Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Milo Manara, hacedor de deseo

La voluntad de representación de la vida sexual es tan antigua como los famosos frescos de Pompeya y aún más. Una historia de la ilustración erótica, en diversas formas y con los pretextos más variados, sería tan infinita como excitante. Y sería también la historia de la prohibición, tanto religiosa como política y social. La historia humana es la historia de eros, de la perversión y la lujuria, de los vicios privados y virtudes públicas -como tituló una de sus grandes cintas Miklós Jancsó-; la historia de la vigilancia y la censura. Y, en resumen, la historia de los instintos prohibidos.

Implicaría un tratado, o varios, e infinitas discusiones, situar el momento en que la representación se convierte en cómic -con sus diversos sinónimos y variantes-. Incluso es difícil decidir si algunos de los carteles de Toulouse-Lautrec o de Alfons Mucha entran en esa categoría. Los de este último podrían ser considerados cómic erótico, según dónde se ponga la línea de clasificación. Así que no he de meterme a discutir eso, lo consigno para hacer un trazo burdo que nos traiga desde la antigüedad hasta los detonadores del arte contemporáneo.

El movimiento hippie, de la mano de las protestas estudiantiles de 1968, se extendió por todo el mundo occidental. Aun cuando los jóvenes de la época no se asumieran parte de esa cultura, no podían pasar por alto las críticas de los hippies a las normas occidentales vigentes y fracasadas, lo que se demostraba en la Guerra Fría y la particularmente sangrienta e inútil guerra de Vietnam. Las reivindicaciones en torno a la libertad sexual parecían tomadas de una lectura no muy cuidadosa de Wilhelm Reich, pero encerraban la esencia del disgusto de Occidente ante la hipocresía venérea y los frenos impuestos por los poderes a una vida sexual plena y abierta.

No es casual que en ese mismo año de 1968 salga a la luz Genius, la primera obra publicada por el indiscutible maestro del cómic erótico Milo Manara, quien, nacido el 12 de septiembre de 1945, hace unas semanas cumplió 69 años, lo que no deja de ser una exquisita y divertida coincidencia.

Manara, como casi todo italiano sensato de la época, abrazó la ideología socialista que en él, como en tantos, había de diluirse en la desesperanza sin dar tiempo siquiera a una revisión. Un militante socialista de esa época difícilmente vería el movimiento hippie con algo más que cierto paternalismo sonriente y crítico. Pero un socialista italiano de la época sí tendría muy presente la historia de su país, del Imperio Romano y de la reflexión sobre la sexualidad, que por entonces había llegado a su cúspide, especialmente con los libros del loco más cuerdo de la historia: el psiquiatra vienés Wilhelm Reich. No es temerario pensar que Manara recibió la rebelión juvenil de Occidente como un saludable recordatorio de las palabras que él mismo ha dejado inscritas a pie de página de toda la cultura del cómic erótico occidental a partir de aquellos años: “El sexo es un componente determinante de la cultura. Cuando vives plenamente tu sexualidad, rompes con el embrutecimiento social”. La frase es clara en cuanto a la mente de Manara, donde convive, como en Reich, la profunda preocupación social con la valoración del papel de la sexualidad en una sociedad que deje de endosar su derecho a una vida plena y destruirse a sí misma.

El valor de Manara, sin embargo, poco o nada tiene que ver con la rebelión, el escándalo o la innovación. Manara es el mejor, según consenso que comparto, por méritos estéticos.

Antes de meterse a estudiar arquitectura en la Universidad de Venecia, fracasó rotundamente como pintor. Admiraba a Picasso, el genio malagueño. Quién sabe si fue por eso, o si, se trata de otra coincidencia interesante que se trasladó a estudiar en esa ciudad andaluza como asistente del escultor Miguel Ortiz Berrocal, apasionado del cómic. En Málaga no halló a Picasso, pero dio con su camino, con el Milo Manara insospechado al que debemos más de 40 años de extraordinario cómic erótico.

A partir de Genius su éxito fue creciendo y su obra se fue multiplicando. Federico Fellini, el infalible, le encargaba los carteles de sus películas. Mucho después, Almodóvar, que para algunas cosas tampoco se equivoca, lo invitó a ilustrar una novela. Lo hizo, pero Manara nunca ha hecho historieta: para él cada dibujo, acaso alguna secuencia breve de no más de una decena de cuadros, es una obra en sí misma, lo que sin duda tiene que ver con su vocación de pintor y lo que, por supuesto, le ha sido criticado.

