Cinque Terre

Alejandra Escobar y Mariano Yberry

Antes de ser estadística: #VivasNosQueremos

No hay tiempo de recordar, ni necesidad. El tiempo no se compadece de nadie. El mundo sigue girando aunque no de la misma forma para mí.

Cuando miro el cielo y lo veo pintado de azul, me da miedo creer que en realidad es rosado o de otro color. Las cosas ya no son las mismas, como si hubiese despertado y no recordara nada de lo más básico con lo que crecí: el color del cielo, el abecedario, el sabor de una manzana, el amor.

Tengo miedo de salir a este nuevo mundo porque siento que hasta los pájaros me siguen. Lo más desesperante es no saber cómo sentirme protegida porque mi definición de protección cambió radicalmente, mi simple convivencia con las personas se transformó.

Una mano tocando mi espalda, ¿es apoyo o invitación?, ¿cómo saber cuando las sonrisas son sinceras?, ¿y si cierro los ojos y ya los tengo encima? No puedo pensar todo esto al mismo tiempo, mis pensamientos no dan para más.

Pero no hay tiempo de recordar pues el futuro se aproximay en algún momento tengo que superar esto… ¿En serio tengo que superarlo?, ¿puedo superarlo?, ¿cómo entregarme a alguien otra vez, esperando que los recuerdos no se dinamiten con el contacto y me transporten a otro escenario donde las lágrimas se confunden con otros fluidos, donde la frustración es casi tan grande como el dolor de una daga entrando por mi entrepierna?

En este nuevo mundo, debo cerciorarme, cinco veces, de que cerré la puerta con todos los seguros. Sé que si en la madrugada me despierto no volveré a conciliar el sueño y tendré que jalar una silla para quedarme junto a la puerta, hasta que la mañana salga y los vecinos despierten. Es más fácil vivir cuando hay manera de pedir ayuda.

La diferencia fundamental entre los días y las noches es que tengo la capacidad de controlar mi memoria, porque en el día no tengo tiempo para recordar pero en cuanto se va el sol las imágenes comienzan a caer tan rápido como los primeros golpes que “me gané” por desobedecer.

En esas postales comienzo a creer que parte de este miedo se genera por mi culpa. Si hubiera dejado todo en el silencio las palabras no dejarían registro de nada de lo que ocurrió y, el olvido, tendría que llegar a mí lentamente.

Pero las palabras surgen y resurgen cada que alguien me pregunta qué fue lo que pasó. Comienzo a creer que el olvido no es más que acostumbrarse a las malas experiencias del pasado y aceptar el hecho de que se estuvo en el lugar incorrecto, en el modo incorrecto, pero que todo sucede porque buscamos que pase, ponemos todo a nuestra disposición para que las cosas sucedan pese a que nosotros neguemos tal hecho.

Aunque me repito esto último constantemente, hay voces que me dicen que yo no tengo la culpa de ser víctima de algo mucho más grande y fuera de mi comprensión. Pero en este nuevo mundo donde el amor es una obligación para con el hombre y las palabras se transforman en golpes, yo ya no entiendo nada.

No obstante, antes tampoco llegué a comprender del todo ese viejo mundo, los procesos en los que un ramo de rosas cargado por un hombre puede significar un detalle amoroso, un intento de disculpa por un golpe o el pésame en un funeral.

Porque cuestionarse por qué el mundo gira como gira, no es algo que nos ocupe: por qué las mujeres se tardan en elegir un atuendo, dependiendo del lugar al que van; por qué un hombre puede tener cientos de amigas y ser normal pero una mujer con un amigo es algo sospechoso.

¿En qué parte estaba escrito que una sonrisa femenina es el pase de acceso a todo su cuerpo? Nunca me enteré de que las mujeres tienen un defecto en los ojos que no les permite ver el mundo y por ello no logran entender la verdad que sí entienden los hombres. Nunca en la escuela me explicaron eso y al contrario, me engañaron creyendo que podía hacer las mismas cosas que ellos.

Y al crecer, uno cae en cuenta de que las cosas son distintas. Hay que pararse frente a un espejo antes de proponerse una meta porque ésta costará el doble de esfuerzo si no tienes un pene entre las piernas.

Todas esas preguntas y afirmaciones nunca me las hice porque era parte de lo que veía y vivía a diario, y era todo tan natural como ver el cielo de color azul.

