Efrén García García

Naufragios

Ilustración:Ilikesurreal

Si usted vive en la ciudad de México, seguramente no sabe quién es Jesús Sibilla, el arquitecto Héctor Benavides, Antonio Magaña o Alejandro Rosell. Ellos son verdaderos líderes de opinión (sólo algunos) en Villahermosa, Monterrey, Mexicali y Mérida, respectivamente.

Si usted no toma decisiones sobre publicidad o no tiene la responsabilidad de difundir sus mensajes a nivel nacional entonces no se preocupe. Pero si es el caso, entonces usted debiera preguntarse si verdaderamente los mensajes que quiere difundir (o la institución a la que representa) están llegando a las audiencias que desea.

Nada más peligroso que fiarse de la sobada frase nuestra cadena nacional… en un país en donde ya no es novedad enterarse de lo que está sucediendo a diez mil kilómetros de su televisor, en tiempo real. A menos, claro, que usted viva en Tijuana, y le interese saber que un gran agujero en el Circuito Interior de la ciudad de México ha provocado un embotellamiento mayúsculo y su pariente chilango llegará tarde al trabajo.

Una comunidad imaginada

Pensar en los mexicanos como un monolito no deriva más que de una interpretación superficial de la sociedad que parte, en gran medida, de los esfuerzos que ha desarrollado el Estado para unificar nuestras mentalidades y sentimiento de pertenencia a lo mexicano.

Nada tiene que ver el segundo piso del Periférico con lo que ocu-rre en la Avenida Vallarta (en Guadalajara), exactamente de la misma manera que el cura Hidalgo nunca pasó por Guerrero Negro, ni el Benemérito de las Américas por Champotón.

Las naciones son comunidades imaginadas. Así lo dice Benedict Anderson quien, en 1983, escribió un clásico con ese nombre. En su obra nos propone que el nacionalismo no es más que un producto cultural, que si bien cuenta con una gran legitimidad emocional por parte de quienes lo profesan, existen tres grandes contradicciones en su definición: la primera, que la mayoría de los historiadores le conceden un carácter reciente y, al mismo tiempo, le atribuyen elementos sumamente antiguos. La segunda, que existe una tensión entre la supuesta originalidad de las naciones y sus expresiones sociales, políticas, institucionales o culturales, extremadamente homo-géneas. Y la tercera, que existe una gran paradoja entre la fuerza que tiene el nacionalismo como fuente de legitimación política y su pobreza con frecuencia incohe-rencia desde el punto de vista filosófico.

En tiempos en que la globalización pierde su encanto, vale la pena preguntarse quién construye los nuevos nacionalismos. Los magueyes, los charros cantores y los murales ya no son atractivos para sociedades eminentemente urbanas, jóvenes y, eso sí, ávidas de un sentimiento de pertenencia.

Y mientras encontramos un pegamento cultural que nos redefina, más nos vale poner atención en las nuevas comunidades. Los perso-najes que mencioné al principio de esta página están siendo protagonistas en ello. También lo son los millones de cibernautas que diariamente encuentran adeptos para sus perfiles en Facebook o Hi5.

La hora de las complacencias

Mientras no conozcamos cómo evolucionan las audiencias, nos podemos quedar cruzados de brazos imaginando que los mensajes institucionales originados en las oficinas institucionales de comunicación social algún día llegarán a su destinatario, aunque sean difundidos como una botella al mar, al fin que ya aparecieron en la síntesis de prensa…

O miramos con atención los medios llamados con frecuencia desdeñosamente locales y estudiamos las nuevas comunidades muy virtuales, pero muy vigentes o estaremos condenados a seguir naufragando en los mares del lugar común y de la experiencia en el manejo de medios.

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