Cinque Terre

Ignacio Herrera Cruz

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Analista

México es una novela negra

No existe una obra narrativa mexicana más sólida e importante que El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán (MLG). En ella, Guzmán, con una prosa lúcida que en pocas ocasiones se evade en el lirismo, revela un país convulsionado en el que la violencia y el sinsentido coexisten con grandes ideales. Escrita en los años 20 en el forzado exilio madrileño del autor, y aparecida en diferentes periódicos, entre ellos el capitalino El Universal antes de unificarse en un volumen, da un vistazo sobre el país en el transcurso de los acontecimientos que arrancaron el 20 de noviembre de 1910. Ésta será, junto con las obras de otros autores relevantes, lo que marcará el imaginario de lo mexicano en la literatura durante 10 ó 12 lustros.

Al igual que su estricto coetáneo John Reed, el hombre del oeste crecido en la opulencia y los privilegios, quien emprendió el camino hacia Harvard para conquistar Estados Unidos, Guzmán era un personaje que intelectualmente era lo mejor que su país podía ofrecer en un momento dado para asimilar, interpretar y relatar acontecimientos de magnitud desbordante.

Guzmán y Reed son complementarios en el entendimiento de México tanto hacia dentro como hacia el exterior. En tanto que el norteamericano utilizó el suelo azteca, para con base en reportajes impresionistas y elegantemente descriptivos comisionados por el diario New York World y la revista Metropolitan, crearse una reputación romántica y heroica cuando se conjuguen en forma de libro en México insurgente (1914), que le permitirá pasar a escenarios (a ojos de su público y editores) más atractivos como eran la Europa devastada por la Primera Guerra Mundial y el tambaleante imperio Romanof, teatro de su obra más perdurable y legible Los diez días que sacudieron al mundo y de allí al glamur biográfico que le concede el cine en una serie de obras de diferente calibre que van de Reed,

México Insurgente (Leduc, 1970), a Campanas Rojas y Rusia 1917 / Campanas rojas II (Bondarchuk, 1981 y 83), pasando por Reds (Beatty, 81), Guzmán con un verdadero entendimiento de lo que pasa y conocimiento de primera mano, se tornó una figura incómoda y difícil para su mitologización por el séptimo arte, ya que su escritura se subordinó en sus últimos años a su carrera política y no falleció en el esplendor de la juventud como Reed.

Antonio Castro Leal describe en La novela de la revolución mexicana la óptica de MLG que se encuadra en “un impulso de descubrimiento y afirmación nacionalista” en la que predomina “la visión directa de una realidad nueva e impresionante”. Ese planteamiento no será suplantado sino hasta décadas después por una mirada ácida y crítica producto del levantamiento del EZLN, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y el error de diciembre, todo en 1994, que agudizó con el desencanto democrático con dos consecutivos gobiernos panistas.

Si la novela de la revolución define nuestra historia política y literaria entre 1920-1970, es la novela negra la que cataloga el primer decenio del siglo XXI mexicano. La mejor combinación de la esencia mexicana y la observación del testigo privilegiado producto del dúo Guzmán-Reed la tenemos en 2666 (2004) la obra póstuma de Roberto Bolaño; una maravillosa ópera en letras, en la que la propuesta de obra de arte total se divide en cinco minilibros, que sin embargo se van engarzando unos con otros y en la que el personaje principal permanece elusivo y contrapunteado por otros participantes hasta el cierre que todo lo explica.

Bolaño un escritor formado en México, nacido en Chile y que alcanzaría la gloria en España, como MLG, se apunta para lograr lo que no pudo con Los detectives salvajes (1998) de los que repetirá temas y formas, más acabadas en esta ocasión: “La literatura es un vasto bosque y las obras maestras son los lagos, los árboles inmensos o extrañísimos, las elocuentes flores preciosas o las escondidas grutas”. Esa es su apuesta y su triunfo, en una novela que se resiste a una síntesis por su amplio espectro.

Lo medular del libro es la descripción fría y metódica de una serie de feminicidios en la ciudad de Santa Teresa, Sonora, modelados en lo ocurrido en Ciudad Juárez, Chihuahua, a lo largo de la década de los 90 y nunca completamente esclarecidos, que arrancan con un seco: “La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia Las Flores (…) esto ocurrió en 1993. A partir de esta muerta comenzaron a contarse los asesinatos de mujeres”.