Jamás vi de forma extraña que una mujer ocupara un puesto importante. Sus estudios y el permiso de los demás le habrían ayudado a estar donde estaba. Seguro ella formaba, desde mucho antes, parte de este nuevo mundo en el que intento seguir viviendo, aunque me cueste levantarme en las mañanas (más de una ocasión me lamenté haber despertado otro día).

Cuando despierto tengo sentimientos encontrados, por un lado, no logré escapar de este nuevo mundo pero, por el otro, no regresé al viejo, no hay nuevas cicatrices que cerrar, ni miedos que ocultar, ni tengo la necesidad de pedir más ayuda. Aunque el riesgo siempre es constante y en un abrir y cerrar de ojos puede aparecer otra pesadilla y el mundo vuelve a cambiar.

Y no sé si pueda afrontar más transformaciones. Mi piel ya no puede tener más definiciones: catalizador de deseos, colección de moretones. Estampas del pasado que se aparecen cuando cierro los ojos, cuando froto la esponja por mis piernas y recuerdo otros contactos, otras manos, otras húmedas sensaciones.

Envidio a quien sale a la calle y se siente capaz de defenderse, a quien sabe que sólo puede perder el celular y el dinero y está dispuesto hasta a desnudarse con tal de que no le hagan nada. Estar a merced de un extraño y estar consciente de que uno puede evitar cualquier daño es algo que quisiera sentir.

Sin embargo, yo que no tengo nada, no tengo garantías de que un ladrón quede satisfecho con todos los objetos que le pueda entregar; no tengo la seguridad de que mis sandalias, mis flats, mi maquillaje o hasta mi voz le provoquen otras ambiciones. Y es que una vez que esa idea se mete en la cabeza de alguien no hay fuerza que pueda pararla, o peor, no se tiene la seguridad de que los testigos anónimos que puedan ver la escena traten de ayudarme.

Estoy a merced por sólo existir. Quisiera salir a la calle y al sentirme amenazada simplemente entregar mi bolsa y salir de la situación. Pero conmigo, sólo por ser yo, sé que salir a la esquina es un riesgo inminente pues no tengo la seguridad de que sea mi bolso o mi celular lo que quiera el extraño que se ve en la esquina.

Vivo al acecho de la imaginación. Hay tantos escenarios en los que me veo vulnerable que se me agotan las ideas, más cuando en este nuevo mundo ya no tengo la certeza de que la seguridad que encontraba en unos ojos, en un abrazo, en mi hogar, siga existiendo pues la experiencia me dicta que ésta puede sufrir una metamorfosis y convertirse en una jauría de lobos queriendo un pedazo de mí.

Cada vez que platico con alguien sobre mis sentimientos respecto de la nueva realidad a la que me enfrento siempre escucho las mismas frases: pobre de tiyo sé lo que se sientete entiendosaldrás adelante (por no mencionar a aquellos que dicen que exagero o me regañan por no darme cuenta de que las cosas son distintas a como yo creí que eran).

Cómo me gustaría tener esa certeza con la que viven, esa seguridad con la que creen conocer todos y cada uno de los sentimientos. Yo ya ni siquiera tengo certeza de mis pesadillas, no sé si temo a enfrentarme al pasado o a que en el futuro las mismas escenas se presenten ante mí y yo no me dé cuenta que estoy en dirección al mismo abismo al que ya me arrojé.

Eso es lo difícil, no saber si el suelo no se abrirá y caeré; si del arbusto saldrá otro monstruo contra mí; si regresaré a casa para un nuevo intento de dormir; si tendré la oportunidad de salir a la calle pues no hay cadenas que me aten.

Quizá mañana las heridas cicatricen, es una pequeña luz de esperanza la que sostiene mi vida. Vivir ahora, para mí significa arriesgarse a lo desconocido, porque aunque nadie puede asegurar lo que sucederá mañana, si pueden estar seguros de que verán el sol salir, que harán su rutina como todos los días y regresarán a casa si nada extraordinario sucede, si la suerte no se pone en contra de ellos.

¿Y qué hago yo? Al salir por la calle y entablar contacto humano con una persona ya me siento insegura. Al girar mi cabeza a la derecha y ver a cinco sujetos caminando hacia mí, imagino una avalancha que destrozará mi cuerpo a su paso sin que importe cuánto pueda moverme, cuánto grite, cuán injusta sea mi muerte.

Tomo el camino y ruego, suplico que no esté tan lleno para no sentir la presencia de alguien respirando a mi lado, para no tener que soportar el roce involuntario (¿será involuntario?) de los otros pasajeros; para estar a salvo de las miradas que desatan mi culpa: ¿Me vestí inadecuadamente?, ¿cometí un error en elegir este atuendo?, ¿por qué me está viendo?, ¿qué me está viendo?, ¿y si no sólo quiere mi celular? Me encantaría que el camión fuera exclusivo para mí pero, al imaginar esta escena me congeló, pues la poca compañía también es un riesgo.

