Cinque Terre

Salvador Quiauhtlazollin.

Mi primer yo

Cuando recibí el encargo de escribir el presente texto, dudé. Julio Chávez, exigente editor de etcétera, pedía que revelara al mundo uno de los momentos más íntimos de mi desarrollo psicológico: nada menos que la primera vez que un niño tuvo contacto con un fenómeno resbaladizo y polémico: la pornografía. Por unos días estuve dándole vueltas al asunto, pues no es fácil decir urbi et orbi cómo fue esa primera vez que un estímulo visual hizo volar mis sesos y los de cierto pajarito. Pero, fiel al impulsivo empuje que caracteriza nuestra idiosincrasia, recurrí a esa frase que tanto ha revelado del mexicano: “¡Chingue a su madre, si lo sabe Dios, que lo sepa el pinche mundo!”. Así que a continuación, una emotiva crónica sobre un niño caliente en la represiva década de los 80.

Era 1981, eso sí lo tengo bien claro. Y lo sé porque mi primer beso fue hasta mayo de 1982, y eso fue posterior a mi travesura. Y no era fácil de realizar mi pequeña transgresión, porque todavía privaba en México cierto ambiente represivo, propio de la doble moral.

Hay que aclarar que en ese entonces, al igual que ahora, el material sicalíptico se dividía en lo que siempre se ha dividido todo en este país desigual: el material que consumían los condenados de la Tierra, y el material al que aspirábamos los demás. El primero consistía en fotonovelas infames, de argumentos ridículos, que servían de lucimiento para las vedettes y encueratrices de moda, acompañadas de los comediantes más conspicuos del circuito de las carpas. Estas señoritas, de anatomías generosas pero nada deslumbrantes, generalmente adornaban las marquesinas de los burlesques, donde diariamente, en dos tandas, permitían que el pueblo jarioso se entregara al sano placer del cunnilingus sin verguenza, entre cómicos y canciones. Bueno, no había canciones, pero sí esos señores que hacían del albur un arte al que muchos aspiramos sin lograr la maestría que ellos habían logrado tras décadas de entrenamiento. Estos mismos señores eran los protagonistas de las dichas fotonovelas, en las que desplegaban una destreza facial que sería la envidia del elástico Jim Carrey. Así, mientras las voluptuosas vedettes se limitaban a desnudarse, estos señores entornaban los ojitos y simulaban babear, como supuestamente lo debería estar haciendo el lector, aunque, mal pensado que es uno, yo supongo que la mayoría de los lectores hacían otra cosa.

Inconseguible ya, este material se imprimía probablemente por millones, en el papel más corriente que la paraestatal PIPSA suministraba. Otra muy distinta era la calidad de las revistas destinadas a la reprimida clase media. éstas eran revistas que pretendían copiar el estilo del legendario Playboy de Hefner, con reportajes, artículos de prestigiadas plumas, y publicidad de tiendas de prestigio. Pero lo importante, la carne pues (aunque se enojen las feministas), realmente no era gran cosa. Las modelos se limitaban al topless y a descubrirse unos traseros que el día de hoy no inspirarían ni a un niño de kínder. Pero en ese entonces, era lo que la Secretaría de Gobernación permitía, y ante tal escasez, hasta esa probadita de nada encabritaba los ánimos. Los celosos censores estaban siempre despiertos a cerrar estas publicaciones, así que había que aprovechar esos atisbos. El, Caballero, ¿Eros?, y Su otro yo eran los títulos conspicuos de estas revistas que el día de hoy ganarían sin competencia un premio a la ternura e ingenuidad. Y fue precisamente el magazine Su otro yo el que marcó mi voyeurista sino.

No lo compré cerca de mi casa: tomé el metro a Nativitas, y bajé del lado de la parada de peseros, en ese entonces cochezotes que efectivamente cobraban un peso. Como el anti héroe del álbum Misplaced Childhood de Marillion, ahí llegó a su fin mi infancia. En un puesto de revistas viejas compré el susodicho Su otro yo, fijándome sólo en la portada donde una señorita mostraba un pecho aceptable, pero para nada del desbordante tamaño al que me aficionaría después. Recuerdo que la revista me la dieron en un una bolsa de papel, y que caminé dos o tres cuadras por la calle de Carmen. En el pórtico de una casa me senté, saqué la revista y vi. Mis ojos se deslizaron por cada una de las fotografías, y a pesar de haberlas visto durante minutos enteros, analizando cada detalle, el día de hoy han desaparecido de mi archivo cerebral. Lo que sí recuerdo es que al retornar al metro, obviamente iba con las piernas temblando, la vista nublada, el corazón latiendo arrítmicamente y el calzón mojadísimo después de la anestésica venida en seco, valga el oxímoron.

Después, el panorama cambió a mil por hora. Apenas cuatro años después, mi mamá me dio dinero para comprar el Playboy donde Madonna mostró las ventajas de rehuir la depilación. Las revistas XXX salieron del gueto tepiteño y fueron más accesibles. Para los nacos se reeditaron las mismas, pero diagramadas como cómic y con diálogos altisonantes y nada melifluos. El Beta y el VHS mataron a las fotonovelas eróticas, y en el sexenio foxista se vivió una explosión de pornografía en los puestos de periódicos, en forma de revistas de contactos, como Gente erótica, Tu mejor maestra o Historias calientes, o de plano con revistas de neta explotación sexual. La cultura swinger arraigó en México, aunque muchos no ven objeto en compartir a su pareja con un pinche topil.

Salvador Quiauhtlazollin

El presente número está dedicado en parte a la pornografía. Me parece que hubiese sido lo mismo dedicarlo a las novedades ferreteras. El día de hoy la pornografía es un negocio de billones de dólares globalizados, y ha perdido su encanto transgresor para ser una simple industria sin chimeneas. Ni siquiera ahora es un atentado contra Dios, los mismos curas consideran el ver pornografía un simple pecado venial.

Al igual que muchas cosas en la vida, la pornografía es importante sólo en determinada etapa. El día de hoy, ese chavito curioso que fui yo, sigue siendo igual de guarro, más guapo (ver foto), y el hecho de ser soltero me ha convertido en el héroe de las mujeres. Y lo mejor es que sigo diciéndoles las mismas guarrerías y haciendo gala de mi vulgaridad semi misógina y caliente, pero eso, en un mundo tan aséptico, les parece fascinante. Pero como ustedes leyeron, aún guardo como un incunable ese momento de la infancia en que la curiosidad me llevó a buscar, en un puesto de revistas viejas, mi verdadero Yo.

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