Basándose en las investigaciones, reportajes y el libro Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez (a quien Bolaño convierte en personaje de la novela) el escritor chileno retoma un punto que en MLG le había significado el capítulo más celebrado de El águila y la serpiente, “La fiesta de las balas”, “ir de El Paso, Texas, a Ciudad Juárez, era … uno de los mayores sacrificios -¿Por qué no también una de las mayores humillaciones?- que la geografía humana había impuesto a los

hijos de México”, en donde el psicópata lugarteniente de Pancho Villa, Rodolfo Fierro, se dedica a masacrar prisioneros, como si fueran reses con su Smith & Wesson, en unos corrales.

Bolaño nos conduce a Santa Teresa a través de cuatro catedráticos fanáticos de diferentes nacionalidades, tres hombres y una mujer que se convertirá en el objeto del deseo erótico de sus cómplices, en la búsqueda del enigmático Benno von Archimboldi, al que con ayuda de otros colegas logran convertir en autor de culto y candidato al Premio Nobel de Literatura. Los cuatro se encuentran

por vez primera en un congreso de literatura alemana en Bremen en 1994. A partir de allí comienzan una pesquisa sentimental y espiritual que los conducirá a ese rincón olvidado de nuestro país a través del “típico intelectual mexicano preocupado básicamente en sobrevivir”.

En vez de a su buscado descubren que en Santa Teresa había centenares de mujeres asesinadas, más de 200 y que se los tuvieron que repetir pues no “daban crédito a lo que oían”. El rector de la universidad local les coloca como su guía a un filósofo chileno “soldado raso de una batalla perdida de antemano contra la barbarie”; a partir de allí la acción gira a “La parte de Amalfitano”, la más breve del volumen. “Tenía una hija que se llamaba Rosa y que siempre había vivido con él. Parecía difícil que eso fuera así, pero era así”, producto del amor con una esposa que había enloquecido en España. El profesor teme que a su bella hija le suceda lo que a otras muchachas de la ciudad. Lo que le permite brincar a “La parte de Fate”.

Ésta es una sección hermosa, musical. Quincy Williams es un periodista negro, apodado Fate, a quien su revista envía a Santa Teresa a realizar la crónica de un combate de boxeo entre un peleador mexicano y un gringo, debido a que el reportero especializado falleció. Antes de ingresar a México Fate recibe una iluminación por parte de un experto del FBI: ante ciertos asesinatos la sociedad cierra los ojos al excluirlos de la comunidad con palabras. “-Son muchas para una sola persona- dijo. Así es, amigo, demasiadas incluso para un asesino mexicano. -¿Y cómo las matan?- preguntó Fate. -Eso no está nada claro. Desaparecen. Se evaporan en el aire, visto y no visto. Y al cabo de un tiempo aparecen sus cuerpos en el desierto”.

La vergüenza de lo acontecido en Ciudad Juárez ha sido abordada en documentales y películas tanto de directores mexicanos como estadounidenses, meritorias en diferentes grados: Bordertown (2006) de Gregory Nava con Antonio Banderas y Jennifer López, quien es una reportera estadounidense que se va envolviendo en el caso, basada en el libro The Killing Fields: Harvest of Women de Diana Washington Valdés; y El traspatio (2007) de Carlos Carrera en la que Ana de la Reguera es una policía idealista superada por la podredumbre.

“Cuando se trabaja en algo relativo a los asesinatos de mujeres de Santa Teresa, una termina con miedo a todo”, explica una periodista a la que el caso le ha caído y que es uno de los posibles resúmenes de 2666. En la vena de Bolaño y los feminicidios en serie tenemos Los minutos negros (2006) de Martín Solares, una sólida novela muy bien estructurada y narrada a la que sin embargo le pegan defectos que se pudieron obviar, como el que innecesariamente se maneje una búsqueda de seres extraterrestres, en la que se nos relata la historia oculta de Paracuán “El tercer puerto en importancia del Golfo”, con el cual el narrador pretende disfrazar a su Tampico natal, a través de una caja china de investigaciones en la que dos policías honestos en diferentes décadas, tratan de darle sentido a una serie de homicidios sucedidos a fines de la década de los 70 y cuyas consecuencias serán perdurables en la psiquis de la ciudad.