Podría caminar pero eso implica más contacto humano, más ángulos de los que me tengo que cuidar, más miradas, más personas, más dudas, más culpa… Un taxi… Aun cuando estoy a merced de una persona, una sola, vieja, débil, ignorante, no estoy a salvo.

Regreso a casa y llamo por teléfono. Doy cualquier excusa y sé que mi jefe justificará mi ausencia: cosas de mujeres. Prefiero ser tachada de cobarde que a arriesgar mi vida, porque aunque comprende este miedo incesante, el tiempo no se detiene.

Trato de leer, de distraerme, perderme en los árboles. Miro al cielo y pienso si verdaderamente es azul. No tengo hambre y retraso la hora de la comida. En cuanto lo necesite salgo a comprar algo… Eso es peor. La luz del día es lo único que me permite tan siquiera salir a la esquina, de modo que cambio mi ropa, me pongo tenis, una playera holgada y salgo al mercado. Me pongo mis audífonos y me concentro en la música para no escuchar las voces de la calle aunque en las transiciones de la lista de reproducción hay silencios por donde se cuelan las risas que indudablemente están acompañadas de miradas, de pensamientos, de un despertar de emociones que me ponen alerta y me hacen girar hacia atrás para saber si aún camino sola por la calle: tres jóvenes sonríen al verme mientras agitan su cabeza. Acelero el paso, pero, aunque quiera volver a casa, para regresar tengo que pasar frente a ellos.

Tras realizar mis compras me encierro en casa. Mi respiración se agita y se me va el hambre. Tengo que llamar a alguien (¿a quién?), debo calmarme (¿cómo?), sólo fue algo casual (¿y si me siguieron?, ¿y si saben dónde vivo?, ¿y si salgo y están esperándome?, ¿y si esta noche intentan entrar?).

Llamo a la policía y desde el teléfono les explico qué sucede. Nunca aparecen pues seguramente concluyeron que estoy exagerando, que se trata de unos chavos lanzando piropos y ya. Es una posibilidad verosímil. Sería una locura armar un escándalo por ello, pero también sería algo aventurado creer que una caricia se convierta en un golpe en tan sólo un segundo, como una mutación de pesadilla que nunca ves venir.

¿En qué fallé esta vez?, ¿habrá sido el color de mi blusa, los tenis?, ¿me puse mucho maquillaje? Cómo es que ahora la atención se transforma en miedo, cómo se rompe esa delgada línea entre un comentario que reafirma la autoestima y una frase que se toma como amenaza. Yo ya no puedo confiar en las palabras, ya no puedo confiar en las miradas, en los saludos, en las sonrisas, en los abrazos, en la cortesía. ¿Y si todo se vuelca en una pesadilla?

Quiero bañarme y dejar ir estos pensamientos con el agua de la regadera. Antes de desnudarme pongo seguros a la puerta principal y en la del baño; tapo las ventanas y no dejo de pensar si por aquel pequeño orificio puede atravesar la mirada de un hábil vecino que escucho cuando camino hacia el baño. Prefiero meterme a la bañera, recorrer la cortina (me aseguro de que ésta se pegue en las paredes para que no se alcance a ver), me quito la ropa y comienzo a lavarme. Con la esponja recorro mi cuerpo y trato de enfocar en que soy yo quien se toca, con una esponja, con la única intención de bañarme; puedo agacharme con la seguridad de que nadie me verá el trasero, y que lo único que toca mi piel son el jabón, el agua y mis manos.

Tras terminar el rito, pienso si no estoy exagerando, si no me volví paranoica. Para calmar un poco la culpa quito los candados de la puerta y trato de distraerme. Quizá el mundo no sea tan peligroso: ve a ese hombre corriendo con shorts, seguro de que sus pertenencias están a salvo en casa; disfruta de la vista, del ejercicio, de la libertad. La bella mujer que corre delante de él también vive con libertad… Nuevamente envidio esa sensación de seguridad que dejé en el viejo mundo.

El cielo empieza a oscurecerse y temo descubrir, mañana, que el cielo no es azul. Hora de intentar dormir. Pongo los seguros en las puertas, me voy a la recámara, cierro las persianas y me pongo la pijama… ¿Puse los seguros? Prendo las luces y me dirijo a la puerta: los seguros estaban puestos, lo sabía pero… en fin.

