Cinque Terre

María Cristina Rosas

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Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

México como marca

Parte 1

Existe una enorme preocupación en diversos círculos gubernamentales, empresariales, de organizaciones de la sociedad civil y académicos, entre otros, por el deterioro de la imagen de México en el mundo. Ciertamente el lugar en que figura el país en diversos índices que miden la inseguridad, la gobernabilidad y la estabilidad, parecen corroborar la percepción de que el panorama es desalentador. Así, en el índice de paz global correspondiente a 2010 que elabora el Institute for Economics and Peace con información de la Economist Intelligence Unit, el país figura en el 107° lugar, empatado con Saudi Arabia (de un total de 149 naciones incluidas), por debajo de Liberia (99° lugar), Uganda (100°), Ecuador (101°), República del Congo (102°), El Salvador (103°), Irán (104°) y Estados Unidos (que de manera sorprendente aparece en la 85ª posición). Lo que más llama la atención de estas cifras es que México se encuentra a 77 lugares de distancia de Chile, el país latinoamericano mejor ubicado, cuya seguridad es similar a la de los Estados más desarrollados del planeta. En 2007, México estaba en la 90ª posición, que es el mejor escaño del país desde que se publica el índice de referencia.

En otro indicador muy en boga, el índice de Estados fallidos del Fund for Peace, los números de México son igualmente preocupantes. Hacia 2009, estaba en el 98° lugar -cabe aclarar que en este caso, los países que ocupan los primeros lugares son los “menos viables”, en tanto los que aparecen en los últimos, como Noruega, que figura en la 177ª posición, son los más sustentables y exitosos-,y se ubica por debajo de Chile (155° lugar), Mongolia (127°), Sudáfrica (122°), Brasil (113°), Libia (112°) y Belice (111°), por citar sólo algunos casos. En 2008, México estaba en el 105° lugar, en tanto en 2007 ocupaba la 102° posición. Al igual que en el caso del índice de paz global, el país ha perdido escaños, mostrándose cada vez más lejos de las naciones “viables” y acercándose a las más frágiles y vulnerables.

Otros indicadores muy socorridos son los que se emplean para medir la competitividad y la corrupción. En el primer caso, el Foro Económico Mundial publica periódicamente el Informe sobre competitividad global 2009- 2010, en el que México aparece en la 60ª posición por debajo de otras naciones latinoamericanas y caribeñas como Chile (30ª), Puerto Rico (42ª), Barbados (44ª), Costa Rica (55ª), Brasil (56ª) y Panamá (59ª), de un total de 133 países analizados. En otro orden de ideas, Transparencia Internacional da a conocer anualmente desde 1995, el índice sobre percepciones acerca de la corrupción. En el informe correspondiente a 2009, México aparece en el 89º lugar, de un total de 180 países, compartiendo ese escaño con Lesoto, Malawi, Moldavia, Marruecos y Ruanda.

Este documento se puede complementar con otro, el índice de integridad global, el cual mide el acceso de los ciudadanos a mecanismos efectivos para combatir la corrupción, destacando igualmente los desafíos imperantes en materia de libertad de expresión. Entre 100 países analizados en 2009, México se colocó en la 72ª posición.

El único índice en que México aparece en un lugar más o menos favorable, es el llamado índice del planeta feliz, creado por la New Economics Foundation en 2006, y que pretende una medición alternativa a la que ofrecen organismos internacionales como el Banco Mundial y/o la Organización sobre la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en torno a la calidad de vida. En dicho índice, México ocupó el 23º lugar de un total de 143 países analizados en 2009.

Al margen de la polémica que circunda a las metodologías empleadas por los autores de los diversos índices reseñados, lo cierto es que todos ellos proyectan una mala imagen del país, salvo en el caso del índice del planeta feliz. Que México tenga niveles de corrupción equiparables a los de Ruanda -país que en 1994 enfrentó los horrores del genocidio de la sexta parte de su población- no es, en modo alguno, una buena noticia. Las odiosas comparaciones,por ejemplo, entre México y Chile, sugieren que a pesar de que ambas son naciones latino-americanas y en desarrollo, las autoridades chilenas deben estar haciendo un trabajo tan encomiable, que acerca a su país a envidiables escenarios de prosperidad y bienestar.

Pese a lo expuesto, es evidente que el mundo ha cambiado mucho y que la globalización y la revolución en las comunicaciones, plantean nuevos desafíos a los países y a la manera en que se relacionan con el mundo. Los Estados cada vez ven más acotadas sus funciones en todos los ámbitos, desde la procuración del bienestar social hasta la seguridad. Los diversos problemas que encaran, demandan, en muchos casos, soluciones que van más allá de lo que pueden hacer en lo individual, por lo que se impone la concertación y el accionar colectivo, no sólo con la concurrencia de otros Estados, sino crecientemente, de actores como los organismos internacionales, los organismos no gubernamentales (ONGs), del sector privado y las empresas, etcétera. La diplomacia, que en otros momentos era considerada como una actividad monopolizada por el Estado, hoy es ejercida por nuevos actores, incluyendo, además de los ya citados, las celebridades o “famosos”. Justamente en la edición de octubre de 2009 de etcétera, se hacía referencia a la llamada diplomacia de las celebridades, entre ellas deportistas, artistas y otras personalidades que llevan a cabo tareas otrora consideradas del ámbito exclusivo de embajadores y cónsules en representación de sus respectivos gobiernos (http://www.etcetera.com.mx/articulo/1607).

