Cinque Terre

América Pacheco

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Escritora, es también Tarzán del alma

Miike The Killer

 

“I don’t think about the audience, I don’t think about what makes them happy, because there’s no way for me to know. They think of the audience as a mass, but in fact every person in the audience is different. So entertainment for everyone doesn’t exist”

 

-Takashi Miike-

 

 

 

Para Tony Pacheco, por la devoción compartida.

 

 

Recuerdo con precisión que a los 20 años la mayor de mis obsesiones era devorar cine, todo el que pudiera comprar, intercambiar, permutar o rentar. Gracias al auspicio de la buena estrella que me acompaña desde la primavera del 46, me hice de un dealer al que le debo la mitad de mi formación cinéfila. Le decían “el Borrego”. Vendía cine de arte, calado, garantizado y pirata en el tianguis de la San Felipe todos los domingos. Su celebridad barriobajera consistía en hacer llegar a las manos de todo el que deseara, auténticas maravillas imposibles de conseguir de forma legal o mucho menos descargar. En los noventas, papá Google aún no fundaba su iglesia, y faltaban algunos lustros para que acogiéramos a Youtube como nuestro pastor. Un domingo cualquiera, “el Borrego” obsequió a mi vida el cáliz del que beben los iniciados en el culto a la perversión: 10 películas japonesas de variopintos autores, entre ellos: Takashi Miike. Jamás volví a ver el mundo de la misma manera.

 

 

El imperdonable retraso de 20 años en dedicarle algunas líneas al genio nacido en la provincia de Yao, Osaka, Takashi Miike -japonés de nacimiento pero hijo de refugiados coreanos- ha traído como consecuencia que el mundo se ha tomado el tiempo y espacio para documentar su leyenda. Toda reseña sobre su trayectoria ya se ha escrito y mejor contado de lo que esta alma impura sea capaz de hacer. Un disimulado wikipediazo es suficiente para reconocer al realizador japonés de 56 años, como una máquina de hacer cine. A diferencia del cineasta -prolífico como pocos- Woody Allen que cumple su cuota de una película por año, Miike mantuvo el ritmo de dirigir hasta cuatro películas anuales. Aunque la mayor de sus proezas estriba en que en el lapso de una década obtuvo el record de filmar dos obras maestras por año: “Rainy Dog”, “Dead or Alive” (trilogía), “Full Metal Yakuza”, “Andromedia”, “The Bird people of China”, “Audition”, “Ichi the killer”, “Visitor Q”, “The City of lost souls”, “One missed call”, “Gozú”, ” Zebraman”, “BOX”, “IZO”, “Imprint”, “Thirteen Assesins”, “For God Sake” y “Lesson of evil”. Más de sesenta cintas validan su paso por el mundo de las artes cinematográficas en 13 años de trayectoria.

 

 

No cualquiera.

 

 

El retorcido universo de Takashi Miike posee bóvedas celestes capaces de contener mundos imposibles y atmósferas bizarras, pero en las que milagrosamente el espectador logra sobrevivir y respirar hondo. Filmes como “Ichi The Killer”, “Imprint” o “Visitor Q”, podrían catalogarlo justificadamente como un cineasta perturbado y perturbador. Sin embargo, gracias a experimentos del calibre de “Zebraman” (2004) se nos ha permitido descubrir en su arte, una ponderosa habilidad en el manejo de la inocencia, la sutileza y del heroísmo como propósito de voluntad humana.

 

 

Su inclasificable estilo para contar historias transita en el camino intermedio entre la retórica del espanto y de la poesía onírica. No importa si estamos frente a una cinta de acción, drama urbano, adaptación de manga, horror, tokusatsu, slasher, sukiyaki western, ciencia ficción o épica; invariablemente reconoceremos dosis altísimas de violencia extrema, dolor y pesadillas entretejidas con los viscosos hilos de la ironía y del humor negro.

 

 

Se ha negado rotundamente a rendir pleitesía a los grandes estudios porque no ha estado dispuesto a abandonar su pertinaz obsesión por dirigir historias cada vez menos accesibles al exclusivo olimpo del cine de autor. Para financiar los proyectos personales, acepta sin pena ni culpa dirigir por encargo miniseries, programas infantiles, musicales o comedias ligeras. Ha hecho patente infinidad de ocasiones que le tiene sin cuidado la crítica o el desprestigio. Es inmune a las bacterias del ego, porque goza de mantenerse fuera del radar, siempre y cuando se le permita seguir experimentando con nuevos géneros o inventando los propios.