Regreso a la recámara, me pongo crema… ¿Si puse bien el tercer seguro? No recuerdo el clic. La misma travesía, dos veces más, incluso cuando ya llevo algunos minutos recostada. ¿Y ese ruido?, ¿alguien está intentando entrar o sólo es el vecino de arriba?, ¿y los chicos en el parque?, ¿y el pasado?

Creo que, pensándolo bien, en este nuevo mundo tendré que renunciar a la idea de un descanso prolongado y de corrido. Prenderé las luces, pondré botes en la entrada; dormiré con la escoba a un lado de mi buró (herramientas más pesadas podrían ser usadas en mi contra). Pondré mi alarma cada media hora, no, mejor cada 15 minutos. Sí, dormiré cada 15 minutos, no les dará tanto tiempo. Momento: ¿Habré puesto los seguros en la puerta?

“Sé dónde me encuentro, en Ecatepec, uno de los 11 municipios donde se aceptó la alerta de violencia de género. Sé que me encuentro en uno de los municipios más corruptos en procuración de justicia para las mujeres. Sí tengo miedo, pero no soy una mujer que pueda vivir arrodillada y voy a dar la lucha hasta el fin. Yo, como víctima y sobreviviente de un feminicidio no puedo permitir que este hombre salga de la cárcel, porque si sale, me va a matar, eso lo sé perfectamente”.

Carmen Zamora Villegas, licenciada en Pedagogía y catedrática de la Facultad de Estudios Superiores Aragón, es superviviente de un intento de feminicidio, así lo describe ella. El 17 de marzo de 2007, tras 16 años de matrimonio, su esposo, un hombre con adiestramiento militar, intentó asfixiarla con una bolsa de plástico luego de haberla violado. Dos días después, el agresor otra vez intentó acabar con su vida, la ahorcó.

Carmen no es estadística y no quiere serlo. De acuerdo con el estudio “La Violencia Feminicida en México. Aproximaciones y Tendencias 1985-2014”, elaborado por la Secretaría de Gobernación (Segob), el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) y ONU Mujeres, en 2014 -último año con registros oficiales- fueron documentados en el país dos mil 289 casos de defunciones femeninas con presunción de homicidio (DFPH), esto quiere decir que en promedio 6.3 mujeres fueron asesinadas diariamente en el país.

Sin embargo, el número puede no acercarse siquiera a la realidad porque en México sólo una de cada diez mujeres casadas o unidas que sufrieron algún tipo de violencia por parte de su pareja se acercaron a una institución o autoridad para pedir ayuda o denunciar, según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2011 (ENDIREH).

El problema es que el proceso apenas inicia, porque a pesar de que las víctimas denuncian, tienen que recorrer un largo camino para conseguir justicia, como Carmen, que lleva nueve años esperando que la Procuraduría General de Justicia del Estado de México la tome con seriedad.

O como Alhelí, cuyo caso ha pasado por cuatro fiscales: el 21 de febrero de 2013 fue violada por un policía municipal de Chimalhuacán, quien después asesinó a su novio.

En el caso, no obstante, el responsable no es sólo uno sino tres agentes municipales que cometieron crímenes: uno de ellos por violar y asesinar, y los otros dos por negligencia al haber estado al tanto de la situación y no reportar en un primer momento la violación y en segundo el homicidio.

Alhelí y los padres de Ernesto esperaron un año para que los culpables fueran aprehendidos, han esperado tres para que, en un sistema plagado de vicios -como lo describen sus actuales representantes legales-, dicten sentencia, y el Estado haga la reparación del daño porque ella forma parte del 1.1% de las mujeres que en ámbito comunitario fueron violentadas por un policía o por un militar, según señala la ENDIREH 2011, la última que a nivel nacional recoge datos oficiales.

Pero pensar que las servidoras públicas están exentas por su posición política a ser víctimas de violencia de género es un error. Yolanda Pedroza Reyes, licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y actual magistrada del Tribunal Electoral de ese estado es víctima de violencia laboral. Sus agresores: sus semejantes, sus compañeros de pleno y el secretario General de Acuerdos del órgano electoral.

Yolanda representa el 20.6% de las mujeres que afirma (ENDIREH 2011) haber sufrido algún tipo de discriminación en el trabajo, frente al 77.20% que denuncia haber sido víctima de acoso laboral.

Y es que para sus compañeros “es más fácil trabajar con hombres que con una mujer”.

La formación académica, por lo tanto, no es factor que determine si una mujer a lo largo de su vida llega a ser víctima de alguno de los cinco tipos de violencia: psicológica, física, patrimonial, económica y sexual, o de sus modalidades: en el ámbito familiar, laboral y docente, comunitario, institucional o feminicida, según lo cataloga la Ley General de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

Pero esto Catalina no lo vislumbraba, porque ella pensó durante años que la falta de estudios era una de las razonas por las cuales fue víctima de cada uno de los cinco tipos de violencia, su expareja, padre de tres de sus hijas, la convenció de ello.

Así evitó que durante 11 años lo denunciara. Incluso después de la separación ella nunca procedió legalmente en su contra. Fue él quien interpuso una demanda de patria potestad sobre sus vástagos, a pesar del descuido, de la violencia, y de que sus propias hijas le tienen miedo a su padre por la violencia que ejercía en contra de su madre.

Inclusive si Catalina hubiera escuchado la historia de Laura, tal vez los más de diez años de violencia que sufrió serían otra historia, porque Laura tuvo que suspender sus estudios después de que la pareja con la que vivía la golpeó y la amenazó con un destornillador (si no es por el ruido ni siquiera sabrías quién es Laura). Ella había decidido empezar una relación con alguien que le dictaba cómo vestir, cómo actuar; eligió vivir con alguien que la obligó a separarse de sus amigas y amigos so pretexto de una entrega total. Una relación por de más posesiva y controladora (a nada de tener un reloj checador con el cual pudiera llevar el registro de sus actividades, la duración y el porqué).

Carmen, Alhelí, Catalina, Yolanda y Laura son personajes reales. La primera ha difundido su caso en algunos medios (“uno más”). Yolanda, también, pero con matices.

Pero la realidad es que Carmen es la punta más alta en una cultura machista y que violenta a mujeres. Los cinco casos están conectados y la raíz son esos “celos normales” de una relación, los comentarios en burla, las actitudes acosadoras disfrazadas de comportamientos románticos que, hasta que no germinan y se transforman en un evidente peligro de muerte, pasan desapercibidos.

Este no es un simple ejercicio de empatía, no es una invitación para que te unas a una solidaria causa o movimiento que lucha a favor de las mujeres. Es un hecho: tu madre, tu hija, tu abuela, tu amiga, tu exnovia, sintió, siente o sentirá toda esta angustia por lo menos una vez en su vida. De acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas una de cada tres mujeres sufrió, sufre o sufrirá violencia en su vida. En los tres tiempos, al mismo tiempo, quizá.

Esto quiere decir que si con la palma de tu mano derecha puedes contar a tres mujeres por las que darías la vida, una de ellas, sin lugar a dudas ha sido violentada.

Es válida tu refutación, es una exageración. Jamás has visto a tu madre con un golpe, ni a tu hermana la has tenido que llevar al médico por una violación, y tu abuela parece la mujer más guerrera de la vida.

Pero te equivocas. ¿Cuál de las tres mujeres que enumeraste con la mano conoces?, ¿la que en silencio vive una relación destructiva mientras estudia una carrera?, ¿la anécdota de la vecina de un amigo?, ¿o las historias nunca antes contadas porque, como la de ella, hay millones de casos más?

En el portal de etcétera presentaremos cada uno de los cinco casos, con mayores datos, a fin de demostrar que alguna de las frases que cada testimonio dice la has escuchado (o se grita en silencio o la oirás) en alguna de las tres mujeres que enumeraste.

Porque sólo así (recordando El segundo sexo de Simone de Beauvoir) “podremos comprender cuáles son los problemas que se les plantean a las mujeres, que herederas de un duro pasado, se esfuerzan por forjar un nuevo porvenir”.


Casos:

“A mi hija la violaron, al mío lo asesinaron, sólo exigimos justicia”: Caso de Alhelí, víctima de violencia sexual.

“Si Claudio Baruch Alarcón Muñoz sale de la cárcel me va a matar”: Caso de Carmen Zamora, víctima de tentativa de feminicidio.

“Magistrados del Tribunal Electoral de SLP obstaculizan mi trabajo por ser mujer”: Caso de  Yolanda Pedroza Reyes, víctima de violencia laboral.

“Eran celos enfermizos, me puso un destornillador en el cuello… me estaba ahorcando”: Caso de Laura, víctima de violencia emocional, física y económica.

“No quiero que mis hijas sufran violencia, una mujer se arriesga a muchas cosas”: Caso de Catalina, víctima de violencia física, psicológica y económica.

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