El título del libro proviene de la pesadilla en la que unas voces le susurran a uno de los narradores “¿Verdad que en la vida de todo hombre hay cinco minutos negros?”

Solares cambió nombres y ubicaciones tanto por licencia literaria como por seguridad, como se lo explicó a la reportera Yanet Aguilar Sosa en El Universal del 28 de agosto de 2007: “La peor, pues me la tomé muy en serio, fue una amenaza que un hombre me hizo cuando yo trabajaba en Los minutos negros. Me dijo: ´No escribas nada sobre ese tema´. Él pensó que yo quería abordar asuntos en los que sospecho estaba involucrado, pero yo quería escribir una novela sobre policías… él se sentía intimidado y trató de intimidarme. La sombra de esa amenaza verbal modificó mi manera de escribir y durante muchos años me pregunté si era pertinente o no escribir la historia, esa situación me ayudó a marcar lo que es la diferencia sobre literatura y periodismo. Yo quería escribir una novela como A sangre fría, tratar de contar la vida en el golfo de México a partir de varios casos de nota roja, comprimiéndolos en una novelita sin ficción, cuando yo avanzaba en eso me di cuenta de que ese tipo de novela no me hacía feliz, que me irritaba porque todo tenía que comprobarlo con datos reales. Terminé por abandonar ese proyecto de manera casi simultánea a la amenaza de ese hombre”.

En lo que queda, que es bastante se nos presenta al agente Ramón Cabrera, apodado “El Macetón”, agente de la policía municipal, al que sus superiores le encargan averigüe quién y por qué mató al joven periodista Bernardo Blanco que retornó a Paracuán abandonando un empleo y una guapa novia en Texas. “En el puerto no había mucho que decir y lo verdaderamente importante ocurría en la nota roja”. Eso sucede en “La ecuación”, la parte central del relato, en donde se narran una serie de asesinatos que investiga Vicente Rangel González “un músico metido a detective” a partir del 17 de marzo de 1977.

En el transcurso de sus pesquisas Rangel se enfrenta al poder político que por causas de fuerza mayor decide fabricar un culpable y echarle tierra, infructuosamente, al asunto que con su olor fétido quedará al puerto pegado al “río Pánico”.

Uno esperaría que un tampiqueño nativo le diera mayor sabor al lugar que describe; que la gente se refugiara del calor y de las compras en el centro en las grandes tiendas Sears o Woolworth´s que ofrecían aire acondicionado; que bebieran squeeze de fierro y no refrescos de cola o probaran un globito en el centro de la Plaza de Armas. Vemos como el agente Travolta (una concesión del escritor a la época, a pesar de que el apodo no se generalizaría en nuestro país hasta el estreno de Fiebre de sábado por la noche, en julio de 1978), se encarama a comandante y cómo en una decisión de estado (tamaulipeco) se le desplaza. De esta forma se describe la deriva moral de un país que en la película El infierno de Luis Estrada (2010) ha caído en el control del narcotráfico, la ilegalidad y la violencia imparable.

Es muy apropiado que el par de novelas de Elmer Mendoza Balas de plata (2008) y La prueba del ácido (2010) pergeñadas en torno de Édgar “El Zurdo” Mendieta sucedan en la capital de Sinaloa de donde es oriundo el escritor. Allí en la que MLG en el capítulo “La araña homicida” de El águila y la serpiente, narra el caso de uno de los primeros asesinos seriales mexicanos: “Culiacán gustó la rara emoción de saberse bajo el imperio de un demonio oculto que sólo se manifestaba en las sombras matando a sus elegidos y que escogía una víctima cada noche”.

La gran virtud de Mendoza ha sido la de crear con “El Zurdo” el detective más verosímil y efectivo en la literatura nacional desde que Paco Ignacio Taibo II le diera vida a Héctor Belascoarán Shayne, en Días de combate en 1976, y que ha prolongado en sucesivas entregas a lo largo de las décadas. De entonces para acá el perfil de la forma de narrar sobre el país y las ambiciones de los escritores se han modificado bastante, ya que un género que parecía menor se ha colocado en el eje de la narrativa mexicana, porque nuestra sociedad parece ser incapaz de enfrentar institucionalmente al delito.

