Cinque Terre

Arouet

Mis fantasías con ellas

Desde niño siempre supe que tenía la misma po sibilidad de ligarme a La Princesa Amanecer que a Julie Newmar. Es decir, ninguna.

Para poder explicarme con las actuales generaciones digo que eso quiere decir que, hace 35 años, me encantó una niña rubia que, junto a su amigo Terry, buscaba las llaves para liberar de cierto hechizo a la tierra donde las orquideas susurraban, aunque siempre se los impedía un hombre con la personalidad de Javier Lozano; “Ahí viene Cascarrabias”, fue la caricatura que, de lunes a viernes a las 6 de la tarde, trasmitió el Canal 5 de televisión. La otra mujer que recuerdo, miss Newmar, es aquella maravilla de la naturaleza que, entallada en látex, personificó a Gatúbela en “Batman”, la serie que difundía el mismo canal a las 7 de la tarde.

Lo que hasta ahora sigo sin entender es que Terry no intentará ligarse a La Princesa ni que Batman rechazará la insinuación felina de Newmar y prefiriera tomar café ya no digamos que con Batichica sino con Robin. Hagan ustedes el favor. Lo mismo me pasó con Archie, que aún siendo novio de Verónica en ningún momento le diera ni siquiera un rozón de los de acá. En cambio, lo que sí supe desde entonces es que yo quería tener a una mujer buena como la princesita aquella o como La señorita Cometa, que fuera igual de caliente que Gatúbela y que tuviera tanto dinero como Verónica o contara con el poder de Mi bella Genio para conceder mis deseos. Ellas fueron mis primeros amores, sin duda, mientras que las imágenes de “El libro vaquero”, con esos jeans despampanantes, o las de Thundercats en licras fosforescentes, sólo devaneos de la piel, desfogues pasajeros.

Otras chicas habrían sido sólo mis amigas. Nada más amigas. Para decirlo de otra manera, si ellas me hubieran hecho alguna petición indecorosa yo habría pasado a la catafixia con los ojos cerrados. Pienso por ejemplo en Heidi u Oliva Olivo, y a pesar de que nunca comprendí por qué Brutus y Popeye pelean tanto por sus favores, a ella le habría aconsejado que mejor se quedara con Pilón, o a Dulce Polí, otra que habría sido mi amiga sin derechos, le habría dicho que no perdiera el tiempo con Super Can; también sólo habría tomado café con Lilly Monster o Pepita Gomiz, a lado de Chabelo o Bugs Bunny. Mi líbido tuvo el mismo interés por ellas que por “Don Gato y su pandilla”, Manotas o la marca del carro de Pedro Picapiedra.

Pero con Mor t icia, señoras y señores, con Morticia y su sensual elegancia, habría hecho peores locuras que “Los Adams”, tantas, que la sala de tormentos de Pericles sería cosa de niños. Y ya puestos en este riel diré que otras muñecas a las que por supuesto habría llenado a picoretes son Natasha de “Rocky y Bullwinkle”, ¿la recuerdan?, o Jessi, la del equipo malo de Rocket que lucha contra Ash en “Pokemón”, o a quien fuera de las amigas de Yu-Gi-Oh! (o sea, no tendría problema en saber su nombre hasta la mañana siguiente del reventón cuando la resaca). Advierto, eso sí, que con las niñas de “Digimon” no saldría ni a la esquina, así es que no insistan, por favor, porque me resultan tan almibaradas como los Teletubbies y tan sagaces como un discurso de Provida.

Otras mujercitas siempre me fueron indiferentes, digamos que algo así como un trascendido de Reforma. Ahí están Vilma y Betty de “Los Picapiedra” e incluso Pebbels cuando grandecita o la señora Jane de “Los Supersónicos”. No sé, son como insípidas o, para decirlo de otro modo, me remiten a Yuri cantando al pequeño panda en Chapultepec. No las imagino en liguero, tanga o en alguna licra de amarillo intenso bailando “Diseñador de música” o “Ya llegó, ya llegó, ya llegó Arouet el bailador”. Todas ellas me resultan tan indiferentes como Mandibulín, la esposa del señor Rajuela, el nombre de los padres de Takeshi y Coji o, para ser más claros todavía, como cierta declaración del diputado Javier Corral sobre la prensa libertaria en México. Por eso es que entonces le cambiaba al Canal 4 y veía películas como “La Loba”, con la tremenda Kitty de Hoyos, o “Santo contra las mujeres vampiro”, entre otras de luchadores, y de vez en cuando revisaba el Canal 5 para ver si ya estaba “Meteoro”, “La Princesa Caballero” o “Fantasmagórico” (dependiendo el día), cuya fama fue parecida a la que ahora tiene Ben 10. Por otro lado, quiero decir que los amores de doble moral nunca han sido lo mío, de veras. En consecuencia para mí Luisa Lane o Mary Jane tienen la misma seducción y credibilidad que la convocatoria de Zabludosky para que los periodistas no se sometan al poder. Es decir, ninguna. Tal vez por eso no me gustaron Superman ni El Hombre Araña y por ello siempre preferí ver a Gina Montes en “La Carabina de Ambrosio” aunque antes, era un chaval, canté con Topo Gigio el “Hasta mañana si dios quiere que descansen bien” o “Ya es hora de que los peques nos vayamos a la cama” de “La Familia Telerín”. Más tarde soñaba con Vampirella o con alguna otra de las linduras que ya antes comenté aunque, claro, en los sueños se alternaban Sombrita, Ultramán y Los clásicos infantiles; cuando eran pesadillas, ahí estaba el cabrón soplón de Corcolito que le decía al Tío Gamboín o a Rogelio Moreno que nos portábamos mal o Zabludovsky haciéndose eco del discurso del PRI.

Como todos, tengo mis heridas de amor y en ellas no está Gaby, una escuincla que me negó sus besos cuando fuimos niños. No, una de mis heridas de amor se llama Susan Storm, la mujer invisible de “Los 4 Fantásticos” que para siempre se lió con Richard, y otra es Penélope Glamour, dado que su posición social fue muy alta para mí; para explicarme, yo nunca podría llevarla a Las Vegas ni ella querría ir a comer tacos de tripa conmigo a la colonia Portales. No obstante, también hay amores imborrables, como el que sostuve tanto tiempo que llega a la fecha con Betty Boop y nuestro baile al sonoro rugir del jazz, o con el más frénetico entre todos, Jessica Rabbit, una extraordinaria mujer opulenta, intensa y traviesa, que desde su andar sinuoso y candente conquistó mis sentidos para siempre. Jessica está aquí conmigo, con nuestra entrega marca Acme, que transgrede todas las barreras del tiempo.

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