La diplomacia pública

Una de las transformaciones más importantes de la diplomacia tradicional durante la Guerra Fría fue lo que ha dado en llamarse la diplomacia pública. El término fue acuñado en EEUU en 1965, en el marco de la confrontación Este-Oeste, por Edmund Gullion, decano de la Escuela Fletcher de Derecho y Diplomacia, de la Universidad de Tufts. En los años 70, la diplomacia pública fue adoptada formalmente por el gobierno de EEUU para caracterizar a los programas dirigidos a influir sobre la opinión pública de otros países. Sin embargo, Estados Unidos no era ni es el único país interesado en influir en la percepción que el mundo tiene sobre sus acciones. Es evidente que dada la importancia de la Unión Americana en la escena mundial, gran parte de los países del mundo han empleado también la diplomacia pública para “ganar las mentes y los corazones” de los estadounidenses a favor de su causa.

Así, se estima que en los años 90, unos 160 gobiernos realizaban actividades de diplomacia pública en EEUU con el fin de influir sobre la opinión pública estadounidense, o sobre sus líderes políticos o de opinión. Estas actividades incluían la contratación de servicios de lobby, consultorías de relaciones públicas, campañas mediáticas, etcétera. Al respecto, y para el caso mexicano, por ejemplo, se recuerdan las gestiones del gobierno de Carlos Salinas de Gortari en 1993 a través de lobbystas y cabilderos para lograr que el Congreso de EEUU ratificara el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Algo parecido sucedió en el contexto de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, cuando el gobierno de Vicente Fox destinó cuantiosos recursos a fin de mejorar la percepción de México, a quien Estados Unidos consideraba un socio poco solidario ante la tardía condena de esos lamentables acontecimientos.

De lo anterior se desprende que la diplomacia pública no ha sido exclusiva de las grandes potencias y que cada vez más los países han venido recurriendo a ella para promover sus intereses en el mundo. Si una nación deseara gestionar con éxito una coalición para luchar contra las pandemias o bien la cooperación para resolver los desafíos ambientales o atraer inversiones extranjeras, debería ser capaz de influir en la opinión pública global, porque en realidad la mayor parte de los Estados carecen de un enorme peso económico y militar (de poder duro), por lo que deben usar de manera inteligente los recursos de que disponen, en particular, los del llamado poder suave. En un planeta tan globalizado, tal pareciera, como señala Evan Potter, que la mayor parte de los países son la imagen y las ideas que proyectan en el mundo. Y en las condiciones actuales, es muy sencillo que las naciones “desaparezcan” del mapa global-sea porque carecen de un poder duro lo suficientemente poderoso, sea porque subutilizan el poder blando que poseen o bien porque la competencia por sobresalir es muy ardua y hay países que logran imponer su presencia e intereses a costa de las demás.

Quizá ahora como nunca en la historia de la política mundial, la erosión de la brecha entre lo interno y lo externo es tan grande, que difícilmente las naciones pueden mantenerse al margen de los acontecimientos globales, en primer lugar, porque lo que sucede allende sus fronteras, afecta su desenvolvimiento en el interior de ellas. Pero además, la escena internacional está operando como un espejo de la identidad de los países. Cuando los nacionales de un Estado se miran reflejados en el espejo de las percepciones de otros, ese reflejo puede fortalecer o debilitar la identidad nacional y puede igualmente fortalecer o resquebrajar los valores imperantes al presentar otra perspectiva sobre ellos.

¿Por qué importan tanto los índices sobre inseguridad, paz, corrupción y/o competitividad que tiene México? En primer lugar porque, en los ejemplos citados en el inicio de este artículo, presentan la percepción de actores externos -trátese de foros empresariales, organismos no gubernamentales, académicos, etcétera-, sobre México y los mexicanos. Y esas percepciones tienen diversas consecuencias en la población mexicana.Refuerzan, en muchos casos, la idea de que en México las cosas no andan bien, produciendo desánimo y frustración. Sin embargo, esa es sólo una cara de la moneda.