Mendoza con su investigador que pertenece a la policía ministerial del estado nos da una panorámica de la vida culiche. La escritura de Mendoza que se fue afinando progresivamente en tres libros de cuentos poco circulados, hasta culminar en su primera etapa con el cuarto Trancapalanca (1983 un libro en el que predomina la experimentación y coquetea con los temas de la novela negra desde su portada, en la que el nombre del autor parece brotar de una pistola, dio un salto cuántico de éxito crítico y comercial con Un asesino solitario de 1999, una de las novelas mexicanas más importantes de la última década del siglo XX.

La forma de escribir de Mendoza se desarrolla a través de la verborragia incesante de un narrador ominisciente, que nos va entretejiendo los casos que aborda Mendieta con diferentes voces y participantes, que cambian de un instante al otro. El novelista ofrece o vende el pintorequismo sinaloense, en ocasiones con una gran falta de autocrítica o de descuido por parte de los editores que se acentúa en la segunda entrega, porque la primera está mucho más lograda al manejar diferentes registros culturales. Otras veces logra transmitir la vida de una ciudad en la que el narcotráfico es uno más de los hechos cotidianos e indispensables.

Balas de plata comienza con “Sala de espera. La modernidad de una ciudad se mide por las armas que truenan en sus calles, reflexionó el detective sorprendido por su insólita conclusión”. A partir de allí le corresponde averiguar a “El Zurdo” el móvil detrás del homicidio del licenciado Bruno Canizales un conocido bisexual de “37 años, soltero, hijo de Hildegardo Canizales, ex ministro de Agricultura”, que fue realizado con una bala de plata y a la que le suceden otros crímenes con proyectiles de ese metal valioso.

Tras la pausa en la que reaparece Mendieta en Firmado con un klínex (2009), en el mal cuento que le da nombre a esa fallidísima colección de relatos, La prueba del ácido es el retorno en serio del detective. Abre con el policía a punto de volarse los sesos no sin que antes participemos del asunto que es el causante del libro, la muerte de una bailarina de table dance: “El asesino se dio tiempo, un sujeto alto, algo grueso, pelo corto, no para cerrarle los ojos, sólo para bajarle la blusa y cortarle un pezón oscuro” que culmina con una gran frase: “Por la cercana carretera circulaba el olvido”. A partir de allí comenzamos a perder a Mendoza que se atora entre una premisa muy interesante en la que hasta aparece como víctima de un atentado, el padre de un ex presidente de los Estados Unidos mientras se encuentra en un coto privado de caza.

En el conjunto de las dos novelas llegamos a conocer muy bien a Mendieta: vive en una casa propiedad de su hermano que radica en los Estados Unidos, una fiel ayudante doméstica le prepara sus chilaquiles cuando es necesario, las llamadas al celular se distinguen por el tono de la fanfarria del séptimo de caballería, está traumado porque un cura pederasta abusó de él de niño, estudió literatura y terminó de policía.

Más defecto que virtud, Mendoza quiere que su lector se deje avasallar, como si estuviera indeciso entre trabajar en una novela puramente comercial o mostrar que es un escritor “de a deveras”, sin asumir que simplemente al narrar la vida en Culiacán ya es literatura: “Sin saber qué hacer, sintió que se orinaba, que nada estaba en su sitio, que tenía pésima puntería. Mientras, las balas astillaban los cristales de media pulgada de grosor y horadaban la cubierta de blindaje, encendió la camioneta, aceleró, la puerta se emparejó y se largó dejando gritos de terror, adolescentes chillando, parapetados en cualquier sitio y acelerones de los galanes que decidieron desaparecer. Los agresores rodearon el parque tranquilamente sin que nadie les pusiera atención”.

Lo que unifica a Bolaño, Solares y Mendoza, además del tema policiaco y de la impunidad en que se envuelve la procuración de justicia en México, es una obsesiva disquisición sobre la forma literaria. Con base en asimilar y recomponer géneros se cimenta una sólida corriente de novela negra, que le da forma al registro de la vida nacional, y que genera en la descripción de MLG: “otro patriotismo ya algo endurecido por el choque con realidades tremendas, con realidades desconcertantes a fuerza de violencia, de desorden, de sangre”.

El águila y la serpiente de la conciencia nacional, en el siglo que abre el camino del tricentenario.

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