelaciones del Eclesiastés resultan dignas de consideración, pero sólo si las consideramos desnudas de dogmatismo. No todo ha sido enunciado desde el principio de los tiempos. O en cierto modo lo ha sido, pero en otro no. Aún quedan cosas por dilucidar. La ilusión que proporciona el misticismo no carece de pertinencia en el mundo contemporáneo. A pesar de la jaula de hierro de la que hablaba Max Weber, de la muerte de la metafísica que decía Heidegger y de la muerte de Dios que, en su enfática hambre dionisiaca, decretó ese manso loco que fue Nietzsche; a pesar que podamos ubicar las religiones entre las múltiples formas de la neurosis, no hay razones para sentirnos superiores a quienes encuentran en la oración consuelo. Veamos “los rasgos de carácter” del neurótico que enumera Alfred Adler: “hipersensibilidad, irritabilidad, excitabilidad, sugestibilidad, egoísmo, propensión a lo fantástico, distanciamiento de la realidad. En la mayoría de las historias clínicas –continua el autor de El carácter neurótico– también figuran rasgos más especiales, como el afán de dominio, malignidad, abnegación, coquetería, cobardía, timidez, distracción…” Es decir, según Adler todos somos neuróticos. O para señalarlo con mayor tacto: todos encarnamos, quizá –sólo quizá–, algunos de “los rasgos del carácter” que distinguen el comportamiento neurótico. Por supuesto: Adler no fue el primero ni el único en observar que todos poseemos características neuróticas. También lo hizo Freud. Pero no me hace falta presentarme como una eminencia en psicología para admitir que la paranoia forma parte de los rasgos del carácter neurótico. El paranoico vive presa de las teorías de la conspiración. Sí, de las teorías de la conspiración, que parten del supuesto de saberlo todo. De saberlo todo para vigilarlo todo. Para mantenerlo todo bajo control. De manera que relajémonos un poco. Para empezar, entendamos un poco lo que sucede: el arribo de Trump a la Casa Blanca no es producto de una conspiración. Ni siquiera de una conspiración divina. Es fruto de una elección, no una mala obra del destino. No, el triunfo cultural de la derecha xenófoba y arrogante no representa ninguna prueba de la teoría de la conspiración ni nada parecido. Antes que ubicarse a sí mismos como conspiradores, Trump y los trumpistas han visto que la conspiración la urden los Otros: los morenos invasores que mejor harían en volver por donde vinieron. Entendamos un poco y, habiendo entendido, admitamos que no hace falta destacar como un adicto de la teoría de la conspiración para ponerse algo paranoico frente a esos trogloditas borrachos de poder porque su gran líder le ganó la elección a Hillary Clinton. El bullying contra los latinos que ha tenido lugar en algunas escuelas y calles de los Estados Unidos documentan mi optimismo.


El ensayo como género periodístico posee varias ventajas: permite soltarse para saltar con soltura de un tema a otro, autoriza discurrir de manera personal en torno a temas de interés común, brinda la oportunidad de reflexionar con gravedad, humor y flexibilidad, tres características que difícilmente caminan juntas. Por algo ahora recuerdo que Alfonso Reyes conminó a reivindicar el derecho a las alas. De acuerdo: sin alas no existe ningún arraigo saludable en la realidad. Quizá en razón de esa debilidad por el vuelo me gustan mucho los X- EN. Y “Birdman”. Sí, por el derecho a las alas. Cada uno en su género, los X-MEN en el cómic y “Birdman” en el cine, integran verdaderas obras de arte. Así de engolado y grandilocuente: verdaderas obras de arte. Tengo para mí que la película de González Iñárritu obtendrá, además de los Oscar que ya le concedieron, un lugar enla historia del cine en tanto que Séptimo Arte. Pero, ya que me metí en una inopinada digresión artística, permítame el paciente lector ir más allá. No sólo califico “Birdman” y los XMEN como verdaderas obras de arte. También elevo a Iron Maiden a esa categoría. Bueno, no. A Roger Waters. Okey, tampoco. A Bob Dylan. Aaah: allí ya no me pueden decir que no, ¿verdad? Qué fácil se puede acomodar aquí el sueño surrealista de convertir la vida en una obra de arte. Ignoro si las vidas de Dylan, Waters, Steve Harris, Dave Murray, Adrian Smith, Bruce Dickinson, Nicko McBrain y Janick Gers (los integrantes de Iron Maiden) han compuesto una obra de arte. Lo que sé es que la vida y obra de esos muchachos, así como la de muchos otros de la estirpe (una estirpe tan amplia y plural en la que encuentro también a Madonna) han contribuido a ensanchar la tolerancia y la pluralidad en el mundo actual. Y la tolerancia y la pluralidad constituyen activos esenciales del proceso civilizatorio. Un proceso que se encuentra hoy en peligro gracias a Trump y los trumpistas. Y no sólo por ellos.


Por desgracia no sólo en Estados Unidos la derecha fascista luce sana y musculosa. En Europa sucede lo mismo. La amenaza crece en las principales capitales del mundo Occidental. No olvidemos que “el egoísmo” y “las ansias de dominio” forman parte, según Adler, del carácter neurótico. Pero el egoísmo y las ansias de dominio no sólo pululan en las capitales del Primer Mundo. También bundan en el resto del planeta. No constituyen pasiones desconocidas en Asia, África y América Latina. No se echan en falta en las islas del pacífico ni en el Polo Norte. Prácticamente en cualquier lugar donde el ser humano instala su morada, esos impulsos hacen de las suyas. Lo mismo puede decirse de los otros rasgos de carácter que, según Adler, definen al neurótico: la susceptibilidad, la irritabilidad, la cobardía, la coquetería, etcétera. Todos los experimentamos en mayor o menor medida. Ya lo dije: los humanos conformamos una especie neurótica. Ya lo dije, pero lo vuelvo a decir por aquello de que la repetición constituye también una forma de la neurosis. Lo admito: no soy de los que se quieren quedar atrás. Afortunadamente la conducta neurótica se puede combatir con fuertes dosis de humanidad. Un dato que demuestra que la humanidad y la neurosis no son lo mismo, aunque muchas veces lo sean.


Lo cierto es que no todos los neuróticos somos xenofóbicos. Y no lo somos por la sencilla razón de que la xenofobia es una elección, no una herencia genética ni nada por el estilo. El racismo funda el alma del trumpismo y de los populismos fascistas europeos. A la luz de esa característica resultan más preocupantes que otros populismos. Cierto: todos los populismos son autoritarios. Pero los de corte racista aportan una amenaza adicional que resulta imposible soslayar. Alfred Adler detecta que existe un sentimiento de incompletud en los neuróticos. Pero lo malo no es eso. Lo malo es que Lacan acierta cuando advierte que la completud constituye una hazaña imposible para el ser humano. Justo el anhelo de alcanzar la plenitud crea el goce, ese sufrimiento que normalmente disfrutamos sin querer. Así que volvemos a lo mismo: estamos condenados a la neurosis. Pero hay niveles. De acuerdo al propio Adler existe un sentimiento de inferioridad en el sentimiento de incompletud que corroe el alma neurótica. ¿Pero qué ocurre si sólo muertos podemos estar completos? Por algo Freud habló de una pulsión de muerte que acompaña al deseo de vivir. Salta a la vista que Trump y los trumpistas representan hoy, en América, la pulsión de muerte en todo su esplendor. ¿Y cómo se enfrenta la agresión? ¿Ojo por ojo o poniendo la otra mejilla? El dilema ya resulta práctico para muchos latinos en Estados Unidos.


La cosa no está para alucinar, pero casi. Todo depende del lugar que uno ocupe en la vida. No es lo mismo si uno vive en Los Ángeles o Chicago que en la Ciudad de México. Tampoco si uno es un indocumentado que un político con capacidad de decisión o un músico o un periodista o un simple ciudadano de a pie. Pienso, con todo, que resulta oportuno sacar del álbum de los recuerdos la noción gramciana de la guerra de posiciones. Los productos culturales, del show televisivo a la quesadilla de la esquina, moldean la sociedad a la que pertenecemos. O abogamos por la libertad y los derechos de las minorías o en contra. Ahora me viene a la cabeza un punto en el que Hegel coincide con Kant: la libertad integra el sentido de la historia humana. Lo integra y, si no, debemos hacer que lo integre. Faltaba más.


El humor constituye un arma contra el fascismo. Pero no sólo necesitamos humor. También requerimos política. Hoy por hoy la antipolítica favorece el triunfo de los populismos xenofóbicos. Carece de relevancia si se hace antipolítica desde la derecha o desde la izquierda: de todos modos se abona al triunfo del racismo empoderado. ¿O no es cierto que muchos izquierdistas que optaron por la antipolítica no sólo se abstuvieron de votar por Hillary, sino que promovieron ese abstencionismo? También gracias a ellos ganó Trump. En la actual coyuntura el anarquismo le hace el juego al fascismo. He dicho y salvado mi alma por los siglos de los siglos, amén. Nos encontramos ante una amenaza real y preocupante, así que me pongo estrictamente serio hasta el arribo del siguiente meme que ridiculice a Trump o a Peña Nieto. De esa forma tal vez logre atenuar un poco el pedazo de neurosis que por fuerza me carcome en tanto miembro de la especie humana. Aunque quién sabe. Quizá consiga lo contrario. Ya ven que de todo se cansa uno. Hasta de ser hombre, como cantó aquél. O mujer, que para el caso es lo mismo.


 

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