La otra cara, es la que México, utilizando su poder suave, podría desarrollar para que el país sea visto en el mundo de otra manera. Una nación como la mexicana, poseedora de dos enormes litorales, recursos naturales estratégicos, una posición geográfica privilegiada que incluye la vecindad con Estados Unidos, etcétera, poco podrá hacer en el siglo XXI si desdeña el conocimiento y las ideas de sus habitantes para solucionar los desafíos internos y contribuir a un entorno internacional más armónico. De ahí la importancia de que México proyecte una imagen proactiva y positiva al mundo, una en la que, independientemente de los numerosos desafíos que encara el país, sensibilice a las naciones del orbe entorno al bagaje cultural, la diversidad ambiental, el potencial turístico y las capacidades productivas que posee. En pocas palabras, México tiene la difícil tarea de mostrarse “necesario” y “útil” a los ojos del mundo del siglo XXI, esto es, como un país que contribuye a un entorno global más armónico.

Es importante señalar que el poder suave no es sinónimo de diplomacia pública. La segunda, es un componente crecientemente importante del primero, y en muchos sentidos es una de las formas más socorridas para coadyuvar en la promoción de los intereses nacionales. Así, la diplomacia pública puede ayudar a encausar al poder suave, dando visibilidad en el mundo a una nación y transmitiendo una imagen positiva de ella.

La diplomacia del siglo XXI es cada vez más diplomacia pública. No es que la diplomacia tradicional y discreta haya desaparecido, sino que hoy es a todas luces insuficiente para que un país obtenga del mundo lo que desea y necesita. La diplomacia pública ha evolucionado y amplía, inclusive, el espectro de actores que ejercen la actividad diplomática y que no necesariamente cuentan con la formación en el arte de la negociación y los buenos oficios, pero que pueden influir en el mundo debido a su credibilidad, su reputación, sus logros y la visibilidad que poseen. Así, estos actores contribuirían a proyectar una imagen positiva de los países, lo que complementaría los esfuerzos gubernamentales al lograr una interacción con personas e instituciones en otras latitudes.

Para el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania la diplomacia pública es la suma de todas las actividades de comunicación exterior dirigidas a elites o líderes de opinión, pero también a la opinión pública en general, que a largo plazo tienen por objeto influir de manera positiva en la imagen y la percepción, en este caso, de Alemania. Cuando dicho país fue el anfitrión de la Copa del Mundo en 2006, logró mejorar considerablemente la imagen internacional alemana, lo que ha repercutido favorablemente en las agendas que los germanos promueven en el mundo. La diplomacia pública contribuyó a que Alemania sea vista positivamente, asentándose como un líder indiscutible, pese a que su poder duro es limitado.

La diplomacia pública parte del supuesto de que las opiniones, actitudes y comportamientos de los ciudadanos de otros países importan a los gobiernos porque tienen un claro impacto en la política económica y exterior y, consecuentemente, en los intereses nacionales. Ahora bien, se podría pensar que hay países en el mundo para los que la diplomacia pública no es necesaria, dado que poseen per se un poder de atracción tal, que la comunidad internacional sucumbe fácilmente ante lo que dichos países desean. Es decir: ¿qué sentido tiene invertir esfuerzos materiales y humanos en la diplomacia pública, si, al margen de ésta, los ciudadanos del mundo hacen lo que un país desea por simple afinidad, como ocurre presumiblemente con Estados Unidos?

La realidad es que, como se explicaba líneas arriba, pocos Estados poseen los recursos duros y suaves de EEUU, y es precisamente esta carencia lo que se compensa a través de la diplomacia pública. La diplomacia pública es, en muchos sentidos, el poder suave de los débiles, o la necesidad hecha virtud. E incluso, los países poderosos como la Unión Americana, necesitan la diplomacia pública para mitigar la imagen belicosa y agresiva que proyectan en el mundo.

Una diplomacia que espera tener atractivo público para ganarse el favor de otros actores en beneficio de su país, debe basarse en una especie de autoridad moral, política e intelectual de cara a las poblaciones a las que se dirige. Es evidente que en las condiciones actuales, a la mayor parte de las personas no se les puede “ganar” con amenazas, o con la insinuación de agresiones y/o el uso de la fuerza, por mucho que se le oculte subliminal o indirectamente. Si bien la diplomacia es una forma de proyectar el poder, constituye la forma preferida de interacción en las relaciones internacionales, porque aparece como la manera más “civilizada” para que los diversos países obtengan lo que quieren, sin provocar una hecatombe. Así, el éxito para los países en las relaciones internacionales del siglo XXI depende, en buena medida, de que los objetivos de política exterior se formulen y canalicen en términos distintos de la búsqueda de poder o de engrandecimiento. La vieja fórmula de ” ganador -perdedor” no vende, y si se pretende imponerla, como ocurrió durante la administración de George W. Bush en Estados Unidos, el costo puede ser muy alto. La diplomacia pública, en cambio, ayuda a forjar la percepción de que impera la fórmula “ganar-ganar” y de que todos los actores involucrados, emisores y receptores, obtienen un beneficio altamente satisfactorio.

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