 

 

Tortura, sufrimiento y pesadillas: los ingredientes inalienables de la perversión.

 

Miike es incapaz de estructurar una oración en inglés, sin embargo, dirigió el mejor capítulo de la serie norteamericana Masters of Horror: Imprint. El resultado de su colaboración para Masters of Horror (2005) explica por sí mismo las razones por las que nunca podrá filmar en territorio estadounidense. La serie emitida por Showtime de 2005 a 2007 contó con dos temporadas de 13 capítulos cada una. Lo notable del formato: cada capítulo fue dirigido por un director de culto: John Carpenter, Stuart Gordon, Wes Craven, Dario Argento, John Landis, Tobe Hooper, David Cronenberg, Guillermo del Toro y Sam Raimi, entre otros. Takashi Miike dirigió el último capítulo de la primera temporada, aunque este jamás fue transmitido al aire, el único de la serie sin hacerlo. El productor y creador del proyecto, se negó rotundamente a exhibirlo con el argumento que jamás, en toda su vida, había visto nada tan perturbador e inquietante como el trágico drama amoroso protagonizado por el enorme e infravalorado actor Billy Drago (The Untochables).

 

 

Desde “Audition” (Ôdishon,1999) Miike nos guió sabiamente a reconocer un par de leit motiv tangibles en prácticamente todos sus proyectos personales: las agujas y el sufrimiento atroz. La heroína virginal de la cinta más aclamada y reconocida del cineasta, nos dejó algunas enseñanzas útiles para nuestra vida diaria: para aprender a conocer al individuo, no basta confiar en las palabras, es fundamental observar el comportamiento humano cuando lo embarga el dolor, porque cuando el dolor cautiva, las pupilas son al fin capaces de mostrar la materialidad la naturaleza, porque enfrentan al hombre al abismo de su propia locura. Cuando el ser humano se enfrenta a una experiencia agonizante, queda irremediablemente indefenso ante las visiones y al terror onírico del desconcierto.

 

 

Uno de los recursos fílmicos que lo distinguen, es utilizar la menor cantidad de actores profesionales en papeles principales, de tal manera que la mayoría de los protagonistas de sus trabajos más representativos, fueron interpretados por gente amateur. La lógica que expone para defender esta práctica desborda elocuencia: ellos disfrutan al máximo la experiencia actoral, inyectan frescura y naturalidad, él obtiene menos reticencia interpretativa para dejarse conducir al límite de sus instintos, a cambio, les proporciona un lugar en el mundo.

 

La libertad creativa que goza gracias a esta práctica no tiene desperdicio.

 

 

Sería tan imposible como ocioso, intentar resumir en tan breve espacio la invaluable aportación artística de su obra al séptimo arte. Sobre todo, si tomamos en cuenta que el 30% de su obra es virtualmente imposible de conseguir traducida al inglés. La obra de Miike bien vale una antología, un ensayo, o quizás una enciclopedia, porque el ignífugo director japonés hace uso infame de su estética exquisita, sangrienta y abstracta, para presumirnos cada historia como el artífice de manufactura técnica estilizada y la inconfundible atmósfera de su universo genuinamente perturbador.

 

 

(Adendum epistolar)

 

 

Señor Takashi Miike:

 

Con 20 años de retraso a cuestas, y antes de que el apocalipsis arrase con nuestras pertenencias y amores, deseo agradecerle públicamente por introducirme al conocimiento de la química del dolor. Por convertirme en visitante frecuente del planeta espanto.

 

 

Gracias por depositar la semilla del miedo en los resquicios de los cajones de mis armarios. Jamás renunciaré a mirar con dulzura y nostalgia a todos los brillantes dulces de caramelo con los que cruce en el camino. Gracias por Ichi, Shô Aikawa, Tadanobu Asano, Hideaki Ito; por el inolvidable Chen, quien rompió mi corazón en 12 mil fragmentos y por la entrañabilidad sin orillas de Zebraman, el súper héroe infantil favorito de mi estirpe. Agradezco que “Visitor Q” derribara a punta de sadismo, tabú y surrealismo, cualquier prejuicio moral implantado en mis registros genéticos. Gracias por afiliar mi apreciación artística a la secta de la libertad.

 

 

La vida no me será suficiente para adosar los retazos del puzzle que simboliza la devoción que le profeso. Pero sobre todas las cosas: GRACIAS por ilustrarme con lujo de esquizofrenia que dios no existe. Que nunca nos ha visitado, ni mucho menos llegará el día en que pise nuestro mundo.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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