Su obra es tremendamente erótica. Me atrevería a decir que a veces resulta más excitante que los videos de sexo explícito al que ya nos hemos acostumbrado. Nunca terminaremos de estar de acuerdo en qué es el arte, pero lo de Manara es arte. Toca algo en la mente humana capaz de sacar del marasmo a los espíritus más mutilados. Se trata de un dibujante que tiene en las manos los secretos del deseo y, en su cultura, el conocimiento de las prácticas ocultas. Manara es capaz de dibujar una orgía sin la menor nota de mal gusto. Adorador de la belleza femenina, no tiene reparos en dibujar un pene erecto para representar una felación en primer plano. Esto es interesante, porque Occidente, tras la caída de Roma, siempre ha sentido horror al pene, como si se tratara de una irrupción agresiva en un cuerpo donde la curva continuada es requisito de la belleza o, al menos, de la belleza armónica, suave, sin irrupciones. Occidente, tan machista como casi todo el orbe, tiene miedo al pene porque tiene miedo a la homosexualidad y tiene miedo a que las mujeres vean penes que no sean los de sus dueños. Manara no tiene problema con eso, aunque sí es -como he dicho- un sacerdote del cuerpo femenino al que ha dibujado en todas sus formas y en el que ha volcado todas las posibilidades del deseo y el éxtasis, con especial detenimiento en el placer sáfico.

Su obra, de trazo fino y color difuminado o firme; realista y apegada a las formas sin caricaturizar -deformar-; delicada, al fin, tiene -según mi apreciación, por supuesto- fuertes influencias del impresionismo, del propio Mucha y del Picasso temprano. El arte de Manara también se mueve en la línea indecisa que separa la pintura y el cómic. Es obvio que Manara, dada la naturaleza de su arte, ha enfrentado duras críticas, que no excluyen el “fuego amigo”. Los críticos actuales lo encuentran inocente. Paradoja magnífica: erotismo naif. Si eso es un defecto, me gusta ese defecto. Lo mejor de críticas de este tipo es que se topan de frente con otras que parecen pedir lo contrario y acusarle de excesivo: Ante su dibujo de Spider-Woman para Marvel se le reprochó un exceso de erotismo, de modo que, en pleno Siglo XXI, Manara tuvo que mostrar sus asombro porque la desnudez femenina en Occidente sea todavía un tema a discutir.

Más o menos en los años 90, el manga entra a Occidente por la puerta grande y merecidamente invade el mercado. Es una forma de dibujo con características que por estos lares nunca se habían visto y con un ritmo que permite su asimilación en el animé, la forma ordenada y artística del zapping. El vértigo de estas últimas décadas encuentra su comparsa perfecto. Dentro del manga, el hentai, que es el erótico y se atreve en territorios fuertes, hasta violentos. Dentro del hentai, las diversas variantes que incluyen desde la vida sexual común, hasta la homosexualidad masculina o el lesbianismo adolescente. Ante un panorama como ése, Manara empieza a parecer ñoño para quien no es capaz de ver la calidad de su arte tan distinto del hentai que cualquier comparación sería ridícula. El éxito del manga es tan normal y justo como el de Manara en su momento y su ámbito.

Lo cierto es que el ser humano, entre sus abundantes defectos culturales, tiende a la sustitución donde bien podría caber la acumulación; tiende a la elección donde bien podría caber la colección. De ninguna manera puede decirse que el cómic occidental haya perdido la partida ante el manga. Por el contrario, pareciera que dicho arte nipón reavivó el interés por los cómics e historietas de esta parte el orbe. Lo que cabría preguntarse es si no se trata solo de un asunto de nostálgicos. Eso lo dirá el tiempo. Quizá el cómic erótico de Manara dejó de llenar los ojos humanos y está condenado al olvido, pero tengo mis dudas: lo que ha hecho Milo Manara no se parece a ninguna otra cosa; no parece desechable. Basta asomarse, ver su trabajo y después intentar olvidarlo, permanecer sereno, no desear